Madonna tiene algo que decirte

La reina del pop sacó CONFESSIONS II, un disco que piensa la pista de baile. Cuando las fiestas electrónicas son hipermasivas, ella dice que los cuerpos pueden ser refugio, identidad y violencia.

Gracias por venir. A veces me gusta esconderme en las sombras. Crear un personaje, una identidad diferente, donde pueda ser quien yo quiera. La verdad, ojalá pudiera ser como los demás, y simplemente no preocuparme. Pero acá, en la pista de baile, me siento tan libre.

Fragmento de la canción “I feel so free”.

Madonna canta y susurra. Revela sus fantasías, sus miedos, sus inseguridades, lo que sufre, goza y piensa. Madonna dice: “Hay algo de lo que quiero hablar”. Una escucha la palabra no dicha –todavía– en esa oración. Después de tantos años –o justamente por ellos– sabe un par de cuestiones sobre la vida, sobre la música y acá las va a confesar. CONFESSIONS II acaba de salir y es un gran disco no sólo por lo que dice, lo es sobre todo por lo que hace hablar.

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Todo empieza en una pista de baile de un club, con un techno duro que remite a su pasado, a los inicios de su amor por la música, por el borde de la noche donde se formó la Ciccone. Esa mujer de ascendencia italiana que fue la reina del pop, escandalizó a todo el mundo, puso al sexo en el medio de toda su obra, dominó la masividad absoluta y le contó un secreto al oído a una comunidad gay diezmada por el HIV a principios de los noventa: cada uno es una obra de arte y ser feliz es una responsabilidad por estar vivo. A esa gente le dedicó su vida, y ahora, acercándose a los 70 años, con sus tacones de mostra madre patea la dance floor y les cuenta un secreto: este refugio que construimos, de fantasías y heridas, de cuerpos sudados y elusión, hay que defenderlo.

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El enemigo no es la edad ni los mandatos –aunque podrían serlo porque siempre lo son–, es el lazo que se rompe entre uno mismo y su identidad, su esencia, su corazón. Es eso lo que reconstruye en este disco. Planteado como un set de una hora sin cortes, difícil de amputar para armar una playlist (salvo por esa canción reggaetonera con Feid, que mejor esquivar), Madonna propone un recorrido a partir de una película autobiográfica que no se va a hacer. Que descartó por titánica. En esas escenas sus seres queridos todavía están con ella –su madre, su hermano—, y los homenajea, como en la cruda canción que canta con su hija Lola León. Están sus amigos que ya perdió, posan y bailan. Los desconocidos que se reconocen en el lenguaje de los cuerpos que bailan, los amantes que se honran mediante la seducción y el peligro. Un lugar imaginario donde no hirió ni abandonó –aunque está herida y siente la pérdida–, donde pudo liberarse y ser ella misma y también todos esos personajes que se inventó. 

Es la respuesta a su celebrado Confessions on a Dance Floor, de 2005, y está compuesto, en su mayoría, en la intimidad de su escritura junto a la construcción sonora del productor Stuart Price, el mismo que la acompañó en el ahora nominado Confessions I. Diez años después y con varios trabajos olvidables en el medio, Madonna sigue buscando la mejor forma de expresarse. Ir a lo más profundo de sí misma, una y otra vez. ¿Por qué? Porque en la búsqueda se pierde, y ahí encuentra un sonido que es propio, de nadie más.

En los 80 con Like a Virgin o Like a Prayer provocó a los pacatos al dejar en descubierto las hipocresías de la sociedad cristiana. A fines de los 90 con Erotica o Bedtime Stories y su libro Sex Madonna politizó el sexo y la vida. Después hizo lo que parecía imposible: llevó la emoción, la fragilidad y el quiebre a la música electrónica en Ray of Light o Music a principios de los 2000, por nombrar algunos de los ineludibles de su discografía y de la historia. Ahora lo que hace es volver a repasar su vida, recorrerla como quien busca una clave para entenderse, linkea y hace referencias a su propia obra, para encontrarse y dejarse atrapar. Hay un homenaje a sí misma en los sonidos, a su viaje por el club: hay acid house, techno, trip-hop, trance. Y hay un mensaje para los demás: es juntos. Frente al scrolleo infinito que aísla y enferma: es juntos. Frente a la espectacularización de todo lo que hacemos: dejá eso un rato, no te desconcentres, es juntos. Frente a quien acusa de banalidad una experiencia trascendental, Madonna le dice vení que tengo una cosita que decirte.

Proteger el umbral

La gente piensa que la música electrónica es superficial. Pero están completamente equivocados. La pista de baile no es solo un lugar, es un umbral. Un espacio ritualístico donde el movimiento reemplaza al lenguaje.

Fragmento de la canción «One Step Away».

