Martín Rejtman: la biblioteca y sus capas de vida
El director de cine y escritor nos muestra sus libros heredados, los que nunca terminó y otros que sigue releyendo.
Martín Rejtman vive en el límite entre Palermo y Colegiales, una zona antes ocupada por galpones. En su manzana las casas son bajas y la cuadra es tranquila, sin comercios, aunque a pocos metros todo cambia de golpe, en una de esas transiciones abruptas de Buenos Aires entre lo residencial y lo gentrificado. La casa del director y escritor ocupa un terreno amplio y es a la vez antigua y moderna: despojada y luminosa por dentro, pero con una construcción que parece tener muchos años. La excusa de la cita es hablar de su colección de libros y de sus lecturas. Rejtman viaja seguido y mañana mismo parte a México para presentar, una vez más, su película más emblemática, Silvia Prieto (1999). Viaja tanto que tiene un libro sobre sus visitas a festivales de cine, congresos y residencias literarias, editado por Leila Guerriero, Cuarto sucio, ubicación peligrosa, además de varios volúmenes de relatos como Literatura y otros cuentos o Velcro y yo.
Hoy se hace un rato para recibirnos, nos prepara café. La primera biblioteca que vemos es roja y está junto a la puerta, en un living que da a un jardín tupido. Tiene libros, pero también algunos CDs y DVDs. “Esta es la biblioteca de mi mamá. Hace muchos años tengo mi biblioteca en el piso de arriba, oculta. No me gusta colgar cosas en mi casa ni mostrar lo que tengo. Se hizo la casa así y la biblioteca principal quedó arriba y me pareció que estaba bueno no tenerla tan expuesta. Mi mamá falleció el año pasado y me traje la biblioteca de ella”, nos cuenta cuando encendemos el grabador.

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– ¿Qué leía tu mamá?
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SumateLeía muy buenas cosas. Era de hecho la biblioteca de la que sacaba cosas cuando era chico. Ella tenía los libros más clásicos del boom latinoamericano de principios de los setenta, y mucho teatro. Estudió mucho tiempo francés, hizo también la escuela de Psicología Social de Pichon-Rivière, pero se dedicaba a otra cosa, tenía una inmobiliaria.
– ¿Y te trajiste los libros de tu mamá y los mezclaste con los tuyos?
Sí, seleccioné los que quería conservar. Y después llamé a distintas personas para que se llevaran los otros. Los regalé, digamos. Los que nadie eligió los doné a la UNTREF, al programa de Artes Vivas. Ahí doy un cursito, y justo empecé este mes y muchos de los libros están ahí, como para que la gente se los lleve.
– Veo que hay libros de Marta Lynch y de Silvina Bullrich, dos escritoras hoy algo olvidadas que fueron una especie de canon y vendían muchísimo en su época.
Sí, eran de mi mamá también. Me los guardé porque me dio curiosidad. Hay algunos de Dalmiro Sáenz, de Beatriz Guido. Los voy a ojear a ver qué onda. Tengo por supuesto muchos libros que no leí. Este de Murakami por ejemplo no sé por qué lo sigo cargando. Me lo llevé de un hotel de Estados Unidos y lo empecé y lo odié. Creo que de hecho lo menciono en mi libro sobre viajes.
– ¿Cómo está ordenada tu biblioteca?
No tengo orden. Cero orden. Está todo mezclado: El principito convive con libros de Eduardo Pavlovsky, que eran de mi mamá también. De El principito me regalaron el disco en francés cuando era chico, y me mandaron a la Alianza Francesa varios años. Llegué incluso a leer Proust ahí, en el séptimo año de clases. Tengo varias ediciones de Por el camino de Swann en francés, y siempre que lo empiezo, llego hasta cierto punto y lo abandono. No es porque no me guste, de hecho me encanta, pero hay algo que hace que lo deje. Lo empecé mil veces. Estuve buscando las distintas ediciones para mostrarte. Podemos sacar una foto de todas las que tengo, algunas hechas mierda, subrayadas, marcadas, porque las estudié y buscaba las palabras que no sabía. Ya van a ir apareciendo si miramos bien la biblioteca.
– Leés en otras lenguas, entonces.
Sí, en inglés, en francés y en italiano, porque viví un año en Italia, en Roma.
– ¿Y leés libros digitales? Porque viajás mucho y me imagino que eso te resuelve los traslados.
Sí, tengo mucha biblioteca en el kindle. Viajo siempre con eso, y trato de no llevar libros porque son pesados.
– ¿Qué diferencias notás en cuanto a la experiencia de lectura entre el libro en papel y el ebook?
A veces me pasa que agarro libros que quiero releer y tienen la letra tan chiquita que no puedo. Entonces me los bajo para leerlos en el kindle. La experiencia de lectura cambió un montón para mí en ese sentido, por los anteojos que tengo que usar para la presbicia, que es algo que nos llega a casi todos. Y también porque uno va cambiando respecto de su atención disponible. Hace unos años estuve en Madrid y volví a ver Las meninas en el Prado y me acordé de un ensayo de Foucault sobre el cuadro, busqué el libro, lo empecé a leer, y me di cuenta de que no entendía nada. Cuando lo leí en su momento, entendía todo, me parecía recontra fluido… Quizás cuando sos más joven y te enfrentás con esos textos por primera vez tenés un entusiasmo que hace que no importe si no entendés tanto todo. No es una cuestión de entender la totalidad. Y ahora quizás perdí esa paciencia.
– Igual cuando uno es estudiante es estimulante que una cosa te lleve a la otra.
Sí, tal cual. Esa cadena que se arma tiene que ver con eso. Igual yo estudié un año de Historia nomás, y después me fui a estudiar a Estados Unidos. Me reconocieron las materias que aprobé acá, pero tampoco terminé la universidad allá.

