La lactancia en disputa

Los nuevos mandatos y la presión de la sociedad se sienten en las madres y padres que quieren lo mejor para sus hijos, pero a la vez deben trabajar y lidiar con un día a día multifacético.

No sé en qué momento tener un bebé se volvió algo tan debatible, opinable y enseñable. La neurosis se la combate con información, pero cuando me convertí en madre me di cuenta que había una situación que me superaba. Se trataba de un mundo, desconocido para mí como madre primeriza, en el que había infinidad de cursos, tips aleccionadores y mandatos listos para consumir, digerir y poner en práctica. No es arriesgado decir que somos una generación de padres consumidos por el miedo, la culpa y las dudas”. 

Antes de ser madre jamás pensé que, por ejemplo, la teta podía ser un tema trascendental para la maternidad. Pensaba que era una forma más de alimentación y que si no podías hacerlo, o no querías, o tenías que ir al cine una tarde. Y ya está. No había más problema que ese.

Pero ni bien contás que estás embarazada, la teta se vuelve un tema fundamental de conversación. “¿Cómo están tus pezones? ¿Ya te los estás curando?”, “¿Cómo son tus tetas? ¿Vas a tener buen agarre?”, “Llamá a una puericultora y comprate el almohadón de amamantar ya”, “Se recomienda teta hasta los dos años, como mínimo seis meses”, “Llora porque se queda con hambre” y un aluvión de frases que me mostraron que estaba equivocada y que el problema de la teta no es solo una cuestión de alimentación.

¿Y cuál es el problema entonces? ¿Qué misterios esconde la teta? Claramente no hay ningún problema con la teta, ni con amamantar, ni con dar mamadera. Eso sí, cada vez las mujeres nos sentimos más presionadas a perseguir mandatos sobre lo que debemos hacer para ser “buenas madres”. 

A las pocas semanas de haber traído a mi primera hija al mundo me di cuenta que estaba llena de dudas, nunca tenía la certeza de si estaba haciendo las cosas “bien”. Y su correlato, la culpa. Entre tanta incertidumbre, pasaba horas leyendo grupos de Facebook y perfiles de Instagram. Después de tanta lectura, y habiéndome vuelto casi experta, descubrí que la crianza actualmente se puede inscribir en dos grandes miradas.

La crianza tradicional, por decirlo de alguna forma, inscripta en una sociedad adultocéntrica que está repleta de recomendaciones para adaptar al niño a la sociedad en la que vivimos. Libros para aprender a dormir a tu bebé en diez días o  cómo darle de comer cada tres horas son algunos de los consejos. Por el otro lado, están quienes se embanderan en una crianza que atiende las necesidades fisiológicas de los niños y nos recuerdan que es esperable que el bebé no duerma de corrido hasta los siete años y que lo mejor que podés darle a tu hijo es lactancia materna exclusiva.

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¿Pero se trata realmente de dos opuestos? Es cierto que la crianza tradicional ya demostró tener grandes problemas (y sino mirémonos cuántas cosas tenemos que repensar nosotros mismos y las generaciones pasadas). Pero, por el otro lado, es como si el argumento de “lo natural” bastara o fuera suficiente, desentendiéndose muchas veces del contexto. 

Algo de esto pasa con la lactancia materna. En el afán de reconocer su importancia (que de nuevo, la tiene) se pierde de vista quiénes reciben ese mensaje; en muchos casos, madres que no pudieron lograrlo. Tanto consejo e intervención de los expertos terminan radicalizando posturas y fomentando un tipo de argumentación que se basa, en muchas ocasiones, en dogmas inamovibles y sobre todo, inalcanzables. “A veces tengo la sensación de que se nos está yendo de las manos. Si te atreves a cuestionar algunos de los beneficios de la lactancia materna que se difunden por todas partes, si te planteas la posibilidad de animar a una madre agobiada a que opte por una lactancia mixta, hay quien te mira como si te hubieras vuelto loca”, explica la filósofa española Carolina del Olmo en ¿Dónde está mi tribu?.

