La muerte de los idiomas: ¿qué perdemos cuando desaparecen?
La extinción de una lengua puede borrar conocimientos, identidades y formas de entender el mundo. Pero también plantea preguntas incómodas sobre integración, recursos públicos y el derecho de las comunidades a elegir su propio futuro.
En menos de cien años es probable que ya no exista la mitad de las lenguas que hoy se hablan en el mundo. Algo en esa idea puede incomodarnos profundamente o bien parecernos de lo más natural y razonable. Sobre este punto divergen las posturas en torno a la extinción lingüística.
En Italia suele sorprender que en Argentina, Brasil o Estados Unidos no se hable mucho italiano. Cada destino de la diáspora de fines del siglo XIX tuvo sus particularidades y en algunos lugares las comunidades se afianzaron más que en otros, pero la historia de fondo es parecida. Para empezar, la vasta mayoría de quienes emigraron hablaba alguna de las lenguas regionales (como el piamontés, el véneto, el friulano o el siciliano), ligeramente ininteligibles entre sí pese a su origen común en el latín vulgar. Esa fragmentación supuso una doble barrera: los recién llegados no podían comunicarse con la sociedad que los recibía, y muchas veces tampoco entre sí.
Una de las primeras consecuencias fue el desarrollo de interlenguas transicionales, como el cocoliche en Argentina o el brooklynese de Nueva York, que en las generaciones siguientes fueron desplazadas por el idioma del país en el que ahora vivían. Pero ese desplazamiento no fue una libre elección sino que estuvo estuvo acelerado por la coerción estatal y la discriminación.
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En Argentina, la estandarización del sistema educativo reprimía activamente los dialectos, y los maestros se dirigían directamente a las madres para pedirles que no confundieran a sus hijos hablándoles en su lengua nativa. En Brasil, el gobierno prohibió y criminalizó el uso público de las lenguas extranjeras en la década de 1940, y solo los inmigrantes asentados en zonas montañosas extremadamente aisladas lograron resistir. Y en Estados Unidos, el dogma de la lengua única y el racismo sistémico convirtieron la adopción del inglés no solo en un requisito de pertenencia sino en una forma de evitar la marginación: solemos olvidar que hasta hace no muchos años los italianos no eran blancos a los ojos de los estadounidenses.
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SumateEn todos estos casos la lengua materna era una amenaza para la integración, y fueron las propias familias las que se esforzaron por disuadir de su aprendizaje. Pero por más efectivos que fueran esos mecanismos, no se produjo un borrado cultural sino una mezcla que afectó para siempre al idioma dominante. En el Río de la Plata, las lenguas regionales italianas cimentaron el lunfardo e incrustaron raíces léxicas en el habla popular de Buenos Aires y Montevideo. Los restos fósiles de ese contacto siguen ahí: estructuras de oraciones, adaptaciones semánticas y transcripciones directas que todavía se escuchan en la calle.
En Estados Unidos, donde la imposición del monolingüismo fue casi absoluta, lo que se sostiene es una etnicidad simbólica hecha de prácticas discursivas: palabras sueltas incrustadas en conversaciones en inglés. Lo que sobrevive suelen ser nombres de comidas, apodos, insultos y expresiones cotidianas. Aunque a los idiomas se los intenten asfixiar, tienden a sobrevivir entre las grietas del que los reemplazó.
Los motivos por los que muere una lengua difieren bastante entre sí. Puede tratarse de un proceso orgánico o de una gesta deliberada en su contra, pero el fenómeno suele enmarcarse en términos catastrofistas. En How to Kill a Language (2026), la periodista Sophia Smith Galer define la desaparición de un idioma como una tragedia inmitigable, producto de un lingüicidio impulsado por la violencia estatal y el borrado cultural deliberado.
Galer es clara en su postura preservacionista y la apoya en el valor empírico de la diversidad lingüística, en particular en la relación entre la lengua de una comunidad y el conocimiento que contiene. El libro se enfoca en diez lenguas que van desde la diáspora italiana (inspirado por la vida de su nonna, nacida en Emilia-Romagna) hasta el kurdo, el ladino, el kichwa y el hebreo, un caso bastante particular frente al resto.
Entre los ejemplos más notables aparecen ocasiones en que la ciencia, que suele desarrollarse en lenguas europeas, dejó de lado conocimiento bien establecido de hablantes nativos. Los hablantes de iwaidja en Australia tenían nombres distintos para dos especies de delfín que la zoología occidental había confundido en una sola, y las comunidades sahaptin del oeste estadounidense distinguían con precisión dos tubérculos que habían quedado agrupados como una sola especie en la taxonomía. En un caso más reciente y todavía bajo investigación, curanderos samoanos guiaron a un grupo de etnobotánicos hasta el árbol mamala (Homalanthus nutans), de donde se extrajo la prostratina, que hoy se estudia como tratamiento experimental para el VIH y el cáncer de páncreas. El libro también cita investigaciones canadienses según las cuales las tasas de suicidio juvenil son cercanas a cero en comunidades indígenas donde la lengua nativa se conserva, y hasta seis veces mayores donde se perdió.
