Habían nacido los Montoneros

El 29 de mayo de 1970, la organización peronista tuvo su debut público en un momento crucial para la Argentina. Fue a través de un hecho que marcó la historia de la política argentina: el secuestro del expresidente de facto Pedro Eugenio Aramburu.

El viernes 29 de mayo de 1970 el expresidente de facto, Pedro Eugenio Aramburu, fue secuestrado de su domicilio en Capital Federal. Que no tengamos una película canónica sobre este evento evidencia que en Argentina no sobra cine. Falta.

Un Peugeot 504 blanco estacionó en la calle Montevideo, entre Santa Fe y Marcelo T. de Alvear, exactamente en la puerta de la casa de Aramburu. Del auto bajaron tres militares y un cuarto, el chofer, le pidió permiso al encargado para quedarse estacionado un momento. El encargado, al ver los uniformes, accedió. Los jóvenes militares tocaron el timbre del octavo piso e ingresaron al edificio. Al departamento de Aramburu llegaron dos: un capitán y un teniente primero. El restante hacía guardia en otro piso.

Mientras el general terminaba de bañarse, su mujer les ofreció algo para tomar. Los estaban esperando. Uno de ellos se había comunicado con Aramburu para ofrecerle custodia, que llamativamente no tenía. Abajo, en la calle, una mujer rubia de reflejos en el pelo, bien vestida y algo pintarrajeada, permanecía parada y fumando en la puerta del edificio. Había bajado de otro vehículo, una camioneta Chevrolet que estacionó sobre la entrada del garage del colegio Champagnat. De esa misma camioneta bajó un cura y un policía, que tuvo que ordenar un poco el tránsito porque la calle estaba cortada en un sector por obras. Un Fiat 600 quiso entrar al estacionamiento y el policía le negó el paso. Se fue insultando. Un celular de la policía dobló por Montevideo y se acercó a paso de hombre. El mismo policía le hizo la venia y el chofer del patrullero contestó igual. Siguió camino sin frenar.

Arriba, en el octavo piso, Aramburu salió de bañarse y se unió a los dos jóvenes militares. Tomó café con ellos. El capitán llevaba la charla y le reiteró el motivo de la visita que le había adelantado por teléfono. Aramburu les agradeció la oferta de custodia y le descubrió un acento.

–Usted es cordobés.

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Adivinó. Terminaron el café y el teniente primero, que no era cordobés, cambió el tono amable de la charla por la primera directiva.

–Mi general, usted viene con nosotros.

Cerca de las nueve de la mañana, salieron por la puerta de Montevideo. Salvo Aramburu, nadie era lo que aparentaba ser. El capitán que le pasaba un brazo por encima del hombro era el oficial montonero Emilio Maza. El uniforme lo había comprado en una sastrería militar de Avenida de Mayo. Del otro brazo, apaciblemente, lo tomaba Fernando Abal Medina, que lucía un traje prestado por un oficial retirado peronista. Debajo del traje llevaba una metralleta. El uniforme le quedaba ostensiblemente grande y había sido ajustado por la mujer rubia, con claritos, algo pintarrajeada, que vigilaba la puerta del edificio de Montevideo. Era Norma Arrostito.

Ella había llegado en la camioneta Chevrolet de contención que manejaba Gustavo Ramus. En el asiento de atrás iban un cura y el policía que había ordenado el tránsito. Era Mario Firmenich. A su lado había dos metralletas, algunas granadas y una pistola. Eran, todos ellos, militantes de la organización revolucionaria Montoneros. Y no le estaban ofreciendo custodia a Aramburu sino llevando a cabo el primer tramo del Operativo Pindapoy. Fuera del auto, el gobierno de Onganía festejaba su último Día del Ejército. Había movilizaciones en el país por el primer aniversario del Cordobazo. Si lograban llegar a destino y publicar el primer comunicado, tendrían el primer objetivo cumplido: el lanzamiento público de la organización. Habían nacido los Montoneros.

Cerca de la Facultad de Derecho se pasaron del Peugeot blanco a la camioneta de contención. Aramburu, para más desconcierto, subió atrás donde se encontró con un policía y un cura que comenzaban a cambiarse de ropa. Cerca de Aeroparque hicieron el último cambio a una camioneta Gladiator, que tenía un toldo y unos fardos de pasto en la caja para disimular. Corriendo el fardo había una pequeña puerta por la que entraron Fernando Abal Medina y otro militante montonero más junto a Aramburu. Adelante irían Ramus y Firmenich, todavía vestido de policía.

