Más polarizados que nunca

El 91% de los brasileños eligieron a Lula o Bolsonaro, quienes ahora tendrán pocos votos "huérfanos" para conquistar en la segunda vuelta. El actual presidente necesitará activar el enojo de quienes no fueron a las urnas para tratar de dar vuelta las cosas en el ballotage, algo que nunca fue logrado en la reciente democracia del país vecino.

Las elecciones generales en Brasil fueron esperadas todo el año. La ansiedad pedía que se terminara. La realidad mostró que hay tiempo suplementario. Y ayer la cobertura mediática se hizo eco de este fenómeno mostrando, por momentos, sorpresa y estupor. Me metí en los datos y encontré regularidades en el comportamiento electoral de la democracia brasileña con un matiz, una buena noticia respecto de los desencantados, un Congreso más ordenado y un ballotage para el que la historia puede darnos algunas pistas. 

Izquierda vs. derecha a la brasileña

La elección presidencial volvió a estructurarse en torno a dos figuras claramente diferenciadas. De un lado, el Partido de los Trabajadores (PT) con su coalición de izquierda. En frente, una coalición de derecha que ha ido cambiando a lo largo del tiempo. En este 2022 el simbolismo vino por el lado de los nombres. Luis Inacio Da Silva volvió a buscar el Palacio del Planalto con su PT y todos sus amigos. Se paró enfrente quien lo ocupa hoy en día, Jair Messias Bolsonaro (hoy en el Partido Liberal -PL-), la nueva cara de la derecha brasileña. Los nombres pueden ir cambiando, pero los bichos siguen siendo los mismos. El electorado así lo entendió y replicó en el voto. El gráfico a continuación muestra las dos principales candidaturas presidenciales desde el retorno a la democracia hasta la fecha. Desde entonces, una de ellas siempre fue del PT y de sus aliados. En el espacio de la derecha, las etiquetas han ido cambiando junto a los nombres. Lo que no cambia es que la disputa se estructura en torno a una coalición bien identificada con la derecha y otra con la izquierda.

Haciendo foco en la elección del día de ayer, Lula hizo bien los deberes. Al ampliar su coalición, correrse hacia el centro y sumar a Gerardo Alckim como candidato a vicepresidente, el PT tuvo un salto en la comparativa con la elección de 2018 similar al que tuvo entre 1998 y 2002, cuando ganaron por primera vez en su historia. La ganancia fue de casi 26 millones de votantes, un récord no alcanzado hasta la fecha. La otra buena noticia es que pudo recuperar votos hacia la izquierda que se perdieron en la primera vuelta de hace 4 años, cuando Fernando Haddad fue el candidato. Bolsonaro, en cambio, apenas subió 1,7 millones. Como presidente en ejercicio es una mala nota porque no pudo ampliar su base de apoyo respecto de 2018. Como el líder ya consolidado de la derecha brasileña es una buena para él porque no perforó su piso. Las encuestas subestimaron al Messias, sin dudas.

Fuente: elaboración propia en base a Wikipedia. Verde PRN (Collor de Melo), azul PSDB (FHC, Serra, Alckim y Neves), azul oscuro PSL-PL (Bolsonaro).

Esta regularidad en cómo se estructura el comportamiento electoral brasileño tiene un matiz sorprendente. Fue tal la centralidad de las dos principales candidaturas presidenciales que el nivel de concentración del voto es el más alto desde el retorno a la democracia. Tan solo el 8% de los más de 123 millones de votantes apostó por otras fuerzas políticas. La polarización ideológica, afectiva y discursiva tuvo sus urnas condensadas.

¿Sabés cómo se financia Cenital? El principal sostén de nuestro medio son sus lectoras y lectores. Eso nos pone orgullosos y nos da la tranquilidad necesaria para hacer el periodismo en que creemos. Si te gusta lo que hacemos, sumate vos también a nuestra comunidad.

Fuente: elaboración propia en base a Wikipedia y datos del TSE.

Una elección de convencidos

En un momento regional donde las elecciones flaquean cuando ciudadanos y ciudadanas no salen de sus casas, o expresan su bronca votando en blanco o anulando, la democracia brasileña nos dio una buena noticia que es esperanzadora. La participación electoral estuvo dentro de los valores usuales desde 1989 hasta la fecha. Hay, al 99,99% escrutado, la misma tasa de participación de los últimos años: en torno al 80%. Sí hubo, claro, mayor afluencia de votantes por la sencilla razón de que los electorados siempre crecen. Que haya caído unos puntos respecto de 1989, 2006 o 2010 no es una mala noticia, es más bien marginal.

Fuente: elaboración propia en base a Wikipedia y datos del TSE.

Lo que sí considero un excelente dato es la caída del voto bronca, que suma blancos y nulos. En un 4,4% es el valor más bajo de la historia brasileña. Si ponemos el dato en contexto, es más valorable aún para estimar la salud de la democracia vecina. Pensá un segundo en el grado de polarización que te comenté anteriormente. Si todo el tiempo te gritan, te infunden temor y te amenazan, entonces es posible que quieras quejarte diciendo que nada te viene bien. A los brasileños y brasileñas les vino muy bien expresarse. Y hacerlo de manera positiva. Salieron a votar convencidos y con ganas, no enojados o desencantados. Eso es salud democrática.

El Congreso que les va a tocar

Este apartado lo armo sin contar con la información final y completa. Al momento de escribir estas líneas, la web de O Globo que va relevando e informando la asignación de bancas para el Senado Federal y la Câmara dos Deputados do Brasil no terminó de repartir las 27 bancas de la primera y las 513 de la segunda. En Senado falta 1, en Deputados 8. Algo con datos podemos hacer igual.

