Grupo I: Francia va al ataque y se vuelve a ilusionar.

El conjunto galo apuesta al juego ofensivo y busca su tercera. Senegal y Noruega quieren clasificar segundos. Irak entró último eliminando a Bolivia.

Estimadísimo Martín:

No hay que ser soberbio. Nuestro clásico de los últimos tiempos merece respeto. Voy a hablarte de los franceses y de su entrenador, que va por su cuarto mundial consecutivo.

Noviembre de 2022. Unos días antes de que Catar abriera la boca. Didier Deschamps, con sus 174 centímetros que aparentan más altura, recibía una consulta pura del juego: “en un Mundial, ¿son más importantes los delanteros o los mediocampistas?”. A veces, lo simple se vuelve complejo.

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Su Francia campeona de 2018 era un monumento al ida y vuelta. En la mitad, apenas había dos volantes: Kanté y Pogba, guardavidas y paramédicos en cada recorrido. Arriba, había cuatro atacantes: Mbappe, Malouda, Griezmann y Giroud. No sólo había conquistado el primer puesto en Rusia, sino que había obtenido la Liga de Naciones en 2021. Su equipo y su estilo eran los candidatos. Dictaminó: “el corazón del juego es la batalla en el mediocampo. Esta batalla es importante pero no decisiva. Aunque haya centrocampistas con gol, los que marcan la diferencia son los atacantes”.

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En el Mundial de 2018, Lionel Scaloni conformó el cuerpo técnico de Jorge Sampaoli. En una entrevista, el exseleccionador explicó que su exayudante había aprovechado esa competición para observar detalles y diagnosticar las necesidades del grupo argentino. Solían conversar y analizar el juego. Edificaron el plan de partido de los octavos de final contra Francia, con Lionel Messi como falso nueve. Culminó en un 4–3. Los franceses saldrían campeones. Pero el entrenador parido en Pujato no sólo había concluido un plan de armado de plantel. Ese partido, con las chances finales de Argentina para igualar, le sirvió muchísimo: “en 2018, hubo selecciones que podían pasar de ataque a defensa en tres segundos”. Jugó, entonces, un retruco: para 2022, armó un equipazo de mediocampistas. Mal no le fue. A Deschamps tampoco.

En este Mundial, el francés será el entrenador que más tiempo lleva en su cargo. Asumió en 2012. El primero lo dirigió en Brasil y quedó afuera en cuartos de final por defender mal un cabezazo del alemán Mats Hummel. El segundo se lo llevó en el bolsillo tras aplastar 4–2 a Croacia en la final. El tercero, en Catar, es historia conocida, pero fue una reivindicación a la idea del entrenador: Argentina fue superior a Francia en todos los tramos y los argumentos del juego, pero Mbappe marcó tres gritos y la agonía se estiró hasta el penal de Gonzalo Montiel.

Solo un entrenador obtuvo dos copas del mundo: Vittorio Pozzo, en 1934 y 1938, para Italia. Este año, tanto en el banco de los argentinos como de los franceses, hay un protagonista capaz de igualar esa marca.

El galo puede decir que no posee dos como técnico. Pero sí una como jugador y otra como entrenador. Hay algo en el nacido en el suroeste de Francia, en Bayona, que parece presagiado al éxito.

Hasta 2025, cuando el PSG goleó 5 a 0 a Inter en la final, Marsella era el único equipo francés que había ganado la Champions League. Lo había hecho en 1993 y la Orejona -como se le llama al trofeo- la había levantado Deschamps. En 1996, frente a River en Tokio, también alzó la Copa Intercontinental como referente de la Juventus. De local, en 1998, se alzó con el primer Mundial de Francia. En 2007, ya con el buzo puesto, ascendió a la Juventus de la B a la A, luego de que el equipo de Torino fuera descendido como sanción por fraude deportivo. Lo de 2018 con la selección de su país ya lo contamos. Y estos son apenas algunos de sus logros: es como si hubiera nacido destinado a la gloria.

