Jugar finales: la nueva normalidad de Argentina y Messi

El domingo será la cuarta seguida con Scaloni como entrenador y la décima de Leo con la camiseta de la selección. En el deporte, perder es lo habitual, pero estamos ante la mejor generación de futbolistas.

La selección jugará el domingo su cuarta final consecutiva después de la de la Copa América de Brasil 2021 y las de la Finalissima y el Mundial de Catar en 2022 (y Lionel Messi, su décima con la camiseta argentina desde la que ganó con la Sub 20 en el Mundial 2005). En el deporte de alto rendimiento, lo “normal” es perder. Sean Argentina o Messi, se pierde más de lo que se gana. Lo comprueban las estadísticas que no le gustan y que no le interesan a Lionel Scaloni. Y, desde su rol de entrenador, se comprende: ningún equipo gana –o se mantiene en la senda competitiva– a partir de los números. Las estadísticas no explican lo esencial, la cultura y el respeto por el juego de Messi, Scaloni y Argentina. Incluso van en contra de lo que se pretende: que nadie se relaje, que el listón esté siempre alto. Ante Uruguay o Colombia en el Hard Rock de Miami, será un nuevo partido, una nueva final de la selección, una buena costumbre de la última década, desde Brasil 2014. “Es fácil decirlo, ¿no?”, apuntó Messi, quien jugará su séptima final con la mayor, récord en la historia del fútbol. “Pero el recorrido fue muy duro”.

El de la semifinal ante Canadá en el MetLife de Nueva Jersey fue el mejor partido de la selección en la Copa América de Estados Unidos 2024, y más aún porque fue después de haber estado al borde del nocaut en la mala noche de los cuartos ante Ecuador. Messi y Ángel Di María, viejos socios, se reencontraron a través del lenguaje del fútbol, del “tomá y dámela”. Antes de salir a la cancha, Messi, el capitán, les había dicho al resto que había que llegar a la final por Di María, porque sí, será su despedida de la selección, #ElÚltimoBaile. “Si se gana o se pierde –dijo Di María–, es fútbol, pero hice todo el mérito posible para poder irme por la puerta grande”. Messi y Di María, dupla histórica, son el amor después del amor en la selección. El ganar tras perder. En ellos se hace carne ese fragmento del poema Si… de Rudyard Kipling: “Si te encuentras con el Triunfo y la Derrota / y a estos dos impostores los tratas de igual forma”.

Argentina se clasificó a la final porque, a los 22 minutos, Rodrigo de Paul le metió un pase gol a Julián Álvarez, quien definió entre las piernas del arquero de Canadá. De Paul, uno de los puntos más altos de la selección en la Copa, además de ser un todoterreno que trajina el campo hasta la última gota de sudor, puede ser a veces un lanzador (recordemos el gol de Di María en la final de la Copa América 2021 en el Maracaná). Y es el canciller de Argentina: maneja las relaciones diplomáticas y nivela el ánimo del equipo. Un puntal de la generación argentina más exitosa de todos los tiempos. “Es una locura, tenemos que ser muy conscientes de lo que estamos consiguiendo –avisó De Paul–. Queremos transmitirles eso a la gente, que no lo normalicen, porque jugar finales no es normal”. La vuelta de Enzo Fernández como mediocampista central ante Canadá alisó el juego desde la base. Y él remató en el gol que desvió Messi.

“Después de esto, se les da mucha más importancia a todas las finales que me tocó jugar a mí, a la antigua camada”, marcó Messi, y señaló: “Fue una Copa difícil, porque fue más igualada que nunca, dura. Canchas muy malas, temperaturas muy pesadas”. En el MetLife, frente a Canadá, la pelota rodó y levantó arena de los costales. Dibu Martínez despejó una pelota y le pegó a una de las cámaras aéreas. No era una canchita de pasto sintético alquilada por un grupo de amigos el martes a la noche. El Metlife será la cancha en la que se jugará la final de la Copa del Mundo 2026, con epicentro en Estados Unidos y las subsedes de México y de Canadá.

