Los progresismos de Latinoamérica ahora miran hacia adentro: ¿para qué buscar integración?

El paisaje regional está fragmentado y sin pretensiones de coordinación Las estrategias de cada país respecto al ascenso de la extrema derecha.

No todo en la vida es la Copa América, pero en cierto punto nos devolvió una mínima imagen de totalidad regional. Excluyamos a los de mayoría anglosajona y miremos a Latinoamérica, donde después de ir y venir entre oleadas de centro-izquierda y de derecha nos quedamos un poco tontos. ¿Y ahora qué? El paisaje regional está fragmentado y sin pretensiones de integración, una palabra solo repetida por el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, mientras sus pares se mueven al ritmo de la canción infantil “cada cual atiende su juego”.

“En los últimos años, hemos permitido que conflictos y disputas, a menudo ajenos a la región, prevalezcan sobre nuestra vocación de paz y cooperación. Nos hemos convertido de nuevo en una región balcanizada y dividida, que mira más hacia fuera que hacia dentro”, graficó Lula en Asunción, Paraguay, en la última reunión del Mercosur, una de las pocas instancias de integración regional que sobreviven, aun cuando el presidente de Argentina, Javier Milei, se ausentó de la cumbre. “En un mundo globalizado, no tiene sentido recurrir a nacionalismos arcaicos y aislacionistas”, siguió Lula, no solo contra el argentino, sino que esas palabras fueron una onda expansiva que alcanzó a todos sus pares presentes. 

¿Qué gobiernos y para qué priorizan la mirada regional? ¿Qué posición toman frente al “caso Venezuela” a días de las elecciones? ¿Cuáles son los desafíos de la falta de coordinación frente al ascenso de la extrema derecha? 

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¿Para qué buscar la integración?

Lula, el único presidente de la primera ola progresista que hoy está en un Ejecutivo, es también el único en ejercicio que intenta tener fotos con la familia latinoamericana: logró reunir en su asunción a mandatarios regionales de todos los signos políticos -desde Guillermo Lasso de Ecuador a Mario Abdo Benítez de Paraguay y Xiomara Castro de Honduras-; luego consiguió una foto con los 12 mandatarios de la región sudamericana a cinco meses de llegar al cargo en el llamado Consenso de Brasilia -que desde Itamaraty lo ven como un “esfuerzo por retomar el diálogo de alto nível sobre diferentes temas en la región”-; sigue alentando el Mercosur -a pesar de la búsqueda de propuestas de sortear el mecanismo para impulsar bilaterales por ejemplo con China-; volvió a sentar a Brasil a Celac; y dio forma a la Cumbre de Presidentes Amazónicos.

Además, es el líder regional que más bilaterales propició: su primer viaje fue a Argentina en tiempos de Alberto Fernández; siguió hacia Uruguay para ver a Luis Lacalle Pou; estuvo en Paraguay para la asunción de Santiago Peña a quien luego recibió en Brasil; en abril estuvo con Gustavo Petro en Colombia; días atrás viajó a Santa Cruz, Bolivia, para reunirse con Luis Arce; el mes que viene irá a Santiago de Chile a ver a su par Gabriel Boric; tuvo una bilateral con Dina Boluarte en el marco de otro impulso regional; y recibió en el Palacio del Planalto a Nicolás Maduro. Si bien no se reunió con el exmandatario mexicano, López Obrador, este lo recibió en el D.F. durante la campaña brasileña en 2022. 

Ningún otro mandatario latinoamericano tuvo este nivel de intercambio con los líderes regionales, cualquiera sea el signo político. La única excepción que se interpuso a los afanes del brasileño es Milei, con quien ha tenido apenas un casual tête-à-tête en el G20. 

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Pero los límites de estos esfuerzos son evidentes e inmediatos. Lula y Boric se cruzaron por Venezuela luego de la reunión en Brasilia; el mismo tema motivó rivalidades con Lacalle Pou; la impotencia de la Celac frente a la invasión de la embajada mexicana en Ecuador; y la imposibilidad de sentar a Milei en el Mercosur entre otros momentos de tensión en la región quedaron reflejados en movimientos retractivos a nivel diplomático. Colombia y Brasil llamaron a consulta a sus embajadores en Argentina; México rompió relaciones con Ecuador y provocó que otros países como Bolivia convocaran a sus representaciones en Quito; mientras que Chile hizo lo propio, por otros temas, con su delegación en Colombia y Venezuela, etc.

