La final del siglo: Bobby Fischer vs. Boris Spasski

Durante 50 días, la Guerra Fría se trasladó a un tablero de madera con 64 casilleros y 32 fichas ubicado en Reikiavik, capital de Islandia. De un lado, un norteamericano, del otro, un ruso.

El 11 de julio de 1972 comenzó en Islandia la primera partida entre Robert “Bobby” Fischer y Boris Spasski por el campeonato mundial de ajedrez. Nunca antes, y nunca después, una final del mundo del torneo de ajedrez iba a concentrar tanta atención como esta. Los motivos son varios.

Estamos en la capital islandesa, Reikiavik. Boris Spasski representa a la Unión Soviética, que se encuentra en ese momento a poco menos de la mitad del mandato de Leonid Brézhnev, que vino a suceder el período de deshielo post-stalinista de Nikita Kruschev. Bobby Fischer es neoyorquino y representa a los Estados Unidos, en ese momento bajo el gobierno de Richard Nixon, a quien le faltan pocos meses para volver a ser electo presidente. Estamos en plena Guerra Fría y este es el principal motivo por el que el enfrentamiento entre un norteamericano y un soviético concita la atención del mundo entero.

Toda la cuestión de la Guerra Fría consistía en evitar una guerra directa entre ambas potencias. El chiste era intervenir en los conflictos de otros –en Vietnam, en África, en Latinoamérica– cada uno sosteniendo un bando contrario. O disputar una carrera científica, del tipo nuclear, del tipo espacial, lo que fuera. O, como en este caso, escenificar el conflicto a través de un deporte. Se trataba de eso, de cambiar la escena para que la guerra fuera fría. Teníamos una disputa central, ideológica, entre dos modelos de organización de la producción económica, sí, pero también del mundo, del sistema de las ideas. Pero ese conflicto –para no ser una guerra abierta entre dos potencias capaz de destruirse mutuamente, y llevarse puestas con ellas al mundo– encontró válvulas de escape escenificando esa guerra en otras más simbólicas, menos costosas. Al menos para ellos.

Ah, qué épocas.

El campeonato mundial de ajedrez de 1972 se convirtió en la mejor forma de escenificar esa disputa. No solo porque el juego en sí, es una pequeña guerra, ya viene escenificada como tal. Sino también porque en todos los otros deportes la pelea era despareja y por lo tanto poco atractiva. Norteamericanos y soviéticos se enfrentaban al básquet en los Juegos Olímpicos. Enfrentamientos épicos, como el de ese año que terminó en escándalo. Pero el básquet no dejaba de ser un deporte norteamericano y la disputa olímpica estaba disminuida, porque todavía no participaban los jugadores de la NBA, tal era el dominio. Béisbol y fútbol americano ni siquiera se jugaban en la URSS y, a la inversa, el poder soviético del fútbol no tenía contraparte en Estados Unidos.

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El ajedrez podría haberse sumado a esa lista. Era un deporte con dueño absoluto y ese dueño era la URSS. Había sido planificado. Aunque era un país con tradición ajedrecística, luego de la Revolución de 1917 el juego se convirtió en una política de Estado. Desde 1948, la Unión Soviética no sólo había ganado todos los campeonatos mundiales. Todas las finales habían sido entre jugadores soviéticos. Los ajedrecistas rusos eran tratados como estrellas en un país que los admiraba y que mostraba el ajedrez como uno de los resultados del éxito planificador.

Hasta que llegó Bobby Fischer. Un joven de las clases bajas de Brooklyn, pequeño prodigio del ajedrez, dispuesto a desafiar la hegemonía rusa. Hay cientos de libros y muy buenos documentales que cuentan su vida, no hace falta repetirla. Nos interesa el momento previo de la llegada a Reikiavik. Bobby es un jugador talentosísimo, tal vez el más grande de la historia del ajedrez, pero está de la gorra. Juega de manera intermitente. Después de un arranque prometedor, se retira del circuito profesional, denunciando que los rusos juegan en equipo, arreglan partidas entre ellos para excluirlo. En ese momento, el sistema de clasificación era de todos contra todos, no de eliminación directa. Para llegar a la final del campeonato mundial uno debía pasar el torneo regional (Zonal) para llegar al internacional (Interzonal). Los mejores puntuados del Interzonal se enfrentaban en el torneo de Candidatos, cuyo ganador enfrentaba al campeón vigente por el título. Esa era la final. El ciclo se repetía aproximadamente cada tres años.

