La distancia

En la actualidad, algo luce como contacto, como un encuentro o un espacio compartido, y es todo lo contrario: puro imperio de una distancia.

La noción de distancia, la propia palabra distancia, cargaba de por sí con el peso y con las sombras de esa canción de Roberto Carlos que se llamaba justamente así: La distancia. Y que terminaba desoladamente de esta forma: “Y en la distancia muero, día a día, sin saberlo tú”. Doble padecimiento, entonces: el de morir, el de sentirse morir, por amor, y además, como si eso fuera poco, que la persona amada ni siquiera lo sepa. Y es que la distancia indica en la canción ni más ni menos que esa disparidad tan terrible: hay alguien que todavía recuerda, y hay alguien que ya olvidó; hay alguien que no deja de pensar en el otro, y alguien que del otro ya ni oye hablar; hay alguien que sigue viviendo en el pasado, y alguien que lo dejó sencillamente atrás. Pero la distancia tiene que ver también con otra cosa, con un silencio, con lo que el que está todavía enamorado, el que recuerda, el que no deja de pensar, por alguna razón no dijo: “¿Cuántas veces yo pensé volver? / Y decir que de mi amor, nada cambió. / Pero mi silencio fue mayor / y en la distancia muero, día a día, sin saberlo tú”.

De manera que la noción de distancia, la propia palabra incluso, resultaba pesarosa para todo el que frecuentara, como frecuentaba yo, esa canción de Roberto Carlos. Y no es que no supiera que existía la expresión “a prudente distancia”, de connotación más bien favorable; y no es que no supiera que había otra clase de distancias, indoloras, sin perjuicio, como las que marcaban en los partidos de fútbol los árbitros con las barreras en los tiros libres. Pero nada de eso contaba tanto como el recuerdo, el silencio, el morir de amor día a día: la distancia según Roberto Carlos.

Algo pasó, sin embargo, tiempo después, ya en el colegio secundario. En cada final de recreo, para entrar sin alboroto al aula, había que formarse en dos filas (por orden de estatura, las chicas adelante, los varones atrás). Y una vez en la fila, para una mejor regulación y en perfecto alineamiento, tomar distancia. No poner distancia (al revés, justo al revés: tomarla) y mucho menos distanciarse (esa forma discretísima de la ruptura, que no precisa peleas ni desenlaces). Tomar distancia: los rituales del colegio, ejercidos a repetición, procuraban otra variante, otra versión, otra vivencia de la distancia.

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No hacía falta haber leído a Michel Foucault para advertir que lo que en todo esto se ponía en juego era una práctica de disciplinamiento de los cuerpos (de los cuerpos especialmente bullentes, cambiantes, inestables, tan propios de esa edad). No menos evidente, en cualquier caso, era que, para tomar distancia, era preciso ni más ni menos que tocar al de adelante y ser tocado por el de atrás. Contacto ínfimo, reducido, casi tenue, pero contacto al fin, de los dedos extendidos en la espalda del compañero o de la compañera, de la mano reposada en el hombro del compañero o de la compañera. Era eso, era así: para tomar distancia y apartar cada cuerpo del otro, había no obstante que tocarse, que entrar en contacto cada cuerpo con otro. En pleno rito de la separación de los cuerpos, un hilo de continuidad se trazaba pese a todo. Para medir y establecer la escena de la intangibilidad, antes los cuerpos debían volverse tangibles. Esta distancia era así diferente de todas: para existir, para manifestarse, no podía sino revelar la verdad de una cercanía posible. Para negar eso que se quería negar, tenían que hacerlo presente. Había tres recreos por día, más la formación previa a la salida al concluir cada jornada de estudio; tomar distancia habrá sido sin dudas una de las cosas que más hicimos (con más constancia, en más ocasiones) durante los años del colegio.

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Esa clase de distancia, hoy mayormente descartada o caída en desuso, podría entrar claramente en contraste con el estado de cosas de este tiempo. Porque esa distancia albergaba, mal o bien, cierta forma de contacto, de cuerpos más o menos próximos, compartiendo un mismo lugar. Y su cara inversa parecen ser estas tantas instancias en las que, en la actualidad, algo luce como contacto, como un encuentro o un espacio compartido, y son todo lo contrario: puro imperio de una distancia. Sitios de citas, “reuniones” por zoom, clases dictadas en “aulas”: ilusiones de un estar-con. Ilusión de encuentro entre dos que en verdad no se encuentran, no al menos hasta delegar en el algoritmo la tarea del conocerse y del gustarse o no gustarse; ilusión de haberse reunido sin haberse de veras reunido, sin haber aproximado los cuerpos; ilusión de aula sin aula, sin espacio compartido donde poder estar juntos. Conocerse pero cada cual en su casa, muy probablemente solos; reunirse pero cada cual en su casa, muy probablemente solos; cursar materias pero cada cual en su casa, muy probablemente solos. ¿Estamos tomando distancia o la distancia nos ha tomado a nosotros? No es esa distancia que duele, y duele porque la precedió un estar juntos. Tampoco es la distancia que, aunque lo sea, habilita la posibilidad de un contacto. Es en verdad una distancia ladina que no se declara tal, y hasta se disfraza de reunión y cercanía. Pero no es tal, nos deja solos, nos deja aislados, metidos para adentro, y no precisamente por elección, no necesariamente por preferirlo. De las angustias que nos agarran a veces, sin que alcancemos a explicarnos bien por qué, tal vez algunas puedan venir por este lado. Es el reverso del “Contigo a la distancia” de Portillo de la Luz, el de estar, pese a todo, con el otro. Esto es estar, pese a todo, siempre solos. Sin quererlo, sin saberlo y sin decirlo. Sobre todo sin decirlo, porque, también en esto, parece haber cierto silencio que es mayor.

Nació en Buenos Aires en enero de 1967. Enseña Teoría Literaria en la Universidad de Buenos Aires y Narrativa Argentina en la Universidad Nacional de las Artes. Su último ensayo publicado es ¿Hola? Un requiem para el teléfono. Su última novela publicada es Confesión. Su último libro de cuentos publicado es Desvelos de verano.