Hantavirus en un crucero: el experimento accidental

Un brote dejó tres muertes y decenas de contagios. La sensación de que el mundo aprendió sobre epidemiología y casi nada sobre cooperación.

En la Patagonia el hantavirus no es una amenaza desconocida. Cada año, entre noviembre y marzo, se refuerzan las recomendaciones: ventilar lugares cerrados antes de entrar, tener cuidado al barrer, desinfectar con lavandina y —especialmente en los años de floración masiva de caña colihue— extremar precauciones en zonas de pastizales y cañaverales por el virus que transmite el ratón colilargo, que con sus ojitos negros y diminuto tamaño lejos está de horrorizarnos.

Quienes crecimos en Bariloche conocemos las precauciones, incluso si no siempre dimensionamos su importancia. Las consecuencias de una infección comienzan con fiebre, escalofríos y dolores musculares, nada demasiado fuera de lo común. Pero esos primeros síntomas, que pueden confundirse con una gripe inesperada en pleno verano, muchas veces son engañosos: en cuestión de horas aparece la falta de aire, los pulmones comienzan a llenarse de líquido y el cuerpo entra en un colapso difícil de revertir. Este Síndrome Pulmonar por Hantavirus tiene una tasa de mortalidad que puede alcanzar a más de la mitad de quienes desarrollan la enfermedad.

Tuve que leer dos veces cuando me llegó la noticia del brote de hantavirus a bordo del MV Hondius, un crucero de exploración de bandera neerlandesa. El 1 de abril la nave zarpó desde Ushuaia y apenas cinco días después el primer pasajero comenzó a manifestar síntomas. Murió poco tiempo más tarde en lo que la tripulación catalogó inicialmente como un fallecimiento por causas naturales. La verdadera magnitud del episodio recién empezó a hacerse evidente hacia fin de mes, cuando la esposa de esta primera víctima murió en un hospital de Johannesburgo. Días antes había desembarcado sin síntomas en la isla de Santa Elena junto al cuerpo de su esposo fallecido, pero debió ser evacuada de urgencia de un vuelo tras sufrir una descompensación.

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Con una tercera muerte a bordo a principios de mayo y la cepa Andes del virus finalmente identificada tras una parada en Cabo Verde, la nave se dirigió hacia las Islas Canarias y el 10 de mayo, en Tenerife, se inició el desembarco final. A medida que España coordinaba con 22 países la repatriación de las 147 personas a bordo, el número de casos positivos seguía aumentando.

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Cada vez que un virus llega a las noticias se nos activa el reflejo propio de los años recientes, el encierro, la “nueva normalidad” y todo eso. Pero el hantavirus no es otro coronavirus. Fiu.

Un virus diferente

Para empezar, salvo por esta variante, el hantavirus generalmente no se transmite entre humanos. Pero incluso en estos casos excepcionales sigue siendo un virus sumamente torpe para sostener el ritmo de contagios necesario para una pandemia. Por motivos parecidos, una pandemia de ébola también sería improbable: paradójicamente, cuando una enfermedad contagiosa mata demasiado rápido suele ser una mala candidata para expandirse a escala global.

A diferencia de otros virus respiratorios que se transmiten fácilmente al hablar, toser o respirar, el hantavirus infecta células en las profundidades del tejido pulmonar y de los vasos sanguíneos, dificultando enormemente que las partículas virales vuelvan al aire al exhalar. En cambio, el contagio suele requerir contacto físico estrecho y prolongado, limitando la transmisión principalmente a trabajadores de la salud, convivientes y parejas.

El episodio del crucero, entonces, no representa el prólogo de una nueva pandemia. Pero sí ofrece algo mucho más extraño: una suerte de experimento accidental. Por motivos que no vienen al caso, no parece plausible —ni probablemente legal— la transmisión de un reality show cuyo argumento consista en “150 participantes, una cepa patagónica de un extraño virus respiratorio y una oportunidad científica inigualable, este domingo en Telefe”. Sin embargo, reconstruir la forma en que el hantavirus logró transmitirse a bordo podría ayudar a entender mejor la dinámica de transmisión de un patógeno poco estudiado, especialmente en condiciones tan controladas.

La cepa Andes

El último brote contagioso de hantavirus también tuvo como protagonista a la variante Andes, que produjo una serie de contagios entre finales de 2018 y principios de 2019 en la localidad de Epuyén. Pero este episodio presentaba una limitación metodológica difícil de evitar: establecer la cadena exacta de transmisión.

