La irrupción de la diplomacia gansteril
La matoncracia se consolidó como una forma de política exterior, basada en un líder con preferencia por la coerción, un estilo intimidador y un proceder transaccional. ¿Cómo cambia el orden existente?
En la disciplina de los estudios internacionales ha sido usual desarrollar conceptos que remiten a prácticas agresivas, intimidatorias, arriesgadas y provocativas. Por ejemplo, la noción de diplomacia coercitiva (coercive diplomacy) se refiere a la decisión de un gobierno de alterar el comportamiento de una contraparte mediante la amenaza del uso de la fuerza y/o la imposición de sanciones para que éste modifique su cálculo de costo/beneficio. El que coerce procura que el otro cambie su conducta y para ello le muestra que posee la capacidad y que tiene la voluntad para adoptar un curso de acción punitivo. Por un lado, se intenta disuadir para que la contraparte abandone la acción que está dispuesto a emprender; por el otro, se intenta compeler a dicha contraparte a que deje de hacer algo que está ejecutando. En clave anglosajona, una combinación de deterrence y compellence.
Adicionalmente, la idea de una “diplomacia al borde del abismo” (brinkmanship) aporta a las prácticas mencionadas. En este caso, una de las partes azuza la eventualidad de llevar al límite una confrontación para que, de esa manera, la contraparte retroceda en vista de un potencial conflicto total. Así entonces, se instiga el riesgo de modo deliberado: una situación puede, perfectamente, descontrolarse y llevar a un enfrentamiento pleno. A su vez, y en el marco de los análisis de política exterior se ha invocado la llamada “teoría o estrategia del loco” según la cual un líder se muestra dispuesto a medidas extremas para amedrentar a un oponente con el propósito de que éste cese en su conducta. Para ello, el líder simula ser volátil, irascible, imprevisible y descabellado; lo cual induciría a la contraparte a conceder o revertir su postura.
En forma paralela, Noam Chomsky señaló en 2009 la presencia no coyuntural, sino histórica, de una política exterior mafiosa por parte de Estados Unidos. Allí, en su criterio, ha prevalecido, por décadas, el “principio del ‘padrino’” típicamente mafioso: “el desafío no debe ser tolerado”. En consecuencia, y “antes de que cunda el contagio” a otros, el retador debe ser castigado. Es imperativo, entonces, que el “jefe” discipline a tal o cual país atrevido mediante algún tipo de castigo. Claro que, en los últimos tiempos, a nivel regional y global, han surgido, aunque menos poderosos que Estados Unidos, otros “Godfathers”. También hay estudios sobre la diplomacia de los matones; lo cual se manifiesta en la consolidación de lo que se llama “matoncracia” (thugocracy). Con particular énfasis en Estados Unidos (Donald Trump) y Rusia (Vladimir Putin), Nancy Ries la define como un “modo de gobierno que se caracteriza por la legitimación de la corrupción, la criminalidad, la privatización de los bienes públicos en favor de las élites, el nacionalismo y la masculinidad”.
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En síntesis, ha sido habitual el recurso a distintas nociones para abordar y explicar comportamientos belicosos, impulsivos, excesivos, insensatos y pendencieros en materia internacional. En la medida en que se ha deteriorado el denominado “orden basado en reglas”, profundizado la crisis del multilateralismo, retrocedido la democracia, avanzado manifestaciones de extremismo por doquier, y aumentado la llamada “violencia tecnológica institucional”, las condiciones para que aquel tipo de comportamiento encuentre espacios y oportunidades de mayor expresión se ha extendido. Esto, asimismo, ha incidido en el incremento de la conflictividad. No debe sorprender, por lo tanto, que de acuerdo con el Uppsala Data Conflict Program se alcanzó en 2025 el récord, desde 1975, de lo que se define como “state-based violence”.
