Grupo G: hagamos el Mundial y no la guerra

Irán concentrará en México pero jugará en EE.UU., el país que amenazó con aniquilarlo. Nueva Zelanda y Egipto serán sus rivales. Bélgica, el candidato.

Queridísimo Zequi,

Si vamos a hablar del grupo G, tengo que empezar por Irán. Jafar Panahi es un director nacido en Mianeh, a 400 kilómetros de Teherán, cuya talla excede su enorme talento como cineasta. Su última película, Fue Sólo un Accidente, ganó la Palma de Oro en Cannes en 2025. Trata sobre un expreso político que cree encontrarse con su torturador y sobre los dilemas del plan para secuestrarlo y vengarse: desde confirmar su identidad hasta la ejecución de la venganza. Se distingue ahí una metáfora evidente sobre un régimen al que veía agotado y sobre las posibilidades -y la necesidad- de su reconstrucción.

“Este régimen ya cayó” declaraba en enero, mientras recogía premios, hablaba en festivales, y sufría una nueva sentencia de prisión en su país por hacer propaganda en contra del gobierno. “Falló política, económica, ideológica y hasta ambientalmente. Lo que queda es una cáscara que veremos cuánto dura”, señalaba.

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Panahi representa a una de las dos almas que se disputan a Irán. La suya es la de una sociedad civil extendida, plural y cosmopolita, de cineastas, poetas y rebeldías. La otra es la del fervor religioso fanatizado y la exportación de la ideología teocrática. Esta última es más conocida y controla el gobierno desde 1979, cuandose estableció una república teocrática — una contradicción por la que existen instituciones electivas fuertemente condicionadas por las decisiones de los clérigos — .

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Tras la revolución que derrocó la dictadura del Shah, los islamistas se impusieron a sangre y fuego sobre los comunistas y otros sectores laicos y reformistas que habían sido parte del movimiento. Fue la primera de varias grandes matanzas y persecuciones que acompañaron la consolidación del Régimen: la imposición de un alma sobre otra. En 1988, el Líder Supremo ordenó la ejecución de opositores de una izquierda secular e islámica. Entre 2500 y 5000 personas fueron asesinadas. En 2009, 2019 y 2022, todos los desafíos al poder también fueron respondidos con represiones feroces y cientos de muertos. En la última, la movilización de las mujeres, en 2022 dio la vuelta al mundo. Antes, el movimiento verde ya había mostrado una juventud — sobre todo entre la clase media de Teherán — activa y ubicada en la vereda de enfrente de la retórica oficial.

El islamismo iraní — además de aportar cohesión interna — fue un producto de exportación con el que pudo proyectar influencia en un mundo árabe que siempre miró a los persas con desconfianza. Los eslóganes que impulsan la “muerte a los Estados Unidos” o “la desaparición del Estado de Israel” les sirvió para garantizarse un lugar como potencia regional “de la resistencia”. Lo mismo ocurre con su identidad chiíta — mayoritaria entre los persas, pero minoritaria entre los árabes — . Desde ese lugar construyó una red de aliados entre los que están Hezbollah en Líbano, Hamás en Palestina, los hutíes en Yemen, las milicias chiitas iraquíes y, hasta hace poco, el gobierno de Bashar al Assad en Siria. Así logró convertirse en un actor indispensable y temido en la región con el que todos debían negociar — al menos en forma oblicua — pero al que temían enfrentar.

A ello sumó un sofisticado programa de misiles balísticos y un programa nuclear fácilmente transformable para fines bélicos. Un esquema que, se suponía, preservaría el orgullo nacional de potencia regional y permitiría mantener a raya a los enemigos estadounidenses e israelíes.

Esa arquitectura, sin embargo, parió sus propios problemas. La economía iraní arrastra años de sanciones, alta inflación y bajo crecimiento. Esto la deja en evidencia en el contraste tanto con los ricos países petroleros del Golfo, como con otros fronterizos incluso menos desarrollados como Turquía — que con una relación mucho menos antagónica con occidente hoy supera a Irán en cualquier métrica de nivel de vida y riqueza — .

El Régimen perdió legitimidad entre sectores amplios de la sociedad, especialmente entre jóvenes de sectores urbanos, mujeres, clases medias educadas y las distintas minorías que son casi un tercio del país. En el marco de las privaciones económicas que atravesaba su población, prosperó la idea de que los recursos que no aparecen para la ciudadanía, sí están para destinarlos a sus aliados peleando conflictos en el extranjero.

