Irán: ensayo sobre las causas de las guerras eternas

El conflicto se regionalizó y no parece tener un fin cercano y claro. Qué cómo se puede destrabar, qué implicaría y qué consecuencias tendría.

Un viejo refrán sostiene que, si querés hacer reír a Dios, podés contarle tus planes. La realidad es siempre imprevisible y rara vez sale a imagen de lo que uno proyecta. Sin embargo, difícilmente podría hablarse de sorpresa dos semanas después del inicio del conflicto abierto tras el ataque de Estados Unidos e Israel sobre Irán y la respuesta de la República Islámica. La guerra transcurre por carriles previsibles —prácticamente en los términos en los que comenzó, aunque ampliados— y en línea con lo que analistas y planificadores militares anticipaban cuando este escenario se planteó.

En ese marco, es llamativo que, en dos semanas de conflicto, el gobierno estadounidense no haya ofrecido una visión clara de los objetivos de la guerra, y que aparezca preocupado por los vaivenes en los mercados energéticos internacionales. Un escenario que estaba planteado en todos los juegos de guerra que simulaban un conflicto con Irán incluso más de una década atrás, y que sin embargo parece haber superado las previsiones de Trump y su grupo de asesores cercanos. Una realidad que puede dar lugar a una prolongación de la guerra que casi nadie quiere, al menos en términos racionales. 

Irán: pagar costos para encarecer la guerra.

Que la guerra se venga desarrollando en términos similares a los planteados al inicio, por supuesto, no significa que nada haya cambiado. Del lado estadounidense-israelí, la apuesta continúa siendo la de imponer la abrumadora superioridad militar propia para degradar en forma sistemática la capacidad iraní de responder: destruir lanzadores, depósitos, infraestructura militar, cadenas de mando y, en la medida de lo posible, reducir el stock disponible de misiles y drones. Del lado iraní, en cambio, la lógica de regionalizar el conflicto enfrentaba algunos interrogantes sobre la capacidad de sostener e incrementar el ritmo de disrupción sistémica. Dos semanas después, los ataques a sus vecinos árabes del Golfo Pérsico, y las acciones directas y progresivas sobre el estrecho de Ormuz, no sólo se han mantenido, sino que se incrementaron. 

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El objetivo de estos ataques sigue siendo menos revertir el balance militar –algo fuera de su alcance– que elevar los costos de la campaña estadounidense-israelí, particularmente para los Estados Unidos, afectando tanto la estabilidad de sus aliados, que hicieron de la misma un baluarte de sus estrategias de posicionamiento global, así como los costos de la energía a nivel global. Teherán apuesta a resistir más que a vencer, convirtiendo el conflicto en una guerra de desgaste económico y político que obligue a Washington a pestañear primero.

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Por supuesto, Irán también utiliza su considerable arsenal de misiles balísticos contra Israel e instalaciones estadounidenses en la región. Pero mientras la capacidad de daño de esos misiles es cada vez menor y se ve afectada por la degradación de sus capacidades militares, producto de los incesantes bombardeos israelíes y estadounidenses, las disrupciones en el estrecho de Ormuz o los ataques contra los países del Golfo requieren medios mucho menos costosos y de menor complejidad para resultar efectivos.

Una táctica que viene funcionando, al menos, en dos niveles. A nivel inmediato, logró provocar una disrupción severa en los mercados energéticos. La Agencia Internacional de la Energía dijo este jueves que el conflicto está generando la mayor disrupción de oferta petrolera de la historia, con una caída prevista de 8 millones de barriles diarios en marzo. El propio sistema de reservas estratégicas de la IEA tuvo que activar una liberación récord de 400 millones de barriles para intentar amortiguar el golpe.

