China, ¿villano climático o héroe de la transición energética?

Es el mayor emisor de carbón del planeta y, al mismo tiempo, la fábrica inigualable de aerogeneradores y paneles solares. Más del 80% de su nueva capacidad eléctrica es renovable.

China siempre ha sido un país de paradojas, pero en su versión contemporánea esas contradicciones alcanzan una escala global. Es una potencia capaz de proyectar influencia en todos los continentes, y sin embargo arrastra las inseguridades de una economía que aún se percibe en desarrollo. Es un régimen autoritario que sofoca la disidencia, pero también una maquinaria meritocrática que hace que muchas democracias, plagadas de mediocridad y clientelismo, parezcan sistemas en decadencia. El atractivo, y el desconcierto, que provoca China reside justamente ahí: en que no cabe en las categorías habituales. Quien la subestima por ser un país “en transición” se sorprende de su músculo geopolítico; quien la teme como un Leviatán totalitario descubre centenas de protestas sociales y las fragilidades de su modelo económico y social. El error es pensar que debe ser una cosa u otra. China es ambas al mismo tiempo, y su fuerza proviene de sostener esa tensión sin resolverla. Sí, como el ying y el yang.

La economía política de la energía en China encarna la misma contradicción que en su política. Es el mayor emisor de carbón del planeta, responsable de cielos grises y estadísticas alarmantes. Y al mismo tiempo es la fábrica inigualable de aerogeneradores y paneles solares, el país sin el cual la transición verde sería inviable. 

Para Occidente, esto resulta desconcertante: ¿es China el villano climático o el héroe indispensable? Como señalo en mi libro ¿Por qué no queremos salvar el mundo?, la respuesta es que es ambas cosas a la vez. Su poder reside en esa ambigüedad: exporta contaminación y, en paralelo, exporta la tecnología para combatirla. Esa dualidad no es incoherencia, sino estrategia. Mientras otros se enredan en dilemas morales, Pekín convierte sus contradicciones en ventaja competitiva. El error, tal vez, consiste en pedirle coherencia moral a un actor que juega un juego material: escala, costos y control de cadenas de suministro.

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Mientras tanto, Estados Unidos

A partir de ahí, el contraste con Estados Unidos deja de ser ideológico y pasa a ser operativo. Donald Trump parece decidido a bajarse de la carrera justo cuando la electrificación lo cambia todo. En meses, la administración Trump desarmó incentivos a energías limpias, congeló fondos, debilitó la capacidad científica y la base legal para regular GEI; además salió del Acuerdo de París, cortó la ayuda climática y cerró la oficina climática del Departamento de Estado. El resultado es más o menos fácil de anticipar: la meta de –50% a 2030 parece inalcanzable; las emisiones tenderán a estancarse o subir y se perderán cientos de GW de capacidad limpia. No es una reforma: es el equivalente a un desarme unilateral en plena revolución energética.

Fábrica de futuro

Pekín, en cambio, parece fabricar el futuro. Detrás de los titulares sobre carbón hay un dato que mueve la aguja: más del 80% de la nueva capacidad eléctrica es renovable, y la cuota del carbón en la generación cayó más de 10 puntos en la última década. Muchas de las plantas nuevas operan a media carga y continúan los cierres de unidades ineficientes. La energía solar ya es 18,5% más barata que la térmica y el viento es marginalmente más barato: la curva de aprendizaje industrial está haciendo su trabajo.

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Pero lo decisivo está del lado de la demanda: China electrifica usos finales a una escala que ningún otro país iguala. Lidera la producción y venta de vehículos eléctricos; opera 59 sistemas de metro y una red de alta velocidad que sustituye vuelos; prácticamente todos los buses urbanos nuevos son eléctricos o de celda de combustible; circulan más de 400 millones de motos eléctricas. En paralelo, desde 2022 empuja hidrógeno verde (impulsado por la sobrecapacidad de energía solar en algunas regiones) para amoníaco y petroquímica: un bypass útil cuando la conexión a red es cuello de botella y una cuña para descarbonizar industrias pesadas.

Una adicción difícil de curar

¿Y por qué se siguen aprobando térmicas? China es adicta al carbón, además de tener enormes recursos de libre acceso. Las provincias chinas siguen valorando la seguridad energética local mientras el carbón les da más autonomía, además de empleos. Es una solución cara y subóptima, sí; pero no invalida la tendencia agregada hacia un mix menos carbonizado, como lo muestra el gráfico de la Agencia Internacional de Energía.

El resultado es que China supera expectativas no porque esconda el carbón, sino porque despliega renovables y electrificación a una velocidad que compensa esa inercia. Lo hace, además, con costos decrecientes y cadenas de suministro que controla de punta a punta.

¿Puede China liderar la transición?

Acá surge mi pregunta de internacionalista: ¿puede China liderar la transición? Depende de qué entendamos por “liderar”. Si se trata de un liderazgo industrial-tecnológico (fabricación y costos), es muy probable. De hecho, ya está ocurriendo. China domina paneles, baterías, turbinas y EV, además de controlar eslabones críticos de minerales.

Si se trata, en cambio, de liderazgo en el despliegue doméstico, es probable, pero con matices importantes. Aunque el carbón pierde cuota, persiste y es el motor principal de la industria china. En este sentido, China suele decepcionar en tanto su tan esperado “pico” siempre se demora. En 2024, China construyó el 93% de las nuevas plantas de carbón globales.

Si miramos su liderazgo normativo y diplomático, diría que las chances van de bajas a moderadas. La retirada estadounidense podría crear un incentivo para que China eleve su voz y sus compromisos. Esta jugada sería hasta incluso bienvenida por la Unión Europea. Pero China es alérgica a las reglas que la restrinjan. Mi estimación es que China seguirá moldeando el sistema a su conveniencia más que empujando mayor ambición.

La posición global

Finalmente, si miramos a su liderazgo en financiamiento al Sur global, me atrevo a decir que las chances hoy son limitadas. Pese a su capacidad, China ha hecho menos de lo esperado en renovables, bosques y adaptación a escala. Desde 2010, los flujos de ayuda estado-estado hacia el Sur global han declinado en general, y los flujos relativos al clima han estado por detrás de países como Alemania, Japón o el Reino Unido.

El siglo XX compitió por misiles balísticos; el XXI compite por hardware limpio en una economía que la IA vuelve más eléctrica a pura fuerza de centros de datos. Quien fabrique a escala fijará precios, estándares y dependencias. Hoy China corre y Washington mira. Sin Estados Unidos empujando, la negociación global avanza a paso lento. Con China liderando oferta, pero no reglas, el liderazgo que emerge es selectivo, industrial más que normativo. La paradoja inicial se vuelve, así, un programa de acción. China no resuelve sus contradicciones: las explota. Y al hacerlo, coloca al resto del mundo, incluido un Trump que decidió autoexcluirse, delante de una verdad incómoda: en la transición que define el siglo, la coherencia es un lujo y la capacidad es el recurso escaso.

Foto: Depositphotos

Otras lecturas:

Estudió relaciones internacionales en la Argentina y el Reino Unido; es profesor en la Universidad de San Andrés, investigador del CONICET y le apasiona la intersección entre geopolítica, cambio climático y capitalismo global.