María O’Donnell: una biblioteca basada en la no ficción
La periodista y conductora abre las puertas de su estudio y nos muestra su colección de libros de periodismo, entre otras curiosidades.
Es lunes, apenas pasadas las 11, y llegamos a la casa de María O’Donnell, en el barrio de Palermo. Para ella el día empezó hace rato: ya estuvo tres horas al aire al frente de De acá en más, su programa de la primera mañana, y ahora nos recibe en el estudio que ocupa la planta alta de su casa. Es un ambiente amplio, con un escritorio que se despliega de pared a pared, una mesa redonda y, del otro lado, una hermosa biblioteca de madera. Periodista, escritora, conductora, docente –una de las formadoras de opinión más sólidas de los medios locales–, O’Donnell también es parte del equipo de Cenital en la conducción semanal en C+ de 540° con Ernesto Tenembaum.
Está en un gran momento profesional: sin ir más lejos, hace pocos días ganó el Martín Fierro de Oro de la Radio y pronunció un discurso encendido y emotivo sobre el lugar de las mujeres al frente de programas de opinión y análisis político. Los premios conviven en este estudio con sus medallas de corredora y con fotos y objetos que vuelven el lugar muy cálido y con su toque personal. Los estantes están llenos pero no abarrotados: se nota que la suya es una biblioteca viva, de consulta permanente. Nos sentamos en la mesa y encendemos el grabador.

Si te gusta El hilo conductor podés suscribirte y recibirlo en tu casilla los sábados.
–Hablemos del camino por el cual te convertiste en lectora. ¿Dónde empezó todo? ¿Cuál fue la primera biblioteca de la que sacaste libros?
En mi casa siempre hubo libros. Mi viejo [Guillermo O’Donnell] era sociólogo, politólogo; mi vieja estudió Historia. Si bien no recuerdo una intención deliberada de ellos por hacerme leer determinadas cosas, siempre había libros dando vueltas. De chica tenía la colección de Puck, que eran libros que transcurrían en internados de nenas. Mis hermanos eran varones y cuando llegó la nena apareció Puck y también Mujercitas, claro. A mis viejos les reproché algunas cosas más de grande, porque por ejemplo yo a Alejandro Dumas lo conocí leyendo El club Dumas, de Arturo Pérez-Reverte. Tuve una época en la que me fanaticé con Reverte y fui para atrás y dije: “¿Por qué me faltó esta lectura en mi adolescencia?”. Me parecía fascinante el formato folletín, así que recién a los veintipico me tragué la obra de Dumas.
¿Qué hace falta para convencerte? La fuente de ingresos más importante de Cenital es el aporte voluntario de su audiencia. Ese apoyo nos permite hacer el periodismo que creemos necesario sin condicionamientos. Este esquema solidario —los que pueden pagan para que todos puedan seguir leyendo gratis— nos llena de orgullo. Por eso, en agradecimiento, les ofrecemos a nuestros Mejores amigos algunos beneficios culturales. Si te gusta lo que hacemos, sumate vos también.
Sumate–¿Y en la adolescencia qué más leíste?
En la adolescencia me agarró el boom latinoamericano, que estaba a full. Me acuerdo de leer a Gabriel García Márquez, a Bryce Echenique, pero no sé bien de dónde los sacaba. No era que a casa llegaran las novedades. Seguramente un libro me iba llevando a otro.
–En esa época eras más que nada una lectora de narrativa.
Sí, tal cual. Muy de a poco empecé a entrar también en la escritura más periodística de no ficción, que después fue muy dominante en mis lecturas. Me parece que La novela de Perón de Tomás Eloy Martínez fue el primer libro que me abrió el mundo de la no ficción. Y después por supuesto A sangre fría, de Truman Capote. Con esas obras empezó para mí todo un camino en la no ficción, que creo que es lo que más he leído en mi vida.

