La ficción como refugio de la verdad
En 2026, cualquiera puede hacer un reel mirando a cámara y sostener cualquier mentira histórica. Ya no tengamos del todo claro con qué relato común desmentirlo. ¿Dónde fue a parar lo real?
Si yo fuera grafitera y saliera a pintar por las noches, hoy escribiría en alguna pared de Buenos Aires: “A contar historias que se acaba el mundo”. ¿Por qué? Porque creo que en las historias que nos narramos hay un refugio que genera vínculos y nos conecta como comunidad. Pero, sobre todo, porque sospecho que funcionarán como una cápsula del tiempo, un objeto que en el futuro explicará quiénes fuimos.
¿Podrá la ficción contar más de nosotros que la historia?
Hannah Arendt, en Verdad y política, cuenta una anécdota del político y periodista francés Georges Clemenceau que resulta tristemente pertinente para pensar esto. En los años veinte, poco antes de morir, Clemenceau conversaba con un representante de la República de Weimar sobre quién había tenido la culpa de la Primera Guerra Mundial. Su interlocutor alemán le preguntó qué dirían los historiadores del futuro; Clemenceau contestó que no lo sabía, pero que de algo estaba seguro: que no iban a decir que Bélgica invadió Alemania.
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Durante mucho tiempo, años, décadas, casi un siglo, esa respuesta fue tranquilizadora. Podíamos discutir causas, responsabilidades, interpretaciones, pero había un piso, una serie de hechos que nadie en su sano juicio pondría en duda: el 4 de agosto de 1914 Alemania invadió Bélgica, país neutral, para atacar a Francia desde el norte. Las interpretaciones políticas podían ser diversas, pero los hechos parecían indiscutibles. Hoy ya no resulta así. En aquel mundo de Clemenceau los adversarios podían odiarse sin dejar de compartir los hechos. En este 2026 cualquiera puede sostener, con total tranquilidad y miles de seguidores, que Bélgica invadió Alemania, y desparramarlo en un reel mirando a cámara con música adecuada. Pero lo más inquietante no es que alguien pueda decirlo, sino que ya no tengamos del todo claro con qué relato común desmentirlo.
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SumateEsto ya le preocupaba a George Orwell, quien en España vio que aquel mundo empezaba a agrietarse. En Recuerdos de la guerra de España (1943), repasando lo que había vivido en la Guerra Civil, Orwell escribió que por primera vez había leído en los diarios crónicas de batallas que nunca ocurrieron, y que eso le producía la sensación de que el concepto mismo de verdad objetiva estaba desapareciendo de la faz de la tierra.
Una de sus frases más recordadas es: “La historia se detuvo en 1936”. Aseguraba que le parecía aterrador sospechar que en el futuro los historiadores podrían aceptar como hechos cosas que sabemos que son falsas. Lo que más le preocupaba era que la mentira terminara ocupando el lugar de esos hechos porque ya nadie sería capaz de recordar y demostrar qué sucedió realmente. Y advertía el peligro de un mundo donde el poder controlara no sólo el futuro sino también el pasado. Porque el problema, entonces, ya no es sólo quién miente, sino qué hacemos cuando una sociedad empieza a perder el acuerdo sobre su propia historia.
Más acá en el tiempo, el filósofo coreano Byung-Chul Han, en La crisis de la narración, sostiene que pasamos de una cultura de la narración a una cultura de la información. La información tiene que ser nueva, inmediata, descartable; en cambio, la narración necesita tiempo, construye sentido, arma comunidad. Según el filósofo, nos cuesta tanto defender los hechos no porque falten datos, sino porque sobran. Recibimos cientos de noticias por día y ninguna llega a convertirse en experiencia. Sabemos muchísimo y comprendemos cada vez menos. “La información es aditiva y acumulativa. No transmite sentido, mientras que la narración está cargada de él. Sentido significa originalmente dirección. Así pues, hoy estamos más informados que nunca, pero andamos totalmente desorientados. Además, la información trocea el tiempo y lo reduce a una mera sucesión de instantes presentes. La narración, por el contrario, genera un continuo temporal, es decir, una historia”.
¿Dónde fue a parar la verdad, entonces? Estoy convencida de que se fue a la ficción literaria. La mentira contemporánea no se presenta como ficción, se disfraza de noticia, de dato, de documento, se calza el traje de los hechos. En cambio, la ficción literaria es la única que avisa lo que es. Cuando abrimos una novela nadie nos engaña sobre su naturaleza; hay un pacto, y ese pacto es honesto. En un mundo donde la mentira se mudó a la información, la ficción quedó como uno de los pocos lugares donde ese pacto sigue a salvo.
En El concepto de ficción, Juan José Saer dice que no se escriben ficciones “para eludir, por inmadurez o irresponsabilidad, los rigores que exige el tratamiento de la verdad”, sino que se escriben para poner en evidencia la complejidad de lo real, esa complejidad que se pierde cuando nos limitamos a lo verificable. La ficción no necesariamente niega la realidad sino que se zambulle en sus aguas agitadas y turbias para buscar, en palabras de Saer, “una verdad un poco menos rudimentaria”. O sea, la ficción puede inventar acontecimientos y, sin embargo, producir un conocimiento verdadero sobre la experiencia.