El destino final era la estancia La Celma, en Timote, provincia de Buenos Aires. El lugar, a 400 km de la Capital Federal, pertenecía a la familia de Gustavo Ramus. Un viaje que hubiera durado unas cuatro o cinco horas duró ocho. Había sido planeado para no entrar en ningún pueblo, ni usar las rutas principales ni cargar nafta. El taxi, que los seguía a distancia prudencial, un Ford Falcon a nombre de Mario Firmenich, les proveería alimento y combustible.

Armas encontradas en La Celma

Cerca del mediodía la radio informó del secuestro. A eso de las seis de la tarde, la camioneta Gladiator entró a la estancia y el taxi se volvió a Buenos Aires. Ramus debía distraer al capataz de la familia, el vasco Acebal, mientras sus compañeros metían a Aramburu en la casa del casco de la estancia. La casa del capataz estaba casi pegada. Cuando Fernando volvió de distraer al capataz, se sentó junto a Aramburu en el dormitorio en el que lo habían encerrado.

–General Aramburu, usted está detenido por una organización revolucionaria peronista, que lo va a someter a juicio revolucionario.

–Bueno –respondió Aramburu, que recién terminaba de comprender lo que sucedía.

No era el primer operativo de Montoneros pero sí el primero que reivindicarían públicamente, como organización. Conocemos los detalles, diálogos y circunstancias del secuestro de Aramburu por dos de sus protagonistas. El 3 de septiembre de 1974, la organización Montoneros publicó el último número de la revista La Causa Peronista, antes de pasar a la clandestinidad. El título de tapa era “Mario Firmenich y Norma Arrostito cuentan cómo murió Aramburu” y ese título es suficientemente descriptivo para entender de qué va. Pueden ver la edición completa de la revista aquí. Se cuenta, en la crónica, que había fotos del operativo, del secuestro y de la ejecución que había sacado el propio Abal Medina. Pero el rollo se rompió en el viaje de vuelta desde Timote.

La elección del objetivo no había sido azarosa. Aramburu era una figura central del antiperonismo, presidente de facto de la Argentina entre 1955 y 1958 durante la Revolución Libertadora y responsable de la propuesta de “desperonización”. El decreto 4161 de 1956 que prohibía, entre otras cosas, mencionar la palabra Perón llevaba su firma. El decreto de fusilamiento de Juan José Valle, también. Bajo su ley marcial se produjeron los fusilamientos de José León Suárez. Fue, y esto será importante en esta historia, uno de los responsables del robo del cadáver de Eva Perón. Pero hacia 1970 su figura representaba también otra cosa. El gobierno de Onganía llevaba ya cuatro años, tras haber derrocado a Illia en 1966, y Aramburu significaba una válvula de escape al régimen. La posibilidad de un acuerdo con el peronismo moderado.

Que Aramburu fuera una salida “moderada” al régimen, por estrambótico que suene, tenía verosimilitud al menos para los actores de la época. Vaya un ejemplo. Durante esos días se había estrenado en Buenos Aires la película Z, de Costa Gavras sobre el golpe de los militares griegos (ver). Ir a ver esa película se había convertido en un acontecimiento opositor al régimen. Se formaban filas en los cines y los espectadores aplaudían al terminar la función. De uno de esos aplausos participó Aramburu, que fue a ver la peli, cuentan Eduardo Anguita y Martín Caparrós en La Voluntad (leer).

En la estancia La Celma nadie creía en esa moderación cuando comenzó el juicio revolucionario el sábado 30 de mayo. O creían y sostenían que eso era un problema para el peronismo. El grupo que quedó en la estancia estaba comandado por Abal Medina, junto a “otro compañero” (la revista buscaba preservar algunos nombres) y Firmenich. Ramus iba y venía continuamente a Buenos Aires. El juicio revolucionario comenzó enseguida. El primer cargo fue el fusilamiento de Valle y los militares sublevados el 9 de junio de 1956. Le leyeron sus propios decretos y las crónicas de los fusilamientos de civiles en Lanús y José León Suárez. Aramburu respondió que habían hecho una revolución y que cualquier revolución fusila a los contrarrevolucionarios. No sabía que estaba señalando su propio destino.

La segunda acusación era sobre el presente. Montoneros sostenía que Aramburu preparaba un golpe contra Onganía para darle una salida institucional al régimen. El secuestrado lo negó una y otra vez. Los interrogatorios estaban siendo grabados. Cuando se apagó el grabador, sostiene el relato de Montoneros, Aramburu lo reconoció. El régimen estaba agotado y había que buscar un gobierno de transición. “Su proyecto era, en definitiva, el proyecto del GAN, que luego impulsaría (Alejandro Agustín) Lanusse: la integración pacífica del peronismo a los designios de las clases dominantes”, dice el texto de La Causa Peronista.