– ¿Y cómo empieza tu formación lectora?
En la biblioteca de mi mamá sin duda. Mi vieja me dio para leer de muy chico dos libros muy importantes: El lamento de Portnoy de Philiph Roth, que es un libro de puro sexo, y El pájaro pintado de Jerzy Kosiński, que es súper violento, con mucha guerra, mucha sangre. No sé si fue a propósito, nunca le pregunté. Pero tenía 13 años y me impresionaron muchísimo. Había muchos policiales también, sobre todo los de la colección El Séptimo Círculo, y leía eso también.
– ¿En qué momento considerás que empieza tu propio recorrido?
Quizás a los 13 o 14, con unas revistas mexicanas de superhéroes y Archie, que con mi hermana éramos fanáticos. Gastábamos un presupuesto enorme en esas revistas, así que nuestros padres nos dijeron que no nos podían dar más plata para revistas, pero que sí podíamos comprar libros, los que quisiéramos. Así que iba a la librería Santa Fe, que quedaba cerca de mi casa, ahí en Pueyrredón y Santa Fe, y tenía cuenta corriente. Yo compraba y ellos después pagaban todo. Hasta que me tuvieron que pedir que parara también con eso. Tenía mucha avidez en esa época y fui armando mi biblioteca así, libro a libro.
– ¿Y qué te comprabas?
No me acuerdo del todo. Sí recuerdo el día que salió El otoño del patriarca, porque lo compré en un kiosco. Me bajé en Las Heras y Pueyrredón y lo compré ahí, cerca de la librería Norte. Hoy García Márquez no me interesa en lo más mínimo, pero en ese momento era la novedad también. Lo mismo con Sábato y Abbadón, el exterminador. Había en esa época mucho consenso sobre lo que se leía, ¿no? La gente se guiaba por los pocos medios que publicaban crítica y por la televisión y los pocos canales que había. La información estaba muy concentrada y era una sola. Hoy está súper dispersa.
– Sí, es cierto eso, ya no hay tantas voces autorizadas que recomienden como antes. ¿Cómo te llevás con los clásicos?
Me gusta mucho Henry James, lo mismo Jane Austen, creo que es mi escritora favorita. Es muy genial y la releo mucho. Hace poco releí Emma. Sus libros son todos increíbles y todos iguales. Hace mucho que no leo a Stendhal. A Maupassant lo leí y sus cuentos me parecen buenísimos. Jack London me gusta mucho también. Chejov obviamente. Moby Dick lo tengo pero no lo terminé. Sé que tengo que pasar un momento y nunca lo pude lograr. Tengo mis épocas. Pero por ejemplo ahora los últimos meses leí policiales. Me fui de viaje y leí thrillers, algunos malos, otros buenos. Me resultan muy buenos porque me distraen en el avión. Todo eso en el kindle, claro.
– ¿Y a Borges lo tenés leído?
Sí, claro. De hecho ahora en el kindle estoy leyendo el Borges de Bioy. Es increíble. Lo leí en vacaciones y no lo terminé todavía, voy de a poquito. Es una de las cosas más lindas que leí últimamente, porque no solo te muestra un Borges que no conocés, que dice malas palabras y maldades, sino también la amistad entre Bioy, Silvina Ocampo y Borges y el cariño que le tenían, cómo lo van a cuidar en las operaciones, como lo buscan de todos lados, lo llevan de acá para allá. Y sin ningún tipo de condescendencia…
Bueno, la condescendencia está quizás en el hecho de que Bioy se haya dado cuenta en su momento de que eso lo tenía que volcar en su diario… Y hoy por hoy Bioy es más leído por eso que por su obra literaria.
Sí, no lo había pensado, pero sí. Y me decían el otro día eso mismo del resto de la obra de Bioy. Leí de chico La invención de Morel y me había encantado. Pero no fui consciente del declive que tuvo en la opinión de la gente. Para mí siempre fue uno de los grandes escritores del siglo pasado. Volviendo a Borges, siempre lo leí mucho y me parece el escritor más increíble de todos. Una vez fui jurado del Premio Planeta y me regalaron las obras completas en varios tomos. Me gustan sobre todo sus cuentos. ¿Vamos a la otra biblioteca?

