MAGA para demócratas: el auge de la izquierda antisistema en las ciudades progresistas
Impensado que el Partido Demócrata, los postulantes a su interna son de lo más radicales en su historia. ¿Por qué y cuánto daño le pueden hacer a Trump?
Las elecciones primarias que determinaron los candidatos para las elecciones legislativas de noviembre en los Estados Unidos arrojaron algunas victorias contundentes para “socialistas democráticos”. Las internas, en distritos de la ciudad de Nueva York y en Colorado, implicaron la consagración de nombres insurgentes, con posturas que hubieran sido impensables en el Partido Demócrata en años anteriores, por sobre figuras del establishment partidario. Tratándose de distritos urbanos, donde los demócratas suelen habitualmente superar el 70% de los votos, los resultados prácticamente garantizan que los vencedores serán electos en noviembre y ocuparán lugares en la Cámara de Representantes de los Estados Unidos.
La insurgencia
Entre los contendientes victoriosos, destaca Darializa Ávila Chevalier, que derrotó a Adriano Espaillat, quien representaba hace más de una década al décimo tercer distrito de Nueva York, ubicado en la parte alta de Manhattan y el oeste del Bronx, con más de la mitad de su población de origen latino, y un cuarto afroamericano, 32 puntos más demócrata que el promedio del país. Espaillat, de origen dominicano, llevaba diez años representando al distrito. Fue, hasta el actual período legislativo, la cabeza del grupo latino del bloque demócrata en la Cámara de Representantes, y contaba con el apoyo entusiasta del jefe de la bancada, Hakeem Jeffries.
Ávila Chevalier, también de origen dominicano, proveniente de Florida y autodefinida como una musulmana afro-latina, es una activista de 32 años, graduada en Estudios de Medio Oriente por la Universidad de Columbia, una universidad de élite estadounidense. Ávila Chevalier mantuvo posiciones que hubieran sido tóxicas para cualquier político estadounidense incluso en las elecciones anteriores más recientes. En una cuenta de X que borró en 2022, defendía la abolición de la policía y de las fronteras, la nacionalización de grandes sectores de la economía y la expropiación de quienes tengan varias propiedades.
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Cuestionaba las relaciones afectivas entre personas blancas y personas de color como una forma de opresión, y se pronunciaba repetidamente en contra de la existencia del Estado de Israel y de los propios Estados Unidos a los que refería como “tierras ocupadas” de los pueblos indígenas, y a los que llamó “una puta desgracia”, además de insultar a los dos últimos candidatos de su partido, Joe Biden y Kamala Harris, y culpaba a su país por la invasión rusa de Ucrania. Las disculpas por sus tweets fueron apenas genéricas y sobre cuestiones de estilo.
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SumateComo regla, sin embargo, sostuvo sus posiciones. “Sigo creyendo que todas las deportaciones están mal”, dijo. Postuló la eliminación de ICE, defendió su participación en una manifestación contra Israel el 8 de octubre de 2023 y no se desdijo sobre la abolición de la policía. Nada de eso impidió su victoria, en una interna en la que votó el 17% de los demócratas registrados, una participación creciente respecto de la interna en 2024.
El caso de Darializa Ávila Chevalier es el más saliente en términos ideológicos y de posicionamiento político de una tendencia que desborda la Nueva York de Zohran Mamdani, e incluye postulantes progresistas en ciudades como Seattle, y un bloque que, dado el sesgo hacia el Partido Demócrata de la mayoría de los distritos en los que fueron ganadores, incluirá a varios postulantes socialistas en la próxima legislatura. Candidatos apoyados por los socialistas disputarán también la alcaldía de Los Ángeles, y las internas por en distritos de Missouri, Wisconsin y Michigan, donde Abdul El Sayed lidera las encuestas para el Senado estadounidense.
El descontento de la base
Los socialistas democráticos habían tomado prominencia en los Estados Unidos con la elección de la representante Alexandria Ocasio Cortez, que en 2018 había desplazado al tercer demócrata en importancia de la Cámara para acceder a su escaño en la ciudad de Nueva York, luego de una sorprendentemente exitosa campaña presidencial de Bernie Sanders, que le sostuvo una larga y desgastante interna a Hillary Clinton antes de que fuera consagrada como candidata y derrotada por Donald Trump. No casualmente, el ascenso de este último, y las disconformidades con la realidad de los años de Obama coincidieron con la emergencia de este sector, que pareció estar en relativa retirada durante los años de Biden, para volver con más fuerza tras la nueva victoria de Trump.