En aquellos casos era prácticamente imposible descartar de forma definitiva la sospecha de que el contagio se hubiera dado simultáneamente al compartirse la exposición directa a las partículas virales aerosolizadas, originadas en la saliva, heces u orina del ratón colilargo, en oposición al contagio entre personas. Al tratarse de un ambiente literalmente aislado, el entorno del crucero funciona como un ecosistema estéril donde puede descartarse con seguridad cualquier intromisión de ratoncitos mortíferos.

Tal como detalla Katherine J. Wu, en esta oportunidad los infectólogos pueden mapear el contacto entre desconocidos y así evaluar empíricamente si el virus se diseminó mediante la suspensión de gotas microscópicas de saliva en salones comunes o a través del contacto repetitivo con superficies y utensilios. Esto último es particularmente relevante cuando consideramos que los hantavirus logran sobrevivir y mantener su capacidad infecciosa hasta diez días a temperatura ambiente, lo que les facilita el salto entre huéspedes sin que necesariamente coincidan físicamente.

A esta altura deberíamos saberlo de taquito: cada nuevo contagio funciona como una ruleta evolutiva. Al contar con su ARN fragmentado en tres segmentos independientes, este virus posee una flexibilidad biológica enorme para recombinarse y adaptarse. Cada vez que logra infectar a una persona distinta, tiene oportunidad de mutar en favor de mayores herramientas que afinen su capacidad de propagación.

Una oportunidad de estudio

La extracción, aislamiento y secuenciación meticulosa de las muestras obtenidas de los pasajeros enfermos representan una oportunidad prácticamente única para corroborar si la cepa actual presenta variaciones preocupantes respecto de las versiones conocidas en la Patagonia. No existe aún una vacuna homologada contra la variante Andes, por lo que el único tratamiento es el soporte vital en unidades de cuidados intensivos.

La buena noticia es que si algo maravilloso supo dejarnos la última pandemia fueron las vacunas de ARNm, y afortunadamente la configuración proteica del hantavirus lo ubica como un gran candidato para el desarrollo de una protección basada en esta tecnología.

La mala es que a pesar del triunfo indiscutido de esta tecnología, las decisiones presupuestarias recientes en Estados Unidos y los inmensos recortes económicos sobre esta misma línea de investigación prácticamente paralizaron la infraestructura necesaria.

La oportunidad médica y científica de dar con una vacuna para el hantavirus requiere de la orquestación de operativos sin interferencia diplomática ni ocultamientos estatales. Y, sin embargo, la respuesta fragmentada de los países y la notable falta de capacidad punitiva de la OMS, ahora incluso debilitada por la caprichosa moda de ciertos países de abandonarla, visibilizan problemas sistémicos que hubiera sido fantástico dejar atrás la última vez que un virus supo darnos un buen susto.

Por ejemplo, la resistencia inicial de Cabo Verde a permitir el desembarco humanitario nos recuerda que, cuando un virus asoma, la solidaridad multilateral puede colapsar ante la seducción del proteccionismo nacional.

Trabajar juntos

Lograr el aislamiento obligatorio y dar seguimiento al contacto estrecho entre pacientes exige una colaboración y un rigor comunicacional sin defectos. Como argumenta Caitlin Rivers, y como ya sabemos, la contención efectiva de un virus requiere no solo de una transparencia impecable sino también de una excelencia operativa difícil de alcanzar.

Las consecuencias de no sostener esa exigencia operativa no suelen hacerse esperar. Apenas días después de la evacuación, 12 trabajadores de un hospital en Países Bajos debieron ser aislados tras incumplir los protocolos de bioseguridad al tratar a los pasajeros contagiados.

El accidental experimento epidemiológico de este brote de hantavirus no se limita, entonces, a los modos en que puede evolucionar un escurridizo patógeno sino también a la prueba de qué tanto aprendimos de la última vez que hubo que declarar una emergencia sanitaria.

El panorama no es demasiado alentador. Tenemos el conocimiento biomédico para lidiar con el hantavirus y desarrollar nuevas vacunas de ARNm, pero nos falta el apoyo político y económico para hacerlo realidad. Acumulamos lecciones recientes de resiliencia global, pero perdimos la voluntad de cooperación internacional para aplicarlas. Quizá lo único que podamos hacer es pensarlo dos veces antes de subirnos a un crucero.

Investiga sobre el impacto político y social de la tecnología. Escribe «Receta para el desastre», un newsletter acerca de ciencia, tecnología y filosofía, y desde 2017 escribe «Cómo funcionan las cosas», un newsletter que cruza ciencia, historia, filosofía y literatura desde la exploración de la curiosidad.