Mbappé contra Le Pen, la disputa sobre el corazón de Francia
La justicia le permite competir en las elecciones presidenciales a la referenta de la ultraderecha francesa. El seleccionado, con su capitán a la cabeza, su principal opositor.
Mientras la selección francesa, con Kylian Mbappé a la cabeza, despliega el mejor fútbol del Mundial en términos de espectáculo e ilusiona a la nación con la tercera semifinal consecutiva, la política francesa fue sacudida por la noticia de que Marine Le Pen podrá ser candidata a presidenta en las elecciones de 2027. La Corte de Apelaciones de París ratificó el 7 de julio su culpabilidad en una causa por desvío de fondos del Parlamento Europeo, pero modificó la pena de inhabilitación que, en primera instancia, la había dejado fuera de la elección de 2027.
El tribunal consideró probado que el Frente Nacional –hoy rebautizado como Reagrupamiento Nacional– había montado durante más de once años un sistema para pagar con dinero del Parlamento Europeo a empleados que trabajaban en realidad para el partido. Calculó el perjuicio en 2,8 millones de euros y condenó a Le Pen a tres años de prisión –dos en suspenso y uno bajo detención domiciliaria con tobillera electrónica– y 45 meses de inhabilitación, 30 de ellos también en suspenso. Como los quince meses efectivos se consideran cumplidos desde marzo de 2025, la dirigente recuperó sus derechos electorales.
La candidata, condenada por apropiación de recursos públicos, vuelve a la carrera presidencial como favorita, al menos en primera vuelta. Le Pen recurrió además el fallo ante la Corte de Casación, lo que suspende la ejecución de la sentencia y, por lo tanto, tampoco utilizará la tobillera. Será la cuarta campaña presidencial para Marine Le Pen, en una lenta y paciente construcción de legitimidad electoral que la ha visto, cada vez, superar su techo anterior. Las encuestas la ubican muy por encima de sus rivales. Ifop le asignó un 36%, frente a rivales que, en ningún caso, superaban el 19%. En segunda vuelta los escenarios eran más ajustados, pero el techo electoral que hacía virtualmente imposibles sus ilusiones presidenciales aparecía definitivamente agrietado, y las chances de Le Pen, sumamente claras.
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Matar al padre
Marine Le Pen lleva quince años como principal referenta de su espacio, desde que heredó de su padre, Jean-Marie Le Pen, el liderazgo del Frente Nacional, refugio histórico de la extrema derecha francesa, heredera de Vichy y las organizaciones paramilitares en Argelia. Le Pen recibió de su padre un apellido conocido, una organización disciplinada y un capital electoral importante, pero también una marca asociada con el antisemitismo, el colaboracionismo y el racismo explícito. Una política que para muchos franceses era, sencillamente, diabólica.
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SumateLa hija se dio una estrategia gradual de “desdiabolización”, que consistió menos en abandonar el núcleo ideológico de la extrema derecha que en modificar sus códigos, lenguaje y presentación pública. En 2015 expulsó del partido a su padre después de que éste volviera a referirse a las cámaras de gas como un detalle de la Segunda Guerra Mundial. Tres años más tarde rebautizó al partido, qué pasó de Frente a Reagrupamiento Nacional.
Marine reemplazó la nostalgia colonial, el catolicismo ultramontano y las provocaciones antisemitas por un discurso centrado en la inmigración, el islam, la inseguridad, la soberanía nacional y la pérdida de control a manos de Bruselas. Moderó además algunas de las propuestas que más temor despertaban entre los sectores medios franceses. Dejó de pregonar la salida inmediata del euro, suavizó su antigua cercanía con Rusia y dejó de plantear abiertamente un retiro de la Unión Europea, mientras la prioridad nacional para acceder al empleo, la vivienda y los beneficios sociales permanecen en el centro de su programa.
Al mismo tiempo, Le Pen construyó una derecha social más estatista que la derecha republicana tradicional. Se opuso al aumento de la edad jubilatoria, Le Pen defendió subsidios y servicios públicos y presentó a la inmigración como la causa de los problemas fiscales franceses. Un nacionalismo económico que también ha suavizado en el último tiempo, de la mano de su segundo, Jordan Bardella, que ha buscado ampliar el electorado hacia la derecha más liberal en lo económico y volver al partido más aceptable ante los sectores empresarios.
Pero incluso con los últimos ajustes, el partido que nació de los viejos colaboracionistas con el nazismo, intenta reconstruir una narrativa similar a la original de De Gaulle y su movimiento, aunque sin sus inclinaciones europeas. Estado fuerte, soberanía frente a las grandes potencias y defensa de una comunidad nacional que se supone anterior al mercado. Un posicionamiento que encontró terreno fértil en las regiones perdedoras de la modernización de la economía francesa durante el auge del neoliberalismo, aún en su relativamente suave versión europea.
