Lobos, música con IA y burbujas: hay vida después del hype
Las grandes promesas tecnológicas suelen ocupar los titulares; sus consecuencias aparecen mucho más tarde. Un repaso por cuatro casos que muestran qué ocurre cuando el ciclo informativo sigue adelante y los hechos empiezan a decantar.
Escribir acerca de qué sucede con la ciencia, la tecnología y sus inevitables ramificaciones filosóficas trae sus propios desafíos. En particular, la premura propia de la forma en que suelen contarse las noticias sobre ciencia no solo con frecuencia deja afuera las sutilezas y un contexto más amplio que podría cambiar la forma en que las leemos, sino que generalmente promueve una memoria escurridiza.
Luego de más de sesenta correos de Receta para el desastre, este es un buen momento para revisar qué novedades hubo respecto de temas de los que he escrito en el pasado.
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El lobo gigante no volvió de la extinción, pero las acciones siguen subiendo
En abril de 2025 Colossal Biosciences, una empresa de biotecnología estadounidense, afirmó haber resucitado o “des-extinto” al lobo gigante (Aenocyon dirus). El anuncio no se hizo a través de una publicación científica sino de una nota en la revista TIME.
¿Y esta cajita de texto para qué está? Acá es donde despabilamos a nuestros lectores y les contamos lo difícil que es hacer periodismo en estos tiempos. Por eso, si la información que leés en Cenital te ayuda a entender mejor lo que pasa, te pedimos que nos des una mano para seguir.
SumateMás allá de que los tres cachorros de lobo eran insoportablemente fotogénicos, la respuesta de buena parte de la comunidad científica fue más o menos la misma: modificar un puñado de genes del lobo gris (Canis lupus) para que se pareciera a otra especie era una tarea tecnológicamente encomiable, pero no suponía ninguna des-extinción.
Este hecho fundamental, casi dieciséis meses después, no cambió. Pero la campaña funcionó: al momento del anuncio la empresa estaba valuada en poco más de 10 mil millones de dólares. Ahora negocia una nueva ronda de inversión que podría valuarla entre 20.000 y 30.000 millones. Esto refuerza las sospechas: nunca fue un mero accidente la elección de una especie asociada con Game of Thrones, ni el coqueteo con George R. R. Martin (procrastinador serial e inversor de la empresa), ni la inversión en publicitar un logro técnico como si fuera una hazaña de la conservación.
Esta notoriedad fue hábilmente utilizada para ganar poder industrial e institucional. En noviembre pasado cerró la adquisición de ViaGen, una empresa que lleva veinte años clonando mascotas, entre ellas el perro del presidente Milei. Otro de sus negocios actuales es el desarrollo de bancos genéticos: en febrero la empresa anunció una alianza con los Emiratos Árabes Unidos para construir un repositorio de células y tejidos de más de 10.000 especies, y en junio se cerró un acuerdo con el gobierno de Estados Unidos para crear un inmenso banco de células, tejidos y ADN de las más de 2.300 especies protegidas por la legislación estadounidense.
Las preocupaciones son las mismas que el año pasado: la creciente dependencia de una empresa privada cuyos intereses podrían cambiar con el tiempo, y la concreta posibilidad de que se reorienten los esfuerzos de conservación tradicional hacia la equivocada idea de que, luego de extinguir una especie, simplemente podemos llamar a los muchachos de Colossal para que la des-extingan.
Entre la clonación de animales y el almacenamiento de material biológico, la empresa mira con buenos ojos su futuro financiero. Apenas esta semana finalmente publicó en Cell Genomics el artículo revisado por pares sobre los paleogenomas que permitieron reconstruir la ascendencia del lobo gigante. Pero ese trabajo no cumple con lo que la empresa prometió hace casi un año y medio: si bien estudia al animal extinto, no documenta de manera completa la edición y clonación de los tres ejemplares presentados como ejemplo de des-extinción.
Tal vez tengamos más suerte cuando presenten un mamut.
Artistas falsos, derechos verdaderos
El problema de Spotify y los artistas falsos o, para que ninguna máquina se ofenda, “artistas generados con inteligencia artificial” es cada vez peor. Ya no quedan ventanillas de las que no asomen porquerías hechas con máquinas diseñadas para el robo masivo de la creatividad humana.
Pero a un artista británico se le ocurrió algo nuevo: la primera banda tributo de otra hecha con IA. Simon Balch, además guionista y productor, juntó a cuatro músicos bajo el nombre The Bootleg Velvet Sundown para grabar covers de las canciones, tocarlas en vivo e intentar convertirse en la primera banda tributo con más reproducciones que el grupo original.
Balch repite que los medios lo llaman “Robin Hood” y como una suerte de robo justiciero presenta su idea. El plan es destinar cualquier ganancia a músicos de carne y hueso cuyas obras, sostiene, fueron utilizadas sin permiso para entrenar estos modelos de inteligencia artificial. En sus videos incluso deja una amenaza: cada vez que alguien produzca música con IA, él podrá salir a la carga con una banda tributo y quedarse con el dinero.