El libro es precioso y persuasivo, pero conviene contrastarlo con la crítica del filósofo Nikhil Krishnan, que compara la preocupación por la conservación de una lengua con las incómodas discusiones que a veces supone la conservación de una especie animal. Caracteriza al libro como una suerte de romanticismo lingüístico y señala, por ejemplo, que la mutación y la pérdida de lenguas también pueden ser beneficiosas si se considera que los idiomas codifican y perpetúan errores de percepción. Es el caso de la categoría popular inglesa de fish, que incluía ballenas y delfines hasta que una mejor taxonomía la corrigió, o el de las jerarquías de género y las distinciones de casta que quedan inamovibles en pronombres y otros elementos del lenguaje.
Tampoco deja pasar que la eficacia clínica de la prostratina no está establecida de manera concluyente, aunque eso es más un golpe bajo que un buen argumento. Sobre la estadística del suicidio recuerda que correlación no es causalidad: es altamente probable que tanto la preservación de un idioma como el bienestar de la comunidad que lo habla estén impulsados por condiciones materiales subyacentes, como poseer un pedazo de tierra, acceder a la salud, tener estabilidad económica o que los derechos civiles estén garantizados. Promover una lengua regional sin resolver la pobreza sistémica ni la marginación es atacar el problema a mano y no la desigualdad de fondo.
Asimismo, discutir el desplazamiento lingüístico en términos de “muerte” o “asesinato” hace a un lado la realidad de las personas que hablan ese idioma. Tanto las comunidades kichwa de Ecuador, que adoptan el castellano, como las familias de la diáspora italiana de hace más de un siglo, pueden leerse como una rendición pasiva ante una injusticia, pero también como el cálculo pragmático de padres que quieren para sus hijos un futuro mejor que el propio, garantizándoles la pertenencia a un mercado laboral que, guste o no, está dominado por una lengua hegemónica. Ambas cosas pueden ser ciertas, pero llamarlo “asesinato encubierto del lenguaje” subestima la agencia y la racionalidad de quienes toman esas decisiones.
A medida que leía al filósofo un poco me arrepentía de caer en la cuenta de sus observaciones. Aunque su postura no es cínica, cuesta digerir su pragmatismo. Krishnan insiste en que los presupuestos estatales rara vez son generosos y los recursos son finitos, por lo que al discutir acerca de la preservación lingüística también se debe tener en cuenta que mantener a un idioma en terapia intensiva indefinidamente probablemente compita con el uso de esos recursos para la construcción de hospitales, escuelas o infraestructura de agua potable. Incluso si en condiciones ideales nos gustaría que esto no fuera así, en la práctica la política es una gestión de la escasez, como resume en su texto parafraseando a Isaiah Berlin.
Pensar algo tan vivo como la lengua en términos binarios entre opresores y víctimas tampoco se condice con la realidad histórica. Las lenguas hoy forzadas a la desaparición alguna vez fueron herramientas de expansión y asimilación que desplazaron a otros dialectos vecinos. El ucraniano estándar, que unos meses antes de la invasión rusa Vladimir Putin denunció como una derivación menor del ruso, se construyó sobre el prestigio de una variante que empujó al rusino a la categoría de dialecto local. Los dos estándares principales del kurdo (el kurmanjí y el soraní), que sufren embates contra su supervivencia desde hace décadas, terminaron por marginar a variantes emparentadas más pequeñas como el gorani o el zazaki en su propia consolidación. Y el propio kichwa ecuatoriano encuentra su origen en la violenta expansión imperial incaica, que hizo desaparecer a la lengua cañari. Como ilustra Krishnan, la expansión de cualquier idioma supone en algún punto dominación y se erige por encima de cementerios lingüísticos.
Lo que ninguno de los dos textos permite es apañar las campañas deliberadas de lingüicidio propias de la guerra o de la dominación política de una nación sobre otra. Lo que hicieron las fuerzas rusas en la Ucrania ocupada, borrando marcas lingüísticas locales de las señales de tráfico y organizando quemas de libros, o la criminalización oficial del kurdo por parte de Turquía, que después del devastador terremoto de 2023 llegó a negarles traductores a las víctimas por su origen étnico, son violaciones a los derechos civiles frente a las cuales no hay medias tintas.
Obligar a alguien a abandonar su lengua, y con ella sus formas y su herencia cultural, nada tiene que ver con la migración o la integración urbana. Citando a Eugen Weber, Krishnan recuerda que encontrar una lengua común estuvo largamente vinculado al espíritu republicano y a la igualdad: tanto en la Francia revolucionaria como en la Italia posterior al Resurgimiento, el idioma compartido no se apoyaba sólo en la posibilidad del control burocrático sino en la aspiración a que toda persona pudiera informarse, acceder a la justicia y debatir en el foro público como igual. Esos obstáculos a la participación ciudadana hoy se ven bastante disminuidos frente a una traducción simultánea gratuita que ya ni siquiera tiene algo de novedosa. Por algo la Federación Unida de Planetas de Star Trek optó por un traductor universal antes que por imponer la misma lengua en cada rincón del espacio.
El cese de toda prohibición coercitiva contra un idioma, la enseñanza voluntaria de lenguas patrimoniales en cada escuela que lo desee y el financiamiento de archivos digitales comunitarios que preserven la oralidad de lenguas en retroceso no deberían siquiera ameritar una discusión. Una política pública amable con la diversidad lingüística no supone preservar por la fuerza cada dialecto histórico sin importar el costo, sino garantizar que ninguna lengua le sea violentamente arrebatada a sus hablantes. El silencio forzado sobre un idioma supone una pérdida de dignidad. Lo que quizá no conviene hacer a un lado es que no hay lengua viva sin una comunidad que legitime su existencia.