Ignacio “Nacho” Levy: “La violencia narcopolicial se desmadró de forma vertiginosa en los barrios populares en el último año y medio”

El comunicador y militante social grita su preocupación y advierte que "se necesitan referentes políticos dispuestos a poner la discusión sobre la mesa".

“No estamos hablando tanto en los medios porque venimos absorbidos por demandas urgentes, que van desde lo alimentario hasta la salud mental, pero de este tema voy a hablar donde sea porque lo necesitamos”. Quienes no están dando entrevistas son los miembros de La Poderosa, una articulación de asambleas populares con presencia en todo el país y en la región, que nació hace 18 años en Zavaleta, barrio popular del sur porteño, en la Comuna 4. De la organización surgió la revista La Garganta, un medio alternativo que busca potenciar la voz de quienes fueron desoídos desde siempre en los medios tradicionales. El que pronuncia la frase en un audio de Whatsapp es Ignacio “Nacho” Levy, referente de esa organización desde sus comienzos. Aunque ahí no lo dice, el plural para los que tienen necesidades parece referirse a los habitantes de distintas zonas postergadas del país en las que hay preocupación por la acelerada expansión del narcomenudeo y su consecuente violencia. En especial, desde la pandemia.

Hay una parte que se reserva, por miedo, por protección, para cuidar a los suyos, con el sólido argumento de que “todas las familias están en riesgo de muerte permanente”. En una larga charla con Cenital, el comunicador y referente social hace una descripción minuciosa de lo que puede contar y alerta sobre la urgencia que requiere el tema. Levy habla con varios dirigentes políticos de relevancia y asegura que, “sin elucubrar livianas acusaciones de connivencia, de mínima, nadie sabe qué mierda hacer” con la problemática, “la esconden o la desestiman, porque todavía no sangra en la clase media”. Dice Nacho: “Por ese camino, incurrimos en una nueva forma del negacionismo, que allana todavía más el camino para esa expansión de la violencia narcopolicial, que creció vertiginosamente durante el último año y medio”.

¿En qué cosas se percibe ese cambio?

En la vida y la muerte, fundamentalmente. Poco a poco, entramos en la lógica inversa a la que tenía nuestra militancia, porque un clásico de La Garganta era pelear la voz en primera persona de cada barrio, para que los análisis de las problemáticas y la inmediatez de las soluciones no quedaran en manos de académicos o profesionales ajenos a la mirada y la diversidad cultural de la comunidad. De algún modo, interpelábamos al periodismo, pero también al mundo progresista, exponiendo que no existen y jamás existieron “los sin voz”. Más bien existían “los sin micrófono, los sin cámara, los sin multimedio”. Pero ahora los voceros de lo que sucede no deberían ser quienes están atrapados en esta lógica que se devora jóvenes y familias enteras, porque lo que pasa no es ni parecido a lo que conocíamos antes de la pandemia. Nadie con medio pie en el territorio puede negarlo. Entonces, resulta inexplicable que no sea tema de ningún noticiero. O no. Hay barrios con tiroteos todos los días, pero todos los días. Acá nomás, eh. Durante todo este tiempo que duró la pandemia, vivimos episodios de violencia feroz de manera sistemática, desde un barril de cemento con un hombre cortado en pedacitos, hasta infinitas noches de tiroteos que no se volvían noticia, porque pareciera no importar el que mata, ni el que muere, cuando sucede adentro de la villa. Y, así como cayeron muchas familias de sectores medios en la cascada socioeconómica que trajo el Covid-19, cayeron lógicamente más quienes ya estaban en la base de la pirámide. Muchísimas familias, que durante toda la vida fueron bastiones de resistencia para el mercado de las drogas, cruzaron esa línea en pos de la supervivencia, arrollando cualquier debate moral.

¿La explicación es económica?