El segundo día del juicio, el domingo 31 de mayo, surgió la cuestión del cadáver de Evita. Montoneros lo acusó del robo y Aramburu se negó a hablar mientras estaba siendo grabado. Cuando Abal Medina accedió a apagar el grabador dijo que de ese tema no podía hablar “por un problema de honor”. Les aseguró que se le había dado cristiana sepultura. Tras varias insistencias, “a los tirones contó la historia verdadera”, dice la crónica. El cadáver estaba en un cementerio de Roma, con nombre falso, bajo custodia del Vaticano y toda la documentación vinculada al operativo en una caja de seguridad del Banco Central. Era todo lo que diría al respecto.

La Celma

Entrando a la noche del lunes 1° de julio le anunciaron que el Tribunal, conformado por ellos mismos, iba a deliberar. Por primera vez lo ataron a la cama y lo dejaron solo. Fernando Abal Medina volvió a entrar a la madrugada para comunicarle la decisión.

–General, el Tribunal lo ha sentenciado a la pena de muerte. Va a ser ejecutado en media hora.

En la estancia sabían poco de la repercusión aunque algo sabían y mucho imaginaban. Escuchaban la radio y Ramus traía novedades. Los primeros días sólo había incertidumbre. Montoneros había dejado un comunicado escondido en una confitería de la calle Guise y avisó a la prensa durante la tarde del mismo viernes 29 de mayo. El comunicado aseguraba que Pedro Eugenio Aramburu “había sido detenido en cumplimiento de una orden emanada de nuestra conducción, a los fines de someterlo a juicio revolucionario. Sobre él pesan 108 cargos de traidor a la Patria y al pueblo y de asesino de 27 argentinos. Oportunamente se darán a conocer las alternativas del juicio y la sentencia dictada”. Estaba firmado por el “Comando Juan José Valle. Montoneros”.

Esa firma, aún desconocida para el país, sembró más incertidumbre. Aparecieron otros comunicados anónimos y con firmas falsas. Circulaban versiones de una interna militar y hasta la posibilidad de que fuera un secuestro por motivos económicos. Nadie conocía a una organización llamada Montoneros. Cuenta María O´Donnell, en su libro Aramburu, que esa noche tocaba en San Telmo, en un local del sindicato Luz y Fuerza, un grupo de folklore que había elegido el nombre de Montoneros. Tocaron sin problemas y, al salir de la Ciudad de Buenos Aires, los demoró un control policial. Les revisaron el baúl y al ver los instrumentos los dejaron ir. Al día siguiente, cuando apareció el comunicado firmado por Montoneros, la policía los citó a declarar. Los músicos no tenían idea de qué les hablaban y fueron liberados.

El domingo 31 de mayo aparecieron dos nuevos comunicados. El comunicado N°2 detallaba los elementos que le habían sido secuestrados a Aramburu, lo que despejaba las dudas. Y el número 3 comunicaba la sentencia a pena de muerte. Aramburu iba a ser ejecutado, su cuerpo tendría cristiana sepultura y se devolvería a sus familiares cuando el cadáver de Evita fuera restituido. La noticia fue una conmoción. El gobierno de Onganía reconoció la veracidad de los comunicados y dijo que haría todo lo posible para evitar la amenaza. El presidente envió un mensaje a la Nación y repuso la vigencia de la pena de muerte para casos de secuestro con homicidio o lesiones graves, ataques a unidades o guardias de fuerzas militares y usos de uniformes o insignias oficiales para esos delitos. El 2 de junio apareció el cuarto comunicado: el general Pedro Eugenio Aramburu había sido ejecutado a las 7 de la mañana del día anterior. Había dudas sobre la veracidad de este último comunicado. Tanto es así que la búsqueda siguió por esos días hasta niveles, incluso, esotéricos. La revista Confirmado de esa semana contó que la familia de Aramburu convocó al astrólogo Horangel para el trazado de su carta astral. La consulta terminó con una buena noticia: “El general está lejos de la casa de la muerte”, les dijo el 2 de junio, un día después de que había sido fusilado. Lo compensó con una premonición correcta, más ligada al análisis político que a la astrología: “Un manto de sangre se extenderá por el país”. Acaso ambas disciplinas se parezcan.

