Líbano, y la utopía de constituir un Estado propio 

A 50 años de su guerra civil y en debilidad, ¿puede negociar la paz con una Israel militarizada y expansiva en un contexto de agresión?

Es un lugar común adscribir muchos de los problemas actuales de los estados de Medio Oriente a los mapas trazados por las potencias vencedoras luego de la Primera Guerra Mundial. Particularmente, se señalan los estados surgidos del Acuerdo de Sykes Picot, por el cual el Reino Unido y Francia se repartieron en áreas de influencia partes de los territorios árabes del imperio otomano ubicados fuera de la península arábiga. En esa narrativa es también habitual atribuir a Francia la construcción arbitraria de un Estado de mayoría cristiana para proteger sus intereses coloniales. 

La realidad es más compleja. La base histórica del Estado actual precede a la Primera Guerra Mundial. De acuerdo al sistema que regía dentro del Imperio Otomano, donde existían autonomías confesionales relativas, el Monte Líbano se organizó territorialmente como mutasarrifato (una subdivisión administrativa del Imperio) desde 1861, en un territorio de hegemonía católica maronita.

Un Estado para los cristianos, sin mayoría cristiana

Tras la Primera Guerra Mundial, el territorio quedó bajo el área de influencia de Francia, que expandió las fronteras libanesas a algo parecido a las fronteras actuales, separándolas nítidamente de Siria, con el objetivo de volver económicamente viable. Pero esa expansión, destinada a dar solidez territorial a la entidad, también diluyó las identidades religiosas mayoritarias. A la población maronita se le sumaron importantes comunidades musulmanas, sunitas y chiitas. El territorio que los franceses imaginaron para los cristianos, se convirtió así en uno estructuralmente plural, donde la mayoría cristiana sería inestable, aunque inicialmente sólida y políticamente dominante.

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La independencia en 1943 cristalizó ese equilibrio en el llamado “Pacto Nacional”. El acuerdo distribuyó cargos –con un presidente maronita, un primer ministro sunita, y un presidente del Parlamento chiíta–, consagró una mayoría parlamentaria cristiana, y fijó una lógica sectaria que pervive hasta hoy. Ninguna comunidad domina, todas participan, y los equilibrios son inestables. Durante un tiempo, ese arreglo funcionó, y Beirut se convirtió en un centro financiero regional, mientras el país crecía a tasas altas. Una estabilidad engañosa. Se apoya en un censo de 1932 que ya no refleja la realidad. Para los años sesenta, los musulmanes –particularmente chiitas–, con su mayor tasa de natalidad, habían crecido demográficamente, pero seguían subrepresentados. En ese contexto, el sistema comenzó a ser cuestionado, no sólo por sectores musulmanes, sino también por fuerzas de izquierda y nacionalistas árabes que ven en el orden confesional una rémora de sometimiento. 

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Palestina en el Líbano: cuando el sistema estalla

El punto de ruptura, sin embargo, apareció desde afuera. La ocupación de Cisjordania y Gaza por parte de Israel y, especialmente, la expulsión de la Organización para la Liberación de Palestina de Jordania tras el “Septiembre Negro” de 1970, llevaron a una masiva instalación de refugiados palestinos en el Líbano. La OLP, liderada por Yasser Arafat, se estableció en el sur del país, que usó de base de operaciones para ataques y atentados en Israel, lo que, a su vez, generó represalias israelíes. El Líbano se convirtió así en un frente principal del conflicto palestino-israelí.

La presencia palestina reconfiguró los equilibrios internos. Aliada con sectores izquierdistas y milicias no cristianas –particularmente drusas–, la OLP fue percibida por la derecha cristiana (los falangistas) como un riesgo existencial para el orden vigente. Un Estado que ya tenía dificultades para arbitrar tensiones internas, quedó completamente desbordado. En 1975 estalló la guerra civil, que se extendería hasta 1990-1991, cuando los acuerdos de Taif establecieron una modesta reconfiguración del poder sectario. El conflicto fue complejo y no lineal. Llamarlo “guerra civil” oculta un entramado de guerras superpuestas, sin bandos estables y con constante intervención externa. 

El caso de Siria es ilustrativo. En 1976, el gobierno de Siria desplegó decenas de miles de tropas en el país, con el objetivo de evitar una victoria total del campo palestino-izquierdista, invitada por falangistas y musulmanes conservadores, con cierta legitimidad de la Liga Árabe. Para 1977, las relaciones con el falangismo estaban rotas, pero su importante despliegue militar, y su capacidad para influir en todos los bandos (combinando política y asesinatos de líderes) convirtieron a Siria en un actor dominante no sólo de la guerra, sino también de la paz. Siria combinó la violencia –su gobierno mató directamente a decenas de miles y desapareció forzosamente a otros tantos– con capacidad de arbitraje entre los bandos y dentro de ellos.

