Geografía cognitiva: un mapa de las emociones que despiertan las ciudades 

¿Qué vuelve a un lugar amenazante o acogedor? Los factores que explican los sentimientos que desarrollamos hacia diferentes áreas de la ciudad.

Durante buena parte del siglo pasado, el conocimiento en temas urbanos provenía mayormente de ingenieros y arquitectos. El desarrollo se medía en edificios, autopistas, puentes y kilómetros de calles. Pero en las últimas décadas, el urbanismo se convirtió en un campo cada vez más multidisciplinario, donde conviven sociólogas, antropólogos y psicólogos que buscan entender el alma de las ciudades, ese producto hecho a base de “carne y piedra” como decía Richard Sennett.

Una de estas disciplinas es la geografía cognitiva, cuyo mayor aporte es la creación de mapas emocionales que muestran cómo cambian las emociones de quienes recorren la ciudad a partir del análisis de la respuesta psicológica a las diferentes formas urbanas. ¿Por qué París se siente romántica? ¿Hay un motivo por el cual Detroit inspira temor? ¿Por qué Ámsterdam da la impresión de serenidad?

Entre datos y relatos

Según esta mirada, los lugares no son sólo entidades físicas: también tienen cualidades intangibles y subjetivas vinculadas a nuestras experiencias. Un mismo espacio puede despertar apego, nostalgia o entusiasmo, pero también aburrimiento, incomodidad o miedo. Estas emociones no son un aspecto secundario sino que condicionan la forma en que las personas usan, perciben y valoran el entorno urbano.

Si te gusta Una calle me separa podés suscribirte y recibirlo en tu casilla los viernes.

Esto ayuda a explicar la emergencia de este campo interdisciplinario, que combina diferentes herramientas que estudian el vínculo afectivo entre las personas y los espacios que habitan. ¿Y cómo se estudia eso? Mediante registros y representaciones de las emociones asociadas a diferentes puntos de una ciudad. Al unir estos puntos, con la ayuda de sistemas de información geográfica (SIG), se obtiene información que ayuda a entender cómo se construye la experiencia urbana.

¿Y esta cajita de texto para qué está? Acá es donde despabilamos a nuestros lectores y les contamos lo difícil que es hacer periodismo en estos tiempos. Por eso, si la información que leés en Cenital te ayuda a entender mejor lo que pasa, te  pedimos que nos des una mano para seguir.

Sumate

El desarrollo de estas herramientas se vio favorecido por la aparición de sensores fisiológicos, sistemas de seguimiento, técnicas de procesamiento automático del lenguaje y hasta el análisis de publicaciones en redes sociales. Pero en el corazón de estas investigaciones –las mejores, al menos– sigue latiendo lo cualitativo: memorias colectivas, significados simbólicos, relatos históricos y otras técnicas de acercamiento al genius loci, el “espíritu del lugar”.

Un toque de atención lituano

Tomemos el caso de Lituania, ex república soviética de 2,8 millones de habitantes, y específicamente Kaunas, la segunda ciudad en importancia luego de la capital, Vilna. El año pasado, un grupo de investigadores de la Universidad Tecnológica de Kaunas publicó un paper donde exploraron la geografía emocional de su centro histórico.

“Kaunas fue elegida por características como su concentración de arquitectura de entreguerras y las transformaciones ocurridas durante la era soviética que afectaron tanto los edificios históricos como la trama urbana en general”, explicó la profesora Indre Grazuleviciute-Vileniske, una de las autoras del estudio. “Luego de que Lituana logró su independencia, el área céntrica fue el epicentro del desarrollo de un área de negocios, que aceleró aún más los cambios a su perfil histórico.”

Hoy la zona alberga las principales universidades lituanas y lugares emblemáticos como la avenida Laisvės, la calle peatonal más larga de Europa, además de un castillo medieval, la basílica y otras iglesias góticas y barrocas, así como destacados ejemplos de arquitectura de diferentes épocas, por ejemplo el modernismo de entreguerras incluido en la Lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO. También cuenta con varios parques, entre ellos el Parque Santaka –en la confluencia de los ríos Nemunas y Neris– y el animado distrito de Centras. Sin embargo, dice el paper, en el último tiempo se observa una disminución de la población que reside de forma permanente en la zona.

A partir de diferentes fuentes, desde entrevistas en profundidad hasta comentarios de Facebook, los investigadores lograron mapear las emociones de los residentes y agruparlas en categorías como interés, serenidad, alegría o miedo. “Las asociaciones de los residentes con las áreas de ‘interés’ forman un cluster que acompaña las principales vías peatonales, desde la calle Vilnius en la Ciudad Vieja hasta la avenida Laisvés en la Ciudad Nueva, mientras que las emociones vinculadas a la ‘alegría’ también se corresponden con la franja costera”, explicaron los autores. Las emociones negativas, como miedo o furia, se distribuyeron a lo largo del mapa, sin un foco concreto.

