Trama Urbana

Las pequeñas cosas y las grandes ciudades

El primer sociólogo urbano, la ciudad colonial y una recomendación poco probable.

Hola, ¿cómo estás? Espero que surfeando la segunda ola de la mejor manera mientras la vacuna nos da alguna esperanza de que se deje de morir gente. Por acá todo tranquilo, esta semana recibí algunos saludos por el Día de les Sociólogues, pero la verdad que lo que más valoré fueron los memes al respecto, que levantaron un martes nublado. Te dejo mi selección por acá:

El que más me interpeló fue el del señor barbudo que le pregunta al potencial suicida (Michael, en The Office) si puede tomar notas. El señor es Emile Durkheim, a quien considero mi autor clásico preferido en esta disciplina. Es tan así que cuando me hacen la clásica pregunta acerca de qué hacemos los sociólogos les doy como tarea leer El Suicidio (sí, soy infumable) porque creo que es el libro que mejor condensa el quehacer sociológico: toma un hecho que el sentido común señala como meramente individual o psicológico (terminar con la propia vida) y lo analiza como un hecho social, como una decisión que en realidad no depende tanto de la persona sino de dónde, cómo, cuándo y, sobre todo, con quién/es está esa persona. Todo esto basándose en nuestra arma preferida: la estadística.

Hoy quiero comentarte varios temas pero arranquemos por mi sesgo sociológico.

La sociología de las pequeñas cosas y las grandes ciudades

Pero probablemente a vos te interese en particular el enfoque de la sociología urbana. Georg Simmel fue,  quizás, el primer sociólogo urbano de la historia. Muy poco valorado en la Berlín de fines del siglo XIX y principios del XX se alejó de las grandes teorías sociales de la época para escribir sobre asuntos aparentemente pequeños como la coquetería, el secreto, los extraños, la puntualidad y la moda. Cuestiones que cobraban cada vez más relevancia conforme se desarrollaban las grandes ciudades y sus habitantes, los sujetos de estudio de Simmel, los urbanitas.   

En La metrópolis y la vida mental Simmel dice algo que me parece que sirve para entender las grandes ciudades de hoy: “La característica más significativa de la metrópoli es la extensión de sus funciones más allá de sus fronteras físicas. (...) Así como el hombre no termina con los límites de su cuerpo o del área que comprende su actividad inmediata; sino más bien, es el propio rango de la persona, que se constituye por la suma de efectos que emanan de él en el tiempo y en el espacio”. 

Para Simmel, la ciudad es la consecuencia de la división del trabajo social, analizada por Durkheim, en el libro que lleva justamente ese nombre, y que los otros dos “padres fundadores” de la Sociología analizaron en esos años: Carlos Marx y Max Weber también centraron sus estudios en cómo se repartía el trabajo en la nueva sociedad industrial. 

Pero Simmel se centró en la dimensión urbana de esa especialización. En Las grandes urbes y la vida del espíritu sostiene que la ciudad ofrece “(...) cada vez más condiciones decisivas de la división del trabajo: un círculo que en virtud de su tamaño es capaz de absorber una pluralidad altamente variada de prestaciones, mientras que al mismo tiempo la aglomeración de individuos y su lucha por el comprador obliga al individuo particular a una especialización de la prestación para que no pueda ser suplantado fácilmente por otro (...) lo que entonces conduce a las extravagancias específicamente urbanitas del ser-especial (...)”. 

De alguna manera lo que Simmel sostiene es algo bastante vigente en el paisaje urbano actual: que en las grandes ciudades la especialización es cada vez más importante y que esa especialización ya no es la tarea en sí, sino la forma en que se da esa tarea. Ya no alcanza con abrir un restaurante, sino un restaurante que sirva comida con determinadas características, no alcanza con fabricar un auto sino varios modelos destinados a diferentes segmentos de la población, y así con todo. Un poco agotador, digámoslo.

La ciudad colonial

Sé que parece que fue hace una eternidad pero la semana pasada se cumplieron 211 años desde que un grupo de personas en Buenos Aires decidió formar el primer gobierno patrio, acto que daría inicio a un camino que terminaría con la declaración de la independencia seis años más tarde. 

Para una columna radial me puse a investigar un poco acerca de cómo era la ciudad en ese momento y José Luis Basualdo, urbanista y profesor del Lincoln Institute of Land Policy, me recomendó un artículo llamado La construcción de las ciudades de América Latina a través el tiempo del urbanista Jorge Hardoy, donde entre otras cosas cuenta cómo era la ciudad de Buenos Aires el 25 de mayo de 1810.   