Pero tanta alegría, a veces, nace de una tristeza. Deschamps perdió a su hermano, tres años mayor que él, a finales de 1987, luego de que un avión en donde viajaba se estrellara contra un bosque. “Es algo con lo que vives, no se puede olvidar, pero te endurece”, explicó miles de veces. En 1985 ya había debutado como jugador profesional en el Nantes, antes de que lo comprara el Marsella.

Son tantas las historias que lo rodean que es complejo determinar cuándo comenzó a endurecerse su piel. Aunque su discurso nunca se modificó. En la previa al Mundial de 2018, lo enloquecían por la presencia de Karim Benzema. En 2015, había sido imputado judicialmente por “chantaje sexual” a un ex compañero de la selección. La Federación Francesa lo sancionó un tiempo sin ser convocado. Tras terminar su pena, quería regresar. Lo ladraba en los medios. El entrenador se mantenía en sus códigos: “este grupo se formó sin él. Para mí, lo colectivo está sobre las individualidades”.

Deschamps es un animal del deporte. Preparado para ganar. Competidor hasta donde más se pueda. Hace unos días, uno de los utileros de la Selección confesó que al terminar la final en el Lusail, el entrenador rival se acercó humildemente a pedir una camiseta de Argentina. Los rivales hacen también a los equipos y a sus gestas. Ojalá los modelos logren enfrentarse por tercer mundial consecutivo. Por las dudas, el entrenador francés no cambia la receta: en la lista de 26, convocó nueve delanteros y ocho defensores ante seis mediocampistas. Palo y palo. Como su ley manda.


Querido Zequi:

Era 1996. La Francia semifinalista del 82 y el 86 acumulaba humillaciones consecutivas tras el retiro de Michel Platini. Afuera en el 90 y en el 94, con Cantona, Papin y Ginola. En el 98 iba a recibir el Mundial en su país. La renovación del equipo, con Aimé Jacquet a la cabeza, daba protagonismo a jugadores de orígenes diversos como Zinedine Zidane, Lilian Thuram, Thierry Henry y Patrick Vieira. Otros, como Marcel Desailly, nacido en Ghana, llevaban más tiempo en el equipo.

“Es artificial que hagamos venir jugadores del extranjero y los bauticemos ‘equipo de Francia’, la mayoría de los jugadores no cantan La Marsellesa, y visiblemente, no la saben”. Jean Marie Le Pen, entonces líder de la ultraderecha francesa, tiró su propia versión del cantito discriminatorio que algunos hinchas argentinos viralizaron antes del último mundial. Le contestaron varios ministros del gobierno y, por supuesto, los jugadores. Desde aquel entonces, Les Bleus son parte activa de un debate sobre la identidad nacional francesa.

Dos años después de aquella declaración de Le Pen, esa selección francesa con ADN migrante en las venas, trajo para Francia el primer título de su historia. Las calles se desbordaron. El presidente conservador, Jacques Chirac, felicitó a la Francia multicolor que se había impuesto con igual contundencia sobre rivales y prejuicios de la propia población.

Desde el final de la segunda guerra mundial, el racismo y la ultraderecha eran un estigma obvio para Europa. Le Pen, sin embargo, entendió bien las transformaciones de los prejuicios populares. La creciente población de origen árabe y africano y la Unión Europea funcionaban mejor que el antisemitismo o el colonialismo tradicional. Coquetear con la parte oscura del inconsciente de los franceses blancos tenía un nicho electoral.

En 2002, el Frente Nacional de Le Pen obtuvo el 16,86% de los votos, unas décimas por arriba del socialista Jospin y accedió por primera vez en su historia a la segunda vuelta en una elección presidencial. Le sirvió para eso que la izquierda fuera dividida entre los socialistas y otras cinco opciones que rondaron los cinco puntos cada una.