Esto que traigo en relación a la lactancia también se extiende a todos los ámbitos de la crianza. En Instagram y TikTok veo reels que me explican con un baile y música alegre de fondo “por qué no tengo que gritarle a mis hijos”. Parece obvio, y eso me molesta, pero aún así lo veo (y peor, me interpela y se lo comparto a mi compañero de crianza). Esos videos que odio y consumo a la vez, calan más hondo de lo que me gustaría aceptar porque, ¿quién no quiere ser buena madre

Entonces llego a mi casa de trabajar, estoy cansada, ese consejo no pedido se inmiscuyó a primera hora de la mañana en mi mente cuando veía el video en el subte y me recordó que tengo que darle opciones a mi hija. Entonces le digo que puede elegir si ir a bañarse con los juguetes de Peppa Pig o con las bolitas de colores. Ella grita que no quiere ir a bañarse. Respiro, cuento hasta diez y le vuelvo a preguntar. Me pega. Vuelvo a respirar y me acuerdo del bailecito que hace la influencer recomendando abrazar a los hijos cuando están desbordados. Eso hago: la abrazo. Es peor: se tira al piso y llora a los gritos. Le hablo con amor y ella sigue gritando. “Basta ya. Te vas a bañar o saco todos tus juguetes a la calle”, digo. Me doy cuenta de que acabo de tirar toda la pedagogía amorosa a la basura (en muchos sentidos: con mi propia hija, con la idea de beneficencia, y podría seguir desarmando mi enojo en distintas direcciones). ¿Soy la peor madre del mundo? Sé que no, sin embargo, con la maternidad desbloqueé un nivel de inseguridad muy fuerte en el que someto a evaluación cada decisión que tomo. 

En la plaza, el sentimiento es compartido por otras madres también. Escucho a dos mujeres hablar y una le dice a la otra: “Siento que la sobreinformación me abruma. Que cualquier cosa que haga (cómo y qué les doy de comer, qué pasa si pienso en destetar antes de los dos años o si abandono el colecho) les cago el desarrollo, la vida. Sí, ya sé, madre obse”. 

Muchas madres podemos reírnos de eso, y aun así no dejamos de sentirnos interpeladas por estos discursos que moralizan de forma constante a la maternidad. ¿Por qué no alcanza con los cursos, posteos de Instagram o libros que podamos leer? 

Hace tiempo vengo pensando en que, quizás, las madres y los padres de ahora no seamos tan libres como creemos. Queremos criar sin prejuicios, queremos criar con ternura, queremos criar con libertad. Hasta ahí, todo es cuestión de deseo. Pero casi de forma difusa, saltamos del querer al deber

Cuando yo era chica, pasaba muchas tardes en las casas de mis amigas y mis papás no estaban ni enterados de qué merendaba o qué programa veíamos en la televisión. Ahora hay un control minucioso sobre eso que sucede en la vida de ese hijo o hija. En una conversación que tuve con una directora de nivel inicial de una escuela privada de Palermo, me contaba que cada vez es más frecuente escuchar pedidos diversos de padres preocupados, en exceso, por sus hijos. Demandan que duerma la siesta en determinado horario, que merienden determinados productos (y no estamos hablando de alguna patología alimentaria) o hasta cuestionan actividades que ocurren dentro del aula. ¿Se trata de prácticas de cuidado responsables o de la imposibilidad de descentrarse por parte de los padres?

Me doy cuenta cómo, muchas veces, la mirada de los otros (otras madres del jardín, de la plaza, en la sala del consultorio médico) me hacen dudar de mis propias decisiones. Me encuentro justificando que le compré galletitas de paquete para merendar “porque hoy no llegué a hacer muffins de banana” (¡cuando casi nunca le hago muffins!). ¿Por qué invento algo que no hago? ¿Es solo porque soy neurótica o porque hay una mirada excesiva sobre las prácticas que deberíamos tener respecto a las infancias moralizantes y condenatorias? 