Al mirar hacia afuera de sus naciones, los gobiernos ven un panorama de rivalidades y tensiones antes que de colaboración, mientras que adentro tienen desafíos de todo tipo. La región atraviesa, en palabras de Alberto Vergara y Rodrigo Barrenechea, un momento de vaciamiento democrático y dilución del poder. Además, los Gobiernos -más allá del signo político- son minoritarios y una vez en el poder, les resulta más complicado gobernar o hacer pasar sus programas (lo explican acá Vergara y el politólogo Juan Pablo Luna). Boric, Lula, Petro, pero también Milei. Sin estructuras partidarias fuertes, sin mayorías legislativas, y sin bases de apoyo duraderas -Luna habla de partidos hidropónicos por esa falta de arraigo- y en sociedad con fuertes desigualdades e insatisfacciones ofrecen una idea de prescindibilidad. 

Los gobiernos locales están más preocupados por mantenerse vivos, pero hay agendas que exceden sus límites geográficos como la migración o el narcotráfico. “Tenemos interés en responder a problemas actuales que trascienden fronteras y requieren enfoques colaborativos. Desafíos globales y regionales como el abordaje del crimen organizado transnacional, el combate al cambio climático y la gestión de la migración, entre otros”, me dijo desde Chile la Subsecretaria de Relaciones Exteriores, Gloria de la Fuente González. También me habló de lo prioritarias que son para su país las relaciones con la región y, en ese sentido, le atribuyó al Gobierno de Boric “un rol importante en destrabar el conflicto que se generó entre México y Perú a propósito de la presidencia de la Alianza del Pacífico”, y que permitió que esta volviera a funcionar. 

También destacó el Consenso de Brasilia impulsado por Lula como un “espacio para encontrar y compartir estrategias para la lucha contra el crimen organizado transnacional y un foro de integración desburocratizado y pragmático”. Allí se deja ver la insistencia de la idea de Boric de buscar acercamientos más pragmáticos entre los países de la región, algo más coyuntural y con más prescindencias de las estructuras “rígidas” de antaño.

Fuente González también menciona los objetivos de “fortalecer las relaciones bilaterales existentes” y expandirse a “otras regiones”. Sin embargo, aunque no es excluyente con la integración regional,  esta diversifica esfuerzos. Es evidente que “todo no se puede” y que, a veces, hay que establecer prioridades. Se vio este mismo mes: si bien Chile no es un país miembro del Mercosur, es un Estado asociado y el presidente Boric podría haber viajado a Paraguay a la cumbre de mandatarios. De todos modos decidió no ir y viajar unos días después a Asunción para priorizar una agenda bilateral con su par Santiago Peña. Brasil le recordó al país cordillerano, a unas semanas del encuentro entre sus presidentes, que “en 2023 -y también en los 6 primeros meses de 2024- Chile tuvo más comercio con el Mercosur que con la Unión Europea o con los países de la Alianza del Pacífico”, entre otros intercambios positivos entre estos países.

La región frente al “caso Venezuela”

Venezuela ha sido y es un clivaje regional. Un país que desde hace al menos diez años vive una constante crisis económica, agravada por las sanciones de parte de Estados Unidos y aliados, pero también profundizada por Maduro, sumado a las denuncias firmes de violaciones a los derechos humanos y libertades políticas en contra del Gobierno de corte “cívico-militar”, tal como lo definió recientemente el politólogo José Natanson en su libro Venezuela, ensayo sobre la descomposición.

Durante el “medio giro” a la derecha que hubo en la región con la llegada a la presidencia de Mauricio Macri en Argentina, Sebastián Piñera en Chile e Iván Duque en Colombia, entre otros, el país gobernado por Nicolás Maduro fue casi el tema exclusivo del Grupo de Lima, la única instancia de integración que se propició en ese momento. En el período que siguió, con la llegada de unos y la vuelta de otros gobiernos de tinte progresista, se vieron -también en esto- esfuerzos discordantes en torno a Caracas: algunos, con mayores o menos críticas, buscaron que exista un diálogo con la oposición y que haya elecciones transparentes a la vez que mantuvieron pedidos de levantamiento de sanciones estadounidenses; otros se mantuvieron más distantes y directamente sin diálogo con Maduro.

