Lula: el calendario electoral, entre Milei y Trump
La escala diplomática inédita entre Brasil y Argentina se entiende a partir de la virulencia del presidente, pero también de la relación comercial bilateral.
El presidente argentino Javier Milei insultó a su par brasileño, Luis Inacio Lula da Silva, durante un acto de apoyo a la candidatura presidencial de Flavio Bolsonaro en San Pablo, en el que también insultó al juez del Supremo Tribunal Federal de ese país, Alexandre de Moraes. Ante la desmesura de las palabras del mandatario, el gobierno de Brasil llamó a consultas a su embajador en la Argentina, Julio Bitelli, y pidió explicaciones al embajador argentino. De vuelta en nuestro país, Milei insistió: “Es ladrón, es un corrupto. Fue condenado. Estuvo preso, con lo cual es cierto lo de presidiario. Lo liberaron por una falla administrativa, no por ser inocente. Por lo tanto, es ladrón y es un corrupto”. Brasil anunció que el embajador Julio Bitelli ya no volvería y que la relación se iba a mantener al nivel de encargado de negocios.
A apenas días de este incidente, la Administración Trump, por medio del secretario de Estado, Marco Rubio, revocó el visado de la embajadora de Brasil en Washington, Maria Luiza Ribeiro Viotti. Una medida dirigida a presionar al gobierno de Lula da Silva en el marco del enfrentamiento diplomático entre ambos gobiernos a partir de las sanciones comerciales de Washington sobre Brasil.
El Departamento de Estado mencionó la demora en la aprobación del embajador estadounidense designado, Daniel Perez, un aliado cercano de Marco Rubio, y la denegación del ingreso de dos funcionarios del Departamento de Estado que planeaban viajar a Brasil y reunirse con el candidato opositor, Flavio Bolsonaro. La medida, que no es una expulsión formal, ya que el Departamento de Estado indicó que la visa oficial le será restablecida en cuanto el gobierno de Brasil resuelva favorablemente el estatus del embajador nominado, escenifica el descontento de Washington con el presidente de Brasil en un contexto que ya no disimula su condición electoral y en el que la relación bilateral aparece subordinada a las pretensiones del gobierno de Donald Trump.
Si te gusta Mundo propio podés suscribirte y recibirlo en tu casilla los lunes.
Vistos en su conjunto, también, ambos incidentes adelantan la tónica de una campaña en la que Lula intentará representarse como el candidato de la soberanía y el interés nacional frente a la injerencia de la internacional derechista que comanda Washington y cuyo representante brasileño es la candidatura de Flavio Bolsonaro.
¿Y esta cajita de texto para qué está? Acá es donde despabilamos a nuestros lectores y les contamos lo difícil que es hacer periodismo en estos tiempos. Por eso, si la información que leés en Cenital te ayuda a entender mejor lo que pasa, te pedimos que nos des una mano para seguir.
SumateUna historia de dos asimetrías
La escala diplomática inédita del contrapunto de Brasil con Argentina se entiende a partir de la virulencia del presidente Milei, pero también, de la evolución de la relevancia económica de la relación bilateral. Incluso cuando el comercio entre los dos países fue en 2025, en números absolutos, el mayor en trece años, su peso relativo en el comercio brasileño lleva décadas cayendo, mientras crece la importancia de Asia. Argentina representa alrededor del 5% de las exportaciones de Brasil y apenas el 3% de sus compras de bienes intermedios, frente al 10% de fines de los años noventa. China, mientras tanto, absorbe cerca de tres de cada diez dólares exportados por Brasil.
Aunque no es ajeno al fenómeno, la importancia de Brasil para nuestro país mantiene una escala superlativa. Brasil es el primer socio comercial para la Argentina, y fue el destino del 14,7% de las exportaciones argentinas y el origen de alrededor de una cuarta parte de sus importaciones. Además, el 64% de las ventas argentinas a Brasil fueron manufacturas de origen industrial, y concentró el 56% de las exportaciones de tecnología media y alta. Autos, autopartes, maquinaria, químicos y plásticos. Brasil es, con diferencia, el mercado que aporta los mínimos de escala viables para las exportaciones de mayor complejidad, conocimiento e intensidad de empleo del país.
En ese marco, las posibilidades de que la escalada diplomática adquiera dimensiones económicas aparece sumamente improbable, y permite a Lula una gestualidad asertiva. Nuestro país es relevante para Brasil, pero Argentina no dispone de alternativas para profundizar el conflicto y dañar la economía brasileña sin dañarse, en mayor proporción, a sí misma. El comunicado de la presidencia argentina, lamentando la decisión de Brasil, más allá del tono autoafirmativo, es una confesión de esa impotencia.