Bobby Fischer no tenía forma de llegar a la final de 1972 porque no había participado del regional. Pero su figura había empezado a atraer la atención de la prensa y del gran público. La gestión del coronel Ed Edmodson, un ex militar de la fuerza aérea norteamericana devenido en director de la Federación de Ajedrez de EE.UU., consiguió que otro ajedrecista que representaba al país, Pal Benko, le cediera su lugar a Fischer. Así llegó hasta el torneo de Candidatos de 1971. Tenía por delante tres rusos para vencer. Y así lo hizo. Primero derrotó a Mark Taimanov, seis a cero. En ese nivel, los jugadores no se ganan seis a cero (el sistema de puntuación es 1 punto ganado, 0,5 tablas, 0 perdido). Taimanov cayó en desgracia. El gobierno soviético lo acusó de no haberse preparado lo suficiente. Años más tarde escribió un libro cuyo título dice todo: Yo fui víctima de Fischer. A Bobby le quedaba por delante ahora Bent Larsen. Le ganó, seis a cero también. Acumulaba 19 victorias consecutivas, una racha sin precedentes en el ajedrez mundial. Nixon le escribe una carta para felicitarlo, a la espera del ganador de la otra semifinal entre dos rusos: Tigrán Petrosián y Víktor Korchnói. Gana Petrosián, una leyenda, un jugador defensivo al que catalogaban de maestro de las tablas. No era vistoso pero era imposible.

Entonces se desata un combate sobre el lugar para el encuentro Fischer-Petrosián que nos interesa. Petrosián quiere jugar en Atenas. Se postulan varias ciudades más, entre ellas Buenos Aires. Fischer quiere jugar en Buenos Aires: dice que ofrecen más dinero, lo que es cierto, y le gusta la comida del país. Fischer ya había jugado en Buenos Aires y había adquirido un tercer gusto: le encantaba Sandro. Finalmente se eligió Buenos Aires. Fischer llegó días antes y recorrió el país. En unas simultáneas de exhibición perdió con un neuquino. En Argentina, Fischer vivió su beatlemanía. Las entradas para ir a ver la semifinal en el teatro San Martín, de la calle Corrientes de Buenos Aires, se agotaron el día que salieron a la venta. En el libro Bobby Fischer fue a la guerra se describe el viaje: “El público porteño seguía a Fischer adonde fuera. Tenían una concepción del espacio personal muy diferente de la del solitario norteamericano. Intentaban estrechar su mano, agarrarle del brazo o palmearle la espalda. Él se retorcía horrorizado”. Qué lindo país que somos.

Claro que Fischer también le ganó a Petrosián. Esta vez no fue invicto: Fisher ganó la primera pero luego Petrosián se recuperó, ganó la segunda y le sacó tres tablas seguidas, casi una derrota para Fischer. Luego, se recuperó y terminó ganando 6,5 a 2,5. Nixon le volvió a escribir: “Su victoria en Buenos Aires le acerca un paso más al título mundial que tanto merece. Y quiero que sepa que, junto con miles de jugadores de ajedrez norteamericanos, yo le aplaudiré cuando se enfrente a Boris Spasski el año que viene”.

Boris Spasski es el último campeón mundial. Tiene orígenes similares a los de Fischer. Es el segundo hijo de una familia con un padre ausente y penurias económicas presentes. Con cuatro años, Spasski fue evacuado de Leningrado durante el bombardeo de la Luftwaffe nazi. Llegó a Kirov, atrás de los montes Urales, donde conoció los rudimentos básicos del ajedrez en un centro de refugiados. Fischer y Spasski se inician igual. El tablero como salvavidas ante el entorno hostil. La película no puede ser más perfecta. El talento soviético planificado contra el talento individual norteamericano. Quien crea que era un tablero de madera, 64 casilleros y 32 fichas se equivoca.

