Que la ciencia te acompañe

La sangre hierve ¿o no lo ves?

Todo lo que siempre quisiste saber sobre sexo, te animaste a preguntar y te contestaron cualquier cosa porque no le preguntaste a una científica.

Holis, ¿cómo andás? Yo acá, pensando en el romance de verano. Me encanta ese concepto, fuego y pasión por un par de meses que son el cimiento de una amistad perpetua. Algo que no es vano ni intrascendente, que requiere involucrarse en la intimidad y no hace sufrir cuando se esfuma. Creo que, aunque la idea de romance de verano pueda suceder en cualquier estación, es lo único que podría hacerme soportable el calor al equiparar mi temperatura interna con la externa, una estrategia de supervivencia.

Mientras te escribo esto, me doy cuenta de algo curioso. Hace un año y medio que nos conocemos y nunca hablamos de sexo. ¿De dónde me vendrá este pudor? Creo que ya te conté que soy tutora del Programa Nacional de Educación Sexual Integral y que, como comunicadora científica y epistemóloga feminista, me especializo en temas de salud sexual, así que suelo hablar mucho de sexo. Además, acá entre nosotros, soy lo que mi papá llamaba “una mujer ligera de cascos”, por lo que me parece especialmente llamativa esta omisión en nuestras cartas.

Pero, si lo pienso bien, encuentro dos cosas. Una es obvia y más fácil de explicar así que va primera: Cenital siempre fue para mí un espacio de reconocimiento y valoración en el que el humor o la irreverencia se entienden como una herramienta estratégica y no como falta de rigurosidad. Algo muy lógico, pero muy poco frecuente. Entonces, construí una conducta en la que lo considero un espacio de seriedad sin solemnidad. Y no hay formación o perspectiva que te saque absolutamente todos los prejuicios. Así que, en tránsito sobre esta línea fina entre lo sensato y lo formal, me pareció que hablar de sexo la desdibujaba demasiado. Es fácil derrapar hablando de sexo.

Para explicarte la otra, te voy a pedir un poco más de atención porque me vas a tener que seguir a través de un camino mental sinuoso. En general, introduzco los temas de mis cartas a partir de experiencias personales. Pero la posibilidad de contarle a otros mi experiencia de la sexualidad no es de mi dominio exclusivo. 

Hay una propuesta de subjetividad neoliberal que ha calado muy hondo, y es esta de la sexualidad como construcción individual. La idea de que una va probando tipos de relaciones y prácticas sexuales hasta que encuentra lo que le gusta y, a partir de esas preferencias, busca a otros que llegaron a las mismas conclusiones luego de la misma búsqueda. Una segmentación más de mercado, un aspecto más de uno mismo.

Para mí, en cambio, la sexualidad es un componente identitario. No existe sin la otredad. Y no hablo en este caso de los componentes de socialización que intervienen en la sexualidad y de todos los aspectos que exceden a las prácticas sexuales, que, por supuesto, son parte de esta perspectiva. Hablo de coger. Algo que pasa necesariamente con otros. Más allá del tema de la privacidad ajena, no lo puedo abordar desde la noción de experiencia personal porque, en este caso, mi propia identidad no se puede separar de la otredad.

Cuando fui a la defensa de tesis de mi amiga Danila aprendí que la primera condición para la conciencia de nosotros mismos es saber que no somos el otro. Uno podría pensar que esta definición establece una separación. Pero yo lo interpreto como que para reconocernos como un ser necesitamos, necesariamente, a la otredad. Entonces, ese otro está incluido en mi propia identidad, de la que mi sexualidad forma parte (nota aparte: esto me sirvió mucho también para pensar el tema del aislamiento y la distancia social durante la pandemia).

Por último, hay una diferencia importante entre lo personal y lo íntimo. Una cosa es que te cuente experiencias personales y otra que te comparta mi intimidad. Lo primero puede servir para articular la información, para situarla y referirla. Lo segundo no es pertinente para lo que viniste a buscar, que es un newsletter de ciencia. Y con la sexualidad la línea, de nuevo, se desdibuja.

Así que, en resumen, creo que todavía no hablamos sobre sexo porque es una carta que me resulta difícil de escribir. Pero hechas las consideraciones iniciales pertinentes, acá va, una edición de Que la ciencia te acompañe enteramente dedicada al delicioso.

