Investigación exclusiva | Cuando los Granaderos custodiaron una sinagoga: una amistad que desafía un mito antiperonista
La historia oculta de cómo Juan Domingo Perón y su par israelí, Jaim Weizmann, forjaron una alianza con cartas manuscritas, condecoraciones y gestos que redefinieron la relación Argentina-Israel.
En marzo de 1949, Juan Domingo Perón envió una carta manuscrita a Jaim Weizmann, primer presidente de Israel. «Deseo, Honorable Presidente, que pueda contar conmigo como un amigo leal, que está interesado en hacer todo lo posible para fortalecer las relaciones entre nuestros países», escribió el líder justicialista. Seis años después, tras intercambios diplomáticos, visitas históricas y símbolos que trascendieron fronteras, esa amistad se materializó en bosques conmemorativos, actos de reconocimiento mutuo y un legado que desafía los estereotipos sobre Juan Domingo Perón y su relación con la comunidad judía e Israel. A través de documentos inéditos —cartas, fotografías y registros oficiales— reconstruimos esta alianza poco explorada, cuyo punto culminante ocurrió hace exactamente 71 años con la visita de Vera Weizmann a nuestro país, donde política, ciencia y memoria se entrelazaron en un capítulo fascinante de la historia diplomática argentina.

La relación entre Perón y la familia Weizmann comenzó formalmente en marzo de 1949, apenas unos meses después de la creación del Estado de Israel. En aquella carta manuscrita que llegó a Tel Aviv a través del emisario Sujer Matrajt, el líder justicialista expresaba: «Aprovechando la oportunidad del viaje del Sr. Sujer Matrajt, quien viaja en nombre de la Organización Israelita Argentina a su país, tengo el gran honor y satisfacción de transmitirle mis felicitaciones y cordiales saludos junto con mis deseos de prosperidad y grandeza para Israel».
La respuesta de Weizmann no se hizo esperar. El 1° de abril de 1949, en una carta que refleja la dificultad física que atravesaba debido a su deteriorada visión, el mandatario israelí expresaba: «Me conmovió mucho leer su carta manuscrita que me entregó el Sr. Sujer Matrajt, y lamento mucho que el estado de mi vista no me permita responderle de la misma manera». Weizmann reconocía en su carta algo revelador: «Desde hace mucho tiempo soy muy consciente de la simpatía y el interés mostrados por usted y el noble pueblo argentino por nuestro joven Estado, y me alegra muchísimo encontrar la confirmación de ello en su amable carta».

Primeros gestos diplomáticos
En un pasaje que demuestra cómo Israel veía a la Argentina en aquellos primeros años de existencia, Weizmann señalaba: «Nuestro futuro depende esencialmente del desarrollo agrícola e industrial de nuestro país y de la explotación sensata de sus recursos naturales. Para lograr estos fines, el ejemplo de vuestro gran país puede servir como un precioso modelo. La enorme cantidad de desarrollo agrícola e industrial en Argentina puede servir de inspiración para aquellos entre nosotros que, en una escala mucho más modesta, estamos tratando de impulsar económicamente al país».
Este intercambio inicial sentó las bases para gestos diplomáticos de alto valor simbólico. En agosto de 1951, Perón envió a Weizmann dos obsequios cargados de significado para la identidad argentina: una réplica del sable corvo de San Martín y elementos químicos extraídos del suelo argentino. Los presentes fueron entregados por Pablo Manguel, primer embajador argentino en Israel, quien además tenía la particularidad de ser el primer diplomático judío en representar a la Argentina en el exterior, hecho que no pasó desapercibido en la comunidad judía local e internacional.
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El 19 de febrero de 1952, la relación alcanzó un nuevo hito cuando Perón condecoró a Weizmann con la Gran Cruz Extraordinaria de la Orden al Mérito, la más alta distinción que podía otorgar el gobierno argentino. En la carta que acompañaba esta condecoración, Perón expresaba: «En el deseo de darle una especial prueba de mi más alta estimación y del tradicional aprecio de la nación Argentina y del Pueblo de la República hacia la Nación Israelí y a su bello pueblo, Os he conferido la más alta distinción que Mi Gobierno puede discernir al esclarecido ciudadano de un Estado que, como el de Israel, regido por Dios, ha cultivado siempre la más cordial amistad con la República Argentina».