Goldman Sachs, al mismo tiempo, alargó su hipótesis base de interrupción en Ormuz: ya no asume un shock breve, sino 21 días de flujos hundidos al 10% de lo normal y luego un mes adicional de recuperación gradual. El segundo nivel es político: la suba del petróleo ya está impactando sobre los precios de la nafta en los Estados Unidos, un indicador sensible sobre el costo de vida, de enorme importancia electoral. 

La cuenta que llega al Golfo

El dato político más importante de la semana probablemente sea el modo en que la estrategia de resistencia iraní está afectando a las monarquías del Golfo Pérsico. Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait y Omán, el grupo de vecinos ricos de Irán comparte, además de la forma de gobierno, una historia de alianza con los Estados Unidos que incluye una fuerte presencia estadounidense, tanto en términos de bases militares como de flota naval. Todos y cada uno de estos países mantienen acuerdos de acceso y utilización de su territorio de distinta índole, aunque sus estrategias de relacionamiento y grado de cercanía respecto de Irán difieren.

Como regla general, las monarquías del Golfo, por distintos motivos, recelaron de Irán, ya fuera por miedo al contagio regional de la Revolución Islámica, por motivos religiosos (los clérigos iraníes pertenecen a la tradición chíita del islam, dominante en Irán, mientras las monarquías son sunnitas, a excepción de Oman, que pertenece a la muy minoritaria tradición ibadi), y muy particularmente en tiempos recientes, por su proyección regional, que incluye a milicias con control territorial en Palestina, Líbano, Yemen e Irak y, hasta su caída, un acuerdo con el gobierno de Al Assad en Siria que le permitía una presencia militar efectiva en el territorio de ese país.

Entre 2013 y 2018 coincidieron con Israel en torpedear el acuerdo nuclear alcanzado por Irán con la administración de Barack Obama, que Trump terminó por abandonar unilateralmente. En ningún caso, permitieron que las tensiones escalen a un enfrentamiento abierto que pusiera en riesgo la estabilidad de sus países. 

Sin embargo, el reciente debilitamiento de Irán, de la mano de la crisis económica y las sucesivas acciones israelíes en la región, redujo la preocupación de sus vecinos, que recorrieron los pasillos diplomáticos intentando evitar el ataque estadounidense. Incluso, los países del Golfo comunicaron a Irán no sólo su oposición a los ataques, sino que no permitirían el uso de instalaciones estadounidenses en sus territorios para atacar Irán, ni prestarían su espacio aéreo. Aun así, fueron blanco de drones y misiles iraníes y vieron afectados aeropuertos, puertos, hoteles, refinerías, bases y rutas logísticas. 

La situación actual es de pesadilla, y el dilema futuro sumamente complejo. Finalmente, el escenario de un ataque iraní sobre sus territorios se termina de materializar, pero lo hace a partir de una acción estadounidense que procuraron evitar con toda su capacidad de influencia, sin ser oídos. El malestar con Israel y con Estados Unidos es un secreto a voces, e incluso fue señalado de manera pública en el caso de Omán, que culpó a los Estados Unidos de abandonar la mesa de negociación. En cuanto a la garantía fundamental de la alianza con los estadounidenses, de seguridad y estabilidad, quedó severamente cuestionada por los ataques diarios de drones y misiles balísticos, que incluyen hasta órdenes de evacuación por parte de los comandos militares iraníes, de barrios de Dubai o Doha. Eso no significa girar hacia Irán. Cualquier confianza en Teherán se desplomó con los ataques contra sus territorios. 

Los gobiernos árabes del Golfo se encuentran así frente a una paradoja incómoda. Ven a Israel, cada vez más, como un actor disruptivo cuya conducta vuelve más peligrosa a la región y probablemente enfríe acercamientos previos. Pero tampoco pueden reaproximarse a un Irán que los atacó en una guerra de la que no eran parte. Mientras, los propios ataques y el cierre del estrecho de Ormuz obligaron a reducir la producción petrolera, sumando dificultades a la normalización de los mercados, incluso terminada la guerra.

