La nueva cara del deseo: por qué hay menos sexo en el cine

En las películas se muestra cada vez menos cuerpos desnudos y el erotismo parece haber quedado relegado. ¿Desapareció? ¿Se transformó? ¿Dónde se está escondiendo la calentura dentro de la cultura pop?

Sexo en el cine, “¡¿vivo?!”, preguntaría la Su. Y ese es el punto. Si uno mira el cine mainstream actual hay una sensación bastante evidente: el sexo casi desapareció de la pantalla.

No es que no exista en absoluto. Todavía aparece en algunas películas, sobre todo en títulos independientes o de productoras/distribuidoras como A24 y NEON, que encontraron un nicho. Pero en el comercial, ese del que podés hablar en el asado familiar o almorzando en el laburo, el que domina la conversación cultural y los multisalas, el erotismo perdió centralidad. En los grandes blockbusters directamente dejó de ser un elemento narrativo. 

Durante décadas eso no fue así. Hubo un tiempo relativamente reciente en el que el que la “unión de los cuerpos” formaba parte natural del cine para adultos (entendido como “no apto para todo público”). No como provocación ocasional, sino como un motor dramático, una herramienta y una pieza natural de la vida humana. Las escenas eróticas eran parte de la historia, del conflicto y del suspenso. Además vendía, claro.

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No hace falta que nos vayamos hasta fines de los sesenta o los setenta con su “porno chic” y el gran destape post Código Hays, pensemos en los noventa.

¿Y esta cajita de texto para qué está? Acá es donde despabilamos a nuestros lectores y les contamos lo difícil que es hacer periodismo en estos tiempos. Por eso, si la información que leés en Cenital te ayuda a entender mejor lo que pasa, te  pedimos que nos des una mano para seguir.

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Demasiado sexy para su propio bien

En los noventa existía incluso un subgénero muy reconocible dentro del cine comercial: el thriller erótico.

Películas como Bajos instintos (Basic Instinct, 1992), dirigida por Paul Verhoeven, combinaban misterio, crimen y sexualidad explícita. El deseo era parte central de la trama, su motor. La famosa escena del interrogatorio de Sharon Stone se volvió uno de los momentos más comentados de la cultura pop de la época. La película se convirtió en un ícono: recaudó más de 350 millones de dólares en todo el mundo. Algo parecido pasó con Atracción fatal (Fatal Attraction, 1987). Aunque es apenas anterior a la década, pertenece al mismo clima cultural, al igual que9 Semanas y Media (9 ½ Weeks, 1986).

La escena ya clásica de Sharon Stone en Bajos Instintos.

A ese mismo ecosistema pertenecen Sliver (1993), centrada en el voyeurismo dentro de un edificio inteligente, y 9 Semanas y Media unos años antes. También se pueden sumar Acoso Sexual (Disclosure, 1994), con Michael Douglas y Demi Moore –que convertía el deseo y el poder sexual en el centro de un thriller corporativo–, El Cuerpo del Delito (Body of Evidence, 1993), Showgirls (1995) y así podríamos estar un rato.

En ese momento Hollywood todavía tenía un mercado claro para historias adultas. De nuevo, no en un sentido softcore o pornográfico, sino simplemente no todo estaba hecho como para poder ser consumido por un niño de 11 años. Ya vamos a hablar un poco más sobre la pérdida de las películas de presupuesto medio, esas que solían poder explorar estas cuestiones sin exigencias titánicas de un mercado que cada vez más apunta a que todo tenga que ser aceptado por los famosos “cuatro cuadrantes” de audiencia (hombres y mujeres mayores y menores de 25 años).

Incluso fuera del thriller erótico, el sexo aparecía con bastante naturalidad en muchos tipos de películas. Dramas románticos, thrillers psicológicos, cine de autor e incluso algunas comedias románticas.

Ese lugar dentro del cine comercial hoy es un bicho que se extingue y apenas sobrevive entre plataformas y algoritmos.

Vieja industria, nueva industria

Una parte importante de esta transformación tiene que ver con cómo cambió la industria del cine en las últimas dos décadas. La hipersegmentación de la cultura es en realidad causa y consecuencia de la polarización del mercado. Por un lado tenemos los blockbusters. Proyectos de una dimensión cuyos números no entran en este newsletter, audiencias mega ultra globales, cientos de miles de pantallas, contenido para todos y para nadie. En la otra punta está el “cine de festivales”, más independiente y luchón, circulando por festivales y el on demand

Las grandes producciones actuales suelen evitar escenas sexuales por razones bastante pragmáticas. Buscan clasificaciones por edad más amplias, necesitan funcionar en mercados internacionales con sensibilidades culturales distintas y están diseñadas para atraer a espectadores de todas las edades. Son productos que tienen que recaudar como para justificar la existencia de los estudios cinematográficos frente a los pulpos corporativos que los consumieron.

