Gobernar el cambio: Buenos Aires frente a la transformación de la IA
El desafío está en repensar las categorías, las instituciones y los instrumentos para gestionar ciudades que, en pocos años serán difíciles de reconocer.
Buenos Aires está cambiando. Cambian las formas de trabajar y de producir. Cambia la manera en que habitamos la ciudad: más hogares alquilan y más personas viven solas. Cambia también nuestra estructura demográfica: vivimos más años y nacen menos chicos. Cambian las familias, los vínculos, los consumos y las formas de encontrarnos. Cambia nuestra relación con el tiempo. Y cambia, a una velocidad difícil de asimilar, nuestra relación con la tecnología.
No son fenómenos aislados. Son distintas expresiones de una misma transformación estructural de la vida urbana. En Buenos Aires, y en todo el mundo. El desafío está en prepararnos para gobernar el cambio: repensar las categorías, las instituciones y los instrumentos para gestionar ciudades que en pocos años serán difíciles de reconocer.
Gobernar el cambio no significa detenerlo ni adaptarse pasivamente a aquello que parece inevitable sino comprender las transformaciones en curso, discutir colectivamente su dirección e intervenir sobre ellas. Significa, en definitiva, recuperar para la política una pregunta elemental: qué queremos de nuestro porvenir.
Esta discusión es particularmente importante en las ciudades. Porque no son fenómenos naturales. Son probablemente el artefacto humano más complejo que hayamos construido. Sus calles, sus viviendas, sus sistemas de transporte, sus instituciones, sus horarios, sus espacios públicos y hasta las maneras en que trabajamos, nos encontramos y organizamos nuestra vida cotidiana son el resultado de decisiones acumuladas durante generaciones.
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Contestá la encuestaPor eso las ciudades nunca son solamente el escenario donde ocurren los grandes cambios económicos, sociales o tecnológicos: también pueden intervenir sobre ellos. Pueden amortiguar las incertidumbres de una época o profundizarlas. Pueden distribuir oportunidades o concentrarlas. Pueden multiplicar las fricciones de nuestra vida cotidiana o ayudarnos a recuperar tiempo, autonomía y bienestar. Pueden convertir una transformación tecnológica en una nueva fuente de desigualdad o utilizarla para ampliar las capacidades de las personas.
La irrupción de la inteligencia artificial generativa nos enfrenta hoy, quizás con una intensidad inédita, a esa disyuntiva. La velocidad con la que estas herramientas adquirieron capacidad para escribir, programar, procesar información, analizar datos, producir imágenes o resolver tareas que hasta hace muy poco considerábamos exclusivamente humanas alimentó rápidamente dos relatos contrapuestos.
Uno anuncia una suerte de apocalipsis laboral en el que las máquinas serán capaces de sustituir masivamente a los trabajadores. El otro imagina un salto tecnológico prácticamente automático hacia una sociedad más productiva, con mejores trabajos y mayor bienestar. Probablemente ninguno de los dos relatos alcance para comprender lo que está ocurriendo.
La tecnología no reemplaza “trabajos” de manera abstracta sino que interviene sobre tareas. Y cada ocupación está compuesta por muchas tareas diferentes. Algunas pueden automatizarse, otras pueden realizarse mejor con asistencia de inteligencia artificial y otras continúan dependiendo de capacidades profundamente humanas.
Esa distinción es decisiva. El Índice de Exposición Ocupacional a la Inteligencia Artificial Generativa de la Ciudad de Buenos Aires intenta justamente mirar el fenómeno desde ese lugar. No predecir cuántos puestos de trabajo van a desaparecer, sino identificar dónde y con qué intensidad puede comenzar a transformarse el trabajo.
Los resultados muestran la magnitud del desafío. Dos de cada tres empleos de Buenos Aires tienen algún grado de exposición a la inteligencia artificial generativa. El índice general de la Ciudad alcanza 0,353 en una escala de 0 a 1, un nivel superior al registrado para países como Estados Unidos, Francia o el Reino Unido y, entre las comparaciones disponibles, solamente inferior al de Singapur.
Esto no debería sorprendernos del todo. Buenos Aires es fundamentalmente una economía urbana de servicios, con una presencia muy importante de actividades profesionales, administrativas, financieras y vinculadas al conocimiento. Y son precisamente las tareas relacionadas con el procesamiento de información las que hoy muestran mayor capacidad de interacción con la inteligencia artificial.