Pienso que acá viene la cuestión que me interesa plantear en un dossier que explora temas vinculados con la lactancia y la crianza en general. Contar con información sobre los cuidados es fundamental, especialmente para el primer tiempo de quienes son primerizos y el mundo que se presenta resulta tan nuevo como desolador. Es valioso que nos interioricemos sobre cómo el sector público-privado debería debería tener incentivos y un mayor control de las políticas públicas de acompañamiento a las madres a la hora de la conciliación laboral, con licencias acordes, con lactarios en sus lugares de trabajo y con políticas que les permitan contar con mayor contención por parte de su familia. Conocer qué desafíos implica la lactancia, qué acciones involucra el “dar la teta” y por qué no es tan fácil como parece. Por qué es tan importante reivindicarla pero también no dejar de mencionar que no es algo posible para todas y, por eso, contar también historias de las madres que no quieren dar la teta o no pueden. Involucrar a los padres como parte esencial a la hora de hablar de corresponsabilidad en la crianza y en los cuidados. Y no olvidarnos del tan temido y desconocido puerperio: no desde una definición cerrada sino con todo lo que puede significar en la vida de cada madre. El desafío entonces es querer aprender sin cargar con exigencias imposibles. Leer la información como quien está conociendo un nuevo lugar, una isla desconocida: de a poco, sin perder de vista la propia opinión y en especial sin la fantasía de pretender certezas o garantías allí donde no las hay. 

En esta época tan particular salimos de cierta caverna que era la crianza anterior, más autoritaria y adultocéntrica. Mientras estuviera bajo la supervisión de algún adulto, mis papás se quedaban tranquilos y seguían haciendo sus vidas. Ahora no queremos parecernos a las generaciones anteriores, queremos ser protagonistas de la crianza de nuestros hijos e hijas, no perdernos nada de lo que hacen. Sin embargo, ¿no corremos el riesgo de entrar en nuevas cavernas?

Una cosa es aprender herramientas y otra es creer que la crianza se reduce a esa ilusión. Una amiga neurocirujana llamada Romina, quien tiene un MBA en Salud, me dijo preocupada que contactó a una coach de sueño porque no sabe cómo reaccionar frente a los despertares de su beba de tres meses, y vio a través de un reel que era posible siguiendo un conjunto de instrucciones. La entiendo, tiene sueño y hay un mercado que está preparado para captar las necesidades de las madres cansadas. Pero una cosa es querer sentirnos más seguras y otra es pensar que todo depende de nuestro rol como madres. ¿No es contradictorio abogar por un mundo en donde los cuidados sean públicos, pero después queremos controlar hasta el más mínimo detalle? 

Hay un libro de la escritora e ilustradora Isol, Imposible, que narra la historia de los papás de Toribio, un chico de dos años, a quienes sus conductas impertinentes los hacen desesperar: no quiere comer, no quiere dormir, no se quiere bañar, no quiere hacer caso (como cualquier chico de dos años, ¿no?). Ante el agotamiento, recurren a una hechicera que les ofrece encontrar una solución mágica a sus “problemas” y (¡aviso de spoiler!) convierten a su hijo en un gato. Y fin del problema, ¿no? El hijo-gato ha sido criado. Aunque podemos preguntarnos si acaso es posible criar a un hijo como si fuera un robot o algo a programar. 

El desafío es poder criar personas y hacerlo de forma responsable, aunque también dando lugar al compartir y al disfrute. Que Toribio se porte mal, aunque nos moleste; y que los padres puedan quejarse también de su agotamiento y contar con ayuda para que la crianza cobre otra perspectiva. 

Empecé este texto contando una escena de mi vida cotidiana, con una situación de desborde de mi hija mayor, los cuidados no garantizados y más cansancio del habitual. Creo que así nos sentimos la mayoría de las personas que cuidamos, y es probable que esa situación vuelva a repetirse. Aunque las casas que muestran en Pinterest parecen muy estéticas y fotografiables, sigo prefiriendo habitar un espacio ruidoso y desordenado. Quizás todo esto se trate de construir un hogar. 



Esta nota forma parte del especial de Cenital llamado Poner el pecho. Podés leer todos sus artículos acá.

Es Profesora de Filosofía por la UBA. Enseñó en todos los niveles, se dedica a la divulgación y es coordinadora del área de Formación ética y ciudadana en Escuela de Maestros. También reflexiona sobre filosofía y maternidad en su newsletter Harta(s). Su último libro es El filo del amor (Planeta, 2024).