Ni con todo el dinero del mundo: cómo fracasó la ciudad lineal de 170 km en Arabia Saudita
En 2017, el príncipe heredero Mohammed bin Salman anunció NEOM, una inversión de más de 500 mil millones de dólares para diversificar la economía de su país. Historia de un render.
Puede que no suceda la semana próxima, ni la otra, ni siquiera en diez años, pero en algún momento dejaremos atrás los combustibles fósiles. Esta será una muy buena noticia para el planeta, pero una catastrófica para aquellas economías que dependen casi en un 50% del petróleo. Hola, Arabia Saudita.
A no temer, que hay un plan. En octubre de 2017, el príncipe heredero Mohammed bin Salman (o MBS, como se hace llamar entre sus amigos de Silicon Valley) anunció NEOM como una pieza central de la transformación económica de su reino. El comunicado oficial anunciaba más de 500 mil millones de dólares de inversión, que ayudarían al país a diversificar una economía todavía dependiente del petróleo en un mundo que de a poco quiere dejarlo atrás. Cuatro años más tarde, en 2021, se anunció The Line, su obra principal.
Más de uno habrá terminado en el oculista de revolear tanto los ojos. El proyecto suponía dos rascacielos paralelos, de paredes vidriadas, que juntos formarían una ciudad de 170 kilómetros de largo, 200 metros de ancho y 500 de alto para nueve millones de personas, en el medio del desierto. Lo único que le daba algo de credibilidad era contar con los recursos casi infinitos del fondo soberano del Reino de Arabia Saudita. El que puede, puede.
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Poco tiempo después comenzaron a aparecer las imágenes de los primeros camiones levantando arena en el desierto o cavando una zanja interminable. Incluso quienes teníamos fuertes sospechas de que el proyecto era completamente absurdo, por un momento, dudamos de si estos tipos lo lograrían.
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Contestá la encuestaLa página oficial todavía presenta ese proyecto como una ciudad sin autos donde todo quedaría a cinco minutos a pie, y el proyecto original prometía aún más: no tendría calles y funcionaría únicamente con energía renovable. Estaría dividida en capas, para peatones, para infraestructura, para transporte, y una inteligencia artificial monitorearía la ciudad usando modelos predictivos para mejorar la vida de sus habitantes.
Luego pasaron cosas. En agosto de 2026, después de revisar documentos internos, imágenes satelitales y hablar con exempleados, el Wall Street Journal prácticamente declaró al proyecto un fracaso: las obras principales se detuvieron o están siendo desmanteladas y se cancelaron varios contratos importantes. El director del fondo soberano dice que aquí no pasó nada y ningún proyecto fue cancelado sino que hubo una “reordenación de prioridades”. Eufemismos, qué haríamos sin ellos.
Si el sentido común parece indicarnos que un proyecto así solo puede fracasar, lo que resulta fascinante es cómo podría haber sido el proceso por el cual alguien pudo aprobarlo. Todo este circo de NEOM se apoyó desde un principio en presentarse como resuelto, a través de imágenes casi más realistas que la realidad misma: dónde iría cada cosa, cómo se moverían las personas o cómo quedaría reconfigurado el paisaje. Con todo en su lugar, es fácil creer que lo tenían bien resuelto.
En cierto sentido, esas imágenes fotorrealistas (los renders) funcionan como una especie de atajo porque nos liberan de la responsabilidad de imaginar, en sentido estricto. Frente a una mera descripción tenemos que hacer el trabajo pesado de completar lo que no cabe en palabras. Un render, en cambio, nos lleva directamente a pensar cómo sería poseer aquel objeto o estar en aquel lugar. Se apoyan en lo conocido para mostrar lo posible y disuelven nuestras sospechas sobre lo que quizá no lo sea.
En arquitectura y urbanismo estamos acostumbrados a que municipios, estados y constructoras nos muestren cómo será un edificio si consiguen financiación o cómo quedará una plaza cuando terminen las obras. Los detalles desagradables quedan afuera: grafitis, basura, y manchas de humedad no entran en la imagen. Tampoco lo hace la experiencia de un tren que no pasa, una batería que dura poco o la superficie brillante que se llena de dedos apenas la tocamos. Un render puede ser útil, pero es una fantasía. El problema está en los detalles.
Según la página oficial de The Line, un tren recorrería la ciudad de una punta a la otra en veinte minutos. Pero este tiempo fue calculado suponiendo que no se detuviera en ningún momento. En otras palabras, para cumplir con la promesa el recorrido de 170 km tendría apenas dos estaciones. Este tipo de promesas con asterisco plagan el proyecto.
