La dulzura como resistencia
En el barrio la conocen como Chocolate. Lidera un pequeño grupo travesti que cocina para sus vecinos e hizo de esa olla popular un punto de encuentro. La fotógrafa Virgnia Benedetto recorre el proyecto.
Eligió su nombre dos veces: es Mariana Fernández, pero también es “Chocolate”, como la llama todo el barrio. “Después de tanto sufrimiento, quería un nombre dulce”, explica.
Los viernes los pasa en la cocina: se ocupa de dar de comer a sesenta familias del barrio Acindar, zona de obreros golpeados por la crisis (esta, la anterior, todas y cada una). El comedor se llama Candela y surgió en la pandemia. Al principio daba también copa de leche dos veces por semana, pero el aumento del precio de los alimentos y del gas en garrafa últimamente obligó a que achicarse también ahí.
La comida de los viernes se mantiene como sea. A veces se suman los mismos vecinos a colaborar, así sea con un cucharón prestado para revolver el guiso. Las que están siempre son Gala y Morena, compañeras de Chocolate en la cocina y en la vida. Reciben a los vecinos y vecinas, distribuyen en recipientes, escuchan, acompañan y hasta tratan de gestionar trámites administrativos. Un espacio de encuentro.
Chocolate insiste en que cada familia se lleve el plato a su propia casa, en lugar de comer ahí mismo. Para ella no es un detalle menor: se trata de que la necesidad no termine de borrar la vida puertas adentro de cada hogar, de que nadie pierda su lugar por tener que salir a buscar el alimento. «Nadie debería tener que venir a buscar comida», dice. «Todos deberían tener para comer en su propia casa.»
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SumateEn las tardes de cocina, entre el humo del guiso, circulan historias que hablan de un camino compartido: el de las travestis y trans que atravesaron la persecución antes de la ley de identidad de género sancionada en 2012 y que aún pelean con el estigma y la discriminación. Chocolate dice que le llevó años salir de la oscuridad, sentirse capaz, romper con la vergüenza que la sociedad insistía en devolverle. Cuenta que estas fotografías la muestran desde otro lugar: el de lo que es capaz de construir y sostener para su barrio, y no el de la burla ni la discriminación con las que tuvo que convivir buena parte de su vida.
Tiene once nietos. Se define como “madre-padre” de sus cinco hijos ya adultos que la llaman simplemente “Chocolate”.








Esta nota pertenece a Punto de Encuentro — un especial de Amnistía Internacional Argentina junto a CENITAL. Podés leer todos los artículos acá.