Grupo H: España ahora coloniza a través del fútbol
Su estilo domina el mundo y busca ser aprovechado por la Corona. Uruguay, Cabo Verde y Arabia Saudita los otros posibles rivales de Argentina en 16avos.
Don Martín, llegamos al grupo H: Arabia Saudita, Cabo Verde, España y Uruguay. Arranco yo.
En 1519, Hernán Cortés y su gente aparecieron para conquistar Tenochtitlán sin escatimar en muertos ni en heridos. Golpearon a los aztecas y comenzaron un período de conquista en México de casi trescientos años. En 2019, el mandatario Andrés Manuel López Obrador redactó una carta al rey de España exigiendo disculpas por los excesos en la conquista. No pasó. La cosa entre la monarquía y el gobierno se tensó.
Este año, Isabel Díaz Ayuso, gobernadora derechista de Madrid, aterrizó en la Ciudad de México. Se presentó en un acto del PAN -partido conservador- y homenajeó a aquel líder de la colonización. La presidenta Claudia Scheinbaum, sucesora de AMLO, salió a responder a la provocación: “A cualquier gobierno extranjero somos claros y contundentes: la historia nos dice que el pueblo de México no se equivoca cuando se trata de defender la soberanía nacional”. En este contexto, España jugará contra Uruguay en suelo mexicano, en Guadalajara, en la casa del Chivas. Felipe VI, que no quiso pedir perdón, confirmó que se hará presente. Atentos a los chiflidos.
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El compromiso del heredero de la casa de los Borbón con la selección española es fuera de lo común. El spot del anuncio de la lista para el Mundial lo tiene como protagonista. El entrenador Luis de la Fuente plantea que no puede dar los nombres porque no le pertenecen: porque son del pueblo — hasta que pierda — . Dos segundos después, caminando por el predio las Rozas — como el predio de Ezeiza de ellos — va caminando el rey y su voz trona en off. “La selección española no sólo pertenece a los que están en el campo” y comienza a nombrar a toda la sociedad: desde marineros a maestros. Un acto llamando a la unidad nacional en un país con múltiples sectores independentistas. Pero también una super presión para los jugadores.
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SumateEspaña llega dulce al Mundial. En el minuto 86, en el estadio Olímpico de Berlín, Mikel Oyarzabal se lanzó a un buscapié top del peludo Marc Cucurella y la empujó para ganar la Eurocopa 2024. Luego culminó primero del Grupo E para clasificarse al Mundial. Con talento por todo el mundo, a Luis de la Fuente le quedaba la compleja tarea de definir quién quedaba afuera. Por primera vez en la historia, no habrá ningún jugador del Real Madrid.
El técnico respira hondo y aguarda a que Lamile Yamal se mejore de su desgarro. Nico Williams es el extremo izquierdo y el otro punta desequilibrante. El talento viene de dos herederos de Ghana, de Marruecos y de Guinea Ecuatorial. El del Barcelona sacudió el escenario en los festejos por haber ganado la Liga. Ante 750 mil personas, en un recorrido en micro descapotable por la ciudad, flameó la bandera de Palestina. Se armó un caldo: el ministro de Defensa de Israel lo acusó de incitar al odio, el presidente de España, Pedro Sánchez, lo defendió. Imparable dentro y fuera de la cancha.
El mediocampo junta lo más sustancioso. Lejos de casa, a Fabián lo entrena Luis Enrique en el PSG. A Rodri, Guardiola en el Manchester City. A Martín Zubimendi, Mark Arteta en Arsenal. El conocimiento y la magia española financiada por otros. También está el trío del Barcelona — Dani Olmo, Gabi y Pedri — , conducidos diariamente por el alemán Hans Flick.
Hay un poco de colonización en todas las teorías de Pep Guardiola en adelante: el fútbol de posición. La idea de salir por abajo desde el arco. La recuperación de los extremos. Los términos: fijar al interno, superioridad numérica, rondo. Con otros conceptos, en Argentina se hacían muchas de esas cosas. César Luis Menotti le decía La Nuestra. La Selección Argentina de Scaloni recuperó ese estilo — como lo recordó Roberto Parrottino en Cenital — .
Pero es cierto que la globalización hizo que los españoles se repartieran por el mundo cambiando el fútbol de los últimos veinte años. Han cambiado los entrenadores en España, pero todos comparten la idea del juego. Un arquero como Unai Simón que es un líbero, cuatro defensores, tres mediocampistas y tres delanteros. Pases, muchos. Más las gambetas de Yamal.
