Mirá vos
Persianas, paredes, techo, mirillas. Antes, la vida de los otros podía adivinarse en la cercanía. Ahora está ofrecido a la vista de todos mediante el teléfono.
Los pasos de los vecinos de arriba, si es que tenemos vecinos arriba, sonando en el techo de nuestra propia casa: van y vienen, se frenan, repiquetean en un mismo punto, vuelven a desplazarse. ¿Qué hacen? ¿Qué es lo que están haciendo? Se agregan luego chirridos gruesos, fricción de elementos pesados. ¿Corren muebles? ¿Deshacen camas? ¿Apilan sillas? ¿Aplastan cosas? De pronto, un silencio; como de la nada, el silencio. ¿Y ahora qué pasó? ¿Se cansaron? ¿Se sentaron? ¿Se acostaron? ¿Se fueron?
Las paredes laterales, las que separan una vivienda de otra, suelen ser algo más gruesas, incluso si de ladrillos huecos se trata, menos porosas, menos permeables, más de escisión. Y sin embargo, si los vecinos de al lado pelean, si discuten y empiezan los gritos, las voces alzadas alcanzan a escucharse. Pero puede que se escuchen las voces y no tanto lo que las voces dicen (y a menudo en las discusiones se produce un desnivel de registros: uno vocifera, el otro musita; uno retumba, el otro balbucea). ¿Qué pasó? ¿Por qué disputan? ¿Qué le dijo? ¿Qué le contestó? Si no basta con hacer silencio, con llevar a cero el volumen del televisor o de la radio hasta hace un instante a pleno, siempre hay un vaso a mano listo a ser diligentemente apoyado contra la pared del caso.
Calle de por medio, no pocas veces, y no pocas veces mediando ese espacio hueco de las manzanas a los que se da el nombre de pulmón, se alcanza a ver a los vecinos: los de enfrente, los del fondo, los del otro lado. Con cortinas descorridas o mal corridas, o corridas pero tenues, de algún material vaporoso, se alcanza a ver qué es lo que pasa en ese living, en ese cuarto, en esa cocina con sala de estar. Apagando precavidamente las luces o corriendo las propias cortinas o valiéndose de esos inmejorables poros de las viejas persianas cuando no se las baja del todo, es posible seguir lo que sucede.
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Lo que se suscita en tales casos es del orden del suponer, mucho más que del meramente espiar. Lo que llega, se oiga o se vea, nunca va a ser suficiente, va a ser siempre punta de iceberg, una sinécdoque transpuesta al mundo de la vida. No es el ojo en la cerradura del fisgón que se entera de todo; es el tanteo del que pispea, el que sondea, el que entrevé.
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Contestá la encuestaRicardo Piglia analizó, en su seminario sobre Los adioses de Onetti, la manera en la que funciona en el texto esa perspectiva narrativa de base conjetural, especulativa, incierta. Josefina Ludmer analizó, en su libro sobre La vida breve de Onetti, la manera en la que funciona, en un juego estructural de mitades, la relación con lo que pasa en el departamento de al lado. Contamos también con Georges Simenon, que escribió Los vecinos de enfrente. Y con Hitchcock y con Brian De Palma, que filmaron La mirada indiscreta y Doble de cuerpo. Pero contamos en especial con la cultura del chusmerío, cultivada tal vez sobre todo en los pueblos y en los barrios, pero también en las grandes urbes con sus edificios pajareras encimados unos con otros.
La pasión del chusma consiste en suponer, en inferir, en agregar a eso que ve todo un mundo que imagina, completar eso que sabe con lo que no sabe pero presume. La pasión del chusma consiste en conjeturar; no soporta no saber nada, pero también se frustraría en el caso de saberlo todo, porque así quedaría impedida la fase especulativa, que es la que más lo fascina, y que suele acompañar con la paradójica, incluso irónica, palabra “seguro”: “¿Viste lo que se puso? Seguro que anda con alguien”; “¿Viste lo contento que estaba? Seguro que se da con algo”; “¿Viste lo rubio que les salió el chico? Seguro que no es de él”; “¿Viste que se van a Brasil? Seguro que se endeudaron”.
Deducir, suponer, especular. Lo propio del chusma son las mirillas, no los miradores (que lo dan a ver todo), o es la visión amplia pero a distancia, que no permite entender sino a medias (ni todo ni nada, a medias), por más que se eche mano a un largavista o a un telescopio. Sin ver u oír nada no se puede chusmear, pero viendo u oyendo todo tampoco. Es el resquicio de las persianas, el vaso en la pared, la hermenéutica del techo, la visión de lejanía lo que hace posible ese fervor: el fervor de la conjetura.
