La encrucijada argentina

La elección en Brasil, clave para la región en general y Argentina en particular. Riesgos de gobernabilidad para Lula. El bolsonarismo, una identidad galvanizada. Avanza el acuerdo por cuentas no declaradas de argentinos en Estados Unidos. La interna en JxC sumó un capítulo oscuro.

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Aún sin nada definido, la victoria de Lula da Silva en la primera vuelta de las elecciones presidenciales brasileñas y la expresiva performance del actual titular de la presidencia, Jair Bolsonaro, dejaron algunos balances significativos para quienes observan aquel país desde el otro lado del Iguazú. El primer punto corresponde a la importancia de las narrativas. La elección de Lula prácticamente igualó la mejor de la historia de su partido, en la que él mismo fue el candidato tras un exitoso primer período. Sin embargo, fue Bolsonaro el que apareció como el candidato más fortalecido, un impulso para el punto de largada de cara a la segunda vuelta.

Los resultados aparecen mediados por las encuestas previas a la elección, que otorgaban a Bolsonaro entre 5 y 8 puntos menos de los que finalmente obtuvo y anticipaban una posible elección de Lula en primera vuelta. Los errores son significativos, pero deberían matizarse. Su magnitud la explica, en gran medida, la equívoca medición de San Pablo, donde Bolsonaro y su candidato a gobernador, Tarcísio Gomes de Freitas, terminaron por imponerse sobre Lula y Fernando Haddad por una diferencia muy superior a lo que preveían los sondeos previos. La magnitud del error, sin embargo, es incluso menor a la registrada en elecciones anteriores como la de 2010, cuando José Serra y Marina Silva, rivales de Dilma Rousseff, superaron en más de quince puntos la medición que las encuestas otorgaban a la sumatoria de ambas candidaturas. La amplia ventaja de Dilma por la división opositora disimuló el volumen del pifie, que la polarización actual, en cambio, agiganta.

Aún así, esta elección dejó en claro que el oficialismo tenía un importante número de votantes que, a priori, no declararon su voto. Un gobierno enfrentado a, y cuestionado por, los medios de comunicación, estigmatizado por expresar opiniones que no se condicen con las que requiere una mínima convivencia democrática -pero que muchos más que los que son visibles acompañan- puede tener detrás una importante masa de votantes con poco interés en declarar su posición a las encuestadoras. Depende el aspecto que se elija, en Argentina pueden sonreír con el dato el kirchnerismo, Patricia Bullrich o Javier Milei. Cualquier esperanza de terminar con el bolsonarismo como expresión política -una breve aberración autoritaria- murió el domingo con la publicación de los resultados. La derecha ideológica, dura, alineada al Presidente, controlará casi con seguridad las principales gobernaciones de Brasil. En Minas Gerais se impuso el ultraliberal Romeu Zema, en Río de Janeiro el bolsonarista Claudio Castro, y la fuerza del Presidente es amplísima favorita en San Pablo, que se definirá en segunda vuelta. Son solo las más importantes que controlarán aliados del actual jefe de Estado.

Las bancadas hoy oficialistas serán las más numerosas en ambas cámaras del muy fragmentado Congreso brasileño. Bolsonaro ocupa ahora el lugar político que era de la centroderecha que supieron encarnar en el PSDB Fernando Henrique Cardoso y el propio candidato a vice de Lula, Geraldo Alckmin, que quedó reducido a un rol casi testimonial. El cálculo de quienes impulsaron el impeachment de Dilma, en el pico de la Operación Lava Jato que encarceló a Lula, era que el que desaparecería fuera el PT. Otro llamado de atención para quienes, desde el establishment, suponen una política que se reconstruye sin el principal sector del peronismo.

La economía de Brasil atraviesa una larga crisis, prácticamente estancada en los niveles de 2011 a pesar del favor de los mercados a las reformas económicas aplicadas sobre los derechos laborales y el patrimonio público y una macroeconomía ordenada pero, paradójicamente, impotente. En estas condiciones, si los pobres resultados globales del ultraliberal Paulo Guedes explican en parte la ventaja de Lula, una recuperación económica muy reciente, con bajas en la inflación y el desempleo -e impulsada por niveles de gasto electoralista tan voluminosos como insostenibles- argumentan sobre las posibilidades de recuperaciones electorales que por ahora pocos ven a partir de cambios de corta data.