Hardoy comenta que el plano más antiguo de Buenos Aires es de 1583, tres años después de la segunda y definitiva fundación de la ciudad, la de Juan de Garay. En ese plano se puede ver una cuadrícula de dieciséis manzanas paralelas a la costa del río De la Plata y nueve de profundidad, hacia el oeste. Lo curioso es que en cada parcela se muestran los nombres de las personas a las que se les designaron -gratuitamente- esas parcelas y aquellas destinadas a conventos y otros usos religioso-educativos. 

Del total 154 manzanas solo una fue destinada a una plaza: sí, adivinaste, es la actual Plaza de Mayo, que en ese momento se llamaba Plaza Mayor y que después de las invasiones inglesas pasó a llamarse Plaza de la Victoria. Fue ahí, precisamente frente a la Recova de la Carne que dividía la plaza en dos, donde las tropas de William Beresford entregaron las armas ante el ejército comandado por Santiago de Liniers que resistió el ataque desde el Fuerte de Buenos Aires, erigido donde hoy está la Casa Rosada.   

Otro plano, ya de finales del siglo XVIII, muestra que la cuadrícula de la ciudad se había extendido hacia la primitiva zona de quintas y chacras en dirección oeste, norte y sur pero que solo 65 de las 154 manzanas estaban totalmente ocupadas y unas veinte más estaban a medio construir. O sea que en más de 200 años la ciudad no había cambiado demasiado.  

“Buenos Aires, a fines del siglo XVIII, tendría unos 25.000 habitantes. Era sede de un Arzobispado y la capital del recientemente creado Virreinato del Río de la Plata. En sus primeros dos siglos de vida ninguna obra urbanística, ninguna plaza nueva formalmente diseñada, ningún parque, ningún embellecimiento de la ciudad fue intentado. Sólo las torres y cúpulas de las iglesias rompían (...) el chato perfil de una ciudad cuyas calles centrales recién acababan de ser empedradas y que aún carecía de servicio de agua potable, salvo los aljibes y los carros-tanques que distribuían la barrosa agua del río de la Plata”, describe Hardoy.

Otra cosa interesante que cuenta, no sólo sobre Buenos Aires sino para la mayoría de las ciudades latinoamericanas de la época, es que las técnicas de construcción de la colonia no significaron un gran cambio respecto de las empleadas antes de la llegada de España a América. El caballo, que fue uno de los grandes cambios que trajo la invasión española, no servía de mucho para el transporte de materiales porque la corona había dejado caer en desgracia los caminos que habían construido incas y aztecas.

Además, otro punto en común es que la ciudad colonial, igual que la ciudad precolombina, era en gran parte autoconstruida por sus habitantes. Lo que podríamos llamar incipiente industria de la construcción sólo trabajaba para los grupos que habitaban en el sector interior de la ciudad, funcionarios, altos rango del ejército y familias muy adineradas en general.

La ciudad de la Revolución de Mayo reflejaba los estratos presentes en la sociedad de la época con una lógica que sigue bastante vigente: cuanto más cerca del centro de la ciudad (en ese momento la Plaza de Armas, presente en casi todas las urbes coloniales) más alto era el escalón que ocupaba la familia en la pirámide social. 

“En la ciudad hispanoamericana, los grupos con dinero y/0 con cargos prominentes en la administración colonial vivían con el personal que les servía en casas amplias de dos 0 tres patios en las manzanas que rodeaban a la plaza de Armas”, cuenta Hardoy. En casas más modestas que rodeaban a esa zona central, vivían los pequeños comerciantes, artesanos con sus talleres y trabajadores independientes de profesiones liberales. Más lejos aún estaban los trabajadores de menos ingresos y sin empleos fijos. Esto tenía un correlato en el origen étnico de cada uno de estos grupos: las familias españolas vivían en el centro, un poco más lejos las criollas, más allá las mestizas y por último los indios y los esclavos liberados.

El recaudador menos pensado

La última. Si bien es un tema que cobra relevancia con cierta intermitencia, la posibilidad de imponer un gravamen específico a las viviendas vacías volvió a estar en el centro del debate durante los últimos meses, tanto en Argentina como en el resto del mundo. Es que la semana pasada apareció una recomendación que llamó la atención por estar, a priori, a contramano de las políticas que suele recomendar el Fondo Monetario Internacional.

