Las Leonas y la vela, medallas “esperables” en París 2024

Desde los Juegos de Atlanta 1996, el hockey sobre césped y el yatching aportaron siempre al medallero. Dos disciplinas que se recuestan en sus culturas deportivas y se sostienen sobre la clase media-alta (los clubes náuticos y las escuelas privadas), pero que igual precisan del Estado.

Si la de oro del Maligno José Torres Gil en BMX freestyle fue una medalla “colgada” para la Argentina en los Juegos Olímpicos de París 2024 –aunque no tanto, como desarrollamos en el último #PrepárandeseParaPerder-, la de plata del binomio Mateo Majdalani-Eugenia Bosco en clase Nacra 17 en vela y la de bronce de Las Leonas en el hockey sobre césped fueron medallas “esperables”, previsibles en el sentido de que se recuestan en tradiciones y en culturas propias de cada deporte, y de que se sostienen un poco más allá del Estado, sobre la clase media-alta argentina que acude a los clubes de regatas y a los de rugby y fútbol con hockey (y a las escuelas privadas). Si la delegación argentina en París 2024 fue la primera de la historia sin un representante en boxeo, el deporte con más medallas para el país (24), desde Atlanta 1996 -último Juego con medalla para el boxeo, la de bronce de Pablo Chacón en la categoría de hasta 57 kilos-, la vela o el hockey siempre aportaron al medallero olímpico argentino. La vela, con 11, y el hockey, con 7, integran el podio entre las 80 medallas totales de Argentina. Y, desde Sídney 2000, entre vela y hockey, se va la mitad: 15 de 30.

Los ingleses llegaron a las orillas de Argentina primero como piratas e invasores. Más tarde se instalaron como operadores de negocios, agentes navieros y financistas. Y practicaron y expandieron deportes. Según el primer censo que se realizó durante la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento en 1869, en la Argentina vivían 1.877.346 habitantes. El 12% era extranjero: italianos (3,8%), españoles (1,8%) y franceses (1,7%). Los británicos eran el 0,6%, unos diez mil que, en su gran mayoría, vivían en Buenos Aires. No eran más pero eran poderosos. Las comunidades extranjeras fundaron los clubes náuticos a la vera del Río de la Plata y del Paraná, un canal fluvial de 989 kilómetros -la Hidrovía-, y sobre todo en el norte bonaerense. En sus comienzos, el deporte era el remo. En 1873, en la inauguración del Buenos Aires Rowing Club, Sarmiento alabó a “los britishers robustos de hoy”, destacó “los deportes varoniles que dan cuenta del viejo aforismo mens sana in corpore sano” y pidió “que la juventud de la Argentina imite este ejemplo para injertar en nuestra índole el amor a los elementos gloriosos que han hecho de vuestra nación lo que ella es: el padre del comercio, la riqueza y la prosperidad”. Citó, así, a las “regatas”.

Majdalani empezó a navegar en el Club Náutico de San Isidro -el mismo de Santiago Lange-, sobre el estuario que forma el Río de la Plata. Y Bosco, en el Club Náutico San Pedro, sobre el Paraná. Majdalani, a pesar de sus 30 años, fue uno de los profesores de Lange. Y Lange, bronce en clase Tornado con Carlos Espínola en Atenas 2004 y Pekín 2008 y oro en Nacra 17 con Cecilia Carranza en Río de Janeiro 2016, participó en siete Juegos, récord argentino.

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Antes del inicio de París 2024, Lange había dicho: “Es un buen momento para decir que, gracias a los clubes, podemos estar acá. Estoy convencido de que los clubes de barrio son nuestro sustento. Tenemos una estructura de clubes increíble, de las mejores del mundo. Eso educa en el deporte a nuestra población y nos salva; de ahí salen los deportistas especiales. El fenómeno de nuestros clubes es único. Lo he hablado con los secretarios de Deportes. Apoyen a nuestros clubes. Ahí se pueden enseñar valores. Mi historia olímpica es larguísima y, como todos, hemos sufrido la parte económica. Siempre seguí y no me quejé. Pero sí, faltan recursos. La situación es crítica para el deporte; pareciera que no es bueno la privatización de los clubes. Creo que los tenemos que salvar. Creo en el deporte. Y no pasa por la rentabilidad: pasa por los valores”. En una entrevista con Sebastián Torok en La Nación tras la medalla en vela, Lange habló del semillero argentino de “los botes al agua”.

El hockey es el deporte colectivo con más medallas para Argentina en la historia olímpica (7), por encima del fútbol (4), y del polo, el básquet y el vóley (2). Y Las Leonas, la selección que ganó seis medallas en los últimos siete Juegos, son “patrimonio nacional”, como escribió Marcelo Bielsa en una carta a 20 años del nacimiento del nombre: “No todos los equipos tienen nombre propio, no cualquier equipo. Las Leonas son una propiedad popular que enorgullece al pueblo argentino en general, pero especialmente al grupo de mujeres que hace 20 años no contaba con un equipo tan representativo del deporte nacional. Es el equipo que termina de consolidar ese rol social y cultural”. En Las Leonas se da el trasvasamiento generacional, desde el arco hasta el ataque. Si a Mariela Antoniska la sucedió Belén Succi, París 2024 fue de Cristina Cosentino, figura en los penales en el bronce ante Bélgica. Los goles de córner corto unen a Noel Barrionuevo con Agustina Gorzelany. Es el legado y la vigencia. Casi sin excepción, cada jugadora recordó al club en el que comenzó a pegarle con el palo a la bocha, desde Juana Castellaro (19 años) en River hasta Sofía Cairó (21, autora del penal decisivo) en el más modesto Club y Biblioteca Mariano Moreno, de Moreno. Zoe Díaz, a sus 18 años y 70 días, se convirtió en la medallista olímpica más joven de la historia argentina (superó a Gabriela Sabatini, plata en tenis en Seúl 1988 con 18 años y 138 días). Díaz juega en el Club Italiano, de Caballito.