Nos quedaron pendientes las chispas entre Argentina y España en la Finalissima. Dos estilos de juego con el mismo género pero distinto estilo. El protagonismo es de la pelota. Pero ellos, estructurados. Nosotros, desordenados. Acercándonos a jugar como si fuera un asado. Debiera ser la final del Mundial, pero podría darse en dieciseisavos si uno de los dos sale primero y el otro segundo.
Que vengan por nosotros.
Querido Zequi,
Ya dos tercios de este trayecto y me sigue sorprendiendo lo bueno que sos articulando la intersección entre el fútbol y la cultura de los países. El Rey, que reina pero no gobierna, y la cuestión de lo nacional me dejaron pensando una idea sobre España que me revolotea. Pienso en el centro de gravedad de la selección, que lleva al menos desde aquella Eurocopa del 2008 desplazado ideológicamente, y en sus mejores jugadores, de Madrid a Barcelona. Barcelona, y en verdad Cataluña, es el epicentro de un movimiento independentista que cambió la política española para siempre.
Históricamente la política catalana se organizaba de forma relativamente sencilla. A nivel nacional, en el congreso español, la mayoría de los votos iban a los socialistas, seguidos siempre por Convergència i Unió, una formación de centroderecha autonomista. A nivel local, en Cataluña, dominaba Convergencia, y los socialistas eran la principal oposición.
Convergencia negociaba sus votos en el Congreso nacional a cambio de más recursos y competencias para Cataluña, y podía acompañar gobiernos de centroizquierda o centroderecha — de forma indistinta — siempre que la plata recirculara de Madrid a Barcelona, con la excusa de que Cataluña “pone más de lo que recibe”. Algo esperable, ya que Cataluña es una de las regiones más ricas de España. Hasta ahí, todos contentos. A diferencia del País Vasco — donde todavía estaba activa ETA y el conflicto territorial era sanguinario — en Cataluña se resolvía todo con guita.
Pero para 2006, cuando el Barcelona de Rijkaard ya hacía desastres en Europa, los socialistas — que gobernaban España desde 2004 — se llevaron también tres años en el gobierno catalán. A pesar de que no tenían mayoría en el parlamento, pudieron pactar correr a Convergència i Unió, en un acuerdo con dos formaciones catalanistas de izquierda. Ese año, el gobierno tripartito aprobó un nuevo Estatuto de Autonomía que ampliaba las competencias de Cataluña.
La derecha española vio allí una oportunidad para combatir frontalmente al gobierno nacional que conducía José Luis Rodríguez Zapatero, por aquel entonces con muy buenos resultados tanto en su agenda económica, como en iniciativas como el matrimonio igualitario, el aborto o la igualdad de género . El Partido Popular pidió la inconstitucionalidad del Estatuto y se movilizó en su contra.
El Tribunal Supremo falló en favor de su validez en general, aunque declaró inconstitucionales varios artículos. Más importante que eso, quedó instalada una cuña entre la institucionalidad catalana y la española — que sólo crecería con los años — y se terminaron de romper los pactos de Estado — que habían unido a socialistas y populares en la agenda nacional contra el independentismo vasco — .
Rodríguez Zapatero dejó el gobierno en 2011 con una crisis de deuda y una agenda de austeridad y recortes impuesta por la troika conformada por la Unión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional. Lo reemplazó Mariano Rajoy, líder del Partido Popular. La crisis, sin embargo, fue sistémica.
Los partidos, en su conjunto, fueron vistos como responsables de las privaciones de españoles y españolas, que veían como su nivel de vida — que había crecido sostenidamente al ritmo de la inserción en Europa — se desplomaba y la clase política mantenía un nivel de vida muy superior al de la mayoría de la población. Mientras tantos, estos traficaban influencias entre el gobierno y lucrativos lugares en directorios de empresas. Fue la izquierda española la primera en acuñar el término casta para referirse a la dirigencia política tradicional. Fueron tiempos de las grandes movilizaciones de los “indignados” y del surgimiento de partidos nuevos con vocación de representar a la ciudadanía: Podemos en la izquierda y Ciudadanos en la centroderecha.
La crisis de los partidos se reprodujo también a nivel subnacional. Los dirigentes que habían cambiado toda la vida guita para su región por votos en el Congreso fueron señalados por beneficios personales que excedían los de sus regiones. En Cataluña, ante la perspectiva de ser derrotado por la izquierda insurgente, el líder de Convergencia, Carles Puigdemont, decidió romper con la historia reciente y ofrecer a la izquierda catalanista el armado de un frente con el objetivo de declarar una república catalana independiente.