Messi también habló de “las últimas batallas” (y contuvo las lágrimas). “Por querer ganar siempre, cuando no se daban los objetivos –dijo–, yo mismo me maltrataba demasiado, no le daba valor a todo lo que conseguimos. Y hoy, que soy muchísimo más grande, le doy mucho más valor, más allá de ganar o perder”. Y Julián Álvarez, desde la noche de Nueva Jersey, les mandó saludos a los argentinos, “en este día tan especial para todos nosotros”. Se refería al 9 de Julio, al Día de la Independencia de la Argentina. Un rato antes me había cruzado con un fragmento escrito por Silvina Ocampo: “Algo en esta patria nuestra nos pone en estado de gracia y nos da poesía. Diríase que en sus regiones más pobres y áridas, el milagro siempre esplendente reverdece. El milagro siempre está aquí: en nuestra tierra, en nuestro corazón”. El milagro también está en la selección de los Lioneles, que en los últimos tres años acumula el doble de finales (cuatro) que de derrotas (dos), y que podría emular el récord que sólo logró España entre 2008 y 2012: tres títulos seguidos, dos continentales y un Mundial (perdón por las estadísticas, Scaloni). Pasa que la selección, que funciona y que encuentra a los argentinos, ganó, ganó, ganó y quiere volver a ganar.

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El metaverso del fulbo

Lamine Yamal, el bebé que Messi “bautizó” cuando tenía seis meses, cumplirá el sábado –un día antes de la final de la Euro– 17 años. Pero antes, en la semifinal ante Francia, se convirtió en el autor de un gol –y qué gol– más joven en la historia del torneo. En el fútbol, sin embargo, la edad siempre es relativa, porque lo crucial es jugar bien. Y Lamine Yamal juega muy bien, es un futbolista integral que toca la pelota y que seduce a los compañeros. Y que, se ve, “calca” golazos, como el del 30 de mayo de 2023 en la semifinal del Europeo Sub 17 ante Francia, frente al mismo rival en la semi de la Euro de Alemania, a la que acudió con un tutor legal que lo acompaña cuando sale solo a algún lugar. España ganó los seis partidos seguidos de la Euro, como ninguna otra en la historia del torneo. Aguarda como gran candidata en la final al ganador de Inglaterra–Países Bajos. Yamal –jugador del Barcelona, hijo de padre de Marruecos y madre de Guinea Ecuatorial– nació en Catalunya. Y festeja los goles, como ante Francia, haciendo con los dedos el código postal (304) del barrio obrero de Rocafonda, en el que creció, y el que la ultraderecha de VOX llama “estercolero multicultural”. “Fútbol aparte –escribió el periodista Ricardo López Si–, la asunción de un fenómeno social y cultural como Lamine Yamal también debería ayudar a sepultar el estigma con el que carga la inmigración magrebí en Catalunya y en toda España”.

Loqueviene, loqueviene

Hoy, desde las 16, la segunda semifinal de la Euro: Inglaterra, que nunca ganó una copa continental, ante Países Bajos, en Dortmund. Y, desde las 21, la de la Copa América: Colombia–Uruguay en Charlotte (el sábado, desde las 21, Canadá ante el perdedor en el partido por el tercer puesto). Y el domingo, las finales: desde las 16, la de la Euro –espera España– y, desde las 21, la de la Copa América, en la que la Argentina defenderá el título de Brasil 2021.

Es periodista especializado en deportes -si eso existiese- desde 2008. Lo supo antes de frustrarse como futbolista. Trabajó en diarios, revistas y webs, colaboró en libros y participó en documentales y series. Debutó en la redacción de El Gráfico y aún aprende como docente de periodismo. Pero, ante todo, escribe. No hay día en la vida en que no diga -aunque sea para adentro- la palabra “fútbol”.