Mark Fisher sobre la derrota: “Abandonen la esperanza”

El crítico y escritor publicó el 11 de mayo de 2015, después de que su partido perdiera las elecciones, un texto donde llamaba a recuperar la confianza.

El 11 de mayo de 2015, Mark Fisher publicó en su blog un texto titulado “Abandonen la esperanza (el verano está llegando)”. Había perdido las elecciones unos días antes.

Su partido, al que adscribe de manera intelectual y militante en ese momento, es el Partido Laborista de Inglaterra. El jueves anterior se habían desarrollado las elecciones en Gran Bretaña para elegir Gobierno. El resultado fue sorpresivo. Se esperaba cierta paridad entre el laborismo y los conservadores y terminó siendo una victoria contundente para David Cameron, que logró reelegirse en su cargo. Una mala elección para el laborismo encabezado por Edward Miliband y también para el partido Liberal Demócrata –hasta entonces formando parte de la coalición de gobierno y ahora fuera de él–. A Cameron le alcanzaba con su propio partido para formar gobierno.

Fisher es (era) un escritor, crítico musical, editor, fundador de revistas y editoriales, profesor de institutos y de la Universidad de Goldsmiths en Londres, colaborador de revistas y diarios pero, sobre todo, creador de un blog muy reconocido: k-punk. Abierto en 2003, y definido como su “única conexión con el mundo” a medida que avanzaba su depresión, la k del nombre era una derivación de la denominación griega para “ciber” (κυβερ). Allí permanecen aún sus escritos (y además han sido compilados y traducidos al español por la editorial Caja Negra). Al momento de la elección de 2015, el blog era una referencia activa de los debates sobre la orientación que debe tomar el laborismo y la izquierda británica en general. En este preciso recorrido por la obra de Fisher que hace Simmon Hamond, se lo describe como un continuador de Stuart Hall: si él pintó el panorama de la hegemonía thatcherista como solución al malestar del capitalismo británico, Fisher hizo lo propio con el paisaje posterior, la consolidación del thatcherismo como germen del Nuevo Laborismo. Para recordar, siempre, la célebre respuesta de Thatcher sobre su máximo logro: “Tony Blair y el Nuevo Laborismo”. El libro de Fisher, Realismo capitalista, resume esa hipótesis bajo la idea de que “el capitalismo ha ocupado sin fisuras los horizontes de lo que se puede concebir”.

Mark Fisher en una foto tomada el 21 de mayo de 2014 (Foto: tomislav medak. Flickr)

La victoria conservadora de 2015 cierra el capítulo británico abierto en 2010, con protestas callejeras estudiantiles, movimientos democráticos y participativos al estilo Occupy, de los que Fisher participa activamente como referente intelectual, orador y militante. Aún proponiendo construir un movimiento más amplio que un partido, termina afiliándose al laborismo, en ese momento liderado por Edward Miliband (el hijo de Ralph Miliband, a quien tal vez conozcan de películas como el debate Miliband-Poulantzas).

El texto del que queremos hablar hoy tiene todas las marcas de la derrota: la tristeza, la indignación, la impotencia y la reflexión. Pero el título de Abandonar la esperanza es, como decimos los jovencitos de ahora, bien bait. Nos invita a leerlo con un engaño: creemos que es un llamado a la resignación y no lo es. Es un texto de análisis, de diagnóstico pero también un plan de acción sobre qué hacer. Y el abandono de la esperanza no es derrotismo sino la búsqueda de un reemplazo. Ya veremos cuál.

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Cuando uno –su partido– pierde una elección, las reacciones se parecen en cualquier latitud del mundo. La primera: enojarse con las encuestas que fallaron: “escuche música, miren televisión, vayan a los pubs y tomen el metro. Los estudios culturales siempre vencen a la sociología electoral”, dice Fisher, en verdad, citando un texto de esos mismos días de Jeremy Gilbert. Segunda reacción: la sensación de que uno ya sabía lo que iba a pasar por un evento particular que funciona como explicación o como profecía. Fisher elige el debate entre candidatos a pocos días de la elección: Miliband sale caminando y da un pequeño tropezón que casi lo hace caer. A nuestro amigo le recuerda a un episodio fabuloso. En 1983, el candidato a presidir el laborismo, Neil Kinnock, está paseando por la costa de Brighton con su esposa en medio de una entrevista de prensa. Les ofrece pasearse por la playa para que tengan imágenes del verdadero Neil. El verdadero Neil cae al agua de traje. El video es hermoso.