Tras las elecciones de 2024, el Partido Demócrata, como marca, entró en crisis. La imagen positiva de los demócratas se ubicó en su mínimo histórico tras la asunción de Trump, incluso mientras el presidente reducía rápidamente su popularidad. Las encuestas atribuían los resultados en las urnas, además de la economía, a un partido teóricamente ideologizado y alejado de la mirada de los votantes, que rechazaban su postura en materia de inmigración, derechos de las personas trans, y seguridad. Los relativamente buenos resultados de Trump en distritos profundamente demócratas, con un porcentaje de voto inédito entre los latinos para un aspirante presidencial conservador parecían dar la razón a esa lectura.
La ruptura, sin embargo, corría en dos direcciones. Si bien es cierto que muchos votantes independientes tienen posturas en materia social a la derecha de los demócratas –más votantes creían en 2024 que Kamala Harris estaba demasiado a la izquierda de los que creían que Trump estaba demasiado a la derecha–, la crisis del partido alcanzaba también a su propia base de votantes, que lo veían sin ganas de pelear y demasiado acomodado a la voluntad de los donantes.
Mientras la sabiduría convencional era que los demócratas debían moderarse, desde las grandes ciudades, donde el partido mantiene un control monolítico y no hay nombres republicanos fuertes, proliferaron desde 2025 las postulaciones lanzadas desde la izquierda. Mamdani en Nueva York, Katie Wilson en Seattle, pero también propuestas de izquierda en Minneapolis y otras ciudades obtuvieron buenos resultados con posturas rupturistas respecto de la gobernanza habitual de las ciudades, como congelar alquileres, o intentar estrategias de transporte público gratuito.
Ante un electorado corrido a la derecha en temas sociales, la hipótesis de las candidaturas de izquierda es que el mensaje económico progresista sintoniza con un electorado que rechaza abrumadoramente la influencia de los súper ricos en la política.
El significado de Israel
Zohran Mamdani trajo también una novedad. Si bien su campaña estaba centrada en cuestiones de accesibilidad y costo de vida, con un foco netamente económico, los ataques que recibió en la interna se centraron en sus posturas sobre el Estado de Israel. Nueva York es la ciudad con más judíos en el mundo, y Mamdani es un antisionista que considera que hay un genocidio en Gaza. La cuenta de sus rivales suponía que la posición de Mamdani era tóxica. No fue así. El ahora alcalde obtuvo el 56% de los votos en la interna, que luego se tradujeron en casi un 51% de votos en la elección general, y se consagró enfrentado a las instituciones que representan los intereses israelíes en Estados Unidos.
Las elecciones primarias de 2026 fueron diferentes. Las candidaturas de la izquierda partidaria abrazaron la postura sobre Gaza e Israel como línea de ataque en las internas. Darializa Ávila Chevalier es apenas una entre varios ejemplos. Brad Lander, un funcionario municipal de origen judío que se define como “un sionista liberal” venció a Dan Goldman, que ocupaba el cargo desde 2019, haciendo foco en su “apoyo al genocidio en Gaza”. En Colorado, Melat Kiros se impuso en el distrito urbano correspondiente a Denver a la congresista Diana DeGette, que estaba en el cargo desde 1996. Kiros había sido despedida de un estudio de abogados por una carta escrita en noviembre de 2023 defendiendo el derecho de los estudiantes de Columbia a abogar por la desaparición del Estado de Israel, y que eso no sea considerado antisemita.
Los derrotados De Gette, Goldman y Espaillat no provienen del ala derecha del partido. En general, mantienen posiciones que los ubican entre los miembros más progresistas de la delegación demócrata, pero se ubican en el corazón del establishment en asuntos relacionados a Israel. Todos ellos representan, además, distritos urbanos con una importante población universitaria.