Ya sabes que he pasado la frontera

Diría que vamos a empezar por el final, pero acabar no es necesariamente terminar y ese juego de palabras no es mi estilo. Y, como los orgasmos no son un lugar al que llegar ni un objetivo que cumplir, vamos a pensarlos desde uno de sus aspectos: un objeto de estudio de las ciencias.

Para empezar, ¿sabías que, además de la brecha salarial, existe la brecha orgasmal? Pues sí. Cuando un equipo entrevistó a 52.000 personas bi, hetero y homosexuales de entre 18 y 65 años y les preguntó si tenían orgasmos durante las relaciones sexuales, el 95% de los hombres hetero contestó que sí, mientras que las mujeres hetero lo afirmaron en el 65% de los casos, las bisexuales en el 66% y las lesbianas en el 86%. Para varones bisexuales, el porcentaje llegó al 88% y para gays, al 89%. A su vez, descubrieron otra brecha sobre la que nos extenderemos en unos párrafos: el 30% de los varones hetero manifestó creer que la penetración es la mejor manera de provocar el orgasmo ajeno, mientras que solo el 35% de las mujeres dijo conseguirlo únicamente mediante esta práctica. Al parecer, las chicas solo queremos divertirnos y entre nosotras nos divertimos más.

Pero no todo son brechas y diferencias en el estudio. También encontraron consenso. El 80% de las mujeres heterosexuales y el 91% de las lesbianas reportó tener orgasmos cuando se dan tres situaciones: besos profundos, estimulación genital y sexo oral.

Ahora bien, ¿qué visiones científicas pueden relacionarse con narrativas sobre el sexo que hagan que las mujeres heterosexuales sean las que menos orgasmos tienen y que los varones que son sus compañeros sexuales ni se enteren? Intentaré resumir los puntos centrales de la investigación sobre el tema que hice para mi libro:

  • El orgasmo femenino se reconoció como un fenómeno medible con características precisas (lo que en el lenguaje de la ciencia quiere decir existente) en 1966, cuando se publicó el libro La respuesta sexual humana de Masters y Johnson. A partir de entonces, varios interrogantes produjeron estudios para profundizar este conocimiento, entre ellos por qué se produce.
  • Muchas veces, cuando se quiere explicar un rasgo o comportamiento, la Teoría de la Evolución de Darwin funciona como un caballito de batalla, un ir a lo seguro. Según nuestro querido Carlitos, algunos de los rasgos se fijan porque confieren ventajas adaptativas, es decir, que quienes los poseen tienen algún tipo de beneficio respecto a los mismos individuos de su especie que no. Esos individuos transmiten la característica a sus crías y, cuando el proceso se extiende en el tiempo, llega un momento en el que todos los miembros de la especie la poseen y se vuelve un rasgo típico.
  • El orgasmo peneano se puede pensar de manera lineal como ventaja adaptativa: si se siente placer al eyacular, es más probable que se quiera tener sexo, que haya reproducción y que la especie sobreviva. 
  • En el caso de los orgasmos clitorianos, ese tipo de “sentido darwinista” no está tan claro. Algunos estudios se inclinan por considerarlo un rasgo vestigial. 

¿Qué es esto? Algo que en algún momento de nuestra historia cumplió una función concreta y ya no. Los casos más populares son el apéndice y las muelas de juicio, pero ¡ojo! que aunque sea tan común afirmar su origen evolutivo con liviandad, en el mundo de la ciencia no hay consenso

¿Por qué lo piensan? Porque al recopilar información sobre el ciclo menstrual de distintos mamíferos se vio que en las especies en las que ciertos factores ambientales controlan la ovulación, o que es inducida cuando los especímenes se aparean con un macho o por su mera presencia, el clítoris (órgano clave en el orgasmo) está dentro de la vagina, algo con bastante sentido cuando la ovulación es estimulada por el apareamiento. En humanos y otros primates, los cambios hormonales que estimulan la ovulación no requieren la intervención de un macho o un factor ambiental particular y el clítoris está fuera de la vagina y no necesariamente puede alcanzarse durante la penetración.

