Messi no hay uno solo: el genio y el hombre común
Ídolo y amigo, Leo forjó una relación especial con sus compañeros que ahora tendrán que asumir un liderazgo colectivo ante su eventual ausencia.
El mejor futbolista que vimos cientos de millones de personas es un hombre común. Se puede ser tremendamente ganador, obsesivamente ambicioso y, a la vez, una persona que en general cae bien. Se puede ser un genio y, a la vez, un tipo normal. Esa dualidad diferencia todavía más a Lionel Andrés Messi. Si ya sorprende lo que hace dentro de una cancha, el que lo conoce termina seducido por la simpleza con la que se mueve afuera. Está muy cómodo como Clark Kent, más allá de que todos lo vean con la capa. Así empieza a entenderse la relación de sus compañeros con él, la admiración y hasta la necesidad de protección.
Comienzo por una historia autorreferencial. Hace dos años, en pleno diálogo con una editorial con la que ya había publicado un libro de historias de Messi en la selección, me plantearon el deseo de que escribiera su biografía. Les expliqué entonces a las directoras las características de Messi, su costado llano. Si como futbolista estaba (está) lleno de matices únicos, en su vida cotidiana no encontrarán excentricidades. “Es un hombre al que le gusta dormir la siesta y comer las milanesas de la mamá”, resumí. “Ahí está el libro entonces”, encontraron el gancho. En lo sencillo está lo complejo.
Leo quería ser uno más. En plena transición generacional de la selección, se despegaba de sus viejos compañeros de batalla, aquellos con los que no había podido coronarse: Sergio Romero, Javier Mascherano, Lucas Biglia, Gonzalo Higuaín, Marcos Rojo. El inesperado técnico Lionel Scaloni quería mezclarlo cuando el grupo ya estuviera mínimamente consolidado. Parecía extraño: el que siempre había estado ahora se sumaba más tarde. Su primera convocatoria con Scaloni no resultó: sucedió a principios de 2019, en una derrota ante Venezuela en Madrid. A la vuelta, un integrante del cuerpo técnico de la selección graficó de esta manera la distancia que había: “Varios todavía no se sienten jugadores de selección. A Messi lo miraban hasta cómo comía en la concentración”.
Ese mismo año se jugó la Copa América que cohesionó la intimidad. Argentina perdió la semifinal contra Brasil, pero de las derrotas fuertes — lo sabe antes que nadie el capitán — nacen las victorias más importantes. La anécdota fue contada por los propios protagonistas: Rodrigo de Paul y Leandro Paredes tocaron la puerta de la habitación de Messi para invitarlo a tomar mate y romper el hielo. La confianza empezó a fluir.
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SumateA los dos años, tanto ellos como los otros compañeros coincidían en un deseo: soñaban ganar la nueva edición de la Copa América en el Maracaná. Ese es el sueño de cualquier futbolista, claro, pero también y fundamentalmente por quien más lo había buscado. En algún punto, lograrían lo que las camadas previas no habían logrado y, por otro lado, deseaban lo que en definitiva ya anhelaba cualquier argentino: que el fútbol le devolviera un título con la selección mayor al que tanto le había brindado. A partir de allí, todo fue mágico — más allá del gol de Ferrán Torres — .
Messi no simula en la cancha y no ostenta afuera. No levanta el perfil. En los últimos años se lo vio más visceral, más confrontativo; incluso por momentos sin tantas razones. Pero en general siguió siendo el de siempre. Lo único que lo pincha es la derrota. Aunque con distinto impacto en la medida que fue encontrando diferentes contextos. En 2018, después de errar el penal contra Islandia, a los compañeros les costó encontrarlo en la concentración. En 2022, tras la derrota contra Arabia Saudita, encaró los micrófonos que poco le gustan con una frase en la cabeza: “Este grupo no los va a dejar tirados”.
Los jugadores, en este Mundial 2026 que se nos escurrió, cantaban con fuerza “por la última de Leo”. Continuaron con esa idea doble de sentirlo diferente — al punto de buscar un título por él — y, paralelamente, haber dejado atrás cualquier distancia. La forma de liderar del capitán es la de los que actúan con naturalidad. No se impone ni exagera. Como esa forma se entiende a la larga, su liderazgo (o su supuesta falta) primero recibió críticas. Aunque, vale decirlo, con los años asumió responsabilidades que antes no le interesaban. Su carácter reservado le dio paso, por ejemplo, a un mayor interés por lo que le sucedía al resto.
Si entre los compañeros genera admiración, lo mismo sucede en los cercanos al plantel. Cuando hace diez años se enteró que los empleados de la AFA llevaban un par de meses sin cobrar, en minutos lo saldó con dinero propio. Tiempo después, llenó un par de camiones con todo tipo de regalos y los sorteó entre quienes trabajaban en el predio de Ezeiza, su segunda casa en los últimos 20 años. También se podría elaborar una teoría de sus rivales, aquellos que suelen pedirle la camiseta de manera masoquista: se llevan el recuerdo de quien los eliminó, de quien hizo todo para frustrar el sueño que tenían. La valoración está por encima de los logros personales.
Fue póster, se hizo bandera, es tatuaje. Esa evolución en el sentir popular tiene su analogía en la relación diaria con sus colegas. La salida de Messi de la selección, sea en el corto o dentro de un plazo exageradamente optimista de dos años (la próxima Copa América), abrirá espacio no sólo a la concepción de un equipo diferente sino a nuevos liderazgos. En plural, sí. Compartidos y por consenso, lo necesario para disimular semejante ausencia.