Un blockbuster de 200 millones de dólares tiene que vender entradas en decenas de países y también sostener una enorme maquinaria de marketing, licencias y productos derivados. En ese contexto, el erotismo suele ser percibido como un riesgo más que como un atractivo. Si quizás, tal vez, aleja a alguien, está afuera.

Por eso hoy nos toca elegir entre una de superhéroes, cuatro o cinco películas basadas en algún juguete y dos o tres “legacy sequels”, esas secuelas que tratan de aggiornar pero a la vez mantener el espíritu de alguna franquicia setentosa u ochentosa

Pero bancá, porque el cambio industrial no explica todo.

La paradoja de la Generación Z

En los últimos años apareció otro dato interesante dentro del debate cultural, uno que sale de los centennials (los que nacieron entre 1995 y el 2010, más o menos), sus consumos y sus prácticas. 

Varias encuestas muestran que una parte de los Gen Z dice sentirse incómoda con el sexo en pantalla, sobre todo cuando parece gratuito o innecesario para la historia. Un estudio del Center for Scholars and Storytellers de UCLA realizado en 2023 indicaba que casi el 50% de los jóvenes entre 13 y 24 años preferiría ver menos escenas de ese tipo en películas y series.

A eso se suma otro dato que aparece en distintos estudios sociológicos: los centennials, en promedio, están teniendo menos sexo que generaciones anteriores a la misma edad. Investigaciones publicadas en revistas como Archives of Sexual Behavior muestran que la proporción de jóvenes de entre 18 y 24 años que declara no haber tenido relaciones sexuales en el último año creció de forma sostenida desde comienzos de los 2000.

Si uno mira solo esos números, la conclusión parece bastante directa: una generación más ¿célibe?, un cine más casto, una cultura menos interesada en la sexualidad explícita. Parecería ser que no vende, ni interesa que sea explorada como parte del catálogo de experiencias humanas.

Pero cuando se amplía un poco el foco aparece una paradoja interesante que se viene ignorando en muchas conversaciones sobre el tema: mientras el erotismo retrocede en las “mainstream movies”, la literatura vive un boom de sexualidad explícita. Así como lo leíste, no te la podés creer, ¿no? Te juro, mirá.

Booktubers, booktok, erotismo, deporte y dragones

Aparece en escena uno de esos fenómenos que mueven millones de dólares y seguidores en todo el mundo pero pasa casi desapercibido para el que no está en esa: el romantasy. ¿Que “basta de inventar palabras”? Perdón, yo no hago las reglas. Mezcla de romance y fantasía, esta etiqueta lidera charts de ventas, hashtags y todo indicador posible de éxito actual.

Libros de la saga ACOTAR de Sarah J. Maas.

La saga Una Corte de Rosas y Espinas (A Court of Thorns and Roses), de Sarah J. Maas –conocida por sus lectores/devotos como ACOTAR– es uno de los fenómenos editoriales más grandes de los últimos años. La serie superó las 38 millones de copias vendidas en todo el mundo y se convirtió en uno de los títulos más recomendados dentro de BookTok (o sea, esa parte de TikTok en la que se recomiendan sagas interminables de libros).

En TikTok, el hashtag #ACOTAR acumula más de mil millones de visualizaciones, con edits e imágenes creadas por IA, que suelen girar en torno a esos cuerpos alados y luminosos encontrándose en situaciones candentes. Es que esas páginas incluyen escenas bastante más explícitas que lo que hoy suele aparecer en una película comercial. Y no son un detalle menor dentro de la historia. Forman parte central de la relación entre los personajes y del atractivo emocional de la serie. Uno puede, si quiere, encontrar listas en reddit que señalan cuáles son los capítulos específicos en donde se dan esos orgasmos mágicos.

El término para catalogar esta especie de nuevo ¿porno? mayoritariamente femenino es SMUT, una derivación del inglés del siglo XVI que significa algo así como “sucio”. Plataformas como Archive of Our Own (AO3) o Wattpad superan hoy los 12 millones de obras publicadas y más de 7 millones de usuarios registrados. Una parte enorme de ese contenido pertenece a una fanfiction romántica o sexualmente explícita. Muchas autoras empezaron escribiendo ese tipo de material y pasaron a las grandes ligas editoriales.

En BookTok, etiquetas como #smutbooks o #spicybooks (“libros picantes”) acumulan cientos de millones de visualizaciones y funcionan como sistemas informales de recomendación literaria.

Dentro de ese universo también aparecen fenómenos editoriales inesperados, porque no solo de dragones, hadas y bestias vive toda esta cuestión. Hay otros dos elementos muy populares en este cosmos: ciertos deportes muy específicos y las relaciones entre dos hombres rudos pero sensibles.

Rivales y sexuales

Uno de los más comentados en los últimos años fue Heated Rivalry, una novela romántica de Rachel Reid ambientada en el mundo del hockey sobre hielo profesional en Canadá. La historia sigue durante años la relación secreta entre dos jugadores rivales que desde un primer momento arrancan un vínculo carnal que va cocinándose en una olla a presión entre Juegos Olímpicos y concentraciones en ciudades lejanas. 