¿Sabés cómo se financia Cenital? El principal sostén de nuestro medio son sus lectoras y lectores. Eso nos pone orgullosos y nos da la tranquilidad necesaria para hacer el periodismo en que creemos. Si te gusta lo que hacemos, sumate vos también a nuestra comunidad.

Es la lectura que hacemos nosotros desde ninguna academia, hablando entre vecinos y vecinas, compañeros y dirigentes populares. Porque no hay ninguna otra variable que pueda explicar esa expansión explosiva de la violencia narcopolicial. Entre todas las dudas que tenemos, hay una que no: preferimos discutirlo ahora que naturalizar semejante negación de la realidad por parte de la clase política, como si los tiroteos en Rosario no se dieran también en esos barrios de clase media que intentaban mantener cautivos de información. Por el camino del negacionismo, el Estado no sólo se vuelve cómplice, se vuelve chiquito, mientras el mercado crece a la par de la violencia.

¿El narcotráfico hoy es más bravo en los barrios populares que en cualquier otro lugar?

¿Te acordás que el coronavirus era mucho más letal en los barrios populares? ¿Y cuánto tardó en llegar a todos? Quizás sirva de referencia. La pandemia narcopolicial le concede a la política poder y gobernabilidad, en todas las esferas de la pirámide social, desde la base del territorio más chiquitito hasta la campaña más mugrienta de la realpolitik, por la prepotencia de su poder económico. Y sí, ese poder negocia fuerte en todos los planos porque su variable siempre, siempre, es la muerte. América Latina toda sabe de qué hablamos, no sólo Colombia, no sólo México. Hace poco estuvimos ahí por el Congreso de Clacso (Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales), donde compañeros de La Poderosa Ecuador tampoco acreditan el crecimiento de la violencia en sus comunidades, mientras la política institucional pareciera no acusar recibo. También Manuela D’Avila transmitió su preocupación en relación a Brasil, donde el progresismo le pide a Lula que incorpore la discusión de las políticas sobre drogas. No está dentro del discurso progresista en general, así como no estaba la inseguridad.

¿Es porque no saben qué hacer con esto?

Algunos no saben, otros no quieren. Y otros lo sostienen. ¿A dónde viste a un gobierno hablando mal de su propia policía? Cuando la “zona liberada” resulta estar a 15 cuadras de la Jefatura de Gobierno, con tres tiroteos por día, la zona no está liberada por la Policía, está liberada por la política.

¿Y qué dicen los dirigentes políticos cuando ustedes lo plantean?

Nadie dice “me chupa un huevo”, pero… a la vista está. No hace falta elucubrar una teoría conspiracionista sobre cómo cierta estructura política resulta financiada por el narcotráfico, porque se hace muy evidente cuando vemos el comportamiento de las policías en el territorio, habilitando la venta de drogas con la misma impunidad que sus jefes políticos habilitan a esas policías. Ahí está la mitad del problema. Y la otra mitad del problema es que nadie propone qué mierda hacer. La gente que yo quiero, la que respeto, la que escucho, a la que le conté absolutamente todo lo que viví en el último año y medio, con toda su capacidad y con todo el amor del mundo, pareciera no saber. Y si miramos a México o Colombia, esto llegó a una escala tan exponencial que a nosotros nos parece totalmente lejana, pero no sé por cuánto tiempo. Andrés Manuel López Obrador, el presidente de México, que venía de la mano del zapatismo y las reivindicaciones históricas de la izquierda, tiene 5.000 desaparecidos en seis meses (N. de la R.: El Registro Nacional de Personas Desaparecidas y no Localizadas señala que son 100.000 desaparecidos en los últimos años y la Comisión Nacional de Búsqueda de Personas dice que una de cada tres personas han desaparecido en la actual administración, es decir, 31.533 desde 2018). Y la izquierda más académica no dice nada, ni lo denuncia, ni lo niega, nada, como si el narcotráfico no fuera el poder, como si ahí no estuviera enlazado el foco del miedo, ahí donde no podés hablar.

