Luchador sordomudo
La Momia estaba muerta. Era su rigidez de momia lo que nos asustaba y le daba, a veces, el beneficio de la victoria, y otras la derrota en el ring de los Titanes.
Un día nos dimos cuenta del todo de algo que hasta entonces sólo habíamos intuido o entrevisto: que La Momia estaba muerta. Que era por eso, especialmente por eso, que nos daba tanto miedo. Porque, entre los malos de aquel entonces (los malos de Batman en verdad nos divertían, Pierre Nodoyuna en Los Autos Locos podía resultar hasta querible, el coyote en El correcaminos nos daba incluso pena), pocos o ninguno nos asustaba como La Momia.
El reparto entre malos y buenos funcionaba eficazmente en Titanes en el ring (ningún niño iba a abuchear a Superpibe o al Payaso Pepino, y ninguno iba a vitorear a Tufic Meme o al Vikingo). Años después, en 100% Lucha, nuevo espectáculo de catch, algo inesperado ocurrió: el más bueno entre los buenos tenía que ser Vicente Viloni y el más malo entre los malos tenía que ser La Masa. Lo de Viloni resultó, los chicos lo adoraban. Pero con La Masa pasó lo imprevisto, y es que los chicos lo adoraban también. Ni le temían ni lo rechazaban: lo adoraban, lo aplaudían, le pedían fotos (yo mismo, que ya era adulto, lo saludé con fervor a la salida del estudio estadio de Telefé).
La Momia no ponía, como ponían los otros, caras feas de rechazo y de furia, no se daba golpes feroces en el pecho a modo de desafío, no lanzaba miradas hostiles a las gradas de los niños. No lo hacía (¡no podía!), pero tampoco lo precisaba. La Momia era siniestra. Por siniestra daba miedo y ese miedo aseguraba su lugar del lado del mal. La rigidez de sus movimientos le jugaba en las peleas a favor o en contra, según los casos: como toda rigidez (la moral o la ideológica, no menos que la corporal), podía aportar firmeza, solvencia, resistencia, pero también resolverse en torpeza, quitando capacidad de maniobra. La Momia ganaba a veces por ser ni más ni menos que eso, una momia; pero otras veces perdía justamente por el hecho de serlo.
Si te gusta Kohan podés suscribirte y recibirlo en tu casilla los domingos.
A poco de estudiar el Antiguo Egipto en la escuela, nos enterábamos de que era a los muertos a quienes se momificaba. Las pirámides nos impactaban, también el infinito de arena, también ese río solo que cambiaba la escena entera. Pero las momias nos impresionaban, como impresiona cualquier figuración de la muerte en los años de la infancia, ligadas como estaban al poder, con su angustiante ambición de para siempre, con la porfía de su falta de resignación (resignarse a no existir, después de tanto haber existido).
¿Y esta cajita de texto para qué está? Acá es donde despabilamos a nuestros lectores y les contamos lo difícil que es hacer periodismo en estos tiempos. Por eso, si la información que leés en Cenital te ayuda a entender mejor lo que pasa, te pedimos que nos des una mano para seguir.
SumateY después venía Karadagián, con la troupe de Titanes en el ring, y La Momia estaba entre ellos. Era eso: estaba muerta. Estaba muerta y vivía (se movía, caminaba, subía al ring, luchaba), pero vivía estando muerta. No era un caso de resurrección, lo que vuelve de la muerte a la vida; no se iba de la muerte, pero a la vez estaba viva (¿a qué había que atribuir, entonces, el tenor de su rigidez: a las vendas que la maniataban o al estricto rigor mortis?). Sus brazos cruzados en el pecho remitían claramente al túmulo (le debemos al Faruk de Fabio Alberti el factor liberador de hacernos reír de ese gesto), y nada había más estremecedor que la venda que le tapaba la boca: era lo que nos daba a ver, con su palpitación de adentro y afuera, que La Momia ¡respiraba! Que fuera, como era, y lo decía expresamente su canción de presentación, un “luchador sordomudo”, acentuaba esa ajenidad relativa, ese estar pero no del todo (ya que no podía suplir la mudez con gestos, como el Bernardo de El Zorro, que no obstante sí escuchaba).
La Momia pertenecía en verdad a la estirpe de los zombies, de los walking deads, del video de “Thriller” de Michael Jackson; pero todo eso, en nuestras vidas, llegaría bastante después. No es menor este entrelazamiento lúgubre de lo vivo y de lo muerto en el tiempo en que ocurría. Una figura derivada apareció un poco más tarde, y era La Momia Negra. Por ser negra, y siempre momia, podría haber acentuado en principio el efecto de miedo infantil: aún más oscuridad en algo de por sí ya oscuro. Pero las momias consabidas se envolvían en vendajes blancos, o de ese amarillito gastado que exhiben también los papiros, una momia negra ya no resultaba tan momia. Y además, en procura de acentuar el contraste con la original de albura, esta otra, la negra, no sólo no era rígida (vale decir, momificada), sino todo lo contrario: era elástica, como de goma, hiperkinética, como enchufada con un exceso de voltios, nerviosa como un electrón. Era mala, eso está claro, y no nos era posible quererla; pero el efecto de muerte en vida se diluía por completo en ella. Nos daba miedo, pero igual que nos lo daba una araña, que era a lo que en verdad remitía (mucho más que El Hombre Araña, que lo que tiene de araña no pasa del expedir telas).
Una vez, mi papá me llevó a ver Titanes en el ring en el Luna Park (como yo, unos treinta años después, llevaría a mi hijo a ver 100% Lucha en el estudio estadio de Telefé). En la última pelea de la noche, la estelar, la culminante, luchaba Martín Karadagián, el Armenio, el campeón del mundo, nada menos que contra La Momia. ¿Y qué pasó? Pasó que ganó La Momia. ¿Ganó La Momia? Ganó La Momia, sí. Ganó La Momia. Lo tiró a Karadagián, sobre la lona resonante y tensa; Karadagián cayó y ya no se incorporó, entraron los auxiliares a verlo, menearon la cabeza, se hicieron señas unos a otros y se lo llevaron en camilla; el brazo en alto de La Momia, izado por el árbitro, señaló que había ganado.
Nos fuimos todos un poco tristes, pero también bastante perplejos. El día en que me enteré, con más edad, que las peleas de catch eran fingidas (una revelación de la niñez comparable a la de los Reyes Magos y los padres), entendí lo que había pasado aquella noche en el Luna Park. La intención era que la pelea la ganara Karadagián, el bueno, el campeón del mundo, y por ende que La Momia perdiera. Pero en un momento dado de la falsa lucha, Karadagián cayó y cayó mal, pegó malamente de costado, se rompió o se fisuró una costilla, no hubo manera de seguir. En el mundo de las peleas fingidas, en la escena de la ficción de combate, la verdad irrumpió y se impuso, inscripta a fuego en la realidad material de los cuerpos.
Se lo pregunté a mi papá y asintió, no dijo nada pero asintió, con un gesto que sólo se lo volvería a ver dos o tres veces en la vida, antes dos o tres preguntas que le hice, ya de grande, sobre otros temas.