–¿Y qué recuerdos tenés de esos momentos? ¿Cómo circulaban los libros?
Lo que pasa es que mi primer trabajo fue en Página/12. Acababa de terminar la carrera de Ciencia Política en la UBA y quería ser periodista, entré al diario justamente a través de Tomás Eloy Martínez, que conocía a mi papá. Él estaba creando un suplemento cultural de cero y cuando lo fui a ver me dijo que lo único que tenía para ofrecerme era la lista de los libros más vendidos de cada semana. Así que yo recorría las librerías y anotaba eso. Caminaba Florida, Corrientes y avenida Santa Fe.
–Claro, en esa época todos esos rankings se hacían a mano, yendo a buscar el testimonio del librero.
Claro, hablaba con cada librero y registraba los cinco más vendidos de ficción, los cinco más vendidos de no ficción, les asignaba un punto del 5 al 1, inversamente proporcional, y los rankeaba. Era una época en que Jorge Lanata todavía dirigía Página/12 y ya escribía ficción. Estaba también Rodrigo Fresán en el diario, Juan Forn en Planeta. Así que ahí empecé a leer a esa generación de escritores argentinos: Forn, Fresán, incluso [Martín] Caparrós, que para ese entonces ya tenía más obra. Era una camada de escritores modernos, si se quiere, a comienzos de los 90.
–¿Recordás algo que te haya impactado en particular en esos tiempos?
Manuel Puig. Un autor que me voló la cabeza. Tomás Eloy era muy fanático y entonces hizo una tapa del suplemento hablando un poco del personaje, de cómo había apostado por lo popular, de como nunca había tenido el prestigio o el reconocimiento que merecía. Así que me dio intriga y entré a full con Puig y leí casi todo de la mano de Tomás. Y otra cosa que me gustaba mucho en ese entonces era la literatura norteamericana. Me devoré los libros de Paul Auster, por ejemplo.
–¿Y con los clásicos cómo te llevás? ¿Lo leíste a Borges?
Borges es mi gran asignatura pendiente. Voy a ir a ver la peli de Mariano Llinás pronto [se refiere a Biografía de Jorge Luis Borges]. La verdad es que no he sido una buena lectora de Borges, ni persistente, ni he insistido, pero tengo ganas. Me gustaría darle un lugar de relevancia.
–Pero igual viste que hay muchos Borges, tenés el Borges de las conferencias, el de las entrevistas, no es que tenés que leer los cuentos solamente.
Sí, pero me gustaría leerlos. Cortázar sí leí bastante. Incluso me fasciné con Los autonautas de la cosmopista. Y después tuve un tiempo de leer a Tolstói, a los clásicos rusos tipo Anna Karenina, La guerra y la paz. No así Joyce, ponele. Ahí no entré. Tampoco soy lectora de poesía…

–¿Siempre leés en papel o a veces también en digital?
No, necesito papel para leer. Ni siquiera pude con el Kindle. Sé que hay gente que se lo lleva de viaje, pero para mí el del avión es un momento de lectura que amo. ¿Viste que muchos lo aprovechan para ver películas? Yo prefiero toda la vida leer esas cuatro, cinco, seis horas, con concentración absoluta. Dedico mucho tiempo a pensar qué libro me llevo para leer en el avión, porque me es un momento en que me conecto mucho con la lectura.
–Y más allá de los aviones, ¿en qué momento leés?
Me reprocho mucho el tiempo de lectura, porque tengo una competencia muy dura con mi trabajo. Ahora estoy tratando de ordenarme, porque el problema es que cuando estoy escribiendo libros, leo cosas muy asociadas a esa investigación. Y a la vez también leo para mis programas: los libros de los invitados a los que entrevisto, o a veces alguna novedad para presentarla también. Ahora justo estoy por presentar el libro de Jairo Straccia, Galperín, entonces estoy con eso. Y como viene el papa, estoy leyendo la novela de [Santiago] Roncagliolo sobre León XIV, El pastor y los lobos.