Las candidaturas de la izquierda partidaria convirtieron el conflicto en Israel y Palestina en la prueba de fuego para las primarias a lo largo y ancho del país. La apuesta está anclada en dos datos importantes. Por un lado, el apoyo a Israel, que era sólido entre los estadounidenses, ha mutado en un rechazo mayoritario, entre las matanzas en Gaza, la impopularidad del gobierno extremista israelí y su rol percibido en la guerra en Irán. Entre los demócratas, ese rechazo es abrumador. Sin embargo, esa no es la única razón.
Las postulaciones triunfantes lograron convertir a AIPAC, el lobby pro israelí que destina buenas cantidades de dinero a campañas diversas siempre que se alineen en sus temas de interés, en un símbolo de la influencia del dinero oscuro en la conducta de los dirigentes políticos, retratando a sus rivales como alejados de los intereses de sus votantes y alienados con los de sus votantes.
Los moderados
Las victorias de la izquierda, hasta ahora en primarias, en distritos demócratas consolidados, enfrentan sus propios y obvios problemas. Las plataformas de los ganadores, más allá de la creciente impopularidad de Israel, se siguen ubicando muy lejos del sentido común del ciudadano estadounidense mediano o incluso del votante promedio. La polarización puede hacer maravillas en algunos distritos pero sus teorías de la elección enfrentan dificultades severas.
La marca socialista, que es popular entre los demócratas, difícilmente lo sea en una elección general. Muchos de los candidatos triunfadores tuvieron el apoyo de Hasan Piker, un streamer con una importante audiencia que sostiene, entre otras tantas polémicas, que China es su modelo de sociedad. Su no toxicidad en primarias difícilmente se traslade a elecciones generales. Los votantes demócratas son, por lejos, los más proclives a decir que no están orgullosos de ser estadounidenses. Un orgullo que comparten republicanos e independientes. Las posiciones como relajar el control fronterizo o quitar poder a la policía difícilmente vuelen entre un electorado que todavía confía más en los republicanos que en los demócratas en seguridad e inmigración.
Los ganadores en distritos competitivos siguen siendo mayoritariamente demócratas moderados. Desde Rubén Gallego, de Arizona, famoso por haber prohibido en su despacho el término “latinx”, hasta Elissa Slotkin en Michigan, un halcón en temas de seguridad nacional. En Virginia y New Jersey, distritos que Trump perdió por apenas cinco puntos, se impusieron muy cómodamente dos candidatas con pasado en las fuerzas de defensa, firmemente ubicadas en el centro. El gobernador demócrata de Pennsylvania, el distrito pendular más importante ganado por Trump, es Josh Shapiro, un judío sionista, muy abierto sobre sus posiciones, aunque opositor al primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu.
A pesar de las debilidades, desde la izquierda, la apuesta en distritos pendulares es enfatizar un mensaje económico y contrario al establishment político. Sostienen que el entusiasmo y la movilización, junto al rechazo al estado de cosas, los llevarán a la victoria. Cada sector podrá testear su caso en noviembre en el senado. Roy Cooper, un moderado, intentará que los demócratas recuperen una banca en Carolina del Norte, mientras Graham Platner, del ala izquierda, hará lo propio en Maine. Abdul el Sayed, en Michigan, tendrá su primaria en la que los votantes demócratas tienen una gran población universitaria y una gran población musulmana, y de ganar, enfrentará un estado que Trump ganó por poco en 2024.
MAGA para progresistas
En 2010, los candidatos del Tea Party irrumpieron en las primarias republicanas e iniciaron un proceso que corrió los límites del conservadurismo estadounidense. Un proceso que reunió rechazo al establishment, extremismo ideológico, figuras mediáticas y los márgenes de un sentido común construido durante décadas y llevado a las últimas consecuencias. El proceso culminó con el triunfo interno de Trump, y su toma del partido en 2016. Hasta hoy, el Partido Republicano está moldeado por aquella irrupción de manera irreversible. Los demócratas parecen aproximarse a una radicalización en espejo, en reacción a la republicana y a un estado de cosas donde la insatisfacción es generalizada.
Corren el mismo riesgo que los republicanos desde Trump, que se han vuelto expertos en perder elecciones ganables por el espanto que generan sus candidatos. Tal vez más importante, sin embargo, sean las consecuencias de largo plazo, y para el resto del mundo de la gradual difuminación del centro político en una potencia global como los Estados Unidos y la pérdida de consensos entre sus élites.