Chirac, que estaba empatado con Jospin en las encuestas previas que preguntaban por una eventual segunda vuelta, fue su rival. La polarización le sirvió. La movilización fue inédita. Todos — izquierda, centro izquierda, centro y centro derecha — llamaron a votar por Chirac, un conservador democrático, representante de la derecha republicana. En frente tenía a un candidato de ultraderecha al que relacionaban incluso con el nazismo.

La participación en el ballotage subió ocho puntos. Casi el 80% de los franceses fueron a votar. El resultado fue aplastante: Chirac obtuvo más del 82% de los votos, el porcentaje más alto de la historia. Le Pen fue derrotado y la política volvió a repartirse entre socialistas y conservadores gaullistas.

La política francesa en el siglo XXI, inaugurada por aquella elección, viene fallándole a francesas y franceses. Como toda Europa, Francia crece poco. Debe lidiar, como el resto del continente, con el envejecimiento de su población, que pone presión en el sistema jubilatorio, uno de los más robustos en términos de protección en el mundo. El Estado francés es tan eficaz como grande. Medido por su participación en el PIB es de los mayores de Europa y del mundo. Supera incluso a los nórdicos, emblemas globales del Estado benefactor y de los altos impuestos a los ingresos personales.

Los estándares de vida de los franceses siguen siendo relativamente altos. El país tiene buenas infraestructuras y salarios comparativamente elevados, pero hace tiempo que la acecha una sensación de estancamiento. Una nación orgullosa de sí misma que ve disminuir su peso en el mundo, en la que los hijos ya no aspiran a vivir mejor que los padres. En este escenario, las tentaciones de los chivos expiatorios son grandes y la inmigración, un blanco obvio.

La centroderecha giró en ese sentido con la elección de Nicolás Sarkozy. No dio resultados, la economía siguió sin recuperarse y los límites que marcan los derechos fundamentales siguieron allí. Lo siguió un socialista, Hollande, que prometió que las cuentas las pagarían los ricos. Tampoco resultó, y al año de gobernar, estaba haciendo un ajuste orientado desde Europa.

Para 2027, conservadores y socialistas cumplirán diez años sin disputar un ballotage. El actual presidente Emmanuel Macron fundó, para la elección de 2017, un partido con sus iniciales: En Marcha.

Marine Le Pen es hija de Jean Marie. En 2011 reemplazó a su padre al frente del partido, una transición discrecional que buscaba suavizar la imagen de la ultraderecha para volverla electoralmente viable. Con un discurso mucho más pulido que su progenitor, Marine nunca diría cosas como que “las Cámaras de Gas son una anécdota en la historia de la Segunda Guerra Mundial”.

Divorciada y femenina, se sacó de encima el tufillo ultramontano y reaccionario de la ultraderecha tradicional francesa y ocupó un lugar vacante en la política nacional por la crisis política e ideológica del conservadurismo tradicional. El partido — del que excluyó a su padre tras la enésima declaración corrida de la raya y al que incluso rebautizó como Reagrupamiento Nacional para simbolizar el quiebre con el pasado — , combina un discurso social de defensa de jubilaciones y beneficios para los que caen en su definición de franceses, con un discurso abiertamente xenófobo y el cuestionamiento a la arquitectura y la pertenencia europea.

El Reagrupamiento Nacional de Marine Le Pen es uno de los tres grandes espacios políticos que compiten a nivel nacional por la crisis de socialistas y conservadores. El Frente de Izquierda — y particularmente su principal representante, Jean Luc Melenchon — , mantienen posiciones bastante más duras y radicales que las que se acostumbran en las socialdemocracias europea. Mientras que el presidente Macron representa un centro liberal, sin un sucesor claro y sin figuras de destaque.

Como sus predecesores socialista y conservador, Macron sufre de baja popularidad. Gobierna más por el espanto respecto de Le Pen y los miedos que despierta la izquierda, que por sus propios méritos. Sin alternativas atractivas, ni un plan obvio para recuperar una senda de progreso y crecimiento, el populismo de derecha de la heredera de Le Pen luce menos temible, y los valores que sostuvieron a Francia y a Europa desde la posguerra, menos valiosos. La hija de Le Pen lleva ya disputadas dos segundas vueltas. En 2017 perdió por 33 puntos. En 2022, por 17.