–Vayamos a los estantes. Contame por favor cómo está ordenada tu biblioteca.
Podemos empezar del otro lado, donde están los libros de mi época de la facultad. De alguna manera estaba esperando a ver si mis hijas estudiaban algo vinculado a la Ciencia Política, y les podían servir, pero no. Están los clásicos: Weber, Bobbio, y también muchos textos de mi viejo, y algo de la academia más actual. Me fui quedando con los clásicos y algunos libros que a mí me gustan especialmente. Después hice una maestría en Relaciones Internacionales en Estados Unidos, entonces me quedaron casi todas las obras clásicas de ese tema, que ya casi no consulto y que están en inglés. Quise donar esta parte a alguna universidad y es muy difícil, nadie te acepta libros de texto ahora… En estos otros estantes tengo cosas de actualidad y muchos libros de la editorial Siglo XXI. Son textos un poco académicos pero que en sí son más del presente, y hay algunos cruces con crónicas o cosas más antropológicas. Son libros que me sirven también de insumo periodístico a partir de los temas que tocan.

–Da la impresión de que trabajás mucho con todos tus libros.
Sí. De hecho doy un taller en la Universidad Di Tella, y a veces me cuesta encontrar textos que sirvan para enseñar a escribir. El mío es un taller sobre cómo participar en el debate público desde la academia, cómo escribir artículos de opinión. Hay un decálogo cortito de Martín [Caparrós] que me sirve, algunos textos sobre periodismo de Leila Guerrero, y un libro buenísimo de Stephen King que amo, que se llama Mientras escribo, que lo tengo en inglés y ahora lo conseguí en castellano para dárselo a los alumnos. También doy como ejemplos las contratapas de Juan Forn de Yo recordaré por ustedes. Y como alumna hice dos años el taller de Leila y fue una experiencia muy buena, la verdad.
–Volvamos al orden de la biblioteca que me da mucha curiosidad.
Dale. Acá hay varios estantes con libros que tienen que ver con la historia del periodismo. Está la biografía de Lanata, la autobiografía de Caparrós, la biografía de Timerman. Este, El doctor, es sobre Mariano Grondona, de Martín Sivak. Este es un libro de José Ignacio López sobre la historia de Clarín. Hay algo de Magdalena [Ruiz Guiñazú]. Acá están los libros de Carlitos Ulanovsky sobre la radio, y los clásicos de Oriana Fallaci. Tenía más pero fui depurando y eligiendo con qué quedarme. Después en este otro sector tengo libros periodísticos sobre la coyuntura, que duran menos en la biblioteca, ¿viste? Tienen un envejecimiento más veloz. Guardo los que por algún motivo me parecen clásicos, o que resisten mejor el paso del tiempo. Está Robo para la corona, de Horacio Verbitsky, que fue como la explosión de los noventa. Después los libros de mi hermano Santiago O’Donnell, como Filtraciones. Y algunos otros que pienso que van a seguir teniendo vigencia y entonces los conservo por las dudas.

–Y veo que tenés obviamente una sección importante de libros sobre los setenta.
Claro, acá venimos a lo que es peronismo, setenta, dictadura, guerrilla, organizaciones armadas. Bueno, ahí la biblioteca ya empieza a crecer desproporcionadamente y sin tanto orden.
–Fagocita otros estantes. Y es lo que más investigaste, sobre lo que más escribiste y a lo que más volvés.
Sí, estos temas me van comiendo la vida. Y en esta sección tengo biografías. Por ejemplo, Che Guevara de Jon Lee Anderson, que es un librazo. Ese sí que es un clásico. Siempre se dijo que Jon Lee iba a hacer también la de Fidel Castro y al final nunca salió. Este es un súper libro sobre la historia del Che, con todo lo que fue Sierra Maestra, cero romantizado, en el sentido de contar también las ejecuciones y los sacrificios y las dificultades. No le interesa enaltecer la figura, sino también mostrar que el Che era bravo en el monte. Era muy severo y la idea del hombre nuevo era súper exigente. El tema de las ejecuciones del propio ejército rebelde estaba poco tratado y acá Anderson lo cuenta muy bien porque da mucho contexto. Es un librazo realmente.