Para Brasil, la relación se invierte de cara a los Estados Unidos. Se trata del segundo socio comercial de Brasil en bienes y el principal destino de sus exportaciones industriales y de tecnología media y alta, con alto protagonismo de industrias como la aeronáutica y la de maquinaria. Brasil, en cambio, no se encuentra entre los quince principales socios comerciales de Washington. Los daños que el gobierno estadounidense puede causar a productores y consumidores brasileños no tienen equivalencia con los que recíprocamente podría causar Brasil a los consumidores estadounidenses, aún cuando conserva cierta capacidad de impacto sectorial. El gobierno de Trump, muy dado a explotar el mercado de consumo estadounidense como arma, tomo nota de la situación cuando dispuso — en dos ocasiones diferentes — medidas arancelarias contra el Brasil de Lula.
La estrategia de una alianza
Para Brasil, la relevancia de Argentina excede lo comercial, y tiene una dimensión política y de seguridad central en la proyección regional brasileña. Desde la Declaración de Iguazú de 1985, la asociación bilateral es el cimiento de una zona de paz que caracteriza al Cono Sur americano, y que generó un entramado que sobrevivió a los gobiernos. El Mercosur, ABACC, una agencia única en el mundo para verificar el uso pacífico de la energía nuclear, los intercambios científicos y educativos y la convergencia en Naciones Unidas en torno a principios como la solución pacífica de controversias, la integridad territorial y el multilateralismo son apenas algunos ejemplos, que incluyen también el sostenimiento por parte de Brasil de la posición argentina en la cuestión Malvinas.
La alianza permitió a Brasil ejercer un liderazgo regional que era imposible de proyectar sin ordenar su principal relación fronteriza. El acercamiento contribuyó a ordenar también otras rivalidades históricas regionales, y permitió instancias de concertación continental a nivel sudamericano e incluso latinoamericano sin la presencia de Estados Unidos, en los que Brasil pudo ofrecerse, por su peso latinoamericano, como un representante del llamado Sur Global.
El gobierno de Milei se ubica en la vereda de enfrente de ese proyecto. Su alineamiento incondicional con Washington y su hostilidad hacia los instrumentos de autonomía regional desafían la pretensión brasileña de hablar en nombre de la región. El costo de deteriorar la relación presidencial con Buenos Aires posiblemente sea menor para la posición brasileña que aceptar a Argentina como un actor revisionista que busca ser vocero de Washington en la construcción de un nuevo orden regional. La “paciencia estratégica con Argentina” que caracterizó las desavenencias entre los gobiernos peronistas argentinos y los del Partido de los Trabajadores, sólo tiene sentido si sirve al liderazgo brasileño.
América para los (norte)americanos
La relación de Brasil con los Estados Unidos, desde el final de la dictadura, se caracterizó por una formulación compleja, que combinó cercanía económica — particularmente en materia de inversiones — e institucional con una búsqueda persistente de autonomía. Frecuentes diferencias sobre la política continental, en relación a Cuba, Venezuela, China o Naciones Unidas, se procesaron siempre razonablemente dentro de sistemas políticos y empresariales que privilegiaban la relación pragmática sobre el enfrentamiento. La sintonía entre Lula y George W. Bush a pesar del rechazo al ALCA es una muestra de ese esquema.
Brasil aportaba un rol estabilizador regional — por ejemplo enviando tropas a Haití o mediando con Hugo Chávez — y los Estados Unidos permitían los frecuentes gestos de desafío a sus preferencias globales y regionales.
Trump rompió ese modus vivendi que había funcionado con todas las administraciones brasileñas. Su gobierno busca alineamientos absolutos y tiene preferencia por el sometimiento a partir del poder del mercado de consumo estadounidense por la vía arancelaria informaron una serie de intervenciones que tensaron al máximo la relación. Una primera amenaza de aranceles amplios sobre la economía brasileña el año pasado, y una medida, basada en la Sección 301 de la Ley de Comercio estadounidense que impone, desde el 22 de julio, un recargo del 25% a muebles, etanol, maquinaria, calzado, azúcar, indumentaria, papel y miles de productos brasileños.
La investigación, cuyos fundamentos son tan amplios que evidencian ser una excusa en el contexto electoral, reúne cuestiones de comercio digital, propiedad intelectual, etanol, política anticorrupción y deforestación. Más imporante, nombra el sistema PIX, un sistema de pagos creado por el Banco Central, muy popular entre los brasileños y muy cuestionado por las grandes empresas de tarjetas de crédito estadounidense.