Pero la vida tiene más grises que fichas blancas y negras. La imagen del ciudadano soviético perfecto contra el self made man norteamericano no le hacía justicia a ninguno de los dos. Spasski estaba lejos de ser una pieza del sistema político. Había conseguido grados de autonomía que ningún otro jugador tenía. No era miembro del Partido Comunista y decía que jugaba por amor a Rusia, no para glorificar al sistema político soviético. Para cualquier otro habría sido el fin de su carrera. Se convirtió en una voz relevante. Cuando Taimanov fue repudiado por la política local, Spasski lo defendió públicamente: “Cuando todos hayamos perdido ante Fischer, ¿seremos arrastrados por el barro?”, se preguntó. Spasski había tenido la precaución de, primero, consagrarse campeón mundial de ajedrez. Esa autonomía relativa que había conseguido se convirtió en un problema cuando, del otro lado del tablero, iba a haber un jugador en representación de Estados Unidos.

El otro jugador tampoco era todo lo que el Gobierno norteamericano deseaba como representación de su país. Aunque hasta ahora había sido todo ganancia, Fischer tenía una personalidad difícil. Los encuentros no comenzaban cuando se movía la primera ficha sino mucho antes. Cuando había que decidir el lugar del encuentro y las condiciones. Petrosián, después de perder en Buenos Aires, dijo que la negociación previa había sido clave. Fischer lograba jugar en la ciudad que quería, en la sala que elegía, con la iluminación que prefería y por el premio que había solicitado. Las negociaciones dejaban a los rivales ablandados, advertía Petrosián a Spasski. Quizás no era solo una cuestión de personalidad sino de estrategia.

La final en Reikiavik no fue la excepción. La negociación es insoportable. Los rivales están de acuerdo en que sea en territorio neutral. Presentan ofertas Belgrado (Yugoslavia), Amsterdam, Río de Janeiro, Zagreb, Zurich, Dortmund, París, Bogotá, Reikiavik, Buenos Aires y Chicago. La capital de Islandia hace la mejor oferta económica y gana el privilegio de ser la sede. Serán 24 partidas: si alguno de los dos suma 12,5 puntos antes se consagrará campeón mundial. El empate retendrá la corona en Spasski.

El 1° de julio es la ceremonia inaugural. Está toda la prensa mundial. Está el embajador soviético y norteamericano sentado uno al lado del otro. Está el presidente islandés, el primer ministro y el ministro de Economía. Está Boris Spasski. Y, a su lado, una silla vacía. Bobby Fischer no está. El día anterior llegó hasta el aeropuerto John F. Kennedy, vió las cámaras que lo estaban esperando y salió corriendo. Se escondió en el departamento de un amigo, en Nueva York, y avisó desde ahí que la oferta económica le parecía poca. Si no aumentaba, no viajaría a Islandia. La ceremonia inaugural se hizo sin él, mientras las negociaciones continuaban. Fischer sumaba condiciones mientras el Gobierno islandés se mostraba cada vez más nervioso. Los soviéticos lo consideraron una afrenta. Durante todo el fin de semana hubo llamados e intentos cruzados. El consejero de Seguridad Nacional de Nixon consiguió contactar a Fischer:

–El peor jugador del mundo llamando al mejor jugador del mundo.

Se presentó Henry Kissinger. Las negociaciones dieron resultado. El multimillonario británico James Slater ofreció 125.000 dólares más, es decir, doblar el premio para que se juegue. A los dos días, Bobby llegó a Islandia. El clima seguía enrarecido y todo lo que Bobby se había ganado –el público– lo había perdido poniendo en duda la final. Poco le importaba.

Así llegamos entonces al 13 de julio de 1972. Sentados frente a frente, Spasski con blancas y Fischer con negras, están los dos más grandes jugadores de ajedrez del mundo en ese momento, “la culminación de todos los logros de la segunda mitad del siglo XX en ajedrez”, había dicho el maestro internacional Vasili Panov. Los describía así: ambos maestros en el arte de las maniobras delicadas y el ataque combinado. Ambos poseen la habilidad de aprovechar al máximo la posición de ventaja más ínfima y ambos cuentan con una técnica de final de juego perfecta. Porque, claro, además de una batalla geopolítica, la más tensa desde la crisis de los misiles, había una partida de ajedrez jugándose. Taimanov, el desprestigiado, había dicho que sólo había una persona en el mundo capaz de derrotar a Fischer y era Spasski. De hecho, se habían enfrentado previamente en Juegos Olímpicos y algunos torneos. Spasski le había ganado siempre.