A fines de 1956, en un café de La Plata, Rodolfo Walsh, que hasta entonces era un periodista y escritor de cuentos policiales, escuchó una frase: “Hay un fusilado que vive”. El Estado había fusilado a un grupo de civiles en un basural de José León Suárez y el hecho casi no existía, no estaba en los principales diarios, no estaba en los expedientes, era difícil que apareciera en algún relato. Walsh se interesó por aquello que escuchó, buscó a los sobrevivientes, se escondió, reconstruyó minuto a minuto aquella noche.
Pero para que esos hechos entraran al mundo común no le alcanzó con el dato: necesitó personajes, escenas, suspenso, la noche, la zanja, los eucaliptos. Necesitó los recursos de la novela. Operación masacre no es ficción, y sin embargo sin lo que Walsh aprendió de la ficción esos fusilados, tal vez, seguirían sin existir. Quizás ahí esté la respuesta a la pregunta de Orwell: cuando el poder quiere controlar el pasado, a veces sólo la narración consigue devolverlo.
Otro ejemplo argentino es La historia oficial. En la película de Luis Puenzo, en plena dictadura, Alicia es una profesora de historia de un colegio secundario y enseña el relato que le contaron. De a poco empieza a sospechar que, Gaby, su hija adoptiva, es hija de una desaparecida. La historia que enseña y la historia que vive se derrumban juntas. Ningún informe podría mostrar ese derrumbe como lo muestra el rostro de Norma Aleandro.
Svetlana Alexiévich pasó la vida grabando voces: mujeres que habían peleado en la Segunda Guerra, sobrevivientes de Chernóbil, soldados que volvían de Afganistán. Cuando recibió el Nobel dijo: “No hay fronteras entre el hecho y la ficción: uno penetra en la otra”. Explicó que la verdad no cabe en una sola cabeza, que está partida en pedazos y dispersa por el mundo, y que ella se dedicaba a la historia omitida, a lo que la Historia deja afuera por soberbia. No los presidentes ni las batallas: lo que la gente sintió, temió, recordó. Hay preguntas que los documentos no contestan; un expediente puede decir cuántos, dónde, cuándo, pero no qué es esperar a alguien que no vuelve, cómo transforma una guerra a una persona, qué siente quien descubre que aquello en lo que creyó toda la vida era mentira, cómo se vive con ese trauma.
Volviendo a Hannah Arendt, quien pensó como pocos la fragilidad de los hechos, ella eligió como epígrafe de uno de los capítulos centrales de La condición humana una frase de la escritora danesa Isak Dinesen: todos los dolores pueden soportarse si se los pone en una historia o se cuenta una historia sobre ellos. Arendt no era novelista, sino una pensadora política que había huido del nazismo; y, sin embargo, sabía que los hechos, para permanecer en el mundo, necesitan a alguien que los cuente.
El problema es que los políticos también se dieron cuenta de esto. Como nos advierte Byung-Chul Han, en la lucha por acaparar la atención, las narrativas resultan ser más eficaces que los argumentos, así que ellos las usan políticamente a su antojo y apelan a las emociones apostando a que dejemos de lado la razón o el pensamiento crítico que, por otra parte, se ocupan de dinamitar.
Clemenceau estaba seguro de que nadie diría que Bélgica invadió Alemania. Su certeza descansaba en algo que daba por sentado: que los hechos, una vez establecidos, se sostienen solos. Hoy sabemos que no. Los hechos necesitan archivos, jueces, periodistas, historiadores. Pero más aún, necesitan también quien los narre, quien les dé espesor, quien los convierta en algo que se pueda sentir y recordar. Por eso digo que la verdad, fustigada por tantos, se refugió en la ficción, no porque la ficción sea más verdadera que los hechos, sino porque es el único relato que no nos miente sobre lo que es. Y, tal vez, el que mejor logra penetrarnos, aún hoy. En un tiempo en que todo se presenta como dato, la novela sigue pidiendo lo que la información ya no pide: tiempo, atención, la disposición a quedarse en la complejidad sin resolverla de un golpe.
Byung-Chul Han sostiene que Vivir es narrar. Dice que el hombre, como “animal narrans”, se distingue del animal en que al narrar, realiza nuevas formas de vida. “En la narración anida la fuerza de los nuevos comienzos. Toda acción transformadora del mundo se basa en una narración”. En los últimos tiempos, varias veces escuché a Lucrecia Martel llamar a los jóvenes a que cuenten las historias del mundo que quieren que venga; dice la cineasta que si lo que vemos hoy en novelas o películas de décadas atrás se parece tanto a lo horrendo que estamos viviendo, que apostemos a inventar desde la ficción un mundo mejor por venir. Tal vez, las próximas novelas no tengan que inventar mundos extraordinarios. Tal vez tengan que hacer algo más difícil: impedir que el nuestro desaparezca debajo de los relatos que se inventan sobre él.
“Hay un fusilado que vive”, escuchó Walsh en un café de La Plata. ¿Qué escuchamos nosotros a nuestro alrededor? ¿Escuchamos al otro? Quizás la respuesta esté en la ficción.