A Diego le cortaron las piernas, al fútbol le están cortando el corazón
Entradas privativas, Dance cam e Hydration break. El mundial de 2026 exhibe una nueva y definitiva era del fútbol.
Estados Unidos, México y Canadá eran United cuando la FIFA votó en Moscú su candidatura como sede del Mundial 2026. Donald Trump era entonces (2018) un presidente de primer mandato en crisis. Vladimir Putin era un líder firme. Y Gianni Infantino un jefe de la FIFA que prometía un nuevo liderazgo transparente y democrático tras el FIFAGate del FBI — la era de corrupción que derrocó a Joseph Blatter — . Ocho años después, Estados Unidos, México y Canadá iniciaron esta semana un Mundial absolutamente desunidos. Trump volvió a la Casa Blanca para iniciar un segundo mandato a pura tiranía, Putin es un paria agresor de Ucrania e Infantino una versión empeorada de Blatter.
¿Y Leo Messi? En Rusia 2018, jugaba su peor Mundial. Este martes, ya campeón en Catar, iniciará su sexta y última Copa. Su Last Dance en el Mundial que parece confirmar una nueva y definitiva era del fútbol. Del people’s game (el juego de la gente) al VIPS game, el deporte diseñado para las nuevas élites.
La votación de Moscú abrió seis años después su historia el jueves último en el Estadio Azteca, en Ciudad de México. No guardé una sola foto mía del Mundial 86 (la tercera de mis diez Copas), allí donde hace cuarenta años, un 22 de junio de 1986, Argentina 2 — Inglaterra 1, el fútbol argentino escribió la página más simbólica de su historia.
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La única foto que tengo, en el Estadio Azteca, al que jamás había vuelto, me la facilitó el mismo jueves el colega Juan Presta, que en ese Mundial escribía las columnas semanales que Diego firmaba en el diario Tiempo Argentino. Ambos, Juan y yo, con presupuesto precario, terminamos aquella Copa inolvidable en el Hotel Colonial, único edificio que aparecía en pie en esa zona de Colonia Hipódromo, que estaba devastada por el terremoto del 19 de setiembre de 1985, que sin embargo no impidió a México mantenerse como sede del Mundial. Pagábamos — me recuerda Presta — cinco dólares por noche.
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SumateCuarenta años después, Colonia Hipódromo es un barrio chic de Ciudad de México, Presta es presidente del Círculo de Periodistas Deportivos de la Argentina y yo estaba otra vez en el Azteca. Testigo del homenaje gris a Diego antes y en el entretiempo del partido que México ganó 2–0 a Sudáfrica, en el inicio de la 23ª Copa Mundial de la FIFA. El eje se mudó rápido a Estados Unidos, donde se jugará el ochenta por ciento de los partidos. Si viviera, Diego se habría quedado en México, seguramente haciendo De Zurda con Víctor Hugo Morales. Ni siquiera tenía visa para entrar en Estados Unidos.
Es impensable un Maradona hoy. No se concibe que un crack, como él hizo en 1986, le grite a la FIFA que no corresponde jugar partidos al mediodía, bajo el sol, con calor, humedad y altitud. Ni qué hablar de canchas pésimas o de patadas brutales como las de su tiempo. El jueves, el césped del Azteca era un billar. Y hay VAR. Y ahora tenemos hasta pausa de hidratación. No importa que el partido pueda estar en plena tensión, si hay sol o lluvia, a mitad de ambos tiempos, turno de cooling break. Patrocina Powerade, dice la pantalla gigante del estadio.
Los únicos que acaso están de acuerdo con semejante tontera son los protagonistas del Dance Cam. En la pausa, suena una música ya no de hinchadas, sino el Dai Dai de Shakira con Burna Bay. Aficionados bailan cada vez que aparecen en la pantalla del estadio. Baile y selfie. En el Azteca también hay lanzamiento de vasos con cerveza — cada uno cuesta 17 dólares — . En el gol de México, uno llovió sobre mi computadora. Sucedió en una jornada que había comenzado a pura tensión con protestas sociales que bloquearon avenidas en una ciudad desbordada que, sumando alcaldías y municipios conurbados, tiene más de 23 millones de habitantes, pero que el jueves cerró con los hinchas al coro de Ay ay ay ay, canta y no llores, la tradición popular del Cielito lindo hecha pelota.