La final tuvo toda la épica necesaria de una final. Si ustedes vieron Rocky IV (llegué hasta acá sin mencionarlo, el paralelismo es absoluto), si vieron la final Argentina-Francia en Catar 2023, si leyeron Los tres usos del cuchillo de David Mamet, podrán imaginarse la final sin inconvenientes. Dice Mamet:

¿Qué entendemos por un partido perfecto? ¿Deseamos que nuestro equipo se haga dueño del campo vapuleando al contrario desde el primer momento y que llegue al final del partido con una goleada avasalladora? No. Queremos un juego igualado que nos depare muchos reveses emocionantes, y en el que retroactivamente parezca que todo el partido ha apuntado hacia una conclusión satisfactoria e inevitable. Deseamos, en efecto, una estructura en tres actos.

La final tiene todos los actos que pide el drama. Hay cientos de libros y documentales que reconstruyen cada una, hasta análisis partida por partida que son hermosos hasta para quienes no entendemos nada del juego (además de los que ya citamos hasta ahora, está el libro de Ponce-Sala que es más técnico y uno más amable, que es la cobertura periodística de Richard Roberts para el New York Times). El documental Bobby Fischer contra el mundo tiene unas imágenes preciosas de la época y pueden ver la forma de jugar de Fischer, que es por donde uno debería empezar. Ver la forma de mover las piezas.

En la final pasó de todo y lo van a encontrar mucho mejor en cualquiera de los textos mencionados aquí. Hay caídas y recuperaciones, hay abandonos, hay cambio de sede, quejas por la iluminación, por las cámaras, gestos de nobleza, gestos de egoísmo. Hay errores de principiante y genialidades de maestros (¡la sexta partida!). Hay cansancio físico y mental. Y hay, sobre todo, una enorme disputa geopolítica que le da un marco hermoso a toda la final. Si llegaste hasta acá buscando una reivindicación de la pureza del deporte, de la innecesaria politización de un evento que debe ser neutral, no la habrá. ¿O acaso estaríamos hablando de esta final si la hubieran jugado un tunecino contra un sueco? Por favor.

En la partida 21, aquí el spoiler, Spasski necesita ganar porque unas tablas o una derrota le darán el triunfo a Bobby que le lleva ventaja. El campeón ruso se vuelve agresivo y parece tomar la delantera. Pero hace varias partidas ya que parece tomar la delantera y luego se lleva un amargo empate que solo incrementa las chances de Fischer. Y esta no iba a ser la excepción.

Es el jueves 31 de agosto. Pasado 50 días desde la primera partida. Tras una serie de movimientos e intercambios llegamos a la jugada n° 40 y, con ella, el aplazamiento hasta el día siguiente. El reglamento dice que el jugador que tiene a su turno mover debe entregar al árbitro, en un sobre cerrado, su próxima jugada. Spasski lo hace y vuelve a su habitación. Reunido con sus consejeros busca soluciones, inventa próximas jugadas, revisa partidas viejas. Pero, una vez solo, intentando dormir, sabe que el destino ya fue escrito. Temprano por la mañana, levanta el teléfono de la habitación y llama al árbitro del encuentro para avisarle que se rendirá. Ni siquiera se presentará a la reanudación. Quizás fue una sugerencia de las autoridades soviéticas para evitar la foto final de la derrota.

Bobby Fischer es el primer campeón mundial no soviético desde 1948. Y ese jueves 30 de agosto, acaso sin saberlo, había jugado su última competición oficial en el ajedrez profesional. Pero esa es otra historia.

PD: las fotos son del gran Harry Benson.

Es politólogo de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y director de la agencia de comunicación Monteagudo. Es co editor del sitio Artepolítica. Nació en Olavarría, una metrópoli del centro de la provincia de Buenos Aires. Vio muchas veces Gladiador.