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SumateMás recientemente, ha surgido un concepto que procura distinguir un conjunto de experiencias que, en los hechos, se dan en distintas geografías y que se manifiestan en diferentes regímenes políticos a pesar de que el caso de estudio es la administración de Donald Trump: la diplomacia gansteril (gangster diplomacy). La misma tiene varias características. Primero, la personalidad del líder, así como su determinación para reconfigurar la diplomacia del país. En esencia, hay que ir más allá de los rasgos idiosincráticos del individuo para discernir y precisar dimensiones tales como su preferencia por la coerción, su estilo intimidador y su proceder transaccional.
Asimismo, es clave entender de qué modo y con qué instrumentos pretende transformar sustantivamente el orden existente. La clave, en consecuencia, no es solo quién es el líder, sino qué hace y cómo lo lleva a cabo. En breve, se apunta a una reorientación íntegra de la diplomacia habitual, tanto en su forma como en el contenido. Y en ese sentido, la diplomacia gansteril tiene un vínculo con aquella de un Estado revisionista –Estado que persigue derribar el orden internacional– que afecta, con su comportamiento, tanto los medios como los fines considerados legítimos en materia de política exterior. Entre los medios usuales y cruciales estarían la predictibilidad y el consenso; ambas transgredidas por la diplomacia gansteril.
Segundo, en cuanto a las metas, este tipo de diplomacia expresa objetivos bien distintos a los convencionales, tales como la preservación de la estabilidad y el fomento del multilateralismo. Por un lado, apunta al enriquecimiento personal del mandatario y a su círculo cercano de confidentes y magnates. En esa dirección, existe un vínculo entre la diplomacia del gánster, en general, y aquella ligada al intento de propiciar o establecer neo—protectorados, en particular. Como he mencionado en torno a este tema, el “protector” busca incidir sobre la política externa y de defensa a través de la amenaza y el uso de la fuerza en tanto elemento disuasivo y coercitivo: si se incumple, se castiga. Ahora bien, hay que adicionar a lo dicho, la influencia política del Estado promotor del neo-protectorado (vía exigencias, ventajas y beneficios), de los gobernantes (el enriquecimiento del mandatario en persona), y del mundo de los negocios de los amigos del poder, ya sea en áreas productivas y/o financieras. El ejemplo más cercano—aunque no único, en y fuera de Estados Unidos—es la discusión y disputa entre “aliados y partidarios de Trump (que) compiten por una parte del botín (de guerra) en Venezuela, cuyas riquezas de recursos están ahora efectivamente bajo el control estadounidense.”
Por otro lado, el propósito principal de la diplomacia gansteril no es defender el orden internacional, sino promover lo que algunos llaman el “desorden internacional”. En ese contexto, el gánster asume que cuenta con una alta cuota de poder militar que le permite disciplinar y aleccionar a otros; en especial a los más débiles. De ese modo, busca deferencia, impone condiciones y obtiene concesiones. Así, este tipo de diplomacia refleja, de acuerdo con Masahiro Matsumura, “una práctica que consiste en aprovecharse de la dependencia y forzar la sumisión mediante amenazas ocultas y un poder de negociación desproporcionado”. Todo lo cual, a su vez, deriva en el atropello político y la erosión normativa de las relaciones internacionales. Hay que anotar que una mayoría de los países tiende a convivir, ya sea por convicción, oportunismo o por amedrentamiento, con esas prácticas abusivas. Quizás a la espera de que el gánster padezca un gran fiasco.
En resumen, la noción de diplomacia gansteril que Malgorzata Zachara-Szymanska y Richard Higgott introducen puede resultar fecunda para analizar aquellos casos en los que se combinan criminocracia –un sistema de poder ejercido con prácticas criminales– y plutocracia –un sistema de gobierno dominado por actores acaudalados–. En la actualidad, aquella diplomacia se ejerce en diversas latitudes, ya sea en democracias como en autocracias, bajo liderazgos que concentran una vasta capacidad de decisión y no encuentran límites institucionales a sus proyectos domésticos.
La combinación señalada, en particular, refuerza el carácter arbitrario, impulsivo y belicoso de distintos Estados en su conducta externa. El resultado, de prosperar en el futuro la diplomacia gansteril más allá de un acotado puñado de casos, podría coadyuvar a un mundo predatorio y ruinoso en medio de un orden internacional no hegemónico.