Los números describen el éxito de la estrategia “marinista”. En 2002, Jean-Marie Le Pen llegó inesperadamente a la segunda vuelta presidencial, con el 16,86% de los votos. Francia reaccionó como si se hubiera traspasado una frontera moral. Socialistas, comunistas, centristas y conservadores llamaron a votar por la reelección de Jacques Chirac, que en las encuestas de segunda vuelta aparecía empatado con el candidato socialista. El presidente obtuvo un aplastante 82,21% y Le Pen padre apenas el 17,79%.
Quince años después, Marine volvió a poner al partido en segunda vuelta. En ese momento, casi duplicó el porcentaje de su padre. Obtuvo el 33,9% contra Emmanuel Macron en 2017. Cinco años más tarde, en 2022, y tras una gestión entera de desgaste de la figura presidencial, llegó al 41,45%. Le Pen creció sobre los escombros del bipartidismo. Los socialistas y la derecha gaullista, que se habían alternado en el poder durante décadas, no acceden a una segunda vuelta presidencial desde 2012. En 2022, Valérie Pécresse, candidata de Los Republicanos, obtuvo el 4,78%; Anne Hidalgo, del Partido Socialista, apenas el 1,75%.
El ajuste europeo posterior a la crisis financiera, las reformas laborales, el deterioro industrial y la percepción de que socialistas y conservadores aplicaban versiones distintas de una misma política redujeron las lealtades partidarias tradicionales. Durante dos elecciones, sin embargo, Le Pen siguió encontrando un límite infranqueable. No había mayoría para que la ultraderecha gobierne a Francia. Macron se benefició de ese rechazo en dos ocasiones. Fue reelecto sin ser nunca popular. No nos une el amor sino el espanto. La pregunta de 2027 es si ese dique de contención continúa existiendo o si la hija de Jean-Marie Le Pen puede, además de llegar al ballotage, ganarlo.
La Francia de Macron
Macron transita el último año de su último mandato con una popularidad bajísima, que en distintas mediciones oscila hace ya meses alrededor de la quinta parte de la población. Conduce un país donde prima la percepción de decadencia. Francia conserva infraestructuras, protección social y niveles de vida elevados, pero combina bajo crecimiento con una situación fiscal cada vez más difícil. La economía se contrajo un 0,1% en el primer trimestre de 2026 y el desempleo subió al 8,1%, su nivel más alto desde comienzos de 2021. El déficit público, aún en caída, fue del 5,1% del PIB en 2025 y la deuda llegó al 115,6%, mientras el gasto estatal equivalió al 57,2% de la economía francesa. Los franceses demandan que el Estado preserve jubilaciones y servicios públicos, mientras desde los organismos internacionales y asociaciones empresariales se empuja un ajuste.
La crisis no es solamente económica. Los atentados de la década pasada, las discusiones sobre seguridad, islam –Francia es el país con mayor población mudulmana de Europa Occidental– e integración, y la sensación de pérdida de control alimentaron una definición defensiva de la identidad nacional que no quedó confinada a la extrema derecha, sino que alcanzó también al oficialismo. No casualmente, los franceses son el pueblo con mayor desconfianza respecto de la Unión Europea.
En dos períodos, el presidente tampoco construyó una estructura política duradera. Los partidos políticos tradicionales siguen siendo hegemónicos a nivel regional, y el oficialismo no tiene mecanismos claros de sucesión ni una estructura que trascienda el liderazgo personal de Macron. Los aspirantes a la sucesión se multiplican y se acumulan sin potenciarse, con propuestas más o menos ubicadas en el centro o a la centroderecha, que buscan sus propios modos de distanciarse de un presidente impopular. Edouard Phillipe, alcalde de Le Havre y Gabriel Attal pican en punta en la carrera. Ambos fueron, en distintos momentos, primeros ministros del presidente.
Desde la derecha tradicional, los republicanos eligieron a Bruno Retailleau, que anunció formalmente su candidatura, sin demasiadas expectativas. Desde 2024, se convirtieron en la rueda de auxilio legislativa del gobierno de Macron, acompañando su agenda de reformas económicas, migratorias y jubilatorias. El partido oscila entre convertirse en la pata conservadora del centro político, competir con Le Pen en dureza o terminar absorbido por ella.
Para la izquierda, el panorama no es más claro. La unidad de la izquierda, constituida para las elecciones legislativas de 2024, se deterioró rápidamente. Desde el sector más a la izquierda Mélenchon ya anunció que volverá a competir con La Francia Insumisa, pero Melenchon es una figura con niveles muy altos de rechazo fuera de su núcleo electoral. Socialistas, verdes y antiguos dirigentes de La Francia Insumisa preparan una primaria para octubre de 2026, mientras Raphaël Glucksmann alimenta su propia candidatura, de centroizquierda europeísta y atlantista. La izquierda podría tener entonces varios candidatos relativamente fuertes y, a su vez, ninguno capaz de ingresar a la segunda vuelta.
La elección podría así reproducir una forma extrema de la lógica de los últimos años: Le Pen frente a quien consiga sobrevivir a la fragmentación del resto. Pero ese candidato llegaría probablemente debilitado, golpeado por la fragmentación, la falta de consensos o la impopularidad presidencial. El frente republicano, como nunca, aparece poroso, pero no desarmado.