Subimos las escaleras y aparece la biblioteca principal. Es de madera y está bastante nutrida de ejemplares. Se mantiene el desorden que Rejtman ya confesó: de autores, de lenguas, de géneros. También aparecen los adornos y dan la impresión de llevar mucho tiempo ahí. Hay algunas fotos, objetos antiguos como las muñecas de porcelana celeste del afiche de Silvia Prieto, y una claqueta de La práctica. “Este es un collage de Rosario Bléfari”, dice Rejtman señalando una obra de cartón con algunos pliegues apoyada en un estante. “Cuando le dije que se me estaba rompiendo, me dijo ‘Tiralo y te hago otro’. Pero no lo tiré. Y tampoco me hizo otro”.
– ¿Los últimos libros de Rosario los leíste?
No, leí algunos cuentos antes de que se muriera. Pero después ya no pude. Ya voy a llegar.
– Me parece que el Diario del dinero te puede gustar. Al igual que tu libro de viajes, tiene la cronología rota. Las entradas no están ordenadas sino que van saltando de año.
Sí, tendría que probar de leerlo. Porque además cuando usa iniciales o habla de personas, sé quiénes son todos… Rosario me dejó una vez una carta que siempre busco y nunca encuentro, pero sigo pensando que alguna vez va a aparecer. Yo iba a hacer una película con ella en el 88. Ella iba a ser la protagonista. Filmamos una semana y después se canceló. Era una producción extranjera, había un productor alemán que había venido, me hizo firmar a mí todos los contratos, y resultó que me quedé con una deuda enorme con todo el mundo. Fue muy heavy. A los actores se les había depositado la guita al principio del rodaje, entonces yo les pedí a todos si me podían devolver aunque sea la parte que correspondía a lo que no habían trabajado. Estaba desesperado. Y Rosario no lo pudo hacer porque necesitaba la plata. Supongo que en Diario del dinero habrá mucha explicación al respecto. En ese momento me escribió una carta muy dura en la que tenía razón, obviamente. En vez de hablar conmigo, me pasó una carta por debajo de la puerta. Y nunca más la encontré. Ojalá que aparezca. No sé dónde guardo las cosas. Tengo una casa grande y abierta y está todo en todos lados.

