Ni deseadas ni deseantes
Ciega y madre de tres chicos, una militante desarma en primera persona la idea de que una mujer con discapacidad sólo puede ser cuidada. La retrata una fotógrafa con quien se cruza en las marchas y que escapa a la mirada “normalizadora”.
Laura Alcaide es ciega, madre de tres chicos y militante de Orgullo Disca desde su fundación. Gala Abramovich es fotógrafa. En 2022 trabajó en ANDIS, la Agencia Nacional de Discapacidad. Pero ahí nadie le explicó cómo retratar a personas ciegas, sordas o con otras discapacidades. Fue una búsqueda personal que la llevó a ampliar su mirada.
Laura desconfía de quienes se acercan a su colectivo con “voracidad extractivista”. Con Gala eso no pasó: ninguna de las dos quería contar una historia de superación. Se cruzaban en espacios feministas y transfeministas y en las marchas que se intensificaron por la lucha de las personas con discapacidad durante el gobierno de Javier Milei. Esta producción es el resultado de ese encuentro recurrente. La mirada de Gala sobre Laura. El relato de Laura en primera persona:
Nací en el invierno de 1989 con una discapacidad visual. En ese momento -y tampoco ahora- la discapacidad no era digna de bienvenida. Por el contrario, la sociedad espera niñeces rozagantes y “productivas”. Fui consciente recién a los 27, cuando nació mi segundo hijo, Lauti, que tiene la misma discapacidad que yo. Es difícil llegar al mundo y cambiar festejo por nerviosismo, alegría por miedo, en un instante. Así somos recibidas las personas disca.
Mi infancia y adolescencia no transcurrieron en tantas instituciones como le pasa a otras personas con otras discapacidades; pero sí con el chip de demostrar que yo podía ser otra cosa. Que podía salirme del estereotipo y lograr que me dijeran por la calle “si no te veía con el bastón, no me daba cuenta que eras ciega, te felicito”. Como si fuera un halago. ¿Cómo discernir entre comentarios inocentes y actitudes discriminatorias?
¿Qué hace falta para convencerte? La fuente de ingresos más importante de Cenital es el aporte voluntario de su audiencia. Ese apoyo nos permite hacer el periodismo que creemos necesario sin condicionamientos. Este esquema solidario —los que pueden pagan para que todos puedan seguir leyendo gratis— nos llena de orgullo. Por eso, en agradecimiento, les ofrecemos a nuestros Mejores amigos algunos beneficios culturales. Si te gusta lo que hacemos, sumate vos también.
Sumate
Alguna vez tuve amigas que me pedían que camine cerca de ellas derecha, sin agarrarlas, que no use el bastón delante de los chicos… Sin dudas no hay mejor ejemplo que nos vincule con la vergüenza a la discapacidad como ese momento de la vida en el que una persona espera ser vista, deseada o reconocida por sus pares. Por eso también usar el bastón fue la reacción que encontré para plantarme en este mundo.
A los cuerpos feminizados nos toca indefectiblemente el trabajo de cuidar. Ahora bien, ¿qué ocurre cuando se los considera improductivos y descartables? Los cuerpos de las mujeres con discapacidad no son vistos como aptos para cuidar sino más bien para ser cuidados. Es una gran barrera para quienes decidimos maternar. En las antípodas de lo que ocurre con mujeres sin dispacdad, a nosotras muchas veces se nos induce al aborto. ¿Importa nuestro deseo?
Históricamente los deseos discas fueron invisibilizados. Es así como nuestras identidades no se consideran ni deseadas ni deseantes.
En mi experiencia como mujer ciega, fui muy privilegiada al poder elegir qué estudiar, cuándo maternar y cuándo no hacerlo, y con qué personas vincularme. Los vínculos sexoafectivos entre personas con y sin discapacidad son, en lo que a la opinión pública respecta, complejos de ser abordados. Pensemos en las apps de citas, o en qué lugares podemos llegar a encontrarnos con personas con discapacidad para vincularnos con ellas. ¿Tenemos prejuicios acerca de la sexualidad de las personas con discapacidad? Y por otro lado, ¿ cuál es nuestro prejuicio acerca de las personas sin discapacidad que se vinculan sexoafectivamente con alguien de nuestro colectivo?
Muchas personas que me ayudan a tomar el colectivo o a cruzar, me preguntan si tengo pareja y si mi pareja tiene discapacidad o no. Cuando respondo que él no tiene discapacidad, inmediatamente comienza una serie de comentarios: supone que es mi enfermero y adivinan lo buena persona que debe ser para querer estar conmigo, como si se tratara de una caridad.
Me molesta. Cuando vamos caminando por la calle como familia, hay personas que le dicen lo gran tipo que es por estar conmigo. Lo excelente que es por ponerse esta familia al hombro como si yo no cumpliera ningún papel más que pasivo en nuestra vida en común.
Con las infancias es peor. Mi hijo mayor, Agustín, y mi hija menor, Aluminé, no tienen discapacidad. Cuando eran chiquitos muchas personas les decían que ellos eran mis ojos y que me tenían que cuidar como si no fuera yo la madre de ellos sino ellos mis xadres.
Esto muestra hasta qué punto se observa a la discapacidad como algo que da más vergüenza que orgullo.
Por eso soy parte de Orgullo Disca desde 2019. Cuando nos encontramos con otres pares y generamos ámbitos de complicidad, podemos entender el capacitismo, como algo que nos afecta de conjunto. Son las redes las que nos salvaron a muches. Cuando entendí esto, dejó de lastimarme de manera individual y comencé a hacer de ello una construcción política.








Esta nota pertenece a Punto de Encuentro — un especial de Amnistía Internacional Argentina junto a CENITAL. Podés leer todos los artículos acá.