Una representación tridimensional en una pantalla no tiene materialidad, obviamente. Una experiencia común a principios de los 2000 era pasar horas jugando a Los Sims, diseñando casas antes que jugando a vivir en ellas. Solo nos enterábamos del pésimo diseño cuando poníamos a los personajes a pasar tiempo ahí. En la pantalla cambiar una textura toma unos segundos cuando en la práctica podría requerir una brutal logística para reemplazar una pared por otra. En el caso de NEOM y The Line, parece que ni siquiera llegaron a intentar vivir en ese lugar con los Sims.
No toda visión por ambiciosa y extravagante merece ser desestimada. Es muy probable que necesitemos de ellas para sobrevivir al futuro sombrío que a todas luces parece estar esperándonos. Contar con una imagen que anticipa cómo van a resultar las cosas parece ordenarnos respecto de lo que vamos a hacer. Es tener un plan, un mapa, pero también es tener un cuadro en la pared que pueda inspirar a otros.
Otro famoso intento desesperado por llamar la atención global, el proyecto Apolo, más allá de ir a la Luna buscaba saber si era posible para la especie humana abandonar la atmósfera terrestre o pisar otro cuerpo celeste. En NEOM, en cambio, cuesta identificar qué se estaba tratando de demostrar.
No se trata solamente del desarrollo de nuevas tecnologías, sino del para qué y del para quién. Los fundamentos de un proyecto o una visión tecnológica son anteriores a cualquier realización. Si somos justos, podríamos pensar que al menos se identifican bien los puntos desconocidos y es ahí donde entra la experimentación. Pero no parece que haya habido nada de esto en The Line, y si lo hubo, nunca fue transparente.
Antes de tener una ciudad lineal de estas características, se podría haber imaginado una prueba de concepto. Pero si hubiera sido exitosa, apenas demostraría que era posible construir ese tramo. Esto difícilmente se trate de una mera cuestión logística: la libertad y autonomía de todas esas personas supone problemas muy difíciles de anticipar. Las ciudades son, ante todo, objetos históricos que generalmente resisten a los planes demasiado rígidos y acabados. La historia concreta de las ciudades demuestra eso: las direcciones en las que se expanden, se contraen, son habitadas o abandonadas, junto con los hábitos, rituales, instituciones y relaciones comerciales que en ellas se dan, difícilmente pueden anticiparse o regularse. Diseñar una ciudad no es diseñar un teléfono celular. Ni siquiera es diseñar un edificio.
Ya no estamos en Los Sims, sino en SimCity. La comparación no es solamente metafórica: el arquitecto y urbanista Etienne Bou-Abdo dijo que las imágenes no eran representaciones arquitectónicas clásicas y que para producirlas se había recurrido a diseñadores de videojuegos. Imaginar un nuevo hábitat para millones de personas que no podrían haber tenido experiencia análoga alguna al espacio en el que se las quiere involucrar —una suerte de gran centro comercial de casi 200 kilómetros de largo— es sumamente ingenuo. Podemos incluso especular que, con cada persona que agregamos, el espacio latente de posibilidades aumenta hasta puntos absolutamente inmanejables, por lo que, de algún modo, una ciudad puede sembrarse, pero luego va a crecer en su propia dirección.
Todo esto parecía completamente fantasioso y, sin embargo, tenía por detrás suficientes recursos como para saber que se lo podía intentar. El directorio tomaba decisiones flotando en la comodidad de suaves renders antes de que existiera cualquier diseño o especificación detallada que permitiera establecer si lo que mostraban era factible. Luego, un ejército de consultores debía rebuscársela para ver si lo hacían funcionar. Una vez que el dinero empezó a circular, alguien tuvo que resolver el problema de merecerlo. En marzo de 2025, el Wall Street Journal reconstruyó, a partir de entrevistas y una auditoría interna, cómo directivos y consultores habían usado supuestos excesivamente optimistas para justificar costos cada vez más altos. Para entonces ya se habían gastado más de 50 mil millones de dólares.
A diferencia de otros proyectos monumentales con responsabilidades divididas, MBS presidía al mismo tiempo NEOM, los directorios de cada proyecto y el fondo soberano que los financiaba, todo mientras gobernaba el país. En ese esquema, no queda claro quién podía levantar la mano para presentar una objeción.
Es en este punto que conviene recordar que una evaluación desclasificada de la inteligencia estadounidense concluyó que MBS había aprobado una operación para capturar o matar al periodista disidente Jamal Khashoggi. En un contexto laboral tal se entiende perfectamente que quien levantara la mano para presentar una objeción muy probablemente llegara a la próxima reunión con una mano menos.
Si tengo que marcar qué me preocupa más, me preocupa mucho más que quienes tienen estas cantidades de recursos y de dinero decidan hacer este tipo de proyectos absolutamente descerebrados. Y no dudo de que, en parte, hayan alimentado este deseo convencidos por las propias imágenes que mandaron a realizar.
Cuando alguien muestra una imagen del futuro, lo que nos queda es reclamar también todos los fotogramas perdidos que separan el presente de aquel glorioso momento. Lo más probable es que la película quede incompleta.