¿Alguien ofreció alguna idea, una alternativa?

No escuché ninguna alternativa, fuera de la ficción. Porque los discursos tipo Patricia Bullrich, diciendo “vamos a mandar un tanque de guerra chino a este barrio”, bueno. La primera manera de empezar a revertirlo, mientras discutimos cuál es la solución estratégica de fondo que los iluminados nos puedan dar, es que no haya estos niveles de desigualdad y de invisibilidad. ¿Quién habilita estos niveles de violencia? ¿Quién riega esa dinámica narcopolicial? ¿Y quién elegiría libremente un modelo de vida con riesgo permanente para sus hijos? La condición inherente a la inmensa mayoría de quienes conforman la cultura villera es la imposibilidad económica de moverse de su propio territorio. Y sí, hoy los tiroteos están abajo, por lo mismo que todas las “balas perdidas” se les pierden abajo. A mi ahijado Kevin, de 9 años, lo mataron en 2013 en un tiroteo con 105 disparos de Uzi y de Fal, que son armas de guerra, a 50 metros de una casilla de Gendarmería, con la Gendarmería y la Prefectura de Berni. Lo gritamos, denunciamos zona liberada y visibilizamos cada instancia del juicio, porque ésa era la militancia que imponía la agenda de nuestros barrios, de frente a la represión estatal y muchas veces en detrimento de la política partidaria. Pero esa “zona liberada” de los medios, la justicia y las instituciones, abonó el mercado de las drogas. Y la pandemia lo detonó. Porque hubo un momento que ya no alcanzaba ni para comer en los comedores, y de golpe te quedaste sin escuela, sin trabajo y encerrado en un ambiente de 18 personas. Y ahí desplegó sus alas ese poder económico intergaláctico, que es la verdadera fase superior al capitalismo.

¿Y apareció alguien extranjero con alguna mirada alternativa?

Bueno, celebramos las palabras de Gustavo Petro ante la ONU (N. de la R.: el presidente colombiano dijo en su exposición que “la guerra contra las drogas ha fracasado”) y la victoria que en Colombia tuvieron todos los barrios populares de América Latina porque ahora hay una línea regional. Celebramos que Francia Márquez, vicepresidenta de Colombia, además de hablar de despenalización, hable de una interseccionalidad de políticas públicas que acompañe una alternativa mejor. Además de apoyar el pedido de expansión de las políticas de respaldo a la salud pública para que se atiendan las internaciones involuntarias, hay un debate que tenemos que dar. Cuando Felipe Calderón descabezó los carteles más grandes de México, detonó una guerra múltiple por el poder de cada uno y la pagó caro, humana y electoralmente. Ahí quedó claro que “la guerra contra el narcotráfico” no era más que otra guerra. Y entonces vino la guerra contra la guerra del narcotráfico, pero esa guerra por la paz no puede ser apenas el silencio y la inacción. Sólo en los últimos seis meses, México sumó cinco mil desaparecidos, y nadie le dice a López Obrador que es un traidor, porque es como que vos te enojes con el almacenero para que resuelva el problema de Carrefour. Entonces, en la Argentina, antes de llegar a esa dimensión, tenemos que poder discutirlo, tenemos que poder decir por qué negamos que hay un tiroteo por día en las villas de la Ciudad.

¿Qué está pasando con la militancia en los barrios a partir de esta realidad?