“Festejé el asesinato de Aramburu. Más de treinta años después la frase me parece evidente (muchos lo festejaron), pero tengo que forzar la memoria para entenderla de verdad”, dice Beatriz Sarlo en el libro La pasión y la excepción, un ensayo que hila el robo del cadáver de Eva y la ejecución de Aramburu con la literatura de Borges. En La Voluntad hay testimonios similares. Los presos por Taco Ralo, por ejemplo, se alegraron y discutieron la posibilidad de que Aramburu sea intercambiado por sus liberaciones. Decidieron colectivamente que no lo aceptarían y redactaron un comunicado que Cacho El Kadri le pasó a su abogado: “No estamos dispuestos a recuperar nuestra libertad a cambio de dejar sin efecto el justo juicio popular que se merece el general Aramburu. Ha cometido delitos contra el pueblo, ha fusilado peronistas, ha quebrado la vigencia de la Constitución. La libertad de unos militantes no puede en ningún caso ser más importante que el castigo a uno de los mayores enemigos del pueblo peronista”.

En ese mismo libro se cuenta la historia de Nicolás, un militante del PRT que va a comer a la casa de su mamá. Ella, algo asustada, le cuenta las últimas novedades que escuchó por la radio y hace un silencio.

–Quizás esté mal lo que digo, yo no entiendo nada de eso, pero ese Aramburu fue un verdadero hijo de puta.

“Nicolás –prosigue el testimonio– no estaba acostumbrado a oír esas palabras en boca de su madre”. Como en Argentina, 1985, la escena del consenso traspasa al protagonista y llega al lugar del consenso civil, el de las madres.

Aunque el delegado de Perón en la Argentina en ese momento, Jorge Daniel Paladino, repudió el secuestro y el presunto fusilamiento, el propio Perón reconocería en 1972, en Madrid, que se había tratado de “una acción deseada por todos los peronistas”. Lo cuenta así Juan Manuel Abal Medina, el hermano de Fernando, en el libro Conocer a Perón. Juan Manuel recuerda que estuvo con su hermano en febrero de 1970 en casa de Leopoldo Marechal (acá debería decir que el secuestro de Aramburu está exactamente descrito en Megafón, o la guerra, la novela de Marechal que se está imprimiendo en el exacto momento en el que secuestran y ejecutan a Aramburu pero este texto no terminaría nunca). Y que recién volvió a verlo después de la ejecución de Aramburu, cuando alguien –era Capuano Martínez, el conductor del Peugeot 504 del día del secuestro– le chistó desde un auto para que subiera. A las pocas cuadras subió Fernando en el asiento de atrás. Juan Manuel le dijo que podía sacarlo del país y Fernando se negó. Conversaron un rato y tranquilo, pero inquieto por algo, Fernando le dijo:

–Matar es terrible… es tremendo.

Esa fue la última vez que lo vio con vida. Fernando fue asesinado en William Morris en septiembre de ese mismo año. En Puerta de Hierro, años después, Perón le dijo a Juan Manuel que la ejecución de Aramburu había sido un acto de profunda justicia, éste le dijo que sí pero que hubiera preferido que quien apretara el gatillo no hubiera sido su hermano. Le contó del último encuentro. Perón se estiró sobre el escritorio y le tomó el brazo.

–Matar es terrible –le repitió.

La escena de la ejecución de Aramburu tiene tantos componentes borgeanos –la venganza, la violencia, los enemigos, el coraje, la estancia, los anacronismos, el interior de la provincia de Buenos Aires– que no alcanzaría un solo texto para mencionarlos. En el libro citado de Sarlo están los mejores vínculos entre los cuentos y el hecho: “Emma Sunz”, “El otro duelo” (a Sarlo le interesa este, en particular, porque se publica en agosto de 1970, con el hecho consumado), “El fin”, “La Casa de Asterión”, “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”, “Sur” (¿Aramburu es Dahlmann yendo a buscar la muerte, a manos de unos muchachos, en una estancia?). Lo que los cruza a todos es lo mismo: la violencia, el coraje, la venganza, como todas tramas de lo mismo.

Los secuestradores condujeron a Aramburu al sótano de la estancia para la ejecución. Pidió por un confesor –compartía credo y práctica con sus ejecutantes– pero era muy riesgoso. Las rutas estaban controladas. Lo bajaron al sótano donde sería ejecutado, con un pañuelo en la boca, y lo pusieron contra la pared. El sótano era chico y por lo tanto debía ser ejecutado con una pistola. Fernando Abal Medina, el jefe del Operativo Pindapoy, mandó a Firmenich arriba a que golpee una llave para disimular el ruido de los disparos.

–General, vamos a proceder.

–Proceda –dijo Aramburu.

Es politólogo de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y director de la agencia de comunicación Monteagudo. Es co editor del sitio Artepolítica. Nació en Olavarría, una metrópoli del centro de la provincia de Buenos Aires. Vio muchas veces Gladiador.