Queda un último fenómeno de origen nacional también atravesado por factores externos. La politización de la población chiíta libanesa. Concentrados en el sur, los chiítas –una de las dos grandes divisiones del Islam, dominante en Irán, minoritaria en el mundo árabe– habían sido durante décadas la comunidad más pobre y marginada políticamente del país. Con la guerra civil, eso cambió. La creación de Amal, y luego de Hezbollah, canalizaron esa transformación, que convirtió a esa colectividad en un actor central.

Las primeras ocupaciones israelíes

La presencia de refugiados y organizaciones armadas palestinas cerca de la frontera llevó a Israel a intervenir en 1978 y, de manera mucho más profunda, en 1982, con sendas invasiones. En ese último año, con más de 60.000 soldados, Israel llegó hasta Beirut con el objetivo de eliminar a la OLP como actor militar. Israel obtuvo resultados inmediatos, al obligar ese mismo año a Arafat y la parte principal de la dirigencia palestina a abandonar el país e instalarse en Túnez. Los costos humanos fueron altísimos.

Milicias cristianas aliadas a Israel cometieron –con la aquiescencia de las tropas israelíes– las masacres de Sabra y Shatila, en el área de Beirut, en las que fueron asesinados entre 1500 y 2000 civiles palestinos y chiítas libaneses. Lejos de contentarse con la salida de Arafat, la invasión del 82 inauguró una ocupación que, con la excusa del riesgo de seguridad causado por los milicianos palestinos remanentes y luego por Hezbollah, se prolongó por 18 años.

Esa ocupación transformó el conflicto. Lo que había sido una intervención puntual se convirtió en una presencia sostenida, cuyo efecto fue el inverso al declamado. En lugar de estabilizar la frontera, alimentó la resistencia armada local. Si la preocupación israelí en el 82 eran las milicias palestinas, al momento de retirarse unilateralmente, su enemigo era el Hezbollah, un movimiento con hondas raíces dentro del Líbano, aún a pesar de su origen externo, cuya legitimación entre la población es imposible de entender sin la ocupación israelí.

Hezbollah: no sólo una milicia más 

Entender el origen de Hezbollah supone incorporar tres fenómenos separados. La Revolución Islámica iraní en 1979, que dio base teórica y material al grupo. Hezbollah fue fundado por clérigos chiítas inspirados en el gobierno de Irán y con apoyo activo de la Guardia Revolucionaria Islámica iraní. Un elemento externo importante. El segundo, la mencionada postergación histórica de la comunidad chiíta en Líbano, cuya marginación se volvió más compleja con el estallido de la guerra civil, que le dio conciencia de su potencial empoderamiento si lograba organizarse. El último, las consecuencias para las comunidades chiítas de la invasión israelí, que generó desplazamientos masivos y destrucción de poblados en el sur del Líbano, base primaria de las organizaciones palestinas, pero también lugar donde se concentraba la población chiíta. 

En ese terreno, Hezbollah combinó redes de asistencia y estructuras de representación que le permitieron arraigarse. Sumado a una brutalidad y eficiencia en el ejercicio de la violencia, tanto en atentados terroristas como en el uso de fuerzas militares en contextos asimétricos, que le permitió dañar a las fuerzas israelíes de maneras que los palestinos no habían sido capaces. Hezbollah fue responsable de la muerte de cientos de tropas extranjeras –incluyendo no sólo israelíes, sino fuerzas de paz estadounidenses, a las que forzó a retirarse del país en 1983 con un atentado terrorista en el que murieron casi 250 marines– y de atentados contra civiles entre los que se señalan el ataque contra la Embajada de Israel en Buenos Aires y, con alta probabilidad, el atentado a la sede de la AMIA.

Su capacidad para combinar lo interno y lo externo le permitió al grupo consolidarse como actor en la política libanesa. Con la excusa de la resistencia a la ocupación israelí, fue el único de los bandos en la guerra civil al que se permitió conservar sus armas, una concesión obtenida con asistencia siria. A su vez, con la asistencia iraní, consolidó un arsenal que superaría al del propio Estado libanés. El cuadro se agravaría luego del fracaso del Estado libanés en lograr una retirada israelí tras el desarme completo de las milicias palestinas en 1991. 