Pero cuando uno mira más de cerca los datos aparecen algunas conclusiones menos evidentes.
Los trabajadores de oficina y de atención al público presentan los niveles más altos de exposición, seguidos por los profesionales de las tecnologías de la información y las comunicaciones y los profesionales de negocios y administración. La administración pública, las finanzas, las TIC y los servicios profesionales aparecen entre los sectores donde la transformación potencial es mayor.
En el otro extremo se encuentran actividades como la construcción o el servicio doméstico, donde predominan tareas físicas, manuales y de cuidado sobre las que la inteligencia artificial generativa tiene, por ahora, una capacidad mucho menor de intervención.
Esto rompe uno de los reflejos con los que solemos pensar las revoluciones tecnológicas. Durante mucho tiempo imaginamos que la automatización amenazaba fundamentalmente a los trabajos manuales, rutinarios o menos calificados. Esta vez, buena parte de la frontera tecnológica avanza sobre tareas cognitivas que realizan trabajadores con mayores niveles de educación y formalización.
Los asalariados registrados, los trabajadores operativos y los profesionales presentan niveles de exposición mayores que los trabajadores no registrados y no calificados. Y cuando incorporamos edad y género aparece otro dato particularmente relevante: las mujeres jóvenes se encuentran entre los grupos más expuestos a esta transformación.
Pero hay otra confusión que conviene despejar. Estar expuesto a la inteligencia artificial no significa estar condenado a ser reemplazado por ella.
Exposición significa que una parte de las tareas que componen una ocupación puede ser realizada, asistida o transformada por estas herramientas. El resultado final dependerá de las decisiones de las empresas, de las capacidades de los trabajadores para apropiarse de las nuevas tecnologías, de las instituciones laborales, de los sistemas educativos, de la regulación y, fundamentalmente, de las políticas públicas.
Por eso el dato verdaderamente importante no es solamente cuántos trabajos están expuestos. La pregunta política es en qué condiciones están expuestos.
No es lo mismo atravesar una transformación tecnológica con posibilidades de capacitación, derechos laborales, instituciones de protección y capacidad de negociación que hacerlo sin ninguna de esas herramientas. La combinación verdaderamente preocupante no es necesariamente alta exposición tecnológica. Es alta exposición con baja capacidad de adaptación, protección y reconversión. Y allí aparece nuevamente la cuestión central. La tecnología abre posibilidades. Pero no distribuye por sí misma sus beneficios.
Puede aumentar extraordinariamente la productividad y liberar a las personas de tareas repetitivas. Puede mejorar servicios públicos, ampliar capacidades profesionales y devolvernos parte del tiempo que hoy consumimos en procesos innecesariamente burocráticos. Pero esos mismos aumentos de productividad pueden concentrarse. Las brechas existentes pueden ampliarse. Algunos trabajadores pueden apropiarse rápidamente de las nuevas herramientas mientras otros quedan desplazados de las oportunidades que generan. Nada de eso está escrito de antemano. Porque el futuro tecnológico también es una construcción política.
El Índice que presentamos desde el Consejo Económico y Social, junto con la CGT y con el asesoramiento técnico de la Organización Internacional del Trabajo, pretende ser apenas una contribución a esa discusión: construir evidencia antes de formular respuestas y ofrecer un punto de partida común para una conversación que necesariamente deberá involucrar al Estado, los trabajadores, las empresas, las universidades y la sociedad civil.
Pero el desafío excede ampliamente a la inteligencia artificial.
Lo que tenemos por delante es la necesidad de construir una nueva agenda urbana para una ciudad que está cambiando profundamente. Una agenda capaz de adaptar nuestras instituciones a nuevas formas de trabajar, habitar, vincularnos y movernos. Capaz de convertir los aumentos de productividad en bienestar compartido. De ampliar oportunidades en lugar de concentrarlas. De reconstruir espacios de encuentro y vida en común. De reducir las fricciones que consumen nuestro tiempo cotidiano. Y de volver a poner a las personas en el centro de las decisiones.
Las ciudades son artefactos humanos. Y precisamente por eso podemos transformarlas.
Comprender el cambio es apenas el primer paso. El verdadero desafío es gobernarlo.