Sin horizontes de salida para una guerra que (casi) nadie gana alargando

Para Irán, cada día que la guerra se alarga implica una mayor devastación de su territorio, bombardeos sobre miles de objetivos que no puede defender tras la destrucción de sus defensas antiaéreas y, además, un corrimiento de los límites de los objetivos considerados legítimos por la coalición estadounidnse israelí. La destrucción de la infraestructura militar de la isla de Kharg, el nodo donde se concentra el 90% de la exportación petrolera iraní es una muestra de que los ataques están (muy) lejos de los máximos niveles de intensidad posibles. 

Para los países del Golfo una prolongación de la guerra significa más daños tanto para sus economías como para su reputación como islas estables y económicamente prósperas, y un Irán más arrinconado e incapaz de alcanzar decisivamente a Estados Unidos o a Israel podría incluso intensificar sus ataques a estos países, tal como viene sucediendo en los últimos días. 

Los costos de la prolongación de la guerra para los Estados Unidos son políticos, pero no por ello menos importantes, la inflación y la popularidad de Donald Trump podrían sufrir al ritmo de las presiones sobre los costos de los combustibles. Regiones no involucradas de ninguna manera en el conflicto, pero dependientes de las importaciones de petróleo como China o Europa, en mayor o menor medida, se beneficiarían con un final, o al menos una desescalada del conflicto. 

De todos los actores, sólo Israel, que busca aprovechar la guerra no sólo para debilitar a Irán sino para terminar definitivamente con cualquier presencia de Hezbollah en su frontera norte, parece cómodo con una extensión.

El problema es que, con lo claros que son los incentivos difundidos para acortar la duración de la guerra, su terminación exige la delimitación de una fórmula de mínima que satisfaga a todas las partes y les permita abandonar la lucha. Trump podría, en cualquier momento, declararse victorioso y salir. Podría argumentar que destruyó infraestructura, diezmó cadenas de mando y redujo significativamente la capacidad misilística iraní. Pero sería imposible que esa declaración fuera incluso verosímil sin cumplir algún objetivo mínimo en el área nuclear o política. La AIEA recordó que el uranio enriquecido al 60% –algo más de 200 kilos, que probablemente sigan en el complejo de almacenamiento de Isfahan– sigue en territorio iraní. Una recuperación de ese material podría dar lugar a una declaración unilateral creíble. 

Otra alternativa sería la política. Ni la inteligencia estadounidense ni la israelí ven al régimen iraní cerca de colapsar, ni mucho menos señales de una insurrección popular bajo los bombardeos. Y, de momento, la figura de una Delcy Rodríguez persa, que Trump sugería en las entrevistas, no aparece con claridad en ningún mapa. Cualquier victoria declarada sin alguno de estos elementos sería leída como una derrota estadounidense, que además, proyectaría debilidad frente a China y Rusia, volviendo más tenue su capacidad disuasoria. ¿Vale el precio del petróleo en los mercados internacionales asumir un costo semejante?

Para Irán, la mayoría de los análisis coinciden en que la supervivencia del régimen sería, en sí misma, una victoria. Si hubiera un cese del fuego sin caída del régimen, Teherán podría presentarlo como una victoria política. Resistir a Estados Unidos e Israel, y preservar la continuidad del sistema. Sin embargo, un simple cese de fuego sería una victoria de corto aliento. Sin garantías de que no volverá a ser atacado, el final podría ser apenas el comienzo de un intervalo entre dos episodios bélicos, tal como sucedió con el cese de fuego de junio. 

Un país debilitado por bombardeos masivos, con parte de su infraestructura militar degradada y penetrado fuertemente por la inteligencia extranjera  quedaría expuesto a que Israel vuelva a atacar cada vez que intente reconstruir capacidades estratégicas. Por eso no es descabellado pensar que Irán intente seguir aguantando y comprometiendo a la región y los mercados energéticos globales hasta obtener algo más que una mera suspensión de las hostilidades. Una lógica parecida a la de las tomas de rehenes que, muchas veces, obtienen algún resultado.