Si bien las excepciones para carne, café, energía, tierras raras y aeronaves reducen el impacto de la medida, el gobierno brasileño calculó que el paquete afecta unos 7.000 millones de dólares anuales, equivalentes al 18% de sus exportaciones a Estados Unidos. A esto se sumó una segunda medida, de alcance global, vinculada a la fiscalización del trabajo forzado, que agregó 12,5 puntos, el 23,1% de las ventas brasileñas quedó alcanzado por alguno de los nuevos aranceles.
La presión es inseparable de la estrategia regional trumpista. La Estrategia de Seguridad Nacional de 2025 convirtió al hemisferio occidental — el nombre estadounidense para el continente americano — en prioridad estratégica, y puso el alineamiento de los gobiernos en el centro de la estrategia. El “corolario Trump” a la Doctrina Monroe, que no busca sólo contener a China, sino utilizar el poder económico, diplomático y militar para ordenar una región a la que ven como exportadora de migrantes y crimen organizado y como depositaria de riquezas minerales y energéticas.
Un cuadro que agrava la mirada de Marco Rubio, formada en Florida, donde América Latina es cuestión de disputa doméstica, con el corazón en Cuba.
Entre el acuerdo fallido y la injerencia electoral
Para Lula en Brasil, la amenaza estadounidense es seria. A diferencia de Canadá, Australia o Europa, en América Latina, las intervenciones electorales de Trump fueron exitosas. En la Argentina, el Tesoro acordó un swap por 20.000 millones de dólares, compró pesos y Trump condicionó la continuidad de la ayuda al triunfo electoral de Milei. En Honduras, donde respaldó al conservador Nasry Asfura, amenazó con retirar asistencia si perdía y volvió a intervenir durante un escrutinio extremadamente ajustado; o para José Antonio Kast. Hay que sumar a Venezuela, donde la captura de Nicolás Maduro y el gobierno interino de Delcy Rodríguez no produjeron todavía elecciones libres, pero sí un gobierno alineado, que multiplicó los envíos de petróleo venezolano a Estados Unidos.
La cercanía de la elección convierte el enfrentamiento en una preocupación adicional para Lula, que ya tuvo un capítulo anterior en el que se creyó ganador. Cuando Trump anunció en julio de 2025 aranceles de hasta el 50% por el proceso contra Jair Bolsonaro, su aprobación subió por primera vez en el año. Quaest mostró que el 72% de los brasileños consideraba equivocada la medida y una mayoría respaldaba la postura de Lula, que pudo presentar a la familia Bolsonaro no como aliada de una potencia dispuesta a perjudicar empleos brasileños para obtener impunidad.
Pero Lula sobrevendió su capacidad para resolver la disputa. Después de reunirse con Trump en octubre afirmó que había garantizado un acuerdo. Washington retiró recargos sobre alimentos, levantó las sanciones contra el juez Alexandre de Moraes y luego eximió a las aeronaves brasileña de aranceles.
Entre el sparring y la pelea de fondo
La soberanía y la lucha contra la intervención extranjera van a ser eje de la campaña de Lula que intentará colocar a Flavio Bolsonaro como representante de los intereses ajenos. En ese relato, Milei es un adversario conveniente. Ideológicamente nítido, excesivo y con capacidad de daño limitada. La dependencia argentina del mercado brasileño y el entramado institucional del Mercosur reducen, además, la posibilidad de que los insultos deriven en consecuencias inmanejables de largo plazo. Lula puede endurecer la retórica y la respuesta diplomática y anotar puntos rápidos sin poner en juego demasiado. Milei es un buen sparring.
Cada intercambio retórico o material con el gobierno de Trump, en cambio, supone un riesgo equivalente a la impronta soberanista que ofrece. La narrativa de Lula se refuerza con cada medida de Trump, pero las medidas pueden tener o proyectar efectos sobre la economía real. Es posible que, en un escenario ajustado, la cuenta de algunos brasileños en el estrecho que va a definir una elección pareja y polarizada sea que es necesario resignar posiciones soberanas para evitar daños mayores, y el voto desgarrado vaya a Bolsonaro, o que se priorice enfrentar la prepotencia trumpista.
En cualquier caso, para Lula, el mejor escenario es un acuerdo, y en el peor, su misión es no ser visto como el causante de la ruptura, por lo que cuidará su retórica respecto del presidente estadounidense. Milei puede ser una capa protectora para la negociación que ocurre lejos de la vista de todos, donde las concesiones serán inevitables.