La retirada israelí se produciría en 2000. Si bien fue decidida unilateralmente por motivos que tienen más que ver con los costos para Israel a nivel interno, fue vista hacia adentro del Líbano como un logro de Hezbollah, el punto de inflexión que lo consolidó como actor político nacional dominante.

Ni siquiera el haber sido señalada como responsable del asesinato del primer ministro Rafic Hariri, un hecho que desencadenó la retirada de Siria del Líbano en 2005 y la llamada Revolución de los Cedros, debilitó al grupo, que pudo operar simultáneamente como actor político y actor armado y cuyo dominio político sobre el tercio chiíta de la población lo convirtió en un actor indispensable para cualquier proceso de formación de gobierno. 

Poco después del asesinato de Hariri, en 2006, una nueva guerra tuvo lugar en el sur de Líbano, tras acciones de Hezbollah en la frontera norte de Israel. La guerra, confinada al Sur del país, duró 34 días y dejó más de mil muertos en el Líbano, además de una destrucción significativa de infraestructura. Sin embargo, Israel no logró desmantelar a la organización, lo cual la fortaleció en términos simbólicos. A nivel interno, convertido en actor indispensable, logró llegar a un acuerdo con el Movimiento Patriótico Libre de Michel Aoun, exlíder de la resistencia antisiria, y referente del más importante de los grupos cristianos de aquel entonces. Con el acuerdo, Hezbollah pasó de ser un actor militar y un representante político chiíta, para ser el pilar del gobierno libanés. Un poder inédito.

Los límites del poder y la crisis de legitimidad de Hezbollah

El cénit del poder interno de Hezbollah coincide con el estallido de la Guerra Civil Siria. Un evento que produjo millones de refugiados en todo el mundo y generó crisis en toda la región. Líbano no fue la excepción. Recibió más de un millón de refugiados sirios, sobre una población de menos de 6 millones de personas.

El rol de Hezbollah en esa crisis no fue contenerla, sino alimentarla. Cuando el gobierno de Irán decidió que era un interés estratégico sostener al gobierno de Bashr Al Assad en Siria frente a la amenaza de una toma del poder por grupos salafistas que consideran apóstatas a los chiítas, Hezbollah aportó decenas de miles de combatientes al esfuerzo bélico. Para muchos en el Líbano, la percepción fue de que el grupo involucraba al país en un conflicto que no era suyo, y que seguía una agenda extranjera. La imagen interna de Hezbollah, por primera vez, se resquebrajaba seriamente.

Posteriormente se produciría el daño más grande para el prestigio de la organización dentro del país: la explosión del puerto de Beirut en agosto de 2020, que dejó más de 200 muertos y destruyó buena parte de la ciudad. Fue una de las mayores explosiones no nucleares registradas en la historia, causada por un depósito de más de dos mil toneladas de nitrato de amonio, un fertilizante que se usa para hacer bombas y que muchos relacionan a la actividad armada del grupo. El hecho marcó un punto de quiebre, y a su vez coincidió con –y alimentó a– una de las crisis económicas más severas registradas a nivel global en tiempos recientes.

Con toda la cúpula en crisis, Hezbollah fue señalado como uno de los actores principales de esa dirigencia, y por sus acciones como milicia, alejadas de los intereses libaneses. Un cuestionamiento de pinzas que se intensifica tras los ataques del 7 de octubre de 2023 en Israel. Hezbollah actuó militarmente –de manera limitada– en apoyo a Hamas desde el 8 de octubre, incluso antes de que Israel ingresara en Gaza. En 2024, tras casi un año de enfrentamientos de baja intensidad, Israel extendió la guerra de Gaza al Líbano. A diferencia de 2006, el conflicto con Israel no se limitó al sur del país y llegó a Beirut, donde los bombardeos alcanzaron suburbios densamente poblados. 

A diferencia de 2006, también, la percepción de derrota de Hezbollah, que aceptó una tregua luego de que Israel asesinara a gran parte de su dirigencia, fue extendida. Para sectores crecientes de la sociedad libanesa, Hezbollah dejó de ser un escudo en la defensa nacional y se convirtió en un factor de riesgo

El intento de reconstruir el estado libanés

En enero de 2025 llegó a la presidencia de Líbano Joseph Khalil Aoun (sin parentesco con Michel), antiguo comandante de las fuerzas armadas. Con la deslegitimación de la dirigencia política y la crisis institucional, las fuerzas armadas son el último elemento de prestigio razonablemente transversal, que trasciende fronteras sectarias. Con apoyo de occidente y de las monarquías árabes, su tarea explícita es recuperar el estado libanés, incluyendo la reconstrucción económica y del monopolio de la fuerza, lo que lo enfrenta estructuralmente con Hezbollah.