El domingo, finalmente, habrá elecciones presidenciales en Venezuela (Juan Manuel Karg va a analizar los resultados en la próxima entrega de #MundoPropio, y si no leíste su texto previo, te lo recomiendo) y las encuestas, lejos de ofrecer un panorama reñido, anticipan imágenes de futuro opuestas: hasta ahora dan cerca de 30 puntos de distancia entre el candidato oficialista Nicolás Maduro y el opositor Edmundo González Urrutia (ladeado hacia la ganadora de la interna opositora, pero inhabilitada por la Justicia, María Corina Machado) ¿Quién va primero? Según qué medición tomemos. La polarización hace que no haya arraigo de verosimilitud común, basta con que uno diga algo para que el otro directamente lo impugne. 

Si bien la comunidad internacional no ha sido imparcial, mucho de lo que pase en Venezuela a partir del domingo dependerá de cómo reaccionen los países de la región y más allá. ¿Qué pasará si el Consejo Nacional Electoral (CNE) anuncia que Maduro ganó la elección?, o de lo contrario, ¿qué sucederá si González es confirmado como el encargado del recambio? Ninguno de los dos escenarios se vislumbran pacíficos.

«Nosotros sí vamos a reconocer el resultado del Consejo Nacional Electoral, y después del primer boletín, nos vamos a ir a las calles de toda Venezuela a defender nuestra victoria hasta con nuestra propia vida», dijo el viernes el jefe del comando de campaña de Maduro, Jorge Rodríguez -como lo había hecho su líder previamente- y denunció que hay un plan opositor para desconocer los resultados. Desde Plataforma Unitaria dijeron: “vamos a tener las actas de las 30.026 mesas (…) y vamos a respetar lo que esas actas digan (…) lo que digan nuestras actas”, agregaron que están seguros de que esos registros “van a decir que Edmundo González es el presidente electo” y ya aseguraron que tienen documentados incumplimientos en el proceso electoral. Ambas partes dan por descontado que ganarán, único escenario en el que parecen dispuestos a reconocer el resultado que salga de las urnas.

Y si durante los últimos diez días de campaña la narrativa fue, del lado del chavismo, de un riesgo de “guerra civil” y un “baño de sangre”; y del lado de la oposición, de acusaciones de atentados y detenciones ilegales, las tensiones crecen, mientras se ven núcleos de bases electorales movilizados. 

Lula y Petro vienen pidiendo el levantamiento de las sanciones en contra del país y también han enviado señales a Maduro sobre la necesidad de garantizar la celebración de elecciones libres para que no siga subiendo la espuma de conflictividad regional. Hasta propusieron un “plebiscito” que permita lograr un pacto democrático que derive en una mayor estabilidad -no dan por descontado que esto suceda-. Incluso, como cuenta acá mi querida colega Janaina Figueiredo, se han comunicado con sectores de la oposición, lo que alimentó ciertos niveles de paranoia en Caracas. 

En otro extremo se expresaron Argentina, Costa Rica, Guatemala, Paraguay y Uruguay, mientras que Chile siguió con su posición crítica con el actual Gobierno de Maduro, pero se diferenció de este grupo de países. Fuente González me dijo que la posición de la gestión Boric es la de respetar los Acuerdos de Barbados y que “la Cancillería está haciendo seguimiento constante al tema”. Respecto a los escenarios que se abren después del domingo comentó: “Hay que esperar los resultados antes de cualquier pronunciamiento. Y por cierto, además, estamos en contacto permanente con los gobiernos de la región y de otras partes del mundo, compartiendo el interés respecto al devenir de la situación de Venezuela”. 

Las elecciones contarán, según el Gobierno, con más de 600 veedores internacionales como el Centro Carter  y Brasil -entre otros-, pero sin enviados de la Unión Europea. Cabe esperar que este bloque regional, así como Washington, Moscú y hasta Irán metan algún bocado después de conocidos los resultados. También le pregunté a Marco Enriquez Ominami, en tanto integrante del Grupo de Puebla, cómo veía las horas posteriores al racconto de votos: “Muchos de nosotros iremos. Estamos invitados por el Consejo Electoral para ser observadores, así que acompañaremos el proceso y confiamos en que se dé con normalidad, como ha ocurrido todas las jornadas electorales de Venezuela. Incluso la Fundación Carter reconoció en su minuto que era un sistema electoral no bueno, sino que muy bueno. Por tanto, somos optimistas respecto a ese proceso”. Sin embargo, el excandidato a presidente en Chile, dijo que la elección “se da en un contexto extremadamente irregular”, ya que no se puso fin a las sanciones “completamente inhumanas e improductivas que castigan a una de las partes”.