La calle Vilniaus, peatonalizada y llena de cafés, despierta sensaciones de “interés” y “alegría” e ilustra cómo los espacios caminables mejoran la salud mental de sus habitantes. Foto: Adam Jones / Wikimedia Commons

Emociones a flor de piel

Como contamos en otro espacio, son muchas las variables que fomentan nuestra voluntad de recorrer una ciudad: los murales, los monumentos, la superposición de diferentes tipos de arquitectura; los toldos y aleros que nos protegen de las inclemencias del tiempo; los bancos que nos permiten sentarnos por un segundo, recobrar fuerzas o atender una llamada; las plazas, por más pequeñas que sean.

Todo esto construye una síntesis basada en lo sensorial, respondiendo a esta idea de que cada lugar tiene para nosotros un “sentido” o identidad, creada a partir de la interacción entre sus características físicas y nuestras propias experiencias: “Esta cuadra es oscura y huele mal”, “este lado de la vereda se siente templado y agradable”, etc.

Quizás por eso ciertos lugares parecen despertar emociones compartidas. El área céntrica de París suele asociarse con el romance; los antiguos barrios industriales de Manchester transmiten una mezcla de melancolía y tristeza; la inmensidad de Brasilia puede generar admiración y extrañamiento. Lo mismo corre para América Latina: los cerros coloridos de Valparaíso evocan creatividad y sorpresa, mientras que la cuadrícula del microcentro porteño puede alternar –según la hora del día– entre la fascinación y el agobio.

La magia de los mapas colaborativos

A veces la experiencia vivida contrasta con la narrativa de los gobiernos locales. Algunas partes de Palermo se ven menos lindas de lo que se anuncian. Por momentos, los residentes y turistas del barrio de La Boca se sienten más inseguros de lo que el discurso oficial promociona. Esta brecha entre el relato gubernamental (o empresarial) y las percepciones ciudadanas es la fuente de muchos mapas colaborativos, que representan un esfuerzo de las comunidades por indicar su propia percepción del entorno. 

Un ejemplo concreto lo dieron los residentes de Kibera, el barrio pobre más grande de Nairobi. Cansados de figurar como un espacio en blanco en Google Maps, trece jóvenes del barrio usaron OpenStreetMap y dispositivos GPS para crear el primer mapa libre y abierto de su comunidad.

Así y todo, mi favorito es Hoodmaps, un mapa colaborativo de cientos de ciudades donde los usuarios (turistas o residentes) marcan zonas según percepciones más informales que oficiales: barrios de moda, turísticos, estudiantiles, “de ricos”, aburridos, peligrosos… Más que una guía tradicional, la propuesta se acerca más a un mapa mental colectivo de la ciudad. ¿Los riesgos? El estereotipo o el encasillamiento. Las etiquetas o tags funcionan como anotaciones cartográficas sobre qué esperar de cada sector de la ciudad: “Runners y ciclistas”, “zona de calles tranquilas”, “chetos y lesbianas”, “otakus”, “no vayas acá», “en serio, no cruces este puente”, “Mordor”.

El Hoodmaps de Berlín permite a los usuarios etiquetar zonas de la ciudad según cómo las perciben. El rojo indica una zona turística, en amarillo las áreas «cool», en verde donde viven las personas ricas. Fuente: Hoodmaps

Cierre literario

Esta semana leía un estudio coordinado por Franco Moretti, gran crítico literario y pionero del enfoque de la “lectura distante” que utiliza grandes volúmenes de datos para analizar la historia y evolución de la literatura. Esta suerte de working paper titulado Las emociones de Londres, en colaboración con Ryan Hauser y Erik Steiner, analizó casi cinco mil novelas publicadas entre 1700 y 1900 cuya acción transcurre en la capital británica.

El trabajo es fascinante porque desgrana cómo es la ciudad imaginada por novelistas como Dickens, Thackeray, Jane Austen y Henry Fielding. El West End, tradicionalmente vinculado a las clases altas, aparecía relacionado con emociones positivas como la felicidad, mientras que la City y, en especial, las zonas más pobres y al este de la ciudad tendían a despertar sensaciones de miedo o inquietud. En otras palabras, la literatura reprodujo durante dos siglos una cartografía emocional que refleja las divisiones de clase de Londres.

Aunque quizás el principal hallazgo del estudio fue que los lugares públicos resultaron mucho menos emocionales de lo que los investigadores esperaban. Al analizar miles de pasajes, comprobaron que las referencias explícitas a calles, plazas o edificios rara vez concentraban miedo o felicidad intensos. Por el contrario, las emociones más fuertes tendían a surgir en espacios privados o indefinidos. Como concluyen los autores, el proyecto terminó produciendo “menos un mapa de las emociones de Londres que un mapa de su ausencia”. ¿Tendrá que ver con que el estudio se centra en un momento (los siglos XVII y XIX) de repliegue hacia lo privado? Si es así, ¿qué emociones, además de indiferencia, nos generarán hoy las ciudades si los espacios públicos están en retirada?

Es magíster en Economía Urbana por la Universidad Torcuato Di Tella (UTDT) con especialización en Ciencia de Datos. Cree que es posible hacer un periodismo de temas urbanos que vaya más allá de las gacetillas o las miradas vecinalistas. Sus dos pasiones son el cine y las ciudades.