¿Y entonces? Como las especies con ovulación inducida aparecieron antes que las de ovulación espontánea, se podría suponer que los orgasmos eran un rasgo que estimulaba la ovulación y nosotros lo heredamos.

  • Esto, sin embargo, lejos está de ser la verdad de la milanesa. No están estudiados los paralelismos neurológicos entre especies con ovulación espontánea e inducida ni se sabe bien si otros mamíferos sienten placer durante el sexo. Además, la data no es experimental sino histórica y la hipótesis se basa en conjeturas y correlaciones. Sin embargo, esta idea nos provee una explicación menos estigmatizante para la ausencia de orgasmos durante la penetración, que, aunque no es de ninguna manera ausencia de placer, muchas veces se patologiza.
  • Más allá de los problemas de verificación de esta investigación, también podemos preguntarnos por qué queremos asignarle una “utilidad” al orgasmo clitoriano, proponiéndolo como algo que sirva para sobrevivir. Y no hay que tener mucha imaginación para darse cuenta de que ese “algo” es la reproducción y que -¡oh casualidad!- el comportamiento que garantiza la reproducción es la penetración. De esta manera, el “sexo útil”, “natural” y “con sentido” es el que menos orgasmos produce en las mujeres y más en los varones. 

Ahora ya sale algo mejor

Otro problema de pensar la sexualidad como algo que se tiene y no como parte de lo que se es, es que lo que se tiene se puede intercambiar como mercancía y, por lo tanto, estar sujeto a las leyes de oferta y demanda. Y bien sabemos que, cuando pasa eso, es el mercado el que impone las reglas y no quienes personifican la mercancía.

Si en el siglo XXI la sexualidad es alcanzada por las dinámicas comerciales, esto implica que esté atravesada por el marketing y conlleva que haya tendencias y modas, como el squirt (un chorro de líquido que se expulsa por la uretra en el momento del orgasmo).

Más allá de las imposiciones sobre lo deseable, el caso del squirt presenta algunas preguntas que pueden ser interesantes para abordar algunos tabúes. ¿Es pis? ¿Es eyaculación vaginal?

Un estudio de 2014 reclutó a siete mujeres que decían que en el momento del orgasmo expulsaban bastante líquido (un vaso de agua o más). Primero, las voluntarias proveyeron una muestra de orina y se realizaron una ecografía para comprobar que la vejiga les hubiera quedado vacía. En seguida, se masturbaban o “se estimulaban con un compañero” hasta estar a punto de acabar, lo que demoró entre 25 y 60 minutos. En ese momento (andá a saber cómo avisaban), les hacían una segunda ecografía pélvica y finalmente se producía el orgasmo (rarísimo lo de que entren a hacerte una ecografía y no te distraiga, ¿no?), se recolectaba el fluido en una bolsa y se realizaba una última ecografía.

Cuando analizaron las muestras de orina y el fluido expulsado en el orgasmo, dos mujeres no mostraron diferencias. En las otras cinco, además de pis, había una pequeña cantidad de un líquido blancuzco y más espeso que no se encontraba en la muestra original: PSA, un antígeno prostático. El PSA viene de las glándulas de Skene, pero no se sabe exactamente qué función podría cumplir. Y acá viene lo que más me llamó la atención cuando investigué sobre este tema. Resulta que en 2004, el Comité Federativo de Terminología Anatómica reconoció estas glándulas como “la próstata de las mujeres”, dándoles una entidad equivalente, luego de que durante años se las pensara como un análogo que nadie sabe bien para qué está. Así como lo escuchás. Todos tenemos próstata. 

Después, cuando miraron las ecografías, vieron que, durante la estimulación sexual, la vejiga volvía a llenarse aunque no tenía líquido minutos antes y que se vaciaba otra vez luego del orgasmo.

Dicho esto, se podría hacer una distinción tentativa entre eyaculación femenina y squirt. Algunas personas expulsan pis al momento del orgasmo y otras, además de orina, el fluido blanquecino y viscoso del que acabamos de hablar, que en el esperma ayuda al movimiento de los espermatozoides. También hay quienes reportan solo expulsar PSA, pero no participaron del estudio. Entonces, mientras que el squirt sería el chorro de líquido cualquiera fuera su composición, la eyaculación femenina propiamente dicha sería el PSA.