– Volviendo a la biblioteca, da la impresión de que sos lector de narrativa más que de ensayo o de otros géneros.
Sí, definitivamente. Poesía leo muy poquito. Ensayo leo poco también. Cuando estudiaba cine leí por ejemplo La imagen tiempo y La imagen movimiento de Deleuze que me parecieron buenísimos. No sé si hoy los podría leer. Me acuerdo que me salteaba un montón de cosas, cuando hablaba de Bergson. Pero cuando hablaba específicamente de las películas lo hacía con una lucidez y una genialidad tal que valía la pena eso de no entender algunas partes. Es un poco frustrante no entender porque uno se pone a pensar si está realmente disfrutando del libro. Pero a veces los pedacitos alcanzan. Esos libros fueron importantes para mí.

– A ver, mostrame un poco algunos libros que te parezcan importantes de aquí.
Este es un libro que a mí me marcó mucho en el secundario: Más que humano. Una ciencia ficción un poco circular, muy adolescente. Me marcó más este que los cuentos de Bradbury, que también leí en ese momento. Durante un tiempo me agarró por leer a Cheever y creo que leí casi todo. No por estudiarlo eh, no soy nada metódico. Me entusiasmo y sigo. No sabría hablar de ningún escritor que leí. Yo veo que la mayoría de los escritores son profesionales en el sentido de que tienen una relación con la literatura de la que pueden hablar. Yo no. Eso no me pasa. Tal vez porque además de escribir me dedico al cine. De mis libros y películas sí puedo hablar, pero no de los libros de otros.
Acá hay un libro de una escritora que detesto: The Witch Elm de Tana French. Resulta que escucho los podcast del New York Times y todas las recomendaciones de lectura me parecen pésimas. Cada vez que compro un libro porque lo recomendaron ahí, me clavo. Soy un idiota. Escuché un podcast de Žižek el otro día hablando de ella como la mejor escritora viva. Y es una americana que se fue a vivir a Irlanda y escribe policiales, pero son unos policiales recontra lentos y un poco psicológicos que me resultan insoportables. Y en el New York Times la entrevistan cada dos por tres y reseñan cada nuevo libro suyo, esperando sus novedades. Por ahí hay algo que no entiendo.
– Tenés varios de Virginia Woolf.
Sí, siempre me pareció increíble. Hace mucho que no la leo, pero la suya es una lucidez de otro nivel. Un día leyéndola me di cuenta que debía haber sido bipolar, porque esa precisión tendría que venir de un lugar así. Una cosa muy cristalina y genial, casi como de droga. Esas descripciones son muy geniales.
– ¿Leíste Opus Gelber de Leila Guerriero? Veo que lo tenés acá a la vista.
Sí, lo leí y me gustó. Hay una escena increíble: cuando van a una cena a un restaurante que se llama Azul profundo y hay todo un tema con las lámparas, Gelber lleva a todos lados una lámpara portátil para iluminarse mejor a pilas o batería. La verdad es que trabajé muy bien con Leila para el libro de viajes de la Universidad Diego Portales. Nosotros sacamos la cronología del medio por una propuesta de ella. Me pareció que estaba bien y que funcionaba.

