Epstein y la decadencia del sistema científico
La publicación de los archivos del multimillonario mostró su interés por infiltrarse en la élite académica y cómo lo hacía. Una falla estructural en el sistema que produce conocimiento.
El escándalo de Jeffrey Epstein suele apoyarse en escenografías de islas privadas, jets y abusos repugnantes. La trama del multimillonario pedófilo se escribe sola y no hace más que confirmar las peores sospechas acerca de las élites.
Pero Epstein no solo se rodeaba de menores de edad. También procuraba la compañía de científicos, si no altos y esbeltos, con abundantes credenciales académicas capaces de sonrojar a cualquiera. “Solo tengo dos intereses”, Epstein le dijo una vez a un amigo: “ciencia y mujeres” (la cita exacta es “science and pussy”, de una sutileza poética difícil de traducir).
Esto es demostrable: tras la publicación de millones de documentos, imágenes, videos y correos electrónicos que detallan sus actividades, conocidos como los “archivos Epstein”, se desató una chorrera de renuncias, disculpas públicas y pedidos de explicaciones hacia personas que solían gozar de una gran reputación. Noam Chomsky, Lawrence Krauss, Marvin Minsky, Stephen Hawking, Steven Pinker, Richard Axel, Martin Nowak, entre cientos que aparecen en su órbita. Aunque esto no implica necesariamente la comisión de un delito —y hasta ahora ningún científico fue acusado penalmente en relación con el caso— alcanza para dimensionar su nivel de infiltración y la flexibilidad ética de las instituciones académicas.
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El riesgo es asumir que se trata de una excepción que logró saltarse los filtros institucionales. Conviene evaluarlo, más bien, como parte de la decadencia estructural del sistema científico antes que la anomalía de un individuo con gustos perversos y una gran billetera.
Las donaciones
Por más que algunos montos llamen la atención, las donaciones individuales representan apenas un 3% de la financiación universitaria en Estados Unidos. Es, a fines prácticos, el fondo de olla de cualquier institución de la Ivy League. Por eso impresiona la desesperación con la que mentes supuestamente brillantes rifaron su integridad por cifras que a veces se contaban en meras decenas de miles de dólares. Cabe preguntarse qué tan rota está la financiación de la ciencia para que se le acepte un vuelto a cualquier pervertido con avión privado.
La explicación no guarda misterio: aunque estas donaciones sean institucionalmente irrelevantes, para un investigador individual pueden significar mantener a flote su pequeño laboratorio frente a un sistema que, podrían considerar, no valora su trabajo como debería.
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SumateDurante la mayor parte de su historia, la ciencia no fue financiada por los Estados. Desde Galileo trabajando para los Medici hasta las cortes que bancaban a Kepler o Descartes, el modelo imperante era el mecenazgo. Luego de la Revolución Científica, la posta pasó a los “científicos caballeros”, aristócratas como Robert Boyle que financiaban su propia curiosidad con la misma naturalidad con la que encargaban un retrato al óleo o compraban caballos pura sangre. Desde esta perspectiva más amplia, el apoyo estatal moderno a la ciencia —a través de agencias creadas a mediados del siglo XX como la National Science Foundation o nuestro propio CONICET— es en realidad una rareza.
El escrutinio, el gran ausente
Ese arreglo institucional, con todos sus vicios burocráticos y sus miserias internas, introdujo algo de lo que la caridad de los lords carecía por completo: la obligación del escrutinio colectivo. La revisión por pares funciona como un filtro que obliga a validar las ideas frente a una comunidad, alejando la producción de conocimiento del simple capricho de un excéntrico.
Pero la asfixia actual del financiamiento gubernamental y la tiranía de “publicar o morir” generaron una espantosa regresión. La desesperación crónica por rascar un peso en un ecosistema estancado volvió a hacer del dinero privado una alternativa hipnótica. Volvimos, en muchos sentidos, a un modelo de mecenazgo aristocrático, aunque despojado de cualquier nobleza.
A diferencia de la ciencia de antaño, inyectar este dinero en el sistema científico requiere de un ecosistema de intermediarios. Así aparece la figura del agente literario John Brockman, que Evgeny Morozov bautizó como el “facilitador intelectual” de Epstein. A través de su influyente Edge Foundation —un círculo íntimamente ligado al mundillo de las charlas TED, que incluye a cientos de científicos e intelectuales aunque solo una minoría tuvo relación directa con Epstein—, Brockman le dio al financista acceso directo a premios Nobel y pensadores de primera línea, que más de una vez visitaron su isla y luego juraron no haber visto nada extraño. Esto último, en virtud de decenas de testimonios y la evidencia disponible, es el escenario más plausible: Epstein no solía mezclar sus intereses.
Dos caras
El círculo de Edge, fundado en los años 90 para promover ideas tecnológicas y oponerse a lo que Brockman llamaba la “sabiduría somnolienta” de las humanidades, operaba bajo dos principios implacables de la teoría de redes: el valor se dispara cuando los nodos se conectan de forma autónoma, y la diversidad extrema de sus miembros funciona como un imán para los recién llegados. Como marca Morozov, Edge tenía dos caras: una pública, centrada en la difusión de discusiones intelectuales, y otra privada, dirigida a la red de élite de Brockman, que mezclaba académicos con multimillonarios.