Como provocación funciona porque se apoya en problemas reales, incluso cuando su interpretación del copyright no sea demasiado sólida. En Estados Unidos, la Oficina de Copyright sostiene que una obra generada enteramente por una máquina no puede ser protegida, pero sí pueden serlo aquellas expresiones realizadas por personas. En el Reino Unido, donde vive Balch, la legislación va aún más lejos: atribuye la autoría de una obra generada por computadora a quien haya realizado los arreglos necesarios para crearla. Además, la composición y la grabación poseen derechos separados. Al grabar una versión propia se evita copiar el fonograma original, aunque esto no necesariamente permita apropiarse gratuitamente de la canción.
Como propuesta artística, Balch ya cumplió con su parte. Andrew Frelon, supuesto creador de The Velvet Sundown, le habría enviado una carta deliberadamente absurda, instando a Balch a suspender su travesura, a lo que este último respondió: “Seguimos”.
Obviamente Balch no descubrió cómo usar los derechos de autor para frenar el aluvión de residuos cloacales en forma de música hecha con inteligencia artificial, pero tal vez encontró cómo hacer que sus creadores tengan que salir a defenderse públicamente y admitir el engaño.
El libro que Facebook (todavía) no quiere que leas
Sarah Wynn-Williams publicó en marzo de 2025 un libro más entretenido que realmente peligroso para Facebook, la empresa en la que trabajó durante muchos años. Incluso meses antes de la fecha de publicación, Meta hizo lo posible para que nadie pudiera leerlo. Un año después, estos esfuerzos ya rozan el absurdo.
En mayo de 2026, la autora debía participar de uno de los encuentros literarios más importantes del Reino Unido. Se subió al escenario junto a la periodista Carole Cadwalladr y el académico Tim Wu, pero debió permanecer en silencio durante una hora. El consejo de sus abogados era rotundo: no podía hablar, asentir, negar con la cabeza ni aludir al público. Aquella orden arbitral que Meta consiguió para prohibirle promocionar Careless People (2025) le impedía repetir sus acusaciones o incluso comentar cualquier cosa que pudiera perjudicar a la empresa. Esta restricción alcanzaba incluso a sus abogados, que tampoco pueden decir nada malo de Meta, la empresa más linda y buena del mundo.
Aunque el público la recibió con una ovación y, naturalmente, en la semana siguiente las ventas británicas del libro aumentaron más de un 300%, la escena era exquisita: una exejecutiva de Facebook que debía evitar cualquier tipo de comunicación por orden de una empresa cuyo negocio es precisamente la conexión humana (con un gran asterisco, por supuesto)
Su silencio, resulta, tampoco fue suficiente: según la demanda que presentó Wynn-Williams el 25 de junio, Meta puso gente a monitorear sus apariciones públicas, sacarle fotos y registrar todos sus movimientos. Luego del festival volvieron a poner el grito en el cielo porque consideraron que compartir un escenario con críticos de la empresa constituye una violación del acuerdo. A esto se le suman multas de 50 mil dólares por cada infracción, cuyo cálculo sonriente supone que cada ejemplar vendido es una infracción independiente.
Ahora la autora busca anular tanto la orden arbitral como el acuerdo de desvinculación que firmó en 2017, alegando que Meta le retuvo unos más de 300 mil dólares para obligarla a aceptar. Incluso un senador acusó públicamente a la empresa de intentar destruirla también económicamente.
En cuanto al libro, es bastante entretenido, también.
La burbuja de la IA, en la mira del FMI
Llevamos un par de buenos años discutiendo acerca de si la inteligencia artificial está alimentando una burbuja especulativa, inflada por inversiones desproporcionadas que no guardan relación alguna con las ganancias ni con supuestos aumentos de productividad que, si todo sale bien, podrían volvernos obsoletos a los mugrosos humanos. No se trata tanto de qué tan útil sea esta tecnología, sino de cuánta plata puede girar en torno a ella antes de que aparezcan los hipotéticos beneficios.
Desde entonces, las empresas relacionadas con la IA sumaron alrededor de 27 billones (millones de millones) de dólares a su valor de mercado, pero las advertencias ya no vienen de un par de escépticos. John Schindler, secretario general del Consejo de Estabilidad Financiera, organismo internacional que vigila los riesgos del sistema financiero, se sumó a quienes comparan el entusiasmo actual con las burbujas de las puntocom y del mercado inmobiliario en 2008.
La preocupación no se limita a que algunas acciones estén demasiado caras. El organismo advirtió que la inversión está concentrada en unas pocas empresas gigantes, mientras que el Banco de Inglaterra señaló que una corrección (que suena como algo bueno, pero realmente no lo es) podría propagarse debido al endeudamiento de los fondos de inversión y la exposición indirecta de los bancos. El Banco de Pagos Internacionales considera que unas ganancias decepcionantes podrían provocar una retirada súbita del financiamiento.
El FMI calcula que una corrección y el consiguiente endurecimiento financiero podrían reducir el crecimiento mundial en 0,4 puntos porcentuales, que suena a poco pero alcanza para que mucha gente termine pasándola muy mal. Conviene recordar que muchos fondos de jubilación alrededor del mundo están cada vez más expuestos a las locas aventuras de las empresas de tecnología.
Schindler asegura que los bancos están mejor preparados que en 2008, aunque buena parte del riesgo pasó a instituciones menos reguladas y difíciles de supervisar. Cuando le preguntaron si las protecciones alcanzarían para sobrevivir al estallido, respondió: “Eso espero”.