«La música de Madonna siempre convocó al mercado, pero también a esas personas empujadas al margen de la sociedad», dice MissLupe, una artista electrónica, productora, DJ y cantante argentina entusiasta del CONFESSIONS II. Para ella, el encuentro, el debate y la conversación que propone Madonna es como una celebración popular, donde se ponen en contacto realidades que en otros momentos se repelen. Cuando hay una crisis de salud mental global, donde el acercamiento físico entre extraños y conocidos parece cada vez más difícil, un disco que se escuchará en todo el mundo propone el acercamiento, el autoconocimiento y la empatía.

“Es tan honesto y a la vez tan universal –sigue MissLupe–. Ella, justamente, logra en su escritura que las vidas de unos no valgan más que las de otros, y que podamos conversar y escuchar algunas reflexiones sobre cómo nos estamos manejando como humanidad. Y nos convoca, nos lleva al movimiento de encontrarnos con otros, de ir a celebrar esas letras, de ponerles el cuerpo. Hay algo tanto poético como performático en la música de Madonna, que nos traslada a vivirla en el cuerpo”.

Hay varios críticos como Imanol Subiela Salvo en Radar que dicen que la apuesta es por rendirle culto a ese espacio que todavía no fue captado del todo por internet y que no puede sentirse a través del teléfono. La pista de baile sigue manteniendo ese portal abierto, como susurra ella a la mitad del disco. Gabriel Orqueda, DJ residente y gestor de la fiesta Pop Hereje, que le rinde culto y amor a Madonna desde tiempos inmemoriales, sostiene que este álbum es un gesto para despabilarse y reaccionar. “La música electrónica puede ofrecer experiencias trascendentes, tiene sus grandes obras, y el reconocimiento de la crítica y las instituciones. Creo que lo que nos propone, y en todo caso lo que está en juego, es la recuperación de ese ritual. Volver al cuerpo, salir de las pantallas, que dejen de mediar en esa experiencia”.

Bajo la superficie

Solo hay una cosa que me gusta más que compartir lo que sé con los demás, y es aprender. Por favor, que alguien me enseñe algo que aún no sepa.

Fragmento de la canción “School”.

La música electrónica, históricamente señalada como superficial –acusación a la que Madonna responde una vez más en CONFESSIONS II, tal como hizo a lo largo de toda su obra durante cuarenta años– está en auge como nunca en la historia.

Las fiestas de música electrónica se reproducen en todas las escalas posibles. Desde las veraniegas al costado del mar en la Costa hasta las mega estructuras en Mendoza o Córdoba, las más fabriles en Rosario o las internacionales Sunsetstrip del DJ Hernán Cattaneo. Hay nombres que ganan relevancia, Mariano Mellido o Juan Hansen, por ejemplo. El mainstream de la electrónica crece tanto que repercute en un todo. Lo que pasa acá sucede en todo el mundo. Qué va, si hasta Rosalía le hizo una canción a Berghain, la discoteca más importante de Berlín, y venimos de una estadía veraniega en Brat de Charli xcx.

Mientras la cultura de las raves, del set pensado para un público en particular, irrepetible, con ciertos climas y ambientes de acuerdo al momento y el lugar, de horas y horas bailando hasta perder el sentido temporal. La música electrónica se va volviendo más masiva con el auge de las redes sociales postpandemia. Ezequiel Fanego, editor de Caja Negra, ravero viejo y DJ Fango, reconoce que mira lo que está aconteciendo con cierta desconfianza y tristeza. «Hubo una masificación del sonido y un consumo que está muy lejos de la experiencia real de estar en una pista bailando y también del oficio del DJ». 

Fango habla de una «estética de zapping musical» más vinculado al rush de la dopamina de las redes sociales. A sets que sólo pretenden levantar la intensidad, un tema detrás del otro, como único objetivo, imposible de asimilar. «Anula la posibilidad de un relato, anula los cuerpos y se pierde la posibilidad de inmersión de un set, de la descomposición del ego que implicaba la experiencia de la música electrónica en sus orígenes».

Siempre la cultura clubbera tuvo sus reductos alternativos que le hablaron a otras personas, que resisten estos movimientos tecnoculturales masivos, pero cada vez es más difícil. El álbum de Madonna, en un punto, le habla a esto, propone reflexionar sobre la pista de baile, pensarse como consumidor del ecosistema y te invita un poco a interrogarte. Como dice Orqueda de Pop Hereje, “sin bajarte línea directa”, pero ineludible al escuchar el disco como un todo.

En 16 canciones la reina construyó su propio set electrónico para conversar sobre estas cosas. MissLupe piensa que Madonna está usando CONFESSIONS II como una plataforma: «Ella siempre, a través de la música pop bailable encontró un soporte en el cual poder conversar mientras las personas están en movimiento». La muerte, el aislamiento, la desconexión, la tristeza, el deseo, los reproches, el perdón, la identidad. Todo eso es una confesión sobre la pista de baile. Y bailaremos.

Periodista. Neuquina en estado de porteñitud y sala de ensayo. Editora en Cenital. Autora de "Brilla la luz para ellas. Una historia de las mujeres en el rock argentino 1960-2020" y "Entre dos ríos". Hace Ruido y Sentimiento en YouTube.