Pero los tiempos notoriamente han cambiado, y no porque cambian siempre, sino de un modo más profundo y más veloz. Persianas, paredes, techos, distancias, todo eso sigue existiendo; pero las vidas de los demás hoy solemos verlas de otra forma; en la pantalla de la computadora, en la pantalla del celular (que no es sino una computadora). Es ahí donde ahora vemos qué se ponen, adónde van, con quién están, qué es lo que hace, qué se compraron, qué libro leen, qué serie miran, de qué cuadro son, cómo lucen o se deslucen según los días.
Claro que hay algo que cambió radicalmente en todo esto: eso que vemos de la vida de los otros, lo vemos porque los otros nos lo dan a ver. Cada cual va por el mundo filmando lo que hace, fotografiando lo que hace, para subirlo de inmediato a tal o cual plataforma y exponerlo ante los demás. La Torre Eiffel, unas papas fritas con cheddar, un amigo de hace años, una remera nueva, la plaza Rivadavia en Bahía, el libro (propio) que acaba de salir, la banqueta frente al piano en la que va a sentarse Martha Argerich, el manuscrito recién impreso del libro (propio) que va a salir, la Rua Augusta, el Centro Cívico de Bariloche, una taza de chocolate, un ramo de flores, una flor, la puerta de acceso al sector F de la platea alta, dos zapatillas, un catamarán, el contrato que está a punto de firmarse para que pueda publicarse un libro (propio), veinticuatro piezas de sushi, una sola pieza de sushi de esas veinticuatro piezas que había, el cucú de Carlos Paz, la Quinta Avenida de Nueva York, una amiga de hace años, un perro, un gato, un loro, una foto de sí mismo, una foto de sí mismo, una foto de sí mismo, una foto de sí mismo, una foto de sí mismo.
No se trata de narrarse o autorretratarse, cosas que siempre se han hecho (“¡A fotografiarse!” fue el título que Macedonio Fernández eligió, hace ya casi un siglo, como título de un breve texto autobiográfico), sino de vivir dándose a ver, en niveles completamente inéditos. ¿”Actuar para vivir”, como le dio a cantar, hace ya unos años, Fito Páez a Juan Carlos Baglietto? Más bien lo inverso: vivir para actuar, para exhibir, para exponer, para mostrarse. Se podría pensar, en principio, que el chusma se encuentra ahora a sus anchas, que encontró por fin su paraíso: ¡las vidas de los demás, de todos los demás, enteramente a su disposición, y además de manera incesante!
Hay algo que se corrió, sin embargo, y termina por estropear el genuino regodeo del chusma. Las vidas continuamente mostradas, y mostradas al parecer por completo, tocando no pocas veces grados incluso de obscenidad, generan una fuerte impresión de saber cómo son los otros, que de verdad los conocemos (¡como si hubiese que tomarse en serio aquel “seguro” tan arbitrario!). Que sabemos qué “se creen” o sabemos qué “se hacen”, porque sabemos fehacientemente cómo son en realidad. Que estamos perfectamente al tanto de sus intenciones ocultas: se puso esa camiseta para hacerse esto o aquello, pidió ese plato y no otro para hacerse lo de más allá, vive en tal barrio o sale a pasear a tal otro y por ende piensa esto o aquello.
Se trata, claro, de una ilusión, apenas una ilusión; pero esa ilusión, como todas, puede producir efectos verdaderos. La ilusión de conocer bien a los otros (¿acaso no podemos verlos todo el tiempo, ver todo lo que hacen, ver todo lo que son?) habilita el pronunciarse sobre aquello que pretenden o creen ser, aunque no lo digan, sobre sus verdaderas motivaciones, aunque las escondan, sobre lo que piensan y sobre lo que son, aunque lo disfracen. Se esfuma de ese modo, y para mal, el pilar que sostiene la práctica existencial del chusma: la conjetura, la suposición, la especulación. Eso que en verdad se está apenas presumiendo, se da por cierto y definitivo; la mera suposición se erige como un dictamen; el trazo tentativo de la especulación se resuelve en tonos asertivos. Se estropea así el disfrute de tramar lo que no se sabe, a partir de lo que sí se sabe; se estropea por creer que se sabe todo.
Eso que uno cree del otro se lo encaja al otro, como sentencia de lo que el otro se cree. El encanto eventual del chusmerío así se acaba, vuelto atribución absoluta, expedida con estridencia en el ámbito público. Lejos de la gustosa murmuración tras de visillos, y cerca, demasiado cerca, del juicio sobrador del petulante, del palazo verbal del agresivo.