Contrariamente a lo que se cree aquí, hace tiempo que los jugadores de la selección son nacidos abrumadoramente en Francia. Los une una particularidad extraña: provienen de un segmento alternativamente invisibilizado y estigmatizado de la sociedad. Pero ellos, por sus logros deportivos, son individualmente escuchados y admirados.

En la última elección legislativa, el Reagrupamiento Nacional obtuvo la primera minoría en la Primera Vuelta electoral. Para la segunda vuelta, los votantes de centro y de izquierda movilizaron un voto táctico para evitar una victoria de la ultraderecha que le diera mayoría en la Asamblea Nacional. Los jugadores de la selección fueron parte activa de esa movilización.

Marcus Thuram, Jules Kounde, Aurelien Tchouameni e Ibrahima Konate fueron algunos se pronunciaron contundentemente. El más emblemático fue Mbappé, el tipo de jugador del que en el mundo de hoy se espera que se guíe por la máxima de Jordan: “los Republicanos también compran zapatillas”. Antes de la elección, el mejor jugador del Real Madrid advirtió “no quiero representar a un país que no se corresponde con mis valores”. Antes de este Mundial, en una entrevista con Vanity Fair, Mbappe insistió: “somos ciudadanos, no podíamos quedarnos de brazos cruzados con la idea de que todo iba a ir bien e ir a jugar”. Desde el partido de Le Pen, la respuesta fue que, desde que perdió a su estrella, el PSG lleva dos finales de Champions consecutivas. Mbappe fue el mejor jugador de Francia campeón de 2018 y del subcampeón del 2022.

Este año, a las puertas de la elección presidencial de 2027, su desempeño probablemente le agregue o le quite peso a su voz, una de las más elocuentes para que Francia no caiga en manos de la ultraderecha, y que los jugadores, además de serlo, puedan seguir sintiéndose franceses.

Para mí Francia es candidataza. Pero me gusta Noruega para la sorpresa: soy fan de Odegaard, que encontró su lugar en el Arsenal. ¿Cómo viene Senegal? A Irak le deseamos lo mejor, pero lo veo lejos.


Don Martín, Noruega tiene a Haaland y Senegal, a Sadio Mané. La pelea podría ser fina para el segundo puesto. Pero yo creo que nadie le saca a los africanos su lugar.

Dejemos acá, que ya salió la lista de 26 de Argentina y el martes nos toca el grupo J. Tenemos rivales que estudiar.

Pero antes del abrazo va una yapa, porque también se completó el equipo de MACA para el Mundial. Ariel Senosiain y Delfi Corti van al podcast; Fede Yañez tomará la posta de este boletín y distribuirá el juego; Fernández Moores y Parrottino tirarán chiches el fin de semana. Estas fotos me dan vida. Dejame ilusionar.

Ahora sí, va el saludo de siempre.

Zequi.

Cuando estoy triste, cierro los ojos y me imagino en un estadio. El fútbol es un medio de comunicación. Aprendí a escribir leyendo periodismo deportivo y a sumar armando el Gran DT. No es que el resto no me importe, es que el resto cabe dentro de una pelota. Soy periodista desde 2009. Soy analista de fútbol desde 2021.

Es abogado, especializado en relaciones internacionales. Hasta 2023, fue subsecretario de Asuntos Internacionales de la Secretaria de Asuntos Estratégicos de la Nación. Antes fue asesor en asuntos internacionales del Ministerio de Desarrollo Productivo. Escribió sobre diversas cuestiones relativas a la coyuntura internacional y las transformaciones del sistema productivo en medios masivos y publicaciones especializadas. Columnista en Un Mundo de Sensaciones, en Futurock.