Shane Hollander, interpretado por Hudson Williams, e Ilya Rozanov, interpretado por Connor Storrie, son los protagonistas de la novela romántica deportiva Heated Rivalry (2019) de Rachel Reid.

Publicada originalmente en 2019 dentro de una editorial pequeña, la novela explotó en popularidad gracias a recomendaciones en redes sociales. Hoy forma parte de listas de best sellers dentro del romance contemporáneo y tiene decenas de miles de reseñas en Goodreads, con una puntuación promedio muy alta para el género.

Y ahora, claro, se convirtió en una serie de televisión de la plataforma Crave que tomó por sorpresa a Hollywood a comienzos de año, creció como loca en el boca en boca alrededor del mundo y puso a sus protagonistas Hudson Williams y Connor Storrie en lo más alto de la elite prendidísima de Los Ángeles y Nueva York. 

Volvamos a un punto ya señalado, porque acá lo más rico (ja) para analizar no es tanto el contenido, sino su público. Muchas de estas historias son consumidas sobre todo por jóvenes, incluidos miembros de la misma Generación Z que dice sentirse incómoda con el sexo en pantalla. 

Eso vuelve más interesante la pregunta que aparece en el centro de esta discusión. Si muchos jóvenes dicen sentirse de esa manera con ese tema en pantalla, ¿por qué están consumiendo tanto erotismo en libros, comunidades online y ahora un show de TV como este? ¿Son más pacatos, más cuidadosos o simplemente se les estaba ofreciendo un tipo específico de deseo que no es el suyo?

El deseo cambió de medio

Busquemos respuestas, aunque no lleguemos a ninguna conclusión definitiva, como suele pasar con las grandes etiquetas generacionales. Una posible explicación puede tener que ver con la perspectiva desde la que se construye el deseo. Durante décadas el erotismo cinematográfico mainstream estuvo muy influido por lo que muchos críticos llaman la “mirada masculina” (“male gaze”, muy comentada en épocas de #MeeToo y #TimesUp). Muchas escenas sexuales funcionaban como espectáculo visual: cuerpos observados desde afuera por el mismo tipo de persona, una y otra vez.

En cambio, gran parte del SMUT contemporáneo está escrito desde perspectivas femeninas o queer. El sexo aparece atravesado por emociones, vínculos y fantasía romántica. No es solo un cuerpo que se muestra: es una experiencia narrada desde adentro. El ansia como motor.

También influye el contexto cultural en el que vive esta generación. Quienes hoy tienen veinte años crecieron en un mundo de exposición permanente. Redes sociales, cámaras en todos los teléfonos, viralización instantánea. En ese entorno, la intimidad puede volverse frágil y el sexo real más ansioso o más vigilado. La ficción escrita –y en menor medida lo que se ve en casa– ofrece algo muy distinto: privacidad y control. Leer una escena erótica es una experiencia íntima. Cada lector regula el ritmo de la fantasía, pausa, relee, imagina.

Ahí aparece otra diferencia clave entre imagen y narración. El cine muestra cuerpos concretos y situaciones definidas. Un tipo de mujer, un tipo de hombre, perpetuados en el tiempo, una distancia que se mantiene en un aspiracional que ya pega distinto. La literatura, en cambio, sugiere y describe. El lector completa los detalles. En ese sentido, el erotismo literario es más flexible, más subjetivo y más personal. 

El erotismo no desapareció

Bueno, a ver, entonces, ¿el sexo en la ficción garpa? ¿Se extinguió o mutó? Como suele suceder, la respuesta es la más aburrida: un poco y un poco. Lo que desapareció fue su lugar tradicional dentro del cine comercial, ese que en los noventa podía producir fenómenos con super estrellas como Demi Moore, Madonna, Michael Douglas, Arnold Schwarzenegger, etc. En su lugar surgió un nuevo circuito cultural donde el deseo circula principalmente a través de la literatura, el fandom y las fantasías románticas. Ahí resiste y, con suerte, dar el salto multiplataforma, como en el caso de los queridísimos Shane Hollander e Ilya Rozanov.

El cine se volvió más casto justo cuando el erotismo encontró otras formas de expandirse, un poco como autoprotección frente a un ambiente cada vez más peligroso en el que pululan los depredadores y otro tanto por interés. Lo que parece puritanismo generacional puede ser, en realidad, algo distinto: una reorganización del deseo en la era digital. Donde el sexo visible disminuye, pero la fantasía sexual narrada se vuelve más intensa, más popular y más central para la cultura contemporánea.

Fueguina y periodista. Conductora de podcasts como Hoy Trasnoche, radio y cosas en YouTube. Ex editora de la revista La Cosa, redactora de Inrockuptibles, Clarín, La Nación e Infobae. Interesada en todo lo que sea fenómenos pop que parecen no tener sentido.