Messi, el Dios del fútbol que puso el “nosotros” por encima del “yo”
En el Mundial 2026, el capitán horizontalizó el cariño centrado en él y subordinó los egos del resto al suyo, más bien simple y pequeño.
Lionel Messi es el último Dios del fútbol en haber entrado al Olimpo, pero es, en especial, el que puso el “nosotros” por encima del “yo”. Es tan argentino como abrazarse a un desconocido en un festejo o en un consuelo para dejar de ser uno y ser — al menos simbólicamente y por un rato — un nosotros.
En el Mundial 2026, a los 39 años, Messi se estrechó para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina en su 2–1 a Inglaterra. Y después de la final, en acaso su final mundialista con la selección argentina, Messi fue primero un futbolista que se sacó las medias, sentado sobre el césped, acongojado, y luego un hombre de pie con un par de gotas cayéndole por las mejillas, abrazado él por miles en el maldito MetLife de Nueva Jersey, otra vez esquivo como hace una década.
La noche del 29 de junio de 2004, cuando se vistió por primera vez con la camiseta argentina en el amistoso con la Sub 20 — un blindaje ante la insistencia de España, sí, de España — , Messi empezó el amistoso ante Paraguay en el banco de suplentes (luego ingresaría y marcaría un golazo, eludiendo al arquero tras un slalom con pelota dominada). Mario Quinteros, fotógrafo de Clarín, arribó al estadio Diego Maradona de Argentinos Juniors con una orden: “No importa el partido, importa Messi”. Cuando se acercó al banco para fotografiarlo, preguntó quién era Messi. “Soy yo”. Le pidió una foto a solas. Pero Messi le dijo: “Primero sacame una foto acá, con mis compañeros”. Quizá siempre pensó así. Pero durante este largo mes de ansiedades y nervios, de felicidad y de tristeza última, lo vimos como a un líder que, ante todo, colocó al grupo y al equipo en punta.
Suscribite para recibir un alerta cada vez que Roberto Parrottino publique un nuevo artículo.
Cada vez que los periodistas le preguntaban por él en la zona mixta después de los partidos, Messi respondía en plural. Lo alababan, le decían que es el más grande, que iba por su tercera final de un Mundial, que competía contra chicos 20 años menores que él, que rompía la física. Pero Messi respondía: “Nosotros sabíamos…”. Cuando la hinchada argentina lo ovacionaba luego del triunfo ante Inglaterra en el Mercedes-Benz Stadium de Atlanta — nunca lo olvidaremos, quedará para quienes no habíamos nacido en 1986 como nuestro Azteca de 2026 — , Messi giró sobre sí mismo y dibujó círculos en el aire, pidiendo que se cantara por todos. El capitán horizontalizó el cariño centrado en él y subordinó los egos del resto al suyo, que es más bien simple y pequeño. Él quiere ser Leo antes que ser Messi.
¿Y esta cajita de texto para qué está? Acá es donde despabilamos a nuestros lectores y les contamos lo difícil que es hacer periodismo en estos tiempos. Por eso, si la información que leés en Cenital te ayuda a entender mejor lo que pasa, te pedimos que nos des una mano para seguir.
SumateMessi ya había ganado todo — incluso la Copa del Mundo de Catar 2022 — , pero esperó la citación de Lionel Scaloni como si fuese uno más, sin anunciar como un divo que jugaría su sexto Mundial. Y volvió a jugarlo como si tuviera cinco minutos en el fútbol profesional.