En un artículo dedicado a analizar la vivienda asequible en Europa, el organismo internacional lanzó una serie de recomendaciones para incrementar la oferta de vivienda a precios accesibles. “Los gobiernos (...) deberían lanzar iniciativas que incrementen la oferta de vivienda asequible para aliviar la presión sobre la demanda de manera más permanente. En particular (...) podrían ajustar los incentivos financieros; por ejemplo, aplicando impuestos a las propiedades vacías y reorientando los subsidios hacia la inversión privada en construcción de viviendas de alquiler, en lugar de favorecer a los propietarios de alto ingreso”.

Además, el organismo liderado por Kristalina Georgieva insta a los Estados a intervenir más activamente en la construcción de infraestructura urbana y de vivienda destinada a alquiler social, que además podría ser un generador de empleo y actividad durante la salida de la crisis causada por el COVID-19. El alquiler social es un instrumento muy explorado en algunos países de Europa, como en Holanda donde cerca de un tercio de la vivienda está en manos del Estado o protegidos por el mismo, aunque en otros países como España o Italia el alquiler social público está mucho menos explorado. Algo similar sucede en los países latinoamericanos y en Argentina, donde la política de vivienda suele estar enfocada en intentar generar familias propietarias y no tanto en facilitar el acceso a un alquiler a un precio razonable en términos del ingreso medio de una familia.

La recomendación del Fondo acerca de gravar la vivienda ociosa es sólo una prueba más de que dicho instrumento no está relacionado con regímenes socialistas o de un estatismo exacerbado. Países y ciudades de diversas trayectorias políticas, como Francia, Australia, Montevideo, Barcelona, Reino Unido, Vancouver y San Pablo. Y la lista sigue. 

Los dos principales argumentos en contra del impuesto son más o menos los mismos que aparecen siempre que se propone un impuesto o alguna regulación más o menos agresiva desde el Estado: desaliento de la inversión y aumento del precio de los alquileres. Por lo que pude leer -no exhaustivamente, claro- no hay casos en los que se verifiquen estas dos externalidades negativas. Lo que parece lógico ya que se trata de un impuesto que empezaría a funcionar luego de seis meses o hasta dos años desde que la vivienda deja de estar ocupada.    

Sin embargo, el Doctor en Ciencias Sociales Juan Corvaglia recoge estudios que señalan que hay evidencia suficiente en Francia, en Vancouver y en otras ciudades del mundo acerca de que el gravamen sirve para bajar la tasa de vacancia e incluso, mediante la suba de la oferta, reducir el precio del alquiler en grandes ciudades.

En ese trabajo, el investigador señala que en Vancouver, por ejemplo, está vigente un impuesto que penaliza a las viviendas ociosas desde 2017 y la tasa de viviendas vacías bajó en un 15% el primer año de aplicación. También es un caso de éxito el francés, que aplica el impuesto en áreas urbanas de más de 200.000 habitantes desde 1999 y donde se redujo en un 30% la cantidad de viviendas ociosas (desocupadas por dos años o más).

Las casas vacías suelen tener más incidencia en las grandes ciudades donde la tierra urbana y los inmuebles toman el carácter de reserva de valor. En Argentina, Rosario y la Ciudad de Buenos Aires aparecen como los casos más destacados. En un estudio que realizó el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires en 2018, se relevaron varias de esas políticas y sus particularidades. Además, en ese mismo estudio, el Instituto de Vivienda de la Ciudad junto a otros organismos llegaron a la conclusión de que casi el 10% de las viviendas de la Capital están desocupadas. Sin embargo, no se determinó ninguna acción para intentar movilizar esa ociosidad.  

Bonus tracks

  • Me pareció muy buena esta entrevista en Radio con Vos a la creadora de la app She Taxi. 
  • Te recomiendo este especial de ciudades de El País con varios casos de cómo la pandemia aceleró cambios urbanos en distintas partes del mundo.
  • El 80% de las mujeres se mueve de forma sustentable contra el 68% de los varones. El dato surge de esta guía de transporte y género que hicieron la CAF, el gobierno porteño y el colectivo catalán Punt 6. 
  • Ayer fue el Día Mundial de la Bicicleta. Me gustó esta nota de Fede Poore. Hay cada vez más viajes en bici en la Ciudad de Buenos Aires pero la construcción de nuevas ciclovías (se habían prometido 95 km. para este año) está frenada. 

Eso es todo por hoy.

Que tengas un lindo fin de semana.

Abrazos,

Fer

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Escribo sobre temas urbanos. Vivienda, transporte, infraestructura y espacio público son los ejes principales de mi trabajo. Estudié Sociología en la UBA y cursé maestrías en Sociología Económica (UNSAM) y en Ciudades (The New School, Nueva York). Bostero de Román, en mis ratos libres juego a la pelota con amigos. Siempre tengo ganas de hacer un asado.
@ferbercovich
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