La pandemia transformó la dinámica de la militancia, interpelando de lleno a una generación que venía como una tromba y tuvo que parar a repensarse, en buena hora. A mi parecer, se modificaron favorablemente muchas prácticas de las organizaciones que venían de modelos más caudillistas, reivindicando una sobreexigencia que detonaba los vínculos y los procesos, aun a nombre de causas nobles. En ese sentido, creo que mejoramos, como la inmensa mayoría de la humanidad, cuando aprendimos a valorar la salud mental. Acá, en las tierras de las asambleas populares, donde la vida ya estaba saturada al mango, nunca escuchamos la misericordia de la ciencia, señalando “un panic attack en la villa 31”, o “un burn out en la 1.11.14”. Simplemente, se presentaba como algún “loco de mierda, un asesino, un drogadicto”. En realidad, cuando se aborda el consumo, suelen llevarnos a un escenario de víctimas sin victimarios, como si los alimentos nocivos no tuvieran un productor generando ganancias. De haberlo enfocado así, difícilmente tendríamos ahora una Ley de Etiquetado. Hay pibes que se rescatan de la droga, ejemplos de vida, eso está lindo. Vende, va bien. Pero del verdadero problema no se puede hablar, de los mercaderes de la droga no se puede hablar. Y yo te estoy contando la foto de abajo. Si mirás un poco para arriba, vas a tener que hablar también de los laboratorios, esos que copan todas las tandas publicitarias de todos los canales de todos los palos. Toda esa estructura económica se volvió financista de muchísimas familias pobres que no eligieron ese “rubro”, incluso familias que lo combatieron, pero terminaron atrapadas igual cuando debieron acudir a un prestamista que resultó ser el mismo. Y entonces ahora le deben. Y si no pagan, mueren. Y si mueren, shhh.

¿Puede compararse este momento con algún otro?

No. Allá por inicios de los 2000, cuando nuestro pueblo salió a la calle, bajo el faro doloroso de Kosteki y Santillán, en los barrios había un montón de pibas y pibes que se la rebuscaban como podían, algunos en situación de consumo, otros cartoneando y otros rompiendo reglas, rompiendo todas las barreras de los escrúpulos que culturalmente intentamos imponer. Frente a eso, la moción de la derecha era fortalecer la mano dura, bajar la edad de imputabilidad a los 4 años, pegarles un tiro en la cabeza y ya ni me acuerdo cuántas barbaridades más. Del otro lado, nosotras y nosotros buscábamos contener eso, generar una alternativa, una mejor oportunidad de vida, una recuperación de la autoestima, que pudiera edificar un futuro posible. De ahí nació la cumbia villera, como expresión genuina del arte y la emoción de cualquier esquina, tal como nacieron consignas para interpretarla. “Ningún pibe nace chorro”, imponía de mínima asumir que había muchísimos pibes empujados a esa situación. Y hoy, que la situación económica mata otra vez, no se habla tanto de la inseguridad porque la dinámica narcopolicial cubrió esa vacante. Pero ni el arte ni el progresismo logran todavía codificar ese lenguaje. Estamos muy lejos de encontrar un grafiti que diga “nunca seré un narco”, porque la alternativa, el modelo que se presenta hoy como “salida”, garpa mucho más que salir a robar. ¿Quién lo elegiría? Hacemos todo lo posible para traccionar otro modelo de vida viable, pero de repente un pibe de 20 años te mira los ojos y te dice: “Vos decís que acá me pueden matar, pero acá ya estoy muerto”. O “no quiero que me ayudes a conseguir toda mi vida el arroz que me falta para mis hijos, quiero tener una vida como la tuya”. Y entonces, hay que bajar la cabeza con humildad, para ponerse a construir un modelo superador a este capitalismo absolutamente desbordado que ya ni merece llamarse así. Al desborde del desborde que ya era este sistema de desigualdades, sobreviene el modelo narco, que se impone a fuerza de sangre, fuego y política. Vos me podés decir que este no es momento de discutirlo porque nos come los pies la ultraderecha, pero en la planta baja ya se comieron todos los pies y algunas rodillas. Porque de esto van a hablar muchas mesas familiares de los barrios esta noche. Del dólar soja, el dólar blue o la inflación se habla cuando tenés un mango en el bolsillo, no cuando te están apuntando.

¿Y de esto se habla en asambleas barriales?