Como si fuera poco, su red de influencia se debilitó severamente luego de los ataques terroristas del 7 de octubre de 2023, que terminaron con cualquier tipo de política de autocontención israelí. Hamás debilitado como nunca por la devastación de Gaza; Hezbollah derrotado en unos pocos días tras la guerra de 2024 en Líbano; Al Assad derrocado en Siria y; en junio pasado, la primera guerra directa entre Irán e Israel que expuso su espacio aéreo totalmente permeable a los bombardeos.

Lo que se ve es un gobierno impotente, demasiado parecido a la cáscara de la que hablaba Panahi. Incapaz de garantizar ni el bienestar económico, ni la seguridad en cuyo altar lo sacrificó. En ese marco, en diciembre del año pasado estallaron movilizaciones en cientos de ciudades. La represión fue salvaje. El propio gobierno reconoció no menos de tres mil muertos. Las organizaciones de derechos humanos más confiables denunciaron cerca de diez mil y los testimonios de los médicos dan cuenta de una matanza indiscriminada.

Hasta enero de 2026, hubiera imaginado que la coyuntura podía volver a colarse en posibles signos de rebeldía de los jugadores iraníes, como los que había escenificado la selección femenina. La guerra de febrero, lanzada unilateralmente por Estados Unidos e Israel mientras transcurría una negociación por el programa nuclear cambió todo.

La agresión extranjera es un unificador potente. Eso pasó en 1980 tras la invasión del territorio iraní por el Irak de Saddam Hussein. El nuevo ataque de este año fue respondido poniendo el foco en las infraestructuras de gas y petróleo de otros países de la región — como Catar, Arabia Saudita y Emiratos Árabes — , y negando el acceso al estrecho de Ormuz, por donde pasa el 20% del petróleo que se comercia.

Irán encontró un modo de condicionar al mundo más efectivo — y más barato — que las milicias aliadas y, al mismo tiempo, su Estado volvió a mostrarse en condiciones de resistir una invasión extranjera. Difícilmente una sociedad se rebele bajo las bombas extranjeras. Las fracturas no se cierran, pero sí se suspenden. Máxime cuando se percibe un interés extranjero en colapsar al propio estado y sumirlo en el caos.

Jafar Panahi volvió a Irán en marzo, antes de que se iniciara la tregua con los Estados Unidos. Los jugadores irán al país que los agredió con la guerra atravesada en el alma. Muchos de ellos cargan también con sus propias grietas, entre el orgullo del país que representan y el gobierno que lo conduce. Otros, como Mehdi Torabi, no tienen contradicciones.

La última película de Panahi antes de la condena y prohibición de filmar se llama Offside. Es una comedia que trata sobre un grupo de chicas muy jóvenes que se disfrazan de varones para intentar sortear la prohibición contra las mujeres de asistir a los estadios. Es 2006, e Irán se juega la clasificación al Mundial frente a Uzbekistán. Filmada clandestinamente, en el contexto real, la película termina con Teherán completa fundida en un festejo que incluye desde las chicas hasta los guardias islamistas destinados a impedir su ingreso al estadio.


Estimadísimo Martín:

Ya que hablás de Irán, yo también tengo unas historias para contarte.

Mehdi Taremi se mantuvo en el chat del equipo. Mandaba buenas ondas y actualizaba un poquito su derrotero a 12 mil kilómetros de distancia del lugar donde debía estar.

En el primer semestre de 2025 su equipo, Inter de Milán, había brillado pero se había quedado con las manos vacías. El fuego de haber limpiado en cuartos de final de la Champions League a Bayern Munich y en semis al Barcelona se había apagado. El 31 de mayo, la final en el Allianz de Munich había terminado en un vapuleo del PSG por 5–0. Repito, aunque estruje el corazón: una final, 5–0.

Taremi era alternativa en ataque de Lautaro Martínez y de Marcos Thuram en el cuadro de Milán, pero poco antes del nuevo torneo de la FIFA, había tenido que viajar a Teherán por las eliminatorias de Asia. La Operación Martillo de Medianoche, lanzada por EE. UU. contra la capital iraní en esos días, cerró el espacio aéreo del país y le impidió volar para sumarse a sus compañeros. El delantero agarró un auto, manejó unos mil kilómetros y se afincó en Bushehr, su ciudad natal, a esperar que todo se aplaque.

A Taremi luego lo fichó el Olympiacos de Grecia. Catorce goles convirtió, con actuaciones impresionantes. En el medio, flotó el rumor que debió desmentir su representante. Se decía que dejaría el fútbol para alistarse como soldado en la defensa de su país. De joven, el delantero había realizado el servicio militar. Esa condición le complicaba el visado para ingresar a Estados Unidos, pero la FIFA se ocupó de garantizar su acceso.