Relación bilateral
La historia de esta relación bilateral estaría marcada por dos pérdidas significativas en un breve período. El 26 de julio de 1952 fallecía Eva Perón, hecho que generó una profunda manifestación de solidaridad por parte de las autoridades israelíes. Jacob Tsur, entonces Ministro de Israel en Argentina, envió una sentida carta al presidente Perón: «Tuve el honor de conocer a Eva Perón que nos honró a mí y a mi señora con su amistad. Siempre aprecié su corazón generoso, su simpatía comprensiva para los esfuerzos, los problemas y los dolores de mi pueblo y su afán por sembrar el bien a su alrededor. Conservaremos su memoria como uno de los grandes recuerdos de nuestra vida.»
La respuesta de Perón a esta muestra de solidaridad reflejaba el vínculo especial que se había forjado con el representante israelí: «Las expresiones de solidaridad con nuestro dolor, llegan – como la suya – al profundo sentimiento de hermandad que hace más llevadero el enorme pesar que nos aflige… Agradezco inmensamente su carta y las amables palabras que destina al recuerdo de mi señora, cuya cariñosa ternura y amor a su pueblo le ha rodeado del hondo fervor que me acompaña en la soledad en que nos ha dejado su partida.»

Menos de cuatro meses después, el 9 de noviembre de 1952, moría Jaim Weizmann. Ante esta noticia, Perón decretó duelo nacional, y en un gesto sin precedentes, ordenó que los Granaderos —el cuerpo de élite que custodia al presidente argentino— realizaran un homenaje dentro de la Sinagoga de la Congregación Israelita Argentina (Templo Libertad), la más importante del país. Las imágenes de este acontecimiento, con la bandera argentina a media asta en el Congreso de la Nación y los granaderos dentro del templo judío, forman un testimonio visual de enorme valor histórico que desafía narrativas simplificadas sobre el primer peronismo y su relación con la comunidad judía.



Una visita clave
El vínculo entre ambos países alcanzaría su expresión más significativa en mayo de 1954, cuando Vera Weizmann visitó Argentina. Durante diez días, la viuda del primer presidente israelí fue recibida con honores de Estado y participó en eventos multitudinarios que demostraron tanto la impronta oficial como el entusiasmo popular. Perón la recibió en audiencia en dos ocasiones distintas, gesto que subraya la importancia que el mandatario argentino otorgaba a esta visita.
Tres fotografías de este viaje resultan especialmente reveladoras: la primera muestra a Vera Weizmann en un Luna Park colmado por 20.000 personas que acudieron para escucharla; la segunda la presenta en el Plaza Hotel pronunciando un discurso con una fotografía de Perón y otra de Itzhak Ben-Zvi (presidente de Israel en ese entonces) a sus espaldas; la tercera, quizás la más simbólica, captura a Vera frente a un retrato enmarcado de Eva Perón en la Ciudad Infantil, uno de los proyectos emblemáticos de la Fundación Eva Perón, en un momento de conmemoración. Este gesto cobraba especial significado considerando que apenas un año antes, Golda Meir, entonces Ministra de Trabajo de Israel, había viajado personalmente a Argentina para expresar su gratitud a Eva Perón por las generosas donaciones hechas a través de su fundación.



Además de estos eventos de alta visibilidad, Vera Weizmann protagonizó un encuentro con el movimiento sionista femenino al que asistieron 800 mujeres y brindó una conferencia en la Facultad de Medicina, recordando su propia trayectoria como médica pediatra. Esta diversidad de actividades refleja cómo su visita trascendió lo meramente oficial para convertirse en un acontecimiento con múltiples dimensiones: diplomáticas, comunitarias, académicas y sociales.
Al concluir su estadía en Argentina, Vera Weizmann dirigió a Perón una carta de agradecimiento fechada el 27 de mayo de 1954: «No podría dejar su hermoso país sin agradecerle por la cortesía que me han extendido usted y el pueblo de Argentina. Fue una experiencia muy interesante que siempre permanecerá en mi memoria». En este mensaje, agregaba una reflexión significativa sobre el potencial rol de Perón en el conflicto regional: «Conociendo su gran amor por la paz y la armonía, quizás me atreva a esperar que el ejemplo de Su Excelencia, de alguna manera, pueda ser satisfactorio para lograr la paz y la amistad en el Medio Oriente para el beneficio de todos».