Y por último la conclusión: por qué perdimos. Fisher tiene una respuesta alternativa y más interesante. La elección no se perdió el jueves pasado (¿cómo vas a votar un jueves, Inglaterra?). Esta elección se perdió hace cinco años, desde que no pudimos desafiar la narrativa de los tories (los conservadores), dice. Antes que responsabilizar a “un líder errado, a la estrategia publicitaria o incluso a las políticas”, pone la derrota en una desconexión más amplia. Que es la pregunta sobre para qué ganar. Con el blairismo, asegura, el laborismo aprendió cómo obtener el poder después de Thatcher. “Pero al adquirir ese conocimiento, olvidó cuál era su función”, agrega. El leve crecimiento de un partido de ultraderecha populista, UKIP, que obtiene un solo escaño pero 12% a nivel nacional (por el insólito sistema electoral) es un síntoma de ello. Lo más importante: la solución no es “más blairismo” para recuperar a la clase trabajadora. De hecho, por ejemplo, en Escocia el gran ganador resultó el SNP (el Partido Nacional Escocés) que ganó 56 de los 59 escaños con una estrategia movilizadora. En Escocia, dirá Fisher, la respuesta a la traición del laborismo tomó una forma progresista. Y en el resto de Inglaterra una forma reaccionaria, porque era la alternativa al laborismo que quedaba.

Occupy London, el movimiento de protestas frente a la catedral St Paul’s en 2012

El diagnóstico no es tan pesimista como el título. No teman, no se desesperen, ni se depriman, dice. La victoria conservadora no implica que el país esté lleno de individuos egoístas ni que estamos desconectados de la mayoría de la población inglesa. El realismo capitalista, sostiene, no se trata de gente identificada positivamente con el neoliberalismo sino de su naturalización. Su despolitización. Y el discurso conservador sintoniza mejor con eso. Concluye: dada esa variable, la debilidad de la propuesta propia, la maquinaria mediática en contra y el fracaso en ofrecer un relato adecuado de la crisis bancaria es sorprendente que la victoria no haya sido aún peor. Agrega:

Los votantes tories no son necesariamente indiferentes al sufrimiento de los pobres, a las situaciones adversas en que se encuentran los más vulnerables; la mayoría simplemente acepta (¿por qué no habría de hacerlo?) la historia que nos cuenta el realismo capitalista de que “no hay más dinero” y de que debemos tomar “decisiones difíciles”. Sin dudas, esta aceptación es de algún modo interesada: depende de que los que sufren permanezcan fuera de su vista o de su visión periférica.

Entonces, ¿qué hacemos? ¿Nos sentamos a esperar que se termine el capitalismo? Fisher responde que no. Dice que lo que tenemos que hacer es perder la esperanza.

Que la esperanza es un sentimiento parecido al miedo: afectos pasivos que surgen de nuestra incapacidad de actuar. La política de la esperanza es pasiva y de lo que se trata es de hacer: “No necesitamos esperanza; lo que necesitamos es confianza en la capacidad de actuar”. Confianza en el sentido de Spinoza, entendida como “la alegría que surge de la idea de un objeto pasado o futuro del que ya no dudamos”. Aunque sean pocos –si es que hay– los objetos futuros de los que ya no dudamos, dice Spinoza. Recuperar la confianza no como consejo de autoayuda sino como una forma de retroalimentación política: actuar porque hay confianza, confianza porque se actúa. “Una profecía autocumplida, una espiral virtuosa”, dice Fisher. Actuar con la confianza con la que lo hacen los gabinetes neoliberales, que tienen la ventaja de que esa confianza “les viene de la leche materna”. Es de clase: actúan sabiendo que el sistema los ha elegido como los actores legítimos de la posesión del poder.

La tarea es compleja: implica reordenar y volver a producir narrativas, imágenes, textos. Hay una incapacidad de la cultura popular de producir innovación, sostiene Fisher, porque la innovación vino siempre de la clase obrera y es esa clase la que recibe el ataque sistemático a sus condiciones de vida. El efecto del ciberespacio, de la presencia digital en la vida cotidiana, tampoco colabora. Los efectos de la web sobre la democratización del capitalismo, en el saldo, han sido más negativos que positivos, aunque estos últimos existan, sostiene.