Aún debilitado por los combates, el grupo conserva su implantación territorial, el apoyo iraní y una capacidad militar que, si ya no se puede afirmar tan claramente como antes que sea superior a la del propio Estado, conserva de mínima cierta paridad. El eventual desarme, entonces, parecía ser dentro de Líbano una tarea más política y diplomática que militar, y más gradual y parcial que definitiva. Un intento así, de por sí complejo, choca además con una vecindad cada vez más hostil, y un contexto regional endurecido. La guerra en Irán volvió a convertir al Líbano en un escenario de batalla cuando en marzo Hezbollah atacó Israel con misiles en apoyo al gobierno iraní, provocando una respuesta israelí de dimensiones brutales.

Otra invasión israelí

La escala de la guerra para la que esta semana se anunció una –muy frágil– tregua de diez días tiene una escala inédita desde la retirada de 2000. Según estimaciones de organismos internacionales, más de un millón de personas han sido desplazadas de sus hogares en poblados cerca de la frontera, la destrucción de infraestructura y edificios es masiva tanto en el sur como en Beirut, se registran cientos de víctimas civiles, y se espera un impacto económico que agrave la de por sí profunda crisis.

Israel busca desmantelar las capacidades ofensivas de Hezbollah y establecer zonas bajo su control en el sur, para lo cual pretende expulsar permanentemente de sus hogares a cientos de miles de personas. La respuesta de Hezbollah demostró una capacidad de fuego significativa, pero incapaz de generar daños significativos a Israel, cuya conducta depende más de los Estados Unidos y su negociación con Irán que de lo que sucede en Líbano. En este contexto, el gobierno vuelve a correr el riesgo de ser visto como irrelevante, mientras Hezbollah cobra protagonismo contra una fuerza de ocupación, esta vez con la ayuda externa iraní. Un escenario que llevó a Aoun a arriesgarse a una negociación directa inédita de un acuerdo de paz con Israel en el peor contexto que se recuerde.

De la tregua a la negociación

¿Puede un Estado débil como el libanés negociar la paz con un Estado militarizado y expansivo en un contexto de agresión? ¿Puede hacerlo dejando afuera a la principal milicia que opera en su territorio? Ante la tentación de la respuesta negativa, Joseph Aoun intenta reformular ese dilema en términos de soberanía nacional. El desarme de Hezbollah y la retirada israelí podrían no ser procesos separados, sino parte de un mismo esfuerzo por reconstruir el Estado libanés.

La prioridad para Aoun es sellar un acuerdo que garantice la retirada israelí, y restablezca las fronteras en su lugar reconocido internacionalmente, y permitir el regreso de los desplazados. Como en el intento fracasado de 1991 con las milicias palestinas, desarmar a Hezbollah sería un medio para un fin, con la ventaja adicional de que devolver el monopolio de la fuerza al Estado podría operar como garantía de que el Líbano no sea arrastrado a guerras en las que no tiene un interés propio.

El problema es que el plan es de concreción extremadamente difícil, y depende casi en su totalidad de actores externos. La preferencia de Israel es la preocupación permanente de un área “de seguridad” en el sur del Líbano, y ha continuado incluso durante la tregua con la destrucción de pueblos libaneses fronterizos. Apenas la presión estadounidense podría forzar la mano israelí. 

Para los chiítas libaneses, Hezbollah sigue siendo el principal actor de representación ante la presencia israelí en el sur, el gobierno salafista sirio y un estado central en el que ya no son ni de cerca el principal actor. Su desarme, al menos parcial, debería ser impuesto desde Irán, como parte de las negociaciones de paz con los Estados Unidos. No parece el escenario más probable, dada la importancia  de Líbano en la proyección de poder regional iraní.

Para Joseph Aoun, la tarea titánica es quebrar el ciclo repetido de conflictos externos y fragmentación interna que sumieron al Líbano en períodos casi consecutivos de crisis, inestabilidad y violencia. Avanzar en autonomizar al país de su vecindario. Un esfuerzo de éxito muy difícil, para el que cuenta con un activo del que no gozaron sus predecesores. La voluntad de intentarlo, aunque difícilmente alcance.

Es abogado, especializado en relaciones internacionales. Hasta 2023, fue subsecretario de Asuntos Internacionales de la Secretaria de Asuntos Estratégicos de la Nación. Antes fue asesor en asuntos internacionales del Ministerio de Desarrollo Productivo. Escribió sobre diversas cuestiones relativas a la coyuntura internacional y las transformaciones del sistema productivo en medios masivos y publicaciones especializadas. Columnista en Un Mundo de Sensaciones, en Futurock.