Así fue como se rompió Convergència i Unió y el espacio catalanista de centroderecha convergió con el de izquierda. Junts pel Sí ganó las elecciones y en 2017 convocó a un referendo para declarar la independencia catalana y la separación de España. El gobierno central, que todavía encabezaba Rajoy, del Partido Popular, reprimió e impidió la realización del referendo. Los principales dirigentes catalanes fueron condenados. Puigdemont huyó y se estableció en Bruselas.
Los acuerdos entre nacionalismos regionales moderados y la centroderecha española se volvieron imposibles. La ultraderecha, que en España — a diferencia del resto de Europa — ocupaba un lugar marginal y que no había logrado asomar cabeza siquiera en los años de insurgencia, se convirtió en un espacio relevante con una agenda centrada en una mirada radical sobre la unidad de España. Comenzó a plantear no solo enfrentar al independentismo, sino volver atrás con cualquier reconocimiento de autonomía regional existente. Vox irrumpió en 2018 con más del 10% de los votos en las elecciones al parlamento de Andalucía, una región de las menos acaudaladas de España, e histórico bastión socialista.La grieta española — desde entonces — es ideológica, territorial y de valores fundamentales.
También en 2018, con números muy ajustados, el socialista Pedro Sánchez logró formar una mayoría para desplazar a Mariano Rajoy tras una trama de corrupción. Lo hizo con el apoyo de todas las formaciones nacionalistas: las de izquierda, las de centroderecha, las vascas y las catalanas. Actualmente, la política española transita por esos mismos rieles. Los socialistas colaboran con los nacionalismos regionales a nivel local y cuentan con sus votos para sostenerse a nivel nacional. Es un equilibrio sumamente delicado.
El Partido Popular tiene como aliado privilegiado a Vox. Hoy, el gobierno de Pedro Sánchez tambalea entre causas de corrupción cuya forma es perturbadoramente similar a las que lo llevaron al poder hace 8 años. Su gobierno es impopular — a pesar de su muy buen balance económico — y la perspectiva de un gobierno de Vox y el Partido Popular no parece cuestión de si va a suceder, sino de cuándo. La España posterior al franquismo se construyó sobre acuerdos y equilibrios políticos, ideológicos y territoriales que parecen definitivamente rotos. El centro de gravedad ahora parece moverse en el sentido opuesto al de la Roja: desde Barcelona otra vez hacia Madrid.
El lugar de España en la clasificación del grupo parece tan cantado como la próxima coalición de gobierno. Pero si usted me lo permite, don Zequi, le voy a hablar también de los rivales.
Desde la ruptura pública de Bielsa y los referentes de la Celeste, el equipo parece haberse quedado sin mística. El mismo problema que acompaña al gobierno de Yamandú Orsi, que no necesitó cometer grandes errores para perder el apoyo de una población que lo ve intrascendente, suavecito, al que parte de la izquierda partidaria llama con malicia TibiOrsi.
Para la Arabia Saudita de Mohamed Bin Salman, un modernizador autoritario, el fútbol es una herramienta de promoción de su agenda, una vidriera para mostrar un país que avanza, y un instrumento de soft power que le ha dado buenos resultados a las marcas de Catar — dueña del PSG — y de los Emiratos Árabes Unidos -propietarios del City-. Con MBS ya maduro, convertido en un actor más estabilizador que agresivo en un Oriente Medio convulsionado, cualquier éxito de la selección probablemente sea analizado — sin importar la relación — como reflejo del éxito de la agenda de reformas.
Mis simpatías, por supuesto, estarán con los caboverdianos. Amílcar Cabral, uno de mis máximos héroes entre los independentistas africanos, venía de allí. Nacido en Guinea Bissau, hijo de caboverdianos, creó el Partido Africano para la Independencia de Guinea y Cabo Verde (PAIGCV) para pelear contra el colonialismo de Portugal.
Cabral fue asesinado en 1973, antes de ver cumplido su objetivo. La idea de unificar las antiguas colonias portuguesas Guinea y Cabo Verde fue abandonada tras un golpe de Estado en Guinea en 1980. En Cabo Verde, el PAIGCV se sacó la G de Guinea, y se convirtió en PAICV. Gobernó como partido único hasta el 90, cuando se abrió a una democracia multipartidaria que se mantiene hasta hoy. Esa agenda reformista gradual dio marco a un país estable que vive del turismo y mantiene una cultura riquísima para su pequeño tamaño e insularidad — muy anclada en el mestizaje y, por lo tanto, con una fusión única entre lo africano y lo portugués — . Imposible no desearle lo mejor a un pueblo con tanta onda, por más improbable que sea.
Dejo acá porque de colonialismo, mestizaje y otras yerbas también tendremos en el próximo grupo. Nos escribimos el sábado.
Martín