–Mostrame algunos libros que te gusten en particular por el motivo que sea.
Yo amo este libro de Caparrós, Amor y anarquía. A él le sorprende que me guste tanto. Pero es la historia de una argentina que paseaba perros acá en Palermo y que por amor se metió en un grupo medio anarquista de okupas italianos y terminó en la cárcel. Tiene una historia muy trágica. Después Agustina Macri hizo una película sobre ella. Y bueno, por supuesto La voluntad, que es un libro determinante sobre la década del 70, sin lugar a dudas. Y la biografía de Galimberti también. Son libros muy importantes, que me marcaron. Y también esta biografía de Osvaldo Bayer sobre Severino Di Giovanni es espectacular.
–Se nota que la tuya es una biblioteca muy de uso, de mucho tráfico. Te imagino agarrando un libro, llevándolo a la computadora, usándolo para algo y volviéndolo a poner ahí.
Sí, tal cual, los voy moviendo. Los que tengo cerca del escritorio son los que voy usando, y cuando termino un tema acomodo todo. Mi mayor placer es terminar de escribir un libro y volver a poner todo lo que usé en los estantes. Es un alivio. Marca el corte, el cierre.

–¿Qué tipo de lectora sos?
Bueno, ahora estoy un poco desordenada, voy leyendo un poco salteado. Pero hay autores con los que en su momento fui muy a fondo. Literatura he leído mucho. Ahora acabo de terminar la última novela de Claudia Piñeiro, El canto invisible. De los de ella no me salté ninguno. El otro día me regalaron Koljós, y la verdad que soy fanática de Carrère.
–Te iba a preguntar por Carrère, porque es un periodista con una pluma muy exquisita.
Tengo El adversario, que es un libro que por ahí, cuando empiezo a escribir algo nuevo, lo leo un rato. Y me gustó mucho V13, la crónica del juicio por los atentados terroristas de París en 2015. La parte más periodística de Carrère me interesa un montón. Yoga no lo leí. Después, claro, leía a [Javier] Cercas, Anatomía de un instante. Hay muchos autores que tienen alguna parte de no ficción y otra de ficción, que son a los que por ahí vuelvo mucho. Incluso a Arturo Pérez-Reverte, ¿no? La reina del sur es un libro que me voló la cabeza.
–Leí en tus redes que te gustaban varias novelas de Vargas Llosa también.
Pero fijate que las que más me gustan tienen algo periodístico en general. O sea, hay algo de ficción pero también otra cosa. La fiesta del chivo tiene que ver con un dictador. Está ficcionalizado, pero es la historia de Trujillo y es espectacular. La reina del sur también es de la época en que Pérez-Reverte era corresponsal y cubría casos de narcos para el diario El País. Este fue mi primer libro de Pérez-Reverte y después entré y me volví loca. O, por ejemplo, el libro de Rosa Montero, que es uno de mis libros favoritos en el mundo, La ridícula idea de no volver a verte, que habla de su duelo, pero también es una historia sobre Marie Curie. O Confesión, de Martín Kohan, que tiene algo de Videla y el atentado a Videla adentro. Este tipo de libros me llevan de las narices. Me gustaría tener más tiempo para leer literatura pura, pero no llego con todo.
–Y La llamada, de Leila Guerriero, ¿qué te pareció?
A mí me gusta mucho Leila y La llamada, obviamente, me interpeló, porque me interesan mucho los temas de los 70. Me volvió loca el libro, me pareció extraordinario. Toca además un tema súper sensible como el de las mujeres sobrevivientes con ese ojo clínico, con ese nivel de detalle, de obsesión y de pureza por el texto. El talento para la escritura que tiene Leila es extraordinario. Yo soy de su escuela, digamos. No me atrevería nunca a hacer ficción y no creo tener tampoco ni el talento ni la capacidad de hacerlo. Leila es muy estricta con eso: lo de ella es no ficción pura.