Dos bosques
La relación entre Argentina e Israel alcanzaría otro momento culminante en enero de 1955, cuando se concretó un intercambio simbólico entre ambas naciones. En Ezeiza, Buenos Aires, se estableció el Bosque Presidente Weizmann, mientras que en las montañas de Jerusalén se plantó el Bosque Presidente Perón. Este gesto recíproco tenía como objetivo dejar una huella viva de la amistad entre ambas naciones, aunque actualmente no se cuenta con información precisa sobre el estado actual de estos espacios conmemorativos.
La iniciativa del bosque en Israel surgió de las principales instituciones del judaísmo argentino: la Delegación de Asociaciones Israelitas Argentinas (DAIA), el Comité Congregacional en Buenos Aires, el Consejo Supremo Sionista y la oficina nacional de la Fundación por Israel en Argentina. Una carta enviada a Vera Weizmann por el Dr. A. Garnot, quien presidía el Consejo de Directores del Fondo Nacional para Israel, detallaba: «El miércoles 26 de enero de 1955, a las 12 del mediodía, se realizará en las montañas de Jerusalén, cerca de la calzada de Sion, una ceremonia para la plantación de los primeros árboles en el bosque que llevará el nombre del presidente de Argentina, el General Juan Domingo Perón».
El mismo documento señalaba que «el Presidente Perón está iniciando la plantación de un gran bosque en Argentina en nombre de nuestro difunto presidente, el Profesor Weizmann, como un acto de sentimientos recíprocos en las relaciones de los dos países».


El significado de este gesto fue comunicado a Vera Weizmann por el diplomático Moshe A. Tov en una carta fechada el 21 de abril de 1955. Tras referirse a su reciente visita a Argentina, Uruguay y Chile, donde había constatado el impacto positivo del viaje de Vera, el diplomatico relataba: «En la audiencia que me concedió el Presidente Perón, durante la cual se expresó claramente las relaciones amistosas que existen entre los dos estados, el Presidente expresó el deseo de dar nueva vida a esas relaciones mediante la dedicación de un bosque a la memoria del difunto Profesor Weizmann. Este bosque, que cubre unas 30 hectáreas en las cercanías de la capital, serviría como evidencia de la comunidad de sentimientos compartidos por ambas naciones en su etapa actual de construcción y creación».
La ceremonia de inauguración del Bosque Weizmann en Argentina fue descrita en otra carta dirigida a Vera, esta vez por Levi Eshkol: «Participamos en la inauguración del gran bosque del Estado de Argentina en honor del difunto Presidente Jaim Weizmann, y descubrimos la placa conmemorativa en el lugar. En la ceremonia, se destacó la presencia del Embajador de Israel, ministros y representantes del gobierno, así como niños de las escuelas judías de Buenos Aires y una gran multitud en el evento». A esta comunicación, Vera respondió: «Agradecemos su cálido mensaje con motivo de la dedicación del bosque Weizmann en Argentina. Por favor, transmita nuestro sincero agradecimiento y aprecio al presidente Perón, su gobierno y la comunidad judía».
Perón y la comunidad judía
A 71 años de la visita de Vera Weizmann a la Argentina, estos documentos e imágenes inéditos no solo nos invitan a reconsiderar un capítulo poco explorado de nuestra historia diplomática: nos obligan a confrontar las narrativas simplificadas que han dominado tanto el relato peronista como antiperonista. Los hechos documentados —cartas originales, fotografías oficiales, decretos presidenciales y testimonios directos— desafían categóricamente las interpretaciones ideologizadas que han prevalecido durante décadas.
Vivimos tiempos donde muchos prefieren abrazar narrativas convenientes antes que confrontar realidades documentadas. El vínculo entre Perón y los Weizmann no es materia de interpretación: quedó registrado en documentos oficiales con sellos presidenciales, se manifestó en decretos de duelo nacional y en aquel momento sin precedentes cuando los granaderos argentinos se apostaron como guardia de honor en una sinagoga. No hablo de teorías sino de acontecimientos.
Este capítulo histórico, llamativamente ausente tanto en los relatos tradicionales argentinos como israelíes, no sólo revela las contradicciones y matices del peronismo frente a la comunidad judía y el Estado de Israel, sino que nos obliga a cuestionar nuestras certezas. Me pregunto cuántos otros hechos importantes de nuestra historia permanecen sepultados bajo prejuicios y simplificaciones absurdas. La correspondencia personal, los gestos públicos de reconocimiento y los espacios compartidos constituyen un testimonio que ninguna retórica partidaria logra invalidar.
Acercarnos al pasado desde la evidencia concreta, más allá de nuestras simpatías ideológicas, representa un compromiso moral para cualquier sociedad que busque entenderse a sí misma. Esto cobra especial valor hoy, cuando la verdad parece haberse transformado en moneda de cambio, manipulada según conveniencias políticas o tendencias en redes.