El intercambio transaccional era perfecto. De un lado, el multimillonario necesitado de validación intelectual y obsesionado con “coleccionar” personas prestigiosas y del otro académicos prestigiosos que aspiraban a pasear en jets privados, disfrutar de cenas y masajes a sus egos —entre otras cosas—, y la posibilidad de financiación ágil para sus proyectos sin tener que mendigar fondos estatales. En este mercado de vanidades, Brockman actuaba casi como agente de relaciones públicas, un reclutador. La Edge Foundation llegó a recibir unos 638.000 dólares de las diversas fundaciones de Epstein entre 2001 y 2015, operando durante varios años como su único donante.
Cuando una élite se encierra en una burbuja de privilegios y reduce la moral a un simple obstáculo, el colapso ético es inevitable. Esa misma frialdad clínica es la que utilizaron las grandes administraciones universitarias para mirar hacia otro lado mientras el cheque se acreditaba. El verdadero peligro trasciende una mera crisis de relaciones públicas y es de orden epistemológico.
El reparto de las donaciones
El caso de Harvard es bastante ilustrativo. Epstein no repartía sus millones como un filántropo desinteresado sino que canalizó más de dos tercios de todas sus donaciones (6,5 millones de dólares) al Programa de Dinámica Evolutiva dirigido por el matemático Martin Nowak y apadrinó a genetistas como George Church, cuyas líneas de investigación encajaban en su propia ideología incluso cuando los científicos no le daban mucha bola, que alcanzaba el delirio de “sembrar a la raza humana con su propio ADN”. Lejos de rescatar departamentos desfinanciados o becar a jóvenes investigadores sin recursos, su dinero sirvió para nutrir proyectos casi pseudocientíficos en pos de supuestas mejoras del pool genético.
La afinidad era tal que Epstein incluyó a Nowak en su testamento con una herencia de 5 millones de dólares y según los registros de Harvard, visitó la oficina que este le dio más de cuarenta veces luego de haber sido condenado.
Aunque ciertos malabares argumentales corresponden más a discusiones de borrachera, un intelectual respetable como Lawrence Lessig incluso ensayó una defensa tangencial —de Joi Ito, entonces director del Media Lab de MIT— sosteniendo que aceptar dinero manchado con crímenes atroces puede ser válido siempre y cuando se haga de manera anónima para no lavar la reputación del donante. Es decir, si el dinero no puede usarse para limpiar un nombre, la universidad hace lo correcto al usarlo para financiarse.
Como el mismo Lessig reconoce, esta fascinante abstracción ignora de manera obscena el daño visceral, material y psicológico que sufren las víctimas al descubrir, tarde o temprano, que el legado de sus abusadores es ahora parte del mismísimo MIT.
Lavaderos científicos
Las instituciones académicas, seducidas por el flujo de capital, terminan funcionando como lavaderos de reputación. Epstein lo sabía bien y entendió rápidamente que comprar a los científicos era solo el primer paso. El objetivo último requería adquirir el aparato de validación pública, y por eso intentó también inmiscuirse en el periodismo científico, buscando a toda costa que su nombre apareciera asociado a los grandes debates de la vanguardia intelectual, aunque con limitado éxito.
La manera en que pudo lograr saltar muchas trabas fue evitar demasiado escrutinio: las donaciones relativamente pequeñas suelen pasar por niveles más bajos del sistema universitario, donde el escrutinio es menor. Aunque hacía promesas millonarias —y en ocasiones exageraba públicamente el tamaño de sus donaciones— terminaba entregando decenas o cientos de miles e interactuaba directamente con profesores e investigadores individuales, evadiendo el radar de las oficinas de recaudación de fondos, que habrían sido más escépticas.
Depender de la caridad de los ultra ricos para sostener la maquinaria del conocimiento suele traer como costo el alejamiento de cualquier concepción de la ciencia como un interés democrático fundamental. Si la labor científica es de facto una actividad elitista y meritocrática —algo que bien puede defenderse como virtuoso—, las cenas íntimas y viajes en jets privados no ayudan a su percepción pública como una empresa colectiva sostenida por la sociedad que la financia.
Aunque durante años se seguirán sacando conclusiones sobre lo que el caso Epstein dejó ver, el hecho de que su nombre aparezca sistemáticamente asociado a la labor científica debería bastar para sospechar que la dinámica idealizada del sistema científico es, en gran medida, una ficción. Y, sin embargo, lejos de volvernos en contra de la inagotable persecución del apetito por el asombro, es una buena oportunidad para revisar sus mecanismos con el fin de arreglar lo que siempre estuvo roto.
La búsqueda crónica y desesperada de fondos en el sistema científico, cuyo origen ha sido discutido ad nauseam, expuso una vulnerabilidad estructural en sus cimientos, producto del más rancio hipercapitalismo, capaz de gestar un club intelectual en el intersticio entre un salón de clases y una red de tráfico sexual.
El problema de fondo trasciende a Epstein y su hazaña de comprar un asiento en la mesa de los genios. Lo que su caso puso a la vista de todos es que esta mesa siempre estuvo en venta.