Que tú ya sabes que me tienes cuando quieras

Si bien podemos explicar anatómicamente algunas de las cosas que pasan cuando llevamos a cabo prácticas sexuales, sabemos bien que eso no es todo lo que sucede durante el sexo y que hay algunas explicaciones que no sabemos ni dónde empezar a buscar. ¿No te pasa que hay gente con la que estuviste que cuando te la cruzás no entendés bien por qué te atrajo?

En este video, la psicóloga especialista en sexualidad Sara Nasseradeh habla de la noción de química sexual. Mientras en mi cabeza suena “el amor es un engaño de nuestras hormonas”, pienso que ponerle palabras científicas a los misterios puede ser una forma de darnos calma. Como asociamos la ciencia con las explicaciones definitivas, caracterizar algunos hechos en esos términos nos hace pensar que hay una explicación racional que no conocemos.

Sara arranca el video diciendo: “Con todo respeto a mis colegas que estudian esto…”, porque obviamente hay varios estudios tratando de encontrar esa química midiendo hormonas, composición de los olores y un largo etcétera, pero, volviendo a Sara, va un resumen de sus argumentos:

  • Decir que se tiene química sexual con alguien se entiende como algo por fuera del desarrollo personal, que viene de disposiciones corporales y cómo se interrelacionan, lo que lo haría permanente. 
  • Si creo que lo que me enganchó con alguien tiene que ver con componentes químicos, si me desengancho no hay nada que hacer.
  • Ella propone la idea de “armonía sexual”, es decir, que hay momentos en los que, por distintos factores, somos más afines con alguien y que, si eso cambia, se puede pensar por qué y, si tenemos ganas de volver a ser afines, modificar lo que se pueda. En este caso, sería un proceso constante y cambiante.

Ahora está dentro de mí

Este artículo de 2012 se llama Sexo anal: el último tabú de la ciencia y, si bien podríamos suponer que en casi 10 años las cosas cambiaron, una googleada rápida de las palabras “anal sex (sexo anal) + science (ciencia)” parecen indicar que no es tan así. Si hacemos la misma prueba con “sexo oral”, los resultados son muchísimos más.

La nota ofrece un argumento asociado a mi pequeña verificación, pero anclado en una publicación. Resulta que el primer estudio sobre anodispareunia en mujeres (dolor durante la penetración anal) medio que pasó sin pena ni gloria a pesar de haber sido publicado en una revista pretigiosa y firmado por un investigador prestigioso. 

La autora, Debby Nerbernick, co-directora del Centro de Promoción de la Salud Sexual de la Universidad de Indiana, acerca algunas cifras: “En la década de 1990, sólo entre una cuarta y una tercera parte de las mujeres y los hombres jóvenes de Estados Unidos habían probado el sexo anal al menos una vez. Menos de 20 años después, la Encuesta Nacional de Salud y Comportamiento Sexual de 2009, realizada por mi equipo de investigación, reveló que hasta el 40-45% de las mujeres y los hombres de algunos grupos etarios habían probado el sexo anal”. Además, dice que, dada la prevalencia creciente de la práctica, quiso dedicarle un capítulo de su primer libro al tema y que una revista se negó a reseñarlo aduciendo que el tópico “no era de interés de sus lectores”. O sea, la tipa te está diciendo que hizo una encuesta nacional sobre el tema y que casi la mitad de las personas de algunos grupos etarios lo hacen o lo hicieron y a vos te parece que no da mencionarlo.

“Es difícil encontrar respuestas basadas en evidencia a las preguntas sobre el sexo anal -continúa Debby-. Se podría pensar que sabemos más sobre una conducta que se ha convertido en una parte común de la vida sexual de los estadounidenses y que, a pesar de todos sus potenciales placeres, sigue siendo uno de los actos sexuales más arriesgados en lo que respecta a la propagación de infecciones de transmisión sexual (ITS), incluido el VIH. Sin embargo, la investigación científica sobre el sexo anal es sorprendentemente escasa. La lista de lo que no sabemos sobre el sexo anal es mucho más larga que la lista de lo que sí sabemos. Esto dificulta que los educadores sexuales se sientan realmente seguros a la hora de responder a las preguntas tan reales e importantes de la gente”, dice la especialista que trabaja en la Universidad de Indiana, mostrando que el tabú y la (no) producción de conocimiento se retroalimentan.