La vida comunitaria en los barrios es comunitaria desde siempre. Todos y todas en los barrios sabemos qué problema hay en cada casa. Y sí, hay preocupación por la supervivencia. Todos quieren salir de ahí, pero salir de ahí a una perspectiva con mayores expectativas de vida. Ni el riesgo de morir, ni la certeza de haber muerto, necesitamos un horizonte mejor, porque eso que para unos tan “deshonrosamente” otros están “eligiendo” es la alternativa menos horrorosa que construimos entre todas y todos. Hay que poner eso en dimensión.

¿La policía podría elegir no entrar en connivencia?

Sus jefes la tienen. A nosotros nos llama mucho la atención cómo la clase política se vuelve un solo monstruo, que no se pisa la cola, porque ningún funcionario le dice al otro: “¿Cómo puede ser que tengas un tiroteo por día en los barrios, a pocas cuadras de tu oficina?”. De mínima, no debería ser una zona liberada. Deberíamos saber que hubo un caso donde la garita no negoció, y eso no pasa nunca. Pero no es responsabilidad de la garita, es de la institución policial. Y la institución policial tiene una conducción política. Este modelo hay que discutirlo con la clase política. Nosotros creemos que se puede frenar al narcotráfico con un dique social, no militar, porque toda esa guerra ya fracasó. No redujo la venta, ni el consumo: multiplicó las muertes. Han militarizado los barrios populares desde siempre, para garantizar la subsistencia del negocio. Y sí, el poco poder comunicacional que tenemos lo vamos a usar en vísperas de las próximas elecciones para que, sí o sí, deban hablar.

¿Encuentran algún referente en esta búsqueda?

No naturalizamos las muertes a mano del patriarcado, no naturalizamos la muerte en manos de la policía, no podemos naturalizar la muerte a mano del narcotráfico. No hay nadie que traiga los números de la cantidad de niñas y niños asesinados en conflictos vinculados con las narcopolicías en lo que va del año. Pero con solo mirar a mi alrededor, te puedo afirmar que, realmente, es estremecedor. Si tuviéramos una estadística nacional, que no la tenemos, creo que sería muy fácil para todos y todas tomar conciencia. Y ahora el negocio atrapa también a muchos que están sanos, que no consumen, que se resistieron, que administran mejor y que, administrando mejor, pueden exponerse menos, presentando a ese modelo como algo viable. Yo no creo que sea un modelo viable, creo que debemos construir un horizonte mejor que sentirse muerto o exponerse a una muerte violenta todos los días, pero no estoy dispuesto a simular otro escenario, porque, sino, los responsables de construir ese horizonte siguen jugando en su tablero al costado de la realidad. Justo el otro día Juan Grabois dijo algo que es así: “La mayoría de los funcionarios está en un cumpleaños”. En plan de mover ese avispero, tuvimos muchísimas reuniones, pero las respuestas se parecen más a una palmadita en la espalda que a una hoja de ruta para conducir el camino. De hecho, una de las de las caras más conocidas y representativas de los sectores populares en el marco institucional, hablando de exactamente esto, me decía: “Lo único que más o menos tenemos elaborado es la pelea por la legalización, pero la verdad que lo único que no nos tiran por la cabeza es el mote de narcotraficantes. Y, si salimos públicamente a hablar de esto, lo van a decir”. Los funcionarios, en modo de candidatos, están casi exhortados a pensar en la especulación mediática, porque hace a la imagen pública y eso determina su acceso a las instituciones, desde donde, creen, se cambian las cosas. Y hete aquí entonces, el espiral del silencio.

¿Y cómo es que se dan esas escenas de tres tiroteos diarios?