Las Leonas, en efecto, casi nunca dejan a gamba al deporte argentino en un Juego Olímpico. Plata en Sídney 2000, bronce en Atenas 2004 y Pekín 2008, plata en Londres 2012 y Tokio 2020, y bronce en París 2024. Pasan los años, pasan las jugadoras, Las Leonas están presentes, no paran de potenciar a miles de chicas, a nuevas generaciones. “Entrenamos en condiciones que no son las mejores y el país ya ganó tres medallas -analizó la leona Agostina Alonso, sin olvidarse de la vela de Majdalani-Bosco y el BMX del Maligno-. Ojalá el deporte crezca y se le dé más bola, pero el compromiso no se negocia. Que se valore el deporte porque es súper importante. Y que la medalla sea otro empujón”. Las Leonas son, al menos, el equipo femenino del deporte argentino. A pesar de surgir como fenómeno de clubes y de escuelas privadas, precisa el aporte estatal para competir a nivel internacional. “Estamos toda la semana cuatro horas por turno, en una cancha que es un peligro”, expuso en 2023 Agustina Albertario. Es la cancha del Cenard. La enorme capacidad de trabajo de las jugadoras suele desembocar en la chance concreta de una medalla argentina en un Juego Olímpico.

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La estabilidad de Las Leonas, su autoidentificación, puede ser la envidia de cualquier equipo de cualquier deporte. Sin ella no hubiesen sido casi siempre protagonistas, la mayoría de las veces ganadoras. En París 2024, un Juego Olímpico desfavorable por la caída sostenida de la economía argentina y la profundización de los recortes a través de la motosierra en el alto rendimiento (y en un contexto de recompensas inmediatas como medida del éxito), Las Leonas y la vela funcionan. Y ratifican que la cultura deportiva lleva su tiempo y que está más allá de la compra y la venta del “mercado”.

Flashes olímpicos

  • Sólo un deportista ganó cinco oros consecutivos en una misma prueba en la historia: el cubano Mijaín López en lucha grecorromana 130 kg, desde Pekín 2008 hasta París 2024. A los 41 años, Mijaín López se arrodilló y anunció su retiro. Le agradeció a Fidel Castro, quien, dijo, “llevó el deporte a Cuba”. En la final parisina derrotó a Yasmani Acosta, cubano, pero representante de Chile. En su casa de Herradura, en Pinar del Río, colgará su quinto oro olímpico, cerca de los ojos de Fidel.
  • Con seis medallas, la gimnasta brasileña Rebeca Andrade se transformó en París 2024 en la más ganadora de su país en la historia olímpica. Se colgó el oro en la prueba de suelo y recibió la reverencia de Simone Biles. Andrade nació en la favela Vila Fátima, en Guarulhos, São Paulo. Hija de madre soltera empleada doméstica, fue detectada a los cuatro años por una entrenadora en el marco de un programa social y deportivo infantil promovido por el gobierno de Lula. En este hilo de @histoporte_, la historia de Rebeca Andrade, la única.
  • En la semifinal del básquet ante Serbia, Stephen Curry anotó 36 puntos (9 triples), segunda mayor cantidad de un jugador en un partido de Estados Unidos en un Juego Olímpico tras los 37 de Carmelo Anthony ante Nigeria en Londres 2012. “Fue uno de los mejores partidos de mi vida”, aceptó Curry, quien en la final del oro frente a Francia encestó ocho triples.
  • Últimas dos recomendaciones: por un lado, en Cenital, Ezequiel Fernández Moores escribe sobre el Black Power de París 2024, cómo tres mujeres negras -Rebeca Andrade, Simone Biles y Jordan Chiles- dominaron la gimnasia, un deporte históricamente blanco; y, por el otro, en Anfibia, Nemesia Hijós y Juan Bautista Paiva, en “Olímpicos, virales y tiktokeros”, acerca de lo que provocan los Juegos, desde el detrás de escena de los deportistas hasta la realpolitik del COI.

En el prólogo de la reedición de 1993 de Fahrenheit 451, Ray Bradbury apunta: “Sólo resta mencionar una predicción que mi bombero jefe, Beatty, hizo en 1953, en medio de mi libro. Se refería a la posibilidad de quemar libros sin cerillas ni fuego. Porque no hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee, que no aprende, que no sabe. Si el baloncesto y el fútbol inundan el mundo a través de la MTV, no se necesitan Beattys que prendan fuego al queroseno o persigan al lector. Si la enseñanza primaria se disuelve y desaparece a través de las grietas y de la ventilación de la clase, ¿quién, después de un tiempo, lo sabrá, o a quién le importará?”. Es verdad: a partir -y a través- del básquet y del fútbol podemos leer, aprender y saber. Lo intentamos en #PPP.

Otras lecturas

Es periodista especializado en deportes -si eso existiese- desde 2008. Lo supo antes de frustrarse como futbolista. Trabajó en diarios, revistas y webs, colaboró en libros y participó en documentales y series. Debutó en la redacción de El Gráfico y aún aprende como docente de periodismo. Pero, ante todo, escribe. No hay día en la vida en que no diga -aunque sea para adentro- la palabra “fútbol”.