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A pesar de la sensación térmica, Lula es el candidato -por lejos- más fuerte de cara a la segunda vuelta. El ejercicio subterráneo por redes sociales del bolsonarismo se probó eficiente para movilizar electores de cara a la primera vuelta, pero ningún apoyo político adicional lleva a pensar que pueda sumar mayor volumen en la segunda. Simone Tebet, tercera colocada, mujer y representante de la centroderecha democrática, dio a entender su acompañamiento a Lula en la segunda vuelta y el cuarto, Ciro Gomes, sería empujado por su partido a hacer lo mismo. Las diferencias de participación, aunque existen, suelen ser escasas entre primera y segunda vuelta y no siempre fueron aumentos. Aunque la abstención fue diez puntos mayor a la de 2010 o 2014 es similar a la de 2018. Lula deberá evitar equivocarse, ya sea en debates o entrevistas, y sumar apenas un punto y medio para asegurarse un resultado.

Gobernar va a ser otro precio. Un Congreso muy a la derecha de sus deseos, algo más ideológico y menos qualunquista que en otras ocasiones supondrá desafíos adicionales. Con su partido en la mira por acusaciones de corrupción, algunos métodos tradicionales para reunir apoyos en la política brasileña aparecen complejos. Lula probablemente busque profundizar la moderación y tejer acuerdos políticos con el amplio espacio de centroderecha, incluso más allá de gestos como la designación de su vicepresidente. Cuestiones como el techo constitucional del gasto público -que la derecha nunca cumplió pero dejó escrito en piedra- o la vocación fuertemente aperturista a nivel del comercio internacional posiblemente se mantengan, más allá de la voluntad de una tercera presidencia de Lula, como condición de gobernabilidad. Un signo de alerta para el Mercosur y para Argentina, que necesitará de un Brasil en crecimiento.

Los problemas que enfrentaría un tercer gobierno de Lula -así como los que enfrentó en su primer mandato Jair Bolsonaro, cuyos mayores logros en política social fueron copiados literalmente del recetario petista-, ponen luz sobre un fenómeno que excede Brasil: un desnorte político y económico generalizado, al menos en Occidente. Las tensiones geopolíticas que derraman sobre lo productivo, el regreso de la inflación -que ya no es una excentricidad argentina sino un fenómeno extendido en los países desarrollados y los emergentes-, los efectos recesivos de las medidas para combatirla y la limitación de este contexto para las posibilidades del gasto público -que condiciona las herramientas para enfrentar una desigualdad intolerable que crea y extiende resentimientos- son sintomáticos de una economía sobrediagnosticada enfrentada desde la impotencia. La gobernabilidad desde la política no es mejor. Progresismos quietistas por razones no sólo entendibles sino muchas veces correctas, conviven con derechas emergentes simplistas, ineficientes para administrar y democráticamente regresivas, pero efectivas en la instalación de agendas. La falta de ejemplos virtuosos alimenta una crisis ya de larga data.

En América Latina, los recientes y diferenciados fracasos y la baja popularidad de presidentes como Pedro Castillo, Gabriel Boric y Alberto Fernández, la remotísima viabilidad de las propuestas de “despetrolizar” a la Colombia de Gustavo Petro, las durísimas internas del MAS en Bolivia y la poquísima gobernabilidad de un Guillermo Lasso siempre al borde de la protesta generalizada, muestran un fenómeno en el que las malas decisiones abundan y son sobradamente explicadas por observadores parciales o imparciales, pero las propuestas y alternativas siempre quedan cortas. Brasil, dividido casi en mitades, con bajo crecimiento y crisis económica con el último gobierno del PT, con Temer y con Bolsonaro, no es la excepción.

Otra relación bilateral -de la Argentina, del peronismo y del kirchnerismo-, en este caso con los Estados Unidos, cumplió la última semana con un nuevo hito que expresa adecuadamente el estado actual que atraviesa. El ministro del Interior, Wado de Pedro, visitó el país junto a nueve gobernadores del Norte Grande en lo que se definió como una misión comercial y de búsqueda de inversiones que, sin embargo, tuvo en el caso de De Pedro una importante significación política. Tras la foto de Massa con la secretaria del Tesoro, Janet Yellen, durante su última visita Wado fue recibido por Alejandro Mayorkas, titular del Departamento de Seguridad Nacional -Homeland Security para los que gustan de las series de espías-, en lo que se difundió como un encuentro de trabajo. Homeland Security es uno de los departamentos ejecutivos que constituyen el máximo nivel del gabinete estadounidense. En el encuentro, donde se trataron cuestiones de visados, migraciones y ciberseguridad, el ministro argentino agradeció la rápida solidaridad y condena del gobierno americano ante el atentado que sufriera Cristina Kirchner y “la puesta a disposición de las herramientas e instrumentos tecnológicos para aportar a la investigación”.