Respecto a la investigación que dio origen a la nota, van sus puntos más salientes:

  • Se encuestó a más de 2000 mujeres de entre 18 y 30 años y se compararon sus respuestas con algunas investigaciones pequeñas sobre el dolor durante la penetración anal en varones homosexuales.
  • El 49% de las encuestadas había interrumpido su primera penetración anal por dolor, algo que no es para nada sorprendente si consideramos que el 52% dijo no haber usado lubricante en esa ocasión. Sobre ese 49%, un 17% dijo que también le dolió o incomodó pero que no paró. Solo el 25% dijo que su primera penetración anal fue placentera.
  • Alrededor de dos tercios volvieron a probar. Obviamente, las que la habían pasado bien fueron más propensas a hacerlo de nuevo. 
  • Alrededor del 9% de las que dijeron haber tenido penetración anal al menos dos veces el año del estudio aseguró que les dolió cada vez. Teniendo en cuenta a quienes lo evitan porque siempre les duele, este número sería similar al de mujeres que experimentan dolor cuando tienen sexo vaginal o inclusive durante actividades diarias (10%) o el rango de entre el 10 y el 14% de varones homosexuales que sienten dolor en las penetraciones anales.

Ante estos resultados, Nerbenick agrega: “Aunque en el estudio se preguntó a las mujeres qué sentido le daban a su dolor (la mayoría se culpó a sí misma o a sus prácticas sexuales, sugiriendo que su dolor estaba relacionado con el hecho de no sentirse totalmente relajada, con un juego previo anal inadecuado o con no utilizar suficiente lubricante), el hecho es que todavía no sabemos clínicamente qué es lo que causa su dolor. Puede ser que, al igual que la vagina y la vulva, los anos de algunas mujeres y hombres respondan al tacto o a la penetración de forma dolorosa y por razones desconocidas. Puede ser que algunas de estas mujeres y hombres tengan trastornos de la piel, como el liquen escleroso, que puede afectar a la piel genital (incluida la piel anal), aumentando la probabilidad de molestias, dolor o desgarro. Sin duda, la falta de información y educación es la causa del dolor de algunas personas, pero probablemente no sea la causa principal para todos. Algunos hombres y mujeres lo hacen todo ‘bien’ -utilizan mucho lubricante, empiezan suavemente, se relajan, se comunican bien con su pareja, evitan los geles/cremas desensibilizantes o anestésicos- y aun así les duele. ¿Tienen una condición médica subyacente que contribuye al dolor? ¿Receptores nerviosos que gritan de dolor en lugar de percibir la penetración como algo neutral o placentero? No lo sabemos”.

Ya sabes como soy

Varias lecturas, búsquedas de memes y horas después, esta carta tiene 12 páginas de Word. Decir que “si ya saben cómo me pongo para qué me invitan” sería menospreciar que, con el material que tengo entre el Drive y los marcadores de Chrome, podría escribir 50 newsletters más. 

Las búsquedas de la ciencia muchas veces se tratan de dilucidar cosas sobre el sexo, como si hubiera algo oculto que pudiera ser develado, pero creo que es un caso en el que las ciencias no saben algo que nosotros ya sabemos: lo que queremos. Para algunos, puede ser no saber nada, para otros, hacer trabajo de campo sin respiro. Para todos, encontrarnos en otros y sabernos vivos.

Que seas libre o que no seas nada, como tu deseo y como el conocimiento.

Te mando un beso enorme,

Agostina

p/d: las refes de este news son de la canción más cachonda de la lengua española. Que la disfrutes rodeado de expectativas de romance de verano.

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Soy comunicadora científica. Desde hace tres años formo parte del colectivo Economía Femini(s)ta, donde edito la sección de ciencia y coordino la campaña #MenstruAcción. Vivo en el Abasto con mis dos gatos y mi tortuga. A la tardecita me siento en algún bar del barrio a tomar vermú y discutir lecturas con amigas.
@Bcientifica

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