En Brasil los alineamientos políticos son poco claros y los partidos son como las plantas acuáticas, hidropónicos. Eso hace difícil poder calcular matemáticamente con qué va a contar cada uno al momento de asumir el 1° de enero de 2023 y con qué base política arrancan la carrera para el ballotage. Pero haciendo un esfuerzo sustancial gracias a Pato Talavera, puedo distinguir entre bolsonaristas, lulistas y flotantes. En cuanto al Senado Federal, los primeros pusieron en juego 3 bancas y ganaron 11. Eso deja a los partidos bolsonaristas (PL, PSC y Republicanos) con el 21% del recinto. Lula y los suyos (PT, PSB, REDE, PV, PCdoB, Solidaridade, Avante y PROS) pusieron en juego 4 y ganaron 5, quedando en 12 con el 15% de la Cámara que representa a los 27 Estados brasileños. De modo que el 64% del recinto alto queda a gusto del consumidor y a convencimiento del competidor. Esto, sin ir más lejos en la historia, es un patrón común.

Para la Câmara ninguno de los dos salió ganando mucho respecto de lo que ponían en juego. Los bolsonaristas crecieron fuerte con el PL (pasó de 79 a 98), pero cayeron Republicanos y el PSC (-4). Eso deja al bloque en 143 bancas sobre 513 (28% del recinto). El lulismo tuvo un salto con el PT de (56 a 68), con el PV (+2) y con Avante (+1), pero caídas con el PSB (-9), Solidaridade (-4), el PCdoB (-2) y PROS (-1). Eso deja a la bancada progresista en 110 asientos (21% de la cámara). De modo que la mitad de los diputados serán flotantes, la presa que querrán ir a contentar ambos para sumar apoyos electorales y gobernabilidad futura. Lula ya conoce esos bueyes. Y ha arado bien.

Donde sí hay una sorpresa es en el grado de fragmentación política. Como seguro ya leíste en muchos lados, habrás aprendido que Brasil ha funcionado siempre como un presidencialismo de coalición porque quienes entran al Palacio del Planalto no tienen las mayorías propias e individuales que siempre buscan. Tienen que ir a cortejar aliados en el Congreso. Esta elección de 2022 deja el Congreso menos fragmentado desde las elecciones de 2006 y 2010. Se ve una drástica caída respecto de las últimas dos (2014 y 2018) y un alineamiento directo a las opciones políticas que se presentaron a competir en esta oportunidad. Esto indica dos cosas. Primero, que Lula y Bolsonaro funcionaron como anclas para las candidaturas legislativas y la concentración en ellos dos replicó en la distribución de bancas. Segundo, que quien aspire a asumir el mandato 2023-2027 tendrá una Câmara dos Deputados do Brasil más ordenada que los últimos dos mandatos. Al menos, al comienzo. Como te conté, estos bichos políticos son volátiles.

Fuente: elaboración propia. El indicador es el NEP (número efectivo de partidos). Fragmentación legislativa considera la distribución de bancas en Câmara dos Deputados do Brasil y fragmentación presidencial el voto en primera vuelta.

¿Qué ballotage se viene?

La gran pregunta que tenemos todos es qué va a pasar en un mes, cuando se celebre el ballotage entre Lula y Bolsonaro. Si volvés a ver el gráfico de concentración del voto, les queda poco para ir a pescar. Tan solo el 8% del electorado brasileño se expresó por otras fuerzas políticas como Simone Tebet o Ciro Gomes. 

Donde sí hay un cardumen grande para ir a pescar es en el de la abstención. Hay más de 32 millones de brasileños y brasileñas que no concurrieron a las urnas, que son el bolsón de la victoria que ambos deberán convencer. El problema que tienen es que se van a chocar con la historia. Desde que se celebran elecciones presidenciales en condiciones de transparencia, equidad y justicia, en Brasil la participación cae entre rondas electorales presidenciales. Salvo en 1994 y 1998, cuando Fernando Henrique Cardoso y el PSDB ganaron en primera vuelta, siempre que se celebró un ballotage hubo menos afluencia de votantes, tanto en valores absolutos como porcentuales. Tal como ves en el gráfico, esa caída llegó hasta casi 5 millones de votantes en la segunda vuelta del año 2010, la primera de Dilma Rousseff (PT).

Fuente: elaboración propia en base a Wikipedia.

De lo que sí pueden tomar nota ambos candidatos es que el voto bronca también cae en un ballotage. Esto ocurrió siempre, salvo en la particular elección de 2018, la primera de Bolsonaro, cuando subió casi 1% (pasó de 7 millones a 11 millones de embroncados). Si, tal como comenté más arriba, en la primera vuelta salieron a votar convencidos y contentos, el desafío ahora es doble. No solo mantenerlos así, sino que extender el sentimiento hacia quienes no salieron de sus casas. Esto deja una certeza de acá al 30 de octubre: estamos ante una campaña totalmente nueva. Con estos guarismos, Lula tiene las de ganar por su estilo de campaña. Bolsonaro, en cambio, debe reconfigurar su discurso. En todo caso, tendrá que encontrar una manera de activar con el enojo a quienes no logró movilizar aún. Para eso necesita encontrar bronca acumulada no expresada, algo que de lo que no estoy muy seguro y que puede, incluso, ser peligroso.

Falta poco. La alegría proletaria está cerca.

Facu

Politólogo, consultor e investigador independiente. Hoy me encuentran dando clases en UBA, UTDT y UADE. Me encantan las elecciones y me sacan menos canas verdes que Racing. Un hobby que tengo es aprenderme la historia de los partidos políticos. Creo que la política marida muy bien con un tinto.