El problema fundamental es que para dar todas esas disputas necesitamos un recurso escaso: el tiempo. Tiempo para luchar contra la pobreza del tiempo. Y, si bien parece un círculo vicioso creado por el capital del que es imposible salir, el texto de Fisher culmina con una lista, no exhaustiva, de prácticas que podrían ayudarnos a hacer cosas con los recursos que tenemos, aunque nos falten. Esto es importante. No es un retiro individual. No es un “abandono de internet” sino su apropiación en función de un proyecto político colectivo. Podemos hacer cosas pero –atención a esta revelación fundamental que estoy por hacer– para hacer cosas hay que hacer cosas. Quizás Fisher lo diga mejor que yo, en esta suerte de plan de acción no exhaustivo:

  • Hablar con nuestros compañeros de trabajo sobre cómo nos sentimos. Esto reintroducirá el cuidado y los afectos en los espacios en los que se supone que debemos competir y aislarnos.
  • Hablar con nuestros oponentes. La mayoría de las personas que votaron a los tories o al UKIP no son monstruos, como nos resulta cómodo pensar. Es importante que entendamos por qué votaron de ese modo. Además, pueden no haber tenido contacto con una visión alternativa. Recuerden que es más fácil persuadir a las personas si no provocamos que se pongan a la defensiva.
  • Crear laboratorios de intercambio de conocimientos. La falta de conocimiento sobre economía me parece un problema particularmente urgente del que hay que ocuparse, pero sospecho que también nos vendría bien que más de nosotros supieran sobre derecho.
  • Crear espacios sociales. Crear tiempos y espacios específicamente dedicados a acompañarnos unos a otros: no (todavía más) conferencias, sino sesiones en las que las personas puedan compartir sus sentimientos e ideas. Sugeriría restringir el uso de dispositivos portátiles en estos espacios: ¡no todo tiene que ser tuiteado en vivo o archivado! Aquellos con acceso a espacios educativos o artísticos podrían abrirlos con este propósito.
  • Utilizar las redes sociales proactivamente y no reactivamente. Utilizarlas para promocionar, hacer circular nombres y constituir contra-medios. Debemos utilizarlas como un recurso más que vivir dentro de ellas todo el tiempo.
  • Generar nuevas figuras de odio en nuestra propaganda. El realismo capitalista se estableció constituyendo la figura del vividor vago e inútil como un chivo expiatorio populista. Debemos introducir una nueva figura del parásito: los arrendadores que explotan al Estado a través de los subsidios a la vivienda, los “emprendedores” que ofrecen trabajo mal pago, etc.
  • Comprometerse con formas de activismo orientadas a la disrupción logística. El capital tiene que ser seriamente incomodado y debe tener miedo antes de que pueda ceder territorio o recursos. Puede esperar más protestas, pero estará alerta realmente cuando sus operaciones logísticas se vean amenazadas. No van a jugar limpio, pero esto no es un juego de criquet: ellos saben que es una guerra de clases y nosotros tampoco debemos olvidarlo nunca.
  • Desarrollar estrategias de centralización. Algunas luchas serán estratégica y simbólicamente más importantes que otras. Por ejemplo, la Huelga de los Mineros fue una lucha central contra el realismo capitalista. Quizá no seamos capaces de identificar de antemano cuáles son estas luchas, pero debemos estar listos para movernos juntos e intensificarlas cuando ocurran.

Ha sido mucho texto por hoy. Pero quería dejar dos más que piensan la derrota.