Basta ver cómo festejó los goles de los compañeros, colgándose de ellos. Basta ver cómo los compañeros lo llevaron en andas, lo elevaron y lo devolvieron a la Tierra (la construcción del grupo propuesta por Scaloni incluyó bajarlo del póster y encolumnarse sobre su sueño como el sueño de todos). Basta ver cómo lo siguieron hasta el final. Basta ver cómo lo respetaron, cómo lo admiraron. Y no sólo los propios: Lamine Yamal frenó por un instante su celebración y caminó para darle un abrazo. Messi, tirado en el pasto, se levantó. El abrazo entre ellos pareció un pase del fuego sagrado, un cambio de era. “Me da pena; es mi ídolo y verlo perder no me gusta”, aceptó el central Pau Cubarsí, 19 años, como Yamal, jugadores del Barcelona y ahora campeones del mundo. Messi jugó con y contra los que lo idolatran.
Tuvo — y tiene — como antítesis en su carrera a Cristiano Ronaldo, quien a los 41 años — hombre grande — se puso por encima de su selección tras la eliminación: “He ganado tres títulos con Portugal. Antes de Cristiano, Portugal no había ganado ningún título”. Cristiano sintetizó el individualismo, el crack narcisista. Messi fue lo opuesto. Las alegrías más grandes de Messi fueron colectivas, no los ocho Balones de Oro. Y los récords mundialistas con los que sale de la Copa de 2026 hablan por él: si es el que más partidos jugó en la historia (34), es porque puso el cuerpo hasta el final, y si es el que más asistencias dio (12), es porque hubo un otro para hacer un gol.
“Sabemos que los Mundiales para nosotros son especiales, y nos olvidamos de todo lo mal que nos toca pasar; que hay gente que la pasa mal, que no tiene trabajo, que no llega a fin de mes, que la vive peleando; es la vida nuestra, lo que nos tocó siempre”, lanzó después de Inglaterra, y enojó al gobierno de turno, el más desquiciado de la historia democrática de la Argentina.
En la cancha, el Messi del Mundial 2026, una potencia alegre, fue un futbolista de equipo, más allá de sus ocho goles. Se sacrificó por los demás y los demás jugaron por él: el equipo potenció al mejor. Fue solidario, humilde, imperfecto. Se entregó a una causa mayor, etérea, a una idea de equipo. Y cerraron, junto a Scaloni, el ciclo más exitoso de la selección argentina, la mejor de todos los tiempos.
Antes de la final, el fotoperiodista estadounidense David C. Turnley, Premio Pulitzer 1990, publicó una foto de un dibujo a mano realizado por Messi en el marco de una campaña de Adidas en 2007. Leo tenía 20 años. El dibujo incluye un mensaje escrito de puño y letra: “Para todos los chicos: disfruten y luchen por su sueño que con trabajo todo se consigue”. Messi se dibujó a sí mismo como puntero derecho, tirando un centro con la de palo, como el que le puso en la cabeza a Lautaro Martínez para el 2–1 a Inglaterra después de que en la misma jugada le ganara una pelota dividida a Djed Spence, ágil defensor de 25 años. Recuperación y gestación.
“Mientras hablábamos de los desafíos que había superado de niño, se desenvolvía con una tranquila confianza que hacía que su presencia fuera aún más poderosa — recordó Turnley — . Ninguno de nosotros podía imaginar entonces que este joven se convertiría en el mejor futbolista de todos los tiempos. Mirando hacia atrás, lo que más me impacta no es su extraordinario talento, sino su humildad”.
“Envejecer — dijo David Bowie a la revista Gear en 1999 — es un proceso extraordinario mediante el cual te conviertes, finalmente, en la persona que siempre debiste haber sido”. Messi envejeció y sentimos cada vez más cerca el final de su vida como futbolista. Se convirtió en un guiño de ojo, en una complicidad, en unas lágrimas. Los argentinos somos Messi porque él es parte constitutiva de nosotros. “Siempre hablé como argentino porque soy argentino”, llegó a aclararle al diario El País de España en 2009. Messi es sinónimo de fútbol, un deporte colectivo. Y, por estas horas, Messi es además un amor transversal al que millones no tienen nada más que decirle que un montón de gracias, una pila de gracias, una reverberación de gracias, un eco fino de gracias, gracias, gracias.