El gobierno de los Estados Unidos -al igual que Elisa Carrió- no parece compartir la hipótesis del autoatentado de los editorialistas del diario La Nación. Tampoco las principales organizaciones de la colectividad judía con las que también se reunió el ministro. Representantes del Comité Judío Americano y del Congreso Mundial Judío manifestaron de forma expresa su solidaridad con Cristina Fernández de Kirchner. Del encuentro también participó la multimillonaria libanesa con inversiones en Brasil y Estados Unidos Chella Safra. Para De Pedro la visita constituyó otra muestra de su capacidad de generar contactos al máximo nivel en países a los que no suelen asociar al kirchnerismo, que había mostrado en abril último en Israel, donde fue recibido por el presidente, Isaac Herzog, y por el actual primer ministro, Yair Lapid. En cuanto a los resultados institucionales, las perspectivas de crecimiento para el norte de nuestro país en el mayor mercado de consumo del mundo difícilmente puedan dejarse de lado. Los gobernadores le acercaron al BID y el BM una propuesta de obras de infraestructura para la región, pero la reunión más relevante para el corto plazo fue la confidencial en el Council de las Américas con empresarios de diversos sectores donde el litio tuvo especial protagonismo. Argentina es el principal proveedor de los Estados Unidos de ese mineral crítico.

Las noticias vinculadas a la relación bilateral deberían muy próximamente traer novedades importantes otra vez. Una comunicación a la que tuvo acceso #OffTheRecord explicita el importante grado de avance del acuerdo que permitiría a la Argentina acceder a información sobre cuentas no declaradas en los Estados Unidos, un paso clave para combatir en forma efectiva la evasión impositiva. La revisión del Departamento de Estado concluiría entre finales de este mes y principios de noviembre. Los plazos parecen estar más cerca de lo que dejó trascender Sergio Massa tras su último paso por Estados Unidos y aleja el escepticismo de quienes conocen las formalidades de estos procesos. Es más: se inició la tramitación de los plenos poderes para que el ministro de Economía firme el acuerdo. Debería ser una buena noticia para todos: más recaudación es, por definición, menor necesidad de ajuste, menor emisión monetaria y/o menor carga tributaria sobre quienes cumplen.

La macroeconomía argentina, pasado el shock de expectativas que acompañó la llegada de Massa y las esperanzas de una rápida desinflación que se perdieron junto a la publicación del índice de precios al consumidor de agosto, motivó una advertencia de la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner sobre los elevados márgenes de ganancia de las empresas alimenticias y una inflación que no sería “de demanda” sino “de oferta”. CFK no equivoca el diagnóstico sobre los márgenes de ganancia brutos de las empresas del sector de alimentos, algo que se repite en términos generales para diversos sectores empresarios en precios no regulados. La distribución funcional entre el capital y los salarios, que llegó a aquel famoso 50–50 durante el gobierno de CFK, hoy excede del 60–40 en favor del capital. Estas constataciones, sin embargo, pueden pecar de confundir causas y consecuencias. Los márgenes de ganancias extraordinarios son algo habitual en contextos de alta inflación, donde las empresas tienen -en general- mecanismos de ajuste más eficientes que los trabajadores, atados a las exigencias de los tiempos paritarios o, aun peor en el caso de los informales, totalmente desprotegidos. Las empresas pueden aumentar sencillamente sus precios, casi a cualquier ritmo, y apenas los consumidores que compran o no lo hacen son el límite.

