Inolvidable
Hay algo para rescatar del olvido, algo que será grato recordar. La memoria no es lo dado sino algo a practicar y a ejercer.
Retuve (se perdió hace poco) el color amarillo de la línea 60 de colectivos, que llegó a ser todo un emblema en el paisaje de Buenos Aires y su extensión hacia la zona norte. Recuperé (porque se perdieron hace mucho) el color marrón de la línea 133 y el color anaranjado de la línea 36, en los que parecía alojarse una intención de ser especiales, y no sólo de ser reconocibles. Los autos del pasado (el Citroën 3CV, el Dodge-Volkswagen, el Fiat 128, el Mehari) multiplicaban sus coloridos sin discreción, y hasta con estridencia, en rojos o amarillos o verdes refulgentes (hoy dominan, hasta casi lo absoluto, el negro, el blanco, el gris). Todo eso lo recupero con los “Autos inolvidables” (y con los colectivos) ofrecidos visiblemente a la venta en los puestos de diarios y revistas (que son cada vez menos puestos de diarios y revistas, porque viran cada vez más hacia la condición de jugueterías a cielo abierto).
La pasión por las miniaturas alcanza su clímax en la infancia, como fervor por los detalles y como ilusión de un mundo en escala más abarcable; pero no tiene por qué limitarse (de hecho, no se limita) a los años de la infancia. Otro tanto puede decirse de la afición a coleccionar (“¡Coleccionable!” es de por sí un argumento de venta), donde se forman en buena medida nuestra relación con la totalidad, nuestros impulsos retentivos, nuestras maneras de lidiar con lo difícil de conseguir, con los huecos, con lo que falta.
Eso que ya no puede verse en las calles de Buenos Aires (el 60 de color amarillo, el 36 de color naranja, el 133 de color marrón) se deja contemplar en las miniaturas expuestas en los kioscos de diarios y revistas, o bien en una repisa hogareña. La palabra “inolvidables”, que los anuncia y los ofrece, cobra en eso un sentido muy especial. Porque es probable que pase, al ver el 36 o al ver el 133, que descubramos, no sin sorpresa, que los habíamos olvidado. ¿Qué quiere decir, entonces, “inolvidables”, si ya estaban de hecho olvidados? Al verlos, los recordamos; pero no se trata de un recuerdo de fijeza o permanencia, es un recuerdo que proviene del hondo mundo del olvido. No es del orden de lo indeleble, lo imposible de borrar; es del orden de la tinta limón o cualquier otra escritura invisible, que aparece de la nada, que vuelve desde lo blanco (en el sentido en que decimos que se nos hizo un blanco cada vez que no logramos acordarnos de algo).
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“Inolvidable” no significa entonces, en este caso, que no se puede olvidar, sino más bien que no se debe, que hay algo que hay que rescatar del olvido, algo que será grato recordar. La memoria no es lo dado, existiendo de por sí en relación con lo definitivo, sino algo a practicar y a ejercer (decimos por eso: “hacer memoria”), contra el trabajo incesante y sigiloso del olvido. Es menos una definición que una indicación: no te olvides, acordate. Aplicada a una nimiedad de la vida cotidiana (porque, ¿qué importancia puede tener el color de tal o cual colectivo, hace tanto o tantos años?), esa indicación llega a cifrar, en cierto modo, el sentido de la memoria en un plano más general.
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SumateLa idea de que lo inolvidable es lo imborrable es la más clara, pero también es la más fácil; es la que se enuncia en el bolero de ese nombre (“En la vida hay amores que nunca pueden olvidarse / imborrables momentos que siempre guarda el corazón”). En materia amorosa, sin embargo, creo que hay más sabiduría en la manera en la que Jorge Luis Borges aborda el doloroso asunto de la pérdida de una mujer. No ya la de “La intrusa”, por cierto, a la que los dos hermanos eliminan para poder así dejar de estar pendientes de ella (no lo logran al solamente alejarla: no fue ésa una ausencia suficiente); sino la de Beatriz Viterbo en “El aleph” o la de la Lujanera en “Hombre de la esquina rosada”. Porque entre lo definitivo del amor de Borges y lo definitivo de la muerte de Beatriz Viterbo, está el trabajo del olvido: “Me trabajó otra vez el olvido”, escribe Borges; y más adelante: “Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Beatriz”. Eso que empieza a pasar supone que, de ahora en más, recordarla no habrá de ser sino traerla desde el olvido. Con la Lujanera pasa ni más ni menos que eso. Cuando el narrador dice: “Hay años en que ni pienso en ella”, alude a lo inolvidable como algo distinto al “siempre” de lo “imborrable”. No: no piensa siempre en ella. Por años no ha pensado. Pero eso indica también que, después de años de no pensar, años enteros de entero olvido, vuelve a pensar en ella, y en eso precisamente consiste lo inolvidable. La memoria no trama su red meramente contra el olvido, sino también con el olvido. En más de un sentido, se le opone. Pero en más de un sentido, lo precisa.