Mientras Trump prepara el espectáculo, Maduro se envuelve en la bandera

Estados Unidos hizo un gran despliegue naval sobre las costas de Venezuela. Maduro convocó a milicianos. Lo que no hay es un plan del día después.

maduro

La última coreografía de Donald Trump en política exterior tiene como escenario el Caribe y como antagonista a Nicolás Maduro. No es la primera vez que un presidente estadounidense recurre a la vieja fórmula de la “diplomacia de cañoneras”, pero sí una de las más teatrales en décadas. Washington no sólo duplicó la recompensa por la captura del mandatario venezolano — cincuenta millones de dólares, una cifra diseñada para impresionar tanto como para intimidar — , sino que envió un despliegue naval que pocos asocian con simples operaciones de interdicción: destructores con misiles Tomahawk, un submarino nuclear, un buque anfibio cargado de marines. Es, a todas luces, un dispositivo capaz de algo mucho más contundente que detener lanchas con cocaína.

La narrativa oficial, repetida por la Casa Blanca y el Pentágono, insiste en que se trata de un esfuerzo ampliado contra carteles designados como “organizaciones terroristas extranjeras”. Pero la escala del operativo y la retórica que lo acompaña dejan entrever algo distinto: un ejercicio de presión política, una pieza de intimidación estratégica, o incluso un preámbulo de cambio de régimen bajo la cobertura de la “lucha contra las drogas”. Los halcones republicanos, entre ellos Marco Rubio, ansiosos de ver a Trump desplegar dureza, aplauden. Los diplomáticos más experimentados, en cambio, sugieren que se trata más de espectáculo que de preludio de invasión.

Maduro, por su parte, hace lo que sabe: se envuelve en la bandera y convoca a millones de milicianos. Si la economía colapsa y la legitimidad se evapora, siempre queda el recurso del nacionalismo. “Venezuela no se arrodillará jamás”, repite, consciente de que la amenaza externa puede servirle para reordenar a sus leales en torno al mito de la resistencia bolivariana.

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¿Y la región?

El vecindario observa con nerviosismo. Guyana y Trinidad y Tobago respaldaron a Estados Unidos, en parte porque temen el expansionismo venezolano en sus fronteras. Colombia, con Gustavo Petro, jugó al equilibrista: primero sugirió que un ataque contra Caracas sería un ataque contra toda la región, para luego corregir el tono y hablar de cooperación antidrogas. Cuba, fiel a su guión, denuncia un intento de transformar al Caribe en “zona de guerra”. El Ecuador de Daniel Noboa, en cambio, decidió alinearse con Washington designando al Cartel de los Soles como “grupo terrorista del crimen organizado”. Algo similar hicieron el gobierno de Paraguay y de la Argentina

El 23 de agosto se inició el proceso voluntario de alistamiento a la Milicia Bolivariana, componente especial de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, en rechazo a las recientes agresiones de Estados Unidos. Foto: NA.

Aquí conviene hacer una pausa. Estados Unidos fue siempre un vecino entrometido. De México a Panamá, de Granada a Haití, el libreto se repite: una crisis política en el hemisferio, la narrativa de proteger la seguridad o la democracia, un desembarco que cumple el objetivo inmediato y deja un sedimento de resentimiento más duradero. Lo que varía no es la excusa sino la escala. Panamá en 1989 fue una invasión a gran nivel; Haití en 1994, una demostración que apenas necesitó disparar. Lo constante es la idea de que el Caribe y América Latina son demasiado cercanos para ignorar, demasiado pequeños para resistir.

Problemas el día después

El patrón tiene una constante incómoda: Estados Unidos suele ser extraordinariamente eficaz a la hora de sacar dictadores (Noriega en Panamá, Cédras en Haití, el régimen granadino en 1983, incluso Aristide en 2004), pero rara vez demostró la misma destreza para construir algo estable después. Panamá nunca resolvió del todo la corrupción endémica y Haití sigue atrapado en crisis recurrentes a pesar de sucesivas intervenciones. El ejemplo mayor, aunque fuera del hemisferio, es Irak: una guerra rápida, seguida de una reconstrucción caótica. Washington es experto en abrir la puerta de salida a los autócratas, pero torpe en diseñar la arquitectura de lo que viene después.

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Ese es el telón de fondo frente al que Trump juega su propio teatro. La flota desplegada frente a Venezuela encaja con esa tradición: lo bastante grande para evocar Panamá, lo bastante contenida para recordar Haití. La narrativa oficial habla de narcotráfico, pero el público entiende el subtexto: presión a un régimen impopular, recompensa simbólica por la captura de un líder incómodo, un espectáculo militar que halaga a la audiencia doméstica.

Una frágil tensión

La ambigüedad de la estrategia estadounidense es, en cierto modo, el punto. Ese espacio intermedio (la amenaza creíble sin compromiso de acción total) es donde Trump se siente más cómodo, como señaló Evan Ellis. Alcanza para impresionar al electorado doméstico, incomodar a Caracas y dar la sensación de que algo está por suceder, aunque nunca suceda. La política exterior como espectáculo, con guión abierto y desenlace improbable.

El riesgo, claro está, es que el teatro se transforme en tragedia. Una colisión accidental en aguas disputadas, un sobrevuelo mal calculado, un misil disparado en exceso de celo podrían encender un conflicto que nadie parece tener interés en administrar. Porque aquí radica la paradoja: todos hablan de la salida de Maduro, pero nadie tiene un plan claro para el día después. La historia de 2019, cuando un levantamiento militar apoyado por Trump fracasó estrepitosamente, debería bastar como recordatorio de lo ilusorio que es pensar en transiciones ordenadas en Caracas.

Otras lecturas:

Estudió relaciones internacionales en la Argentina y el Reino Unido; es profesor en la Universidad de San Andrés, investigador del CONICET y le apasiona la intersección entre geopolítica, cambio climático y capitalismo global.