En las elecciones legislativas de 2024, Marine Le Pen postuló a Jordan Bardella como candidato a Primer Ministro. El Reagrupamiento Nacional y sus aliados obtuvieron aproximadamente un tercio de los votos y ganaron la primera vuelta bajo el particular sistema que rige para las elecciones legislativas francesas. Para la segunda vuelta, que incluía todos los candidatos que superaran el 12,5% de los votos en cada distrito, la izquierda y el macronismo retiraron centenares de candidatos para evitar elecciones triangulares y favorecer el voto táctico. La ultraderecha fue la fuerza más votada, recibió el 32,05% de los sufragios emitidos en la segunda vuelta, pero obtuvo sólo 88 bancas, quedando tercera, mientras la izquierda y el centro se repartieron el primer y segundo lugar. Un patrón conocido de rechazo, que sólo se activó a último minuto.
Liberté, égalité, Mbappé
Frente a una Francia cansada de sí misma, de sus crisis y disfunciones y carente de figuras políticas convocantes en el seno de su establishment, la selección de fútbol es uno de los pocos reductos de oposición verdaderamente popular al ascenso de la ultraderecha. Parte de un contrapunto que lleva ya tres décadas, desde 1996, cuando Jean-Marie Le Pen acusó a los jugadores de “importados” que no cantaban La Marsellesa.
Dos años después, Zinedine Zidane, Lilian Thuram, Thierry Henry, Patrick Vieira y Marcel Desailly fueron parte de la primera selección francesa campeona del mundo, y luego campeona de Europa, con una respuesta sobre la identidad francesa radicalmente opuesta a la de la extrema derecha. Con el paso de los años, el contrapunto sólo creció, aunque las visiones se mantienen. Mariano Rajoy, expresidente derechista del gobierno español, escribió esta semana que el equipo francés tenía un nivel extraordinario, “pero no tenía franceses”. De los 26 convocados, sólo tres nacieron fuera del país, y salvo Olise, todos vivieron toda su vida en Francia. La frase de Rajoy no es distinta a la de Jean-Marie Le Pen treinta años antes.
Los jugadores decidieron hace tiempo no permanecer neutrales. Lilian Thuram convirtió la lucha contra el racismo en una causa pública. En 2002, integrantes de la selección denunciaron las ideas de exclusión y defendieron una Francia multiétnica y multicultural. Pero fue en la elección legislativa de 2024 cuando el contrapunto tomó su máxima dimensión. Con una representación política en crisis, fueron las representaciones sociales las que tomaron protagonismo para movilizar el espanto ciudadano frente a la extrema derecha, y entre esas representaciones, les Bleus ocuparon un lugar destacado. Marcus Thuram, hijo de Lilian, pidió impedir el triunfo del RN; Jules Koundé, Aurélien Tchouaméni, Ibrahima Konaté, Ousmane Dembélé y otros llamaron a los franceses a votar. Pero fue Kylian Mbappé quien asumió el mayor protagonismo.
Antes de la segunda vuelta legislativa calificó de catastrófico el avance del RN, pidió una movilización urgente y afirmó que no quería representar a un país que no correspondiera con sus valores. Declaró que deseaba seguir sintiéndose orgulloso de vestir la camiseta francesa después de la elección. Una posición política firme, aunque no fuera partidaria. Bardella respondió acusando a los futbolistas de ser millonarios intentando dar lecciones a quienes no llegan a fin de mes. El veredicto de las urnas marcó un éxito para el seleccionado.
En la previa del Mundial, Mbappé insistió. En una entrevista, rechazó la idea de que los deportistas deban limitarse a jugar y sostuvo que el dinero o la celebridad no los vuelven ajenos a lo que sucede en su país, volvió a cuestionar a la extrema derecha y asumió explícitamente el lugar de los futbolistas en el debate ciudadano.
Mbappé probablemente sea protagonista en la elección presidencial de 2027, aunque su nombre no figure en ninguna boleta. Desde 2024, la crisis de representación sólo se agravó, y en un sistema sin dirigentes verdaderamente populares, puede llegar a jóvenes que no siguen o que miran con cinismo la política. Mbappé encarna, él mismo, el negativo de la imagen de Francia que proyecta la extrema derecha. Hijo de inmigrantes, de padre camerunés y madre argelina, él nacido en el área urbana de París es profundamente francés, canta la Marsellesa y tiene una imagen de proyección global, que mira más al futuro que al pasado y se proyecta más allá de las fronteras.
Ese contrapunto simbólico, por supuesto, no alcanza para derrotar a Le Pen. Los problemas estructurales de Francia siguen allí, impávidos ante las demostraciones deportivas. La idea de frenar a la extrema derecha se vuelve cada vez menos atractiva ante los problemas que se acumulan sin resolverse, y cada vez más, la tentación del diablo se fortalece frente al dogma. La selección y su capitán, con sus obvias insuficiencias, al menos ofrecen una narrativa de Francia a la que el mainstream político, hace tiempo, parece haber renunciado.