Ni un alfiler: crónica desde arriba de un tren deteriorado

Con las nuevas frecuencias, viajar para ir a trabajar desde el conurbano a la capital es una cuestión de suerte. ¿Cómo se le puede ganar al desfinanciamiento?

Son las 7:30 am. Me bajo del 354 azul en 29 de septiembre, pleno centro comercial de Lanús este y camino apurada por el paso bajo a nivel hacia las escaleras de la estación. Mientras subo, veo que el Andén 1 está repleto de personas, el indicio de que una formación se atrasó, no pasó, no paró o tuvo una falla. No sé si voy a lograr subir, me pongo nerviosa, mi ansiedad no ayuda. Pienso si no es mejor tomarme el 37, pero nada me asegura que vaya a llegar a horario a mi trabajo. En bondi demora, “con suerte”, media hora más.

Diez minutos después llega el tren, explotado de personas. Corro hacia los últimos vagones para ver si queda un hueco. En el furgón donde van las bicicletas, no entra ni un alfiler, por eso algunas personas que tuvieron la suerte de subir depositaron sus herramientas de trabajo rodantes en otros vagones. 

Al lado mío hay una mujer que lleva de la mano a un nene con guardapolvo. Intenta entrar pero no lo logra, y yo tampoco. Todo esto sucede en menos de un minuto, es el tiempo en el que permanecen abiertas las puertas corredizas del tren. “Siempre lo mismo”, protesta la mujer. Yo ya sé que voy a llegar tarde otra vez. 

Hubiera salido antes, me reprocho, pero ¿cuánto antes? Cada vez que tengo que viajar a la Ciudad de Buenos Aires en horario pico le sumo diez minutos a la planificación del trayecto. Cada vez invierto más tiempo de mi vida en viajar, lo que me representa menos descanso y más estrés. Quince minutos después llega otra formación. Puedo subir, todos los asientos están ocupados, hay algunas personas paradas. Me escabullo al medio del vagón para no quedar presionada en la puerta cuando suban más personas en la estación siguiente. 

El tren frena unos metros antes de ingresar a Constitución y tarda cinco minutos en volver arrancar, me resultan eternos. Cuando abre sus puertas una avalancha de personas salen corriendo de los primeros vagones, los veo en perspectiva desde el último. Nos une la llegada tarde. Salgo del tren, pretendo caminar rápido, tengo muchas personas delante mío, van lento y quiero esquivarlas, no puedo. Miro el reloj, son las 8:20, todavía me falta un subte y caminar 5 cuadras.

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Mención especial merece la cantidad de plata que gasto en transporte público. Sumemos: un colectivo a la estación de Lanús, un tren a Constitución y un subte a destino. Son casi $900 de ida, más la vuelta a casa haciendo el mismo recorrido, me da un total de $1800 por día, si lo multiplicamos por cinco, son nueve mil a la semana y al mes casi $40 mil, con un salario devaluadísimo como es el de quienes trabajamos en el oficio periodístico. Es muy complicado llegar a fin de mes. Esto es hoy, no sé lo que gastaré el mes que viene, ni qué va a pasar con el país o el transporte.

En verano la concurrencia de pasajeros siempre es menor, luego vuelve a repetirse siempre la misma historia: viajar en tren en horario pico es una odisea. Nunca sabés qué va a pasar porque los trenes fallan, las formaciones funcionan mal, se reducen las frecuencias, se instalan cronogramas especiales por obras de renovación de viaductos que son eternas y que, supuestamente, son para que viajemos mejor pero nunca vemos las mejoras.

Desde el 8 de mayo el tren Roca tiene un nuevo cronograma en los ramales eléctricos, se redujeron las frecuencias un 30% por obras de reparación del viaducto entre Hipólito Yrigoyen y Plaza Constitución, es decir, la estación menos concurrida. La reducción para quienes viajamos a diario es fatal, se eliminaron los servicios directos a Korn, Ezeiza y Bosques T, lo que complica más a las personas que dependen de un solo ramal, es decir, quienes viven conurbano adentro. El más afectado es el de La Plata. La frecuencia, por ejemplo, entre Plaza Constitución a Berazategui es de 20 minutos. Si vas de Plaza Constitución a Temperley la frecuencia es cada 10. Una obra que nadie sabe cuánto tardará en terminarse a ciencia cierta, quince días o tal vez un mes.

La vuelta desde las cinco de la tarde es una misión imposible. Mi espera no es tanta porque puedo tomar varios ramales que se detienen en Lanús, me siento privilegiada por poder elegir entre dos opciones para mi regreso a casa. Pero las personas que viven en las últimas estaciones no tienen para elegir, dependen de una formación. Si vivís en lo profundo del conurbano, tenés menos chances, y si subís en provincia las chances se reducen aún más. 

Son las 18, después de ocho horas de trabajo, más una de almuerzo y casi dos horas de viaje de ida estoy de nuevo en Constitución. Corro hasta el fondo del tren para intentar meterme en uno de los últimos vagones, encuentro un pequeño espacio, subo, unos minutos después tres personas más intentan subir. Se quedan en la entrada del vagón, suena la alarma del cierre de puertas y presionan hacia adentro para no quedar afuera. Quedo estampada contra una de las ventanas, apretada e inmovilizada, apenas puedo respirar, estoy a un centímetro de distancia de un hombre, corro mi cara para un costado porque me incomoda estar tan cerca. No hay vendedores ambulantes, no pueden trabajar porque no entra ni un alfiler más. 

Y, aunque parecía imposible, el 10 de mayo empeoró todo. Los viernes viajar suele ser más caótico, pero esta vez fue desastroso. La pantalla gigante de la terminal de Plaza Constitución donde se informa las salidas de los andenes tenía la mitad de formaciones canceladas. Me detengo unos minutos para mirar a qué andén ir para volver a Lanús. El tres marca que a las 20:05 sale una formación hacia Ezeiza. Es el que me deja, me alegro. Llego al andén y las filas ubicadas para entrar ya tenían más de 10 personas. Cinco minutos después llega la formación, mi alegría aumenta, pero vuelve a bajar cuando pasan 20 minutos y la formación no arranca. Estoy cansada, quiero llegar a mi casa pero viajar en tren es así, una lotería, nunca sabés cuándo le vas a ganar al desfinanciamiento.

¿Cuándo nos acostumbramos a esto? Pienso mientras miro los rostros agotados de quienes están parados porque no tuvieron la suerte que tuve yo de enganchar un asiento. Siguen entrando personas a la formación, 40 minutos después arranca, tengo bronca. Todavía me falta llegar a Lanús y tomar el 354 para llegar a mi casa. Esto es vivir en el conurbano y trabajar en la Ciudad de Buenos Aires. Todos los días la misma odisea. 

¿Quién me devuelve el tiempo perdido? Quiero ganarle al desfinanciamiento, que los trenes sigan siendo públicos y viajar mejor.

Se prende el aire acondicionado del tren, no entiendo bien por qué, si ya estamos en otoño.


Esta nota forma parte del especial de Cenital sobre transporte, En vías de desarrollo. Podés leer todos sus artículos acá.

Me dicen Fanu. Nací en 1988. Soy licenciada en Ciencias de la Comunicación (UBA) y mi tesis documenta la representación de las lesbianas en la ficción argentina. Periodista autogestiva y conurbana. Cronista en Revista Cítrica. Colaboradora del Suplemento Las12. Fotógrafa aficionada. Me hubiera gustado ir a la tribuna de Todo x$2.