De cómo empantanar una guerra 

La dificultad de encontrar una salida mínimamente aceptable para todos puede llevar a las partes a prolongar conflictos mucho más allá de sus horizontes de sentido estratégico. Algo que explica, por ejemplo, la continuación de la guerra de Ucrania a pesar del escaso movimiento de las líneas de contacto en el último año. Un escenario que puede llevar a que el interés objetivo en acortar la guerra quede eclipsado por el alcance de las pretensiones de los actores. Un escenario así podría presionar sobre la economía mundial de maneras mucho más serias que las que indican las expectativas de los mercados. 

Olivier Blanchard, ex jefe del Fondo Monetario Internacional, caracterizó la estrategia iraní como una guerra de guerrillas contra el mundo, que analogó a Vietnam, y planteó que no veía motivos para que una declaración unilateral estadounidense de victoria no fuera contestada por Irán con un mantenimiento de los ataques en el estrecho de Ormuz, en la medida en que tuviera algo que ganar en términos de su proyección de fuerza.  En este marco, la hipótesis benigna inicial, de una normalización rápida, ya no parece la más sólida. Una prolongación de la guerra sería un shock recesivo sobre la economía global, un efecto que puede ser más brusco en la medida en que todavía no está plenamente incorporado en los mercados.

Sin un escenario de finalización evidente, la guerra transita un sendero ambiguo y, por eso mismo, inestable, en el que se multiplican las especulaciones sobre finales unilaterales a veces desprovistos de cálculos de mediano plazo. El hecho de que Ali Larijani, el hombre más poderoso del régimen, consejero de seguridad del ultimado Líder Supremo, y conocido como una figura relativamente pragmática, se pasee en público por las calles de Teherán permite abrir especulaciones sobre alguna negociación en curso que, por lo demás, Trump confirmó con la misma vehemencia con la que los iraníes desmintieron. Pase lo que pase, la guerra seguramente deje como saldo una región más peligrosa, un sistema energético evidentemente vulnerable y una economía global en la que la exposición a shocks geopolíticos se convierte en un factor para las decisiones de países y empresas. 

Qué más estoy siguiendo: 

  • Cuba confirma una negociación en curso con los Estados Unidos. El gobierno cubano admitió públicamente la existencia de un diálogo tras la prohibición ilegal dispuesta por el gobierno estadounidense de que terceros países le vendan petróleo a Cuba. Raúl Castro, a sus 94 años, tomó un papel protagónico en las negociaciones.
  • Elecciones legislativas en Colombia: el oficialista pacto histórico fue la fuerza más votada, en un resultado marcado por la fragmentación de las distintas opciones y por el relativo buen resultado del uribismo, que se colocó como segunda fuerza, encumbrando a Paloma Valencia como una figura capaz de aglutinar apoyos del centro a la derecha, de cara a la elección presidencial de mayo.
  • China aprobó su meta de crecimiento más baja para 2026. La Asamblea Nacional Popular aprobó una meta de crecimiento del PIB entre 4,5% y 5% en 2026. Se trata de la meta más baja registrada hasta el momento. Las autoridades chinas llevan años destacando un desplazamiento de metas cuantitativas muy altas para concentrarse en metas cualitativas y sectoriales que mejoren “la calidad” del crecimiento de la economía de China.

Es abogado, especializado en relaciones internacionales. Hasta 2023, fue subsecretario de Asuntos Internacionales de la Secretaria de Asuntos Estratégicos de la Nación. Antes fue asesor en asuntos internacionales del Ministerio de Desarrollo Productivo. Escribió sobre diversas cuestiones relativas a la coyuntura internacional y las transformaciones del sistema productivo en medios masivos y publicaciones especializadas. Columnista en Un Mundo de Sensaciones, en Futurock.