En lo que fue casi una respuesta en su cuenta de Twitter, el viceministro de Economía, Gabriel Rubinstein, utilizó los problemas de las afirmaciones sobre los mecanismos de transferencia entre inflación y ganancia empresaria para justificar una definición casi de la ortodoxia monetarista sobre las causas de los aumentos de precios. Hay alternativas mejores. CFK no es la única figura a nivel global que, en contextos inflacionarios, apela a las ganancias “excesivas” para justificar la situación y buscar soluciones políticas a fenómenos económicos. También lo hizo la administración Biden y el propio presidente de los Estados Unidos durante el último ciclo de aumentos de precios, algo por lo que fue criticado por diversos economistas, incluso del progresismo. En un interesante artículo publicado en julio de este año, Paul Krugman se atrevió a disentir y señalar que el poder de mercado puede empeorar la inflación, aun cuando no la causa. Y en otro a señalar que, siempre que la respuesta política no sean los viejos controles fijos de precios de ineficacia probada, los señalamientos políticos sobre precios no necesariamente son perjudiciales para la economía, que puede hasta beneficiarse de medidas de defensa de la competencia o de transparencia en las prácticas corporativas aún cuando no corrijan la inflación. En Argentina, donde un plan de estabilización con algún tipo de política de ingresos que determine una desindexación fuerte es urgente, el señalamiento político sobre las ganancias podría, bien tomado, contribuir a acelerar alguna forma aceptable de acuerdo de precios y salarios impulsado desde el poder del Estado. Es lo que busca Massa: “Ir a la zanahoria y no al palo”. Incluso si las ganancias extraordinarias no son causantes de la inflación, señalarlas puede contribuir a su reducción.

Mientras tanto, en Juntos por el Cambio explotó una ojiva nuclear porque Facundo Manes hizo lo único que no está permitido en la oposición: reconocer el juego brusco institucional del PRO durante el período 2015–2019. Espionaje político y presión a la Justicia fueron los tópicos en los que el neurocientífico hizo hincapié en un reportaje en LN+. La reacción del macrismo y aliados, como podía esperarse, fue inmediata. “Inesperada”, según Manes. El malestar en el partido que comanda Patricia Bullrich fue matizado por el triunfo de la oposición en Independiente que también tuvo sus particularidades. En una coalición que el nuevo oficialismo intentó mostrar alejada de la política partidaria -y que muy en los márgenes lo logró gracias a la figura refrescante de Juan Marconi-, la ingeniería electoral y política estuvo a cargo de Cristian Ritondo. A la presencia totalizadora del ex ministro de Seguridad bonaerense se le sumó la candidatura del SOCMA originario Néstor Grindetti y las felicitaciones posteriores de toda la cúpula del PRO. Tal vez por eso Fabián Doman anunció, como primera medida de gestión, “una política de reparación de carnets de socios desaparecidos”. Doman, que al principio rechazaba la idea de ser candidato, fue la segunda opción de Ritondo. ¿La primera? Enrique “Quique” Sacco, pareja de María Eugenia Vidal. Grindetti, que comparte palco con Ritondo y enfrió su relación con Rodríguez Larreta y Diego Santilli luego de las elecciones de 2021, es hoy uno de los principales referentes del PRO en la provincia de Buenos Aires.

La campaña de la oposición la comandó internamente Martín Muscio, mano derecha de Marconi y cercano a Ritondo por sus inicios en Mataderos. La estrategia la llevó Daniel Ivoskus, el mismo que diagramó la de Ameal en Boca y que acompaña a Ritondo en PBA. Si bien surgieron los nombres de Marcos Galperín y Gastón Gaudio como supporters en las sombras, dentro del universo de los triunfadores lo niegan. Es más: de Gaudio recuerdan que llegó de la mano de Luis Barrionuevo hace dos años para sumarse al dispositivo ahora ganador. Barrionuevo apoyó la otra lista.

Para terminar quiero recomendarles Todo el mundo pide bis, el dossier urgente que hicimos con el equipo de Cenital sobre las elecciones en Brasil. Escribió (y cubrió exhaustivamente durante el fin de semana) Juan Elman, junto a un distinguido grupo de analistas como Facundo Cruz, María Esperanza Casullo, Bernabé Malacalza, Mariana Vázquez, Ariel Goldstein, Juan Manuel Karg, Agostina Dasso Martorell y Lucila Melendi. Nos pone orgullosos contar que esto fue posible gracias al apoyo de nuestros lectores. Por eso aprovecho para invitarlos una vez más a sumarse a la comunidad que sostiene este medio.

Ojalá hayas disfrutado de este correo tanto como yo. Estoy muy agradecido por tu amistad que, aunque sea espectral, para mí no tiene precio.

Iván

Soy director de un medio que pensé para leer a los periodistas que escriben en él. Mis momentos preferidos son los cierres de listas, el día de las elecciones y las finales en Madrid. Además de River, podría tener un tatuaje de Messi y el Indio, pero no me gustan los tatuajes. Me hubiera encantado ser diplomático. Los de Internacionales dicen que soy un conservador popular.