El primero es un texto de John William Cooke que se llama “Malestar en las bases” y está en Apuntes para la militancia, de 1964. El peronismo perdió nueve años atrás, con la importante salvedad de que lo hizo por la vía militar y no democrática. Dice allí Cooke que el descontento de esas bases no es con el régimen militar, los presos, los torturados, los muertos sino con la sospecha sobre la aptitud del Movimiento (peronista) para doblegarlo. Sobre el régimen, Cooke no tiene dudas: está agotado y dio todo lo que tenía para dar. Pero su pregunta es sobre el peronismo y su capacidad de acción frente a eso. La inquietud prevaleciente, sostiene, responde a la impresión de que “nuestros objetivos finales se hallan en una brumosa lejanía que nuestros esfuerzos cotidianos no parecen acortar”. Lo dice más simple: entre los anhelos de tomar el poder y los episodios de nuestra lucha no se ve la relación de una estrategia que avance hacia los objetivos últimos. “Se organiza lo táctico, pero sin integrarlo en una política que, por arduo que sea el camino que señale, presente la revolución como factible, como meta hacia la cual charlamos”. Salvedad II: quizás no todo el Movimiento estaba por la revolución. Salvedad III: Cooke lo sabía bien y usa el viejo truco de traficar en una descripción lo que quiere que sea la realidad. El texto sigue pero me quedo sin espacio, siganlo ustedes.

El segundo libro — que me obsesiona hace algunos meses — se llama La política es sobre el poder y su autor es Eitan Hersh, un politólogo norteamericano. El libro comienza así:

A veces pienso en estos grupos, a la tarde, sentado en mi sillón. Una pila de ropa sucia espera a mi lado. Durante dos horas, la doblo sin entusiasmo mientras miro televisión y chequeo mi teléfono. Actualizo mi feed de Twitter para estar al tanto de la última crisis política, luego paso a Facebook para leer la última noticia clickbait y luego voy a YouTube a ver un compilado de los clips más jugosos en la última audiencia en el Congreso. Luego me quejo con mi familia sobre todas las cosas que vi y no me gustaron. Eso que hago, no es política. Lo que estoy haciendo lo llamo hobby político, un concepto para definir el consumo y la participación en política a través del seguimiento obsesivo de las noticias y el “activismo de sillón” (slacktivism), sintiendo la necesidad de recibir todos los días un estallido político nuevo, de emociones, discusiones y debates, en su mayoría detrás de pantallas y con auriculares puestos. Estoy en buena compañía: este comportamiento representa a como la mayoría de los norteamericanos “involucrados políticamente” pasan su tiempo en política.

Su hipótesis es bastante simple: la política trata sobre el poder. Y el poder, en una democracia, son los votos. Cuando un ciudadano corriente se postula como voluntario en política intenta conseguir poder. Cada votante que consigue es una pequeña pieza de ese poder y los votos acumulados se traducen en políticos y políticas que promueven sus valores. Nuestro amigo Hersh hizo una encuesta en 2018 sobre cuánto tiempo destina el ciudadano promedio a actividades políticas. Un tercio dijo que dos o más horas por día. Pero de ese tercio, una parte describió como actividades políticas el consumo de programas de televisión, podcasts, radio, redes sociales y comentarios con sus amigos y familias. Eran hobbistas.

Eso es un problema, dice Hersh. El hobbismo satisface nuestras necesidades emocionales y curiosidades intelectuales tomando a la política como un hobbie que le quita potencia. Pero empeora la política. Disloca los incentivos de la clase política, que ven un beneficio en generar contenidos para ese tipo de conversación casi deportiva. Tratando a la política como un hobbie le pedimos que actúe así. Y, lo que es aún más grave, el hobby le saca espacio a la política entendida como el trabajo con otro para conseguir poder. Nos saca, en términos de Fisher, tiempo. Pero ese espacio que queda sin ocupar no va a quedar vacío. Lo ocupan otros. El poder político lo ocupan personas que lo quieren más que nosotros. Si no tienen tiempo para leer el libro (¡porque tiempo es lo que nos falta!) pueden leer esta nota que resume bien el argumento.

Con esto termino. Hay, a veces, la sensación en los escritos políticos de Fisher de cierto inmovilismo y una especie de derrotismo (algo atravesado por su vida personal, como la de todos). Sin embargo, hay en este pequeño texto que reseñamos hoy, así como en toda su obra, una convocatoria mucho más potente. Un llamado a una política emancipatoria que busca romper con la apariencia de un orden natural, revelar lo que aparece necesario como una simple contingencia y hacer posible lo que previamente parece imposible. Para eso hay que abandonar la esperanza.

Y recuperar nuestra confianza.

Es politólogo de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y director de la agencia de comunicación Monteagudo. Es co editor del sitio Artepolítica. Nació en Olavarría, una metrópoli del centro de la provincia de Buenos Aires. Vio muchas veces Gladiador.