Al día siguiente, la apertura en Toronto confirmó que Canadá es el hermano pobre de la fiesta. Show opaco y empate discreto de su selección. “Devuélveme el Muro de Berlín / Dame a Stalin y a San Pablo / He visto el futuro, hermano: / es un asesinato”, podría cantar el bueno de Leonard Cohen su himno The Future. Toda una paradoja: este Mundial es hijo del FIFAGate, el escándalo de corrupción a partir del cual Infantino decidió que, para no caer algún día también él, sería mejor hacer un pacto con el diablo y hacerse amigo de Trump.

La investigación del FIFAGate fue gracias al uso abusivo de una ley extraterritorial creada en los años 70 para combatir a la mafia bajo el nombre de Rico e impulsada por el entonces fiscal estrella Rudolph Giuliani. Su hijo Andrew (con el mérito único de lealtad a Trump) es el organizador del torneo designado por la Casa Blanca. Director Ejecutivo de un Mundial a la medida de Trump. De tres países — que eran United en 2018 — cuyo cuaderno de candidatura ni siquiera respetó los precios originales de las entradas. Lo único que mantuvieron en común es que en sus ligas nacionales no hay descensos, con la FIFA que siempre permite excepciones cuando le conviene.
El mismo viernes pasado del debut de Canadá, Estados Unidos, actor protagónico de la fiesta, hizo lo propio con formidable goleada en Los Angeles. La selección dirigida por Mauricio Pochettino aplastó 4–1 al desilusionante Paraguay de Gustavo Alfaro. Fue la demostración de que, si se trata de fútbol, el mejor show es el juego mismo, y no la Dance Cam, el cooling break, Shakira o el dúo Infantino-Trump.
Estados Unidos se la pasó amargando la previa mundialista. Trump inició guerras por todos lados. Atacó a sus propios socios (a Canadá con imaginarla como Estados 51 y a México con enviarle marines con el argumento de los carteles narcos). Amenazó también a países de otras selecciones clasificadas (pobre Irán). Y sigue amenazando a quien fuere y humillando árbitros y jugadores de otras selecciones clasificadas, ante la vista gorda de la FIFA, que recaudará unos once mil millones con esta fiesta, en la que cobra porcentajes hasta de las entradas que se revenden — truco legalizado en la política de “precios dinámicos” otra marca central de la nueva era de los Mundiales elitizados — .
La única autoridad que habla del tema no es jugador: en México, la presidenta Claudia Sheinbaum sentó posición al ausentarse nada menos que de la apertura oficial. Ya lo dijimos. No hay Maradonas. El que al menos se movió fue el primer alcalde musulmán de Nueva York, Zohran Mamdani, que acordó con la FIFA la compra de mil boletos que cedió a trabajadores por apenas 50 dólares. Ayer vio a Marruecos — su favorito para ganar el Mundial — empatándole 1–1 al Brasil también decepcionante del DT italiano Carlo Ancelotti.
Era acaso el partido más resonante de la primera fase inflada (juegan 48 selecciones). El duelo, como la mayoría hasta ahora, terminó chato, aunque al menos se anotaron goles en todos los partidos que se llevan jugados. Si Brasil decepcionó por la tarde en la cercana Nueva Jersey (escenario de la final del 19 de julio), Mamdani celebró de cualquier modo la coronación de los New York Knicks anoche como campeones de la NBA luego de cincuenta y tres años, 4–1 en la serie final contra San Antonio Spurs.
La FIFA suele exigir a los organizadores de Mundial que no haya otras fiestas simultáneas: que el Mundial sea exclusivo. Imposible pedírselo a Estados Unidos, un espectáculo detrás de otro. La única derrota de los Knicks en la serie sucedió cuando Trump fue al Madison Square Garden, invitado por el dueño de la franquicia neoyorquina, James Dolan, millonario amigo del presidente, con el que comparte negocios inmobiliarios y fiestas en Mar-a-Lago. El jueves próximo será el gran desfile de los Knicks por Manhattan. Ese mismo día, en Kansas, debutará en la Copa el campeón defensor del Mundial, la Argentina de Messi.
Kansas me recibió el sábado con vuelo cancelado, pérdida de valija (como también me sucedió en Catar) y tornado. Los dos partidos siguientes, contra Jordania y Austria, serán en Dallas. La ciudad en la que a Diego, en pleno Mundial 94, le “cortaron las piernas”. Al fútbol hoy le están cortando piernas, manos y cerebro. Le están cortando el corazón.