–Es muy envolvente el libro, no lo podía soltar.
Sí, pero incluso fijate, ¿cómo se llama el de la historia del malambo?
–Una historia sencilla.
Una historia sencilla me parece un libro fantástico. No sé nada de malambo, nunca me había interesado el tema, y así y todo me fascinó, me metí mucho en la historia y en esa idea de que el campeón no puede volver a bailar.
–Cambiando de tema un poco: ¿pudiste transmitirles a tus hijas el placer por la lectura?
Sí. De hecho la más grande terminó la carrera de Letras, así que es súper lectora. Tiene el hábito de lectura recontra incorporado. Y mi hija más chica se dedica a lo audiovisual, y es lectora también. El padre les leyó cuando eran chiquitas la saga completa de Harry Potter. Yo metí algo de Dailan Kifki, mucho María Elena Walsh.
–¿Y ahora que son más grandes comparten libros?
¡Sí! Estábamos suscriptas al Club Pez Banana. Y cuando llegaba el libro cada mes se me perdía porque me lo robaban ellas. Soy bastante desprendida, igual. Justo mi hija mayor se está mudando y estamos en ese momento de ver qué libros se lleva, pero de esto que tengo acá no le interesa nada.

–Vos tenés otros intereses y quería preguntarte cuán representados están en tus bibliotecas. Me refiero por ejemplo a la cocina, al cultivo de orquídeas…
Claro, acá tengo algunas cosas. Los libros de cocina están mayormente abajo, en la cocina, justamente. Soy de usarlos bastante, por ejemplo el de pan de Gluten Morgen. Dulces no hago tanto, pero tengo el de Osvaldo Gross, los de Dolly Irigoyen. Este de Narda es viejísimo, de mis primeros libros de cocina. Tengo libros sobre orquídeas también, sí. Y durante algunos años estudié fotografía. Cuando era adolescente laburaba sacando fotos en casamientos, fotos sociales.
–¡No sabía! Y claramente te sigue interesando. Digo, tu último libro es una historia visual de Montoneros.
Sí, acá tengo el sector de libros sobre foto: Ansel Adams, Sebastião Salgado, Sara Facio. Y mi íntima amiga desde la adolescencia es una enorme fotógrafa: Ale Sanguinetti. Ella es fotógrafa de Magnum y tiene mucha obra, muy premiada. En algún punto confluyen los mundos, porque haciendo el último libro descubrí esta obra de Sara Facio, que es un trabajo que ella hizo con la vuelta de Perón, que es espectacular. Cuando estudiaba fotografía, Sara era la referente de la fotografía en Argentina. Y en algún punto lo sigue siendo.
–Me gusta que se hayan cruzado los mundos.
Sí, tengo todos mis mundos en la biblioteca. Mi época de fotógrafa, la cocina, las plantas, los setenta… Falta la parte runner.
–Pero creo que no hay muchos libros sobre eso.
Bueno, está el de [Haruki] Murakami, De qué hablo cuando hablo de correr, que es el texto más clásico. En una época leía un montón a Murakami, y después lo solté. A muchos de ellos en algún momento los solté: a Paul Auster, a Pérez-Reverte, a Murakami.
–Antes de terminar siempre pregunto qué libro le recomendarían a alguien que no lee. ¿Se te ocurre algún título de no ficción que genere mucho enganche? Bueno, si no leyeron A sangre fría, yo creo que debería ser ese. O bien Operación Masacre, de Rodolfo Walsh, que incluso viene antes en el tiempo. Y de Carrère podría ser El adversario o V13, de los que hablamos antes.

–Te traje dos libros de regalo. Este de Nora Ephron, Gente a cenar, que es muy divertido, sobre sus claves para ser anfitriona y cocinar para los amigos. Y este otro ensayo que se llama Imperios de silicio, de Nick Srnicek, el autor de Capitalismo de plataformas. Él estudia hace años las transformaciones tecnológicas y acá analiza los aspectos económicos de la inteligencia artificial y las big tech.
Qué bueno, ¡gracias! De Nora Ephron leí No me acuerdo de nada y está buenísimo. Y el otro me interesa especialmente. De hecho estoy armando todo un estante sobre IA, porque quiero leer más sobre el tema. Ahora estoy fascinada con Michel Nieva: Ciencia ficción capitalista es el libro que más regalé últimamente. Lo tengo en mi mesa de luz.

Muchas gracias, María, por recibirnos.