Desafío ultra

Hay otro desafío para la región en general y para los gobiernos progresistas en particular: el avance de sectores de extrema derecha. La llegada de Milei funcionó como desfibrilador que reavivó a sectores conservadores tradicionales, porque ofreció una alternativa (como lo hace también Nayib Bukele) a su relativo estancamiento.

El surgimiento de “opciones políticas extremas que amenazan a las democracias” regionales, es también uno de los factores por los que  “América Latina ha ido perdiendo gravitación en los asuntos globales”, según señalaron acá Juan Gabriel Tokatlian, Mónica Hirst y otros investigadores. Y se produce “en tiempos sin hegemonías” a nivel global. Ver esto como un problema más allá de los propios límites geográficos es lo que parecen alertar pocos. 

Lula, el mandatario que más observa este tema como una cuestión global y regional, señaló recientemente que las elecciones en Francia y Reino Unido refuerzan la idea del “diálogo entre segmentos progresistas en defensa de la democracia y la justicia social”, y agregó: “Deberían servir de inspiración para América del Sur”.

Más allá de lo que sucede en las cúpulas, intenté hablar con otras instancias de Gobierno y volví al caso chileno para entender cómo enfrentan este desafío. Aproveché que la diputada chilena del oficialista Frente Amplio Gael Yeoman vino a Buenos Aires días atrás y con un café mediante me dijo algo similar a las palabras de Lula: “Tenemos un desafío a nivel global, la izquierda frente al avance de las derechas y particularmente en Latinoamérica tiene expresiones muy fuertes que van vulnerando ciertos derechos en los que ya se habían avanzado de los pueblos. El poder tener izquierdas que sepan conectar con el malestar social, con las necesidades vigentes y poder representarlas políticamente, es algo que debiera estar trabajándose en distintos países”, me dijo

También le pregunté si percibe que los gobiernos progresistas o de izquierda van por carriles separados, con pocas instancias de intercambio. Me respondió: “Sí, yo creo que nos falta articulación. Quizás nuestros países han estado tan condicionados en sus propios procesos que también nuestras fuerzas se han volcado a su dinámica interna. Pero no debemos desatender la necesidad de tener mayor diálogo internacional con quienes tenemos las mismas necesidades”. 

En este sentido, mencionó dos procesos locales de Argentina y Brasil que desde el otro lado de la Cordillera miran con atención: “El presidente Boric anunció en su cuenta pública que va a presentar un proyecto de ley de aborto legal y eso generó un debate tremendo en el país independientemente que todavía no se haya presentado y solamente haya expresado el compromiso de hacerlo. Para nosotras, Argentina es un ejemplo respecto a la ley del aborto legal en cuanto a cómo se trabajó y se logró transversalidad. En Brasil quiero tomar un ejemplo también muy importante, que es el impuesto a los súper ricos. Hay tantas cosas de las que podemos ir aprendiendo colectivamente”, dijo la diputada de 35 años.

Aun después de años de cambios de signos políticos y las inestabilidades locales en la región, la integración no ha desaparecido del vocabulario progresista, pero las estructuras o mecanismos para alcanzar algún tipo de esta quedaron exhaustos. En todo caso, habrá que seguir haciéndose la pregunta que  insiste desde hace años, que no impugna su búsqueda, pero podría ayudar a relajar las aspiraciones: ¿Para qué queremos la integración regional?

El último round

Cenital tiene “memoria” por todo el back que ya acumula a lo largo de los años. Pero también hay mucho presente y futuro. Quiero compartir con vos que estoy como el meme “traigan puertas que manijas sobran” porque este año vamos a poder palpitar las elecciones de Estados Unidos -que sabemos, son más que una cuestión de los estadounidenses- desde el lugar de los hechos y de la mano de un cronista del carajo como es el estimadísimo Juan Elman. Vas a poder seguir todo su viaje en el newsletter #ÚltimoRound, al que me imagino ya te estás suscribiendo.

Con Juan Manuel Karg seguiremos analizando en este #MundoPropio todo el resto de la actualidad internacional y obviamente Juan Gabriel Tokatlian, Jordana Timerman y Martín Schapiro harán lo propio desde la web de Cenital.  

Otras lecturas

Es periodista especializada en política internacional. Trabaja en la agencia Télam y colabora en medios como el diario italiano Il Manifesto, la revista Nueva Sociedad y El Destape. Hizo coberturas en Brasil, Chile, Colombia y España. Como freelance viajó a otra región que la apasiona: Medio Oriente, donde conoció Israel, Palestina y Egipto.