Casi todo el plantel de la Selección juega en la liga local. Hay excepciones. Alireza Jahanbakhsh, uno de sus compañeros de ataque, está en el Heerenveen de Países Bajos. Ehsan Hajsafi, en AEK de Grecia. En 2019, Taremi dio su salto a Europa. La recomendación le llegó de Carlos Queiroz, portugués que condujo a Irán desde 2014 a 2019. “No pienses siquiera en el dinero, para ser mejor tenés que ir a otras ligas”, le propuso. Río Ave y Porto de Portugal, Inter de Italia y Olympiacos de Grecia serían sus destinos siguientes.

El Mineirao explotaba. En 2014, la cotización del peso argentino estaba todavía cerca del real brasileño. Había posibilidades hasta de ir en auto. En el segundo partido de la Selección de Alejandro Sabella reinaba un clima hermoso. La expectativa emborrachaba. Delante, una roca. Solo se destrabó en los últimos instantes en que Lavezzi le pasó la pelota a Messi y uno y dos y tres y cuatro y cinco toquecitos para que el rival se hallara en bolas y el 10 argentino le rompiera el arco a Irán. Había costado y mucho.

Si bien la primera participación de Irán en mundiales ocurrió en 1978 — continuando en 1998 y en 2006 — , la conducción de Queiroz le abrió la puerta al fútbol iraní para llegar, con esta, a cuatro clasificaciones al mundial consecutivas. La dirigió en tres de esas Copas del Mundo (2014, 2018 y 2022).

Queiroz ya no está en el mando, pero dejó la tradición del juego defensivo y la organización colectiva. Amir Ghalenoei ahora conduce a Irán. Su carrera es lo opuesto a la de Taremi: sus 16 etapas como entrenador se dieron dentro de su país, incluido un 2006/2007 en la Selección.

Aunque el planeta sea diverso, hay características que se comparten: una es que todo hincha critica a su técnico. Esta no es la excepción. Lo que sí es poco habitual es que un entrenador se caliente y no sólo despotrique contra los medios, sino que pida públicamente que censuren algunas opiniones.

La liga local estuvo frenada a finales de febrero por los bombardeos. Las dudas sobre el Mundial resultaban grandes. Pero todo se resolvió con una mudanza del destino elegido para la concentración: de Arizona (EE. UU.) a Tijuana (México). En tierras aztecas no hay problemas de visados y la FIFA garantiza que todos los futbolistas registrados puedan viajar para jugar. A ellos les tocará ir a Los Ángeles para enfrentar a Nueva Zelanda y Bélgica; y a Seattle para cruzarse contra Egipto.

Taremi palpita esta vez poder llegar. La preparación ocurre en Turquía. “Es la voluntad de Dios que juguemos este Mundial”, declaró Ghaleonei cuando le consultaron si irían. Costó y costará, pero la Selección de Irán pisará Estados Unidos.

El grupo parece tener un líder indiscutido: Bélgica. Irán y Egipto van a pelear fuerte por pasar a dieciseisavos. No le tengo fe a Nueva Zelanda, qué decirte.

Perdón y gracias, Zequi.


Yo agoté todo nuestro espacio con un sólo país, Zequi. La guerra hizo imposible otra cosa, por más que digan que el fútbol no tiene nada que ver con eso. Me quedaron apuntes que tendremos que guardar para otra Copa: como la intersantísima cuestión sobre si Bélgica es realmente un país o son dos unidos por Bruselas; como el ascenso y la caída de la primavera democrática egipcia; o la liquidación del estado de bienestar en Nueva Zelanda por un gobierno laborista. Por lo demás sí, comparto el pronóstico sobre los equipos que van a pelear el paso a la siguiente fase, aunque tengo un mal augurio para Egipto.

Che, antes de cerrar te quería contar que me están llegando respuestas de la gente que nos lee en Cenital. Tiran buena onda, pero ninguno se anima a arriesgar resultados. ¿Se los estarán guardando para competir en el PRODE y quedarse con los viajes de avión? En fin, la seguimos el jueves.

Un abrazo

Martín

Cuando estoy triste, cierro los ojos y me imagino en un estadio. El fútbol es un medio de comunicación. Aprendí a escribir leyendo periodismo deportivo y a sumar armando el Gran DT. No es que el resto no me importe, es que el resto cabe dentro de una pelota. Soy periodista desde 2009. Soy analista de fútbol desde 2021.

Es abogado, especializado en relaciones internacionales. Hasta 2023, fue subsecretario de Asuntos Internacionales de la Secretaria de Asuntos Estratégicos de la Nación. Antes fue asesor en asuntos internacionales del Ministerio de Desarrollo Productivo. Escribió sobre diversas cuestiones relativas a la coyuntura internacional y las transformaciones del sistema productivo en medios masivos y publicaciones especializadas. Columnista en Un Mundo de Sensaciones, en Futurock.