Cuando hay una zona que está habilitada por la policía durante mucho tiempo y se consolida un espacio de venta, un mercado que funciona, algunos crecen. Y, en todos los niveles, el mercado de la droga ilegal negocia con la misma variable de ajuste, que es la muerte. Por eso, en los países donde crece más que el Estado, mata a dirigentes políticos. Los últimos seis meses antes de las elecciones en las que ganó Gustavo Petro, la preocupación principal no eran las encuestas sino que no asesinaran al candidato porque mataron a un montón de otros que podrían haber sido. De hecho, La Poderosa está en todos los países de latinoamérica y el único donde no pudimos levantar una bandera es en Colombia.

¿Por qué ninguna de las consignas de las fuerzas de seguridad corre riesgo?

¿Sabés los arreglos millonarios que hay? Nosotros hicimos control popular de las fuerzas de seguridad, fuimos a la ONU a presentarlo. Lo más normal del mundo era que decomisaran la droga y después la vendieran. O que te hicieran un allanamiento en tu casa porque, supuestamente, se equivocaban la dirección del pasillo. Un cachivache. Y en pandemia, se multiplicaron las secuencias que incluyen sicarios, entonces un conflicto muy menor, que muchas veces ni siquiera es uno de los que desataría un tiroteo, también desemboca en la muerte.

¿Alguien les habla de esto a los políticos que se acercan a los barrios?

Eso era antes de la pandemia. Ahora muchos vecinos no quieren que se hable, porque tienen miedo o porque no hay un plan de salida mejor. Pero hay que poder traccionar un horizonte mejor y, para eso, hay que poder decir lo que pasa. Con mucha dificultad, porque cada palabra es un eventual riesgo. Y sí, es una discusión que venimos dándonos, con mucho cuidado de hasta dónde podemos mover qué pieza para poder decir que muchas familias están optando de frente a las alternativas que hay, sin dejar de soñar una mejor. Antes era: cómo hacemos para representar, organizar, acompañar a las familias que no pueden o no saben enfrentar al “narcotráfico”, pero hoy están también las que no quieren, porque aquello que muchos llaman “guerra contra el narcotráfico, en favor de las familias”, es empoderar a las narcopolicías que lo regentean, en supuesto detrimento del mercado ilegal de drogas, que hoy sostiene también a muchas de esas familias. Y en ese punto, se abre paso un proyecto de regulación del cannabis en Argentina, que considera también la necesidad de generar fuentes de empleo.

¿Hay consenso en que esto preocupa?

Claro, porque todas las familias están en riesgo de muerte permanente. No hay que creer en la fantasía de que alguien la está pasando bien, en un barrio donde lo más probable en cualquier momento es que maten a un hijo tuyo. Si preguntás en el barrio que quieras, a cualquier persona, si tiene hijos o sobrinos muertos, te vas llorando a tu casa. Pero hay que entender que este no es un modelo de comodidad para nadie y que poder decir que hemos llegado a esto no puede representar un castigo mayor a las consecuencias de nuestro propio flagelo. La política no tiene ningún gesto de compromiso con el propio cuerpo que le permite ganar legitimidad sensata en el barrio. ¿Qué persona en su sano juicio podría elegir un modelo de financiamiento, por más que te parezca acaudalado o escaso, que implica como variable permanente el riesgo de vida de tus propios hijos, padre, hermano? Una transacción con uno te salió mal y aparecen tres muertos. No hay nadie que esté ajeno a la muerte dentro del mercado de las drogas ilegales. Y no queremos que la salida sea ésta, pero no hay nadie discutiendo la salida. Yo no voy a decir que nosotros tenemos la receta, pero cuanto más tarde hablemos de esto, tendremos un peor escenario. Y en Rosario ya podemos verlo. Cuando el pacto es el silencio, hay que romperlo.

Me siento periodista desde antes de terminar la escuela, cuando colaboraba en programas de Rock & Pop y Supernova. Trabajo en Información General; salud y educación son mis temas preferidos. Hice tele de chica y madrugué siete años para el aire de Metro. Hoy soy conductora de Ahora Dicen en Futurock. Trato de no ser tan porteñocéntrica.