– De Fogwill tenés varios libros también.
Sí, lo leí en su momento y lo conocí. Era muy talentoso pero muy patotero. Al principio me topaba con él y tenía mala onda. Yo era el joven que había publicado en Biblioteca del Sur y él me trataba de medir. Fui compañero de colegio de Charlie Feiling y una vez me los encontré a los dos en un bar de Corrientes. Me acuerdo que me decía “Vení, vení” y que Fogwill me buscaba para hacerme hablar. También leí a Saer y a Piglia en su momento.
– ¿Y a Puig lo leíste?
Sí. ¡Y una vez lo vi en la Filmoteca de Madrid! Quería producir mi primera película, Rapado, y viajé en la época de la hiperinflación. Me fui a Europa a ver si podía conseguir coproducción y estuve medio varado tres meses en Madrid. Entonces iba casi todos los días a la filmoteca y había invitados. Una vez fue Bertolucci y otra vez fue Puig. Fue genial, realmente. Lo único que hizo durante toda la charla fue quejarse de la plata, justamente. De lo poco que le pagaban por los derechos de El beso de la mujer araña… No paraba de quejarse a un nivel que nadie lo podía parar, y eso que en esa época los derechos de las películas movían mucha plata. Igual era genial verlo.
– Hay también primeras ediciones de autores de tu generación: Alan Pauls, Daniel Guebel, Sergio Bizzio, Luis Chitarroni.
Bueno, Dani Guebel tiene un par de años más y Chitarroni también. Leí algunos libros suyos, no todos porque son re prolíficos. El libro de Alan sobre Borges me parece buenísimo, El factor Borges. No sé si no es lo mejor que se escribió sobre él. Me parece increíble. Digo eso pero no leí demasiado sobre Borges tampoco.
– ¿Y a Aira lo leíste?
Sí, me gusta mucho. A veces más que otras, pero bueno, escribe tanto… Me acuerdo que me había gustado mucho en su momento La luz argentina. Y tengo por acá otros: Los misterios de Rosario, El mármol, El vestido rosa. No es que lo siga, no voy a buscar lo último que escribió, pero me interesa lo que hace, sí. Él último que compré de él es de ensayos: Actos de presencia.

– ¿Y hay algún autor o autora de quien sí esperes su último libro y salgas a buscarlo cuando se publica?
Sí, me pasa con Bret Easton Ellis y con Michel Houellebecq. Los leo porque me entretienen y me interesan al mismo tiempo. Es un poco frívolo lo que digo, pero cuando se mezclan esas dos cosas, voy corriendo a buscarlo. Esos los agarro al toque.
– ¿Dónde comprás libros? ¿Sos de regalar?
Voy a Eterna Cadencia que me queda cerca y me conocen algunos de los libreros y me hacen descuento. De hecho fui a comprar un regalo el otro día. Es casi lo único que queda para regalar, porque CDs no podés regalar más porque no existen, DVDs tampoco… Por suerte quedan los libros, que igual son carísimos. Y además dejo mis propios libros en Eterna Cadencia y en Fetiche. Es difícil encontrar mis libros de cuentos porque ya terminé mi contrato con Mondadori, pero los voy llevando ahí.
– ¿Sos de leer todos los días?
Sí, siempre antes de dormir.

– ¿Qué tipo de lector sos?
Depende del momento en el que estoy. Puedo leer cualquier cosa. Por ejemplo, hace un tiempo Tomás Downey me dejó su novela López López con una dedicatoria, y yo ni sabía quién era. Pero lo leí y me encantó. Y eso que era de guerra, que es un género que no me interesa para nada. Pero me enganché y después le escribí, obviamente. Pablo Katchadjian me regaló su último libro también, Medio real, y lo estoy leyendo y me divierte muchísimo. Me gusta mucho lo que hace.
– ¡Veo que acá hay otras ediciones de Proust! Tenías razón. Hay varias.
¡Sí! Esta es la primera que estudié, dice 1979. Esta página es increíble, toda marcada.


– Siempre me gusta terminar preguntando esto: ¿qué le recomendarías leer a alguien que no tiene muy incorporado el hábito de la lectura como para que se enganche?
Cualquier libro de Patricia Highsmith. Me puse a releerla mucho el año pasado, y leí casi todo. Es una gran escritora de thrillers y la saga de Ripley por ejemplo es muy entradora. No es ninguna boludez, es buena por donde la mires. Los libros además son mejores que las películas. Salvo Extraños en un tren de Hitchcock que es muy buena, en general de ella son mejores los libros. Wenders hizo El amigo americano con Dennis Hopper que es interesante. Pero diría que busquen alguno de sus libros, sin dudas.
– Yo te traje un libro de regalo. Me costó elegirlo, pero me decidí por El idioma materno de Fabio Morábito. Él nació en Egipto, se crió en Italia y se fue a vivir a México. De hecho, escribe en español. Este es un libro de ensayos literarios muy breves sobre distintos temas. Por momentos parecen apuntes, por momentos microficciones. Me parece buenísimo.
¡Gracias! No leí nada de él. ¿Qué hago? ¿Me lo llevo de viaje? Justo estoy saliendo para México.
Gracias, Martín, por recibirnos.