Entrevista a Simon Reynolds: “En el pasado también podemos encontrar el futuro”
Antes de participar en el aniversario de la editorial Caja Negra, el periodista musical y crítico cultural más influyente de nuestro tiempo habló con Cenital.
Empezó el calor en Buenos Aires, y en una oficina de la Fundación Medifé está el crítico cultural y el periodista de música más influyente de los últimos treinta años. Sobre la mesa blanca están sus dos obras maestras, Retromanía y Futuromanía, textos que establecieron mojones ineludibles para pensar cómo trabajan los engranajes de la cultura, el capitalismo y el tiempo que nos toca vivir. Simon Reynolds se prepara un café tan cargado como está el aire acondicionado. Habla despacio, con acento inglés, y del otro lado de la puerta está su joven hije, Kieran Press-Reynolds siendo entrevistado también por su labor periodística, por eso que él hizo durante tantos años: la búsqueda de nuevos sonidos, escenas emergentes que sonaran disruptivas, el “mapping genders”, dirá después. Kieran acaba de conocer a los Swaggerboyz y está emocionado, habla rápido como neoyorkino apurado, joven, fresco, se lo escucha por las paredes. Su padre, observador silencioso, levanta los hombros como diciendo qué carajo será eso. Y al cabo de un rato preguntará, y googleará eso que desconoce.
Previo a la celebración por los 20 años de la editorial Caja Negra, que lo publicó por primera vez en español, y donde los Reynolds serán entrevistados por el crítico musical Pablo Schanton y la periodista Antonia Kon (con entradas gratuitas ya agotadas), conversó con Cenital a solas, antes de una merienda con artistas, periodistas y agentes culturales de la ciudad.

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–Cenital: En Futuromania aparece esta idea de la destrucción de la tradición como el futuro posible para el arte, ¿es la única forma?
Simon Reynolds: Sí, esa es una de las formas en que puede hacerse. Quiero decir, ciertamente las personas que han tratado conscientemente de hacer arte del futuro, o cualquier tipo de cosa futurista, a menudo han convertido a la tradición en su enemiga. Por ejemplo, los futuristas italianos son un caso obvio: decían cosas como “hay que arrasar los museos”. ¿No sería fantástico arrojar a los viejos maestros, las grandes pinturas de Miguel Ángel o Leonardo da Vinci, y verlas flotar en los canales? Hablaban de destrucción y encontraban placer en destruir, a la vez que celebraban el automóvil, la guerra moderna y todas esas cosas. Así que existe ese elemento…
Y un ejemplo más reciente de esto es la filosofía llamada “aceleracionismo”, que básicamente propone dejar que el poder del capitalismo avance sin frenos, que arrase con todo, que destruya comunidades y tradiciones. Así que sí, existe ese elemento puramente destructivo.
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Cuando era joven, probablemente esa retórica me resultaba más atractiva. Pero ahora soy mucho más del tipo: muévete despacio y no rompas cosas. Mantené lo que funciona, si podés. Quiero decir, hay tradiciones que sí querés desmantelar, como el patriarcado, el racismo… muchas cosas antiguas que son malas. Pero también hay muchas cosas antiguas que son buenas. Así que diría que soy “desaceleracionista”. Creo que tenemos que proteger el medio ambiente, que la gente siga leyendo libros, preservar esos valores antiguos, ser amables con los vecinos…
–Cenital: Hoy la idea de futuro es angustiante.
Simon Reynolds: Sí, es como un trauma, ¿no?
–Cenital: Exacto. En el siglo XX, la humanidad se aferraba a las grandes ideas de progreso y superación. Pero ahora parecen ser solo los multimillonarios, como Elon Musk, los únicos emocionados con el futuro, su conquista interestelar y la dominación de la humanidad a través de la IA. Lo que veo entre los jóvenes es una vuelta al pasado como especie de refugio, una búsqueda de desconexión digital y conexión humana. Entonces, ¿es posible que el futuro pueda encontrarse en el pasado?
Simon Reynolds: Sí, creo que sí, estoy de acuerdo. Bueno, hace un momento hablaba de cómo, cuando era joven, encontraba muy excitante la idea de destruir la tradición. Leía los manifiestos futuristas aun sabiendo que muchos de ellos eran fascistas, pero igual esa retórica me resultaba muy estimulante. Es una cosa muy juvenil —y diría también muy masculina— esta idea de que el cambio es algo violento, de romper cosas… Ese tipo de lenguaje es muy excitante. Había bandas en esa época que encajaban con eso, sobre los que yo escribía: por ejemplo, The Young Gods, que usaban sampling pero también tenían un baterista humano y un gran vocalista, Franz Treichler. Era una música muy romántica, tempestuosa, dionisíaca. Todavía me encanta. Pero hoy soy mucho más… supongo que más tradicional, más humanista.
–Cenital: Parece que la juventud está desorientada respecto al futuro. En las ferias se ven a adolescentes comprando vinilos, CDs o incluso cassettes, porque quieren formar parte de algo y conectarse con algo por un instante más largo.
Simon Reynolds: Es triste y hermoso a la vez.
–Cenital: Están buscando aquello que nosotros descartamos.
Simon Reynolds: Creo que es cierto, sí. Para mí, que viví cómo era la música entonces, lo que extraño es tener menos opciones. En aquellos tiempos no tenías mucha elección, y si tenías un poco de dinero era una gran decisión qué disco comprar porque era todo tu dinero de esa semana, o incluso del mes. Lo comprabas, lo llevabas a casa, estabas emocionado, lo escuchabas… Tal vez no te gustaba al principio, pero lo volvías a escuchar, una y otra vez, y entonces te enamorabas. O quizá no, pero igual lo intentabas. Y ahora hay demasiadas opciones. Y es extraño, porque lo que tenemos hoy es lo que yo habría soñado tener entonces, pero no resulta tan agradable tener tanto donde elegir.
Pasa con todo. Con la televisión también: podés pasar media hora solo eligiendo qué mirar porque hay demasiadas opciones. Y había algo en la economía de la música, en esperar a que saliera un disco, en esperar a que saliera una revista. Había un día de la semana —creo que los jueves— en que salía el periódico musical. Y uno iba rápido al kiosco, lo compraba, lo hojeaba… y releías algunos artículos muchas veces porque faltaba toda una semana para el siguiente. Esa economía de anticipación, de espera, de demora, incluso de escasez, era emocionante.
Hoy nada se pierde. Pero antes vos sabías que había un programa de televisión con música, lo veías, y eso era todo. Desaparecía. No quedaba registro. No podías volver a verlo en otro lado. Y eso, de una forma rara, le daba más intensidad. Tenías tu recuerdo de haberlo visto. Ahora podés verlo todas las veces que quieras. No sé… quizás eso también es bueno, pero es un tipo de sentimiento diferente. Cuando las cosas son más escasas y raras, se vuelven más especiales, más preciosas. Vivías con hambre.
–Cenital: Pienso en Spotify y todas las plataformas: ahí podés encontrar cualquier cosa. Escuchar como si fuera actual un disco que tiene menos de 24 horas de publicado con uno viejo, como si estuviera en el mismo plano.
Simon Reynolds: Sí, entiendo lo que decís. Todo es lo mismo. Es como si se colapsara la temporalidad: ya no hay pasado ni presente, todo está mezclado. Antes también pasaba un poco: la radio ponía canciones viejas, los “golden oldies”. Podías ir a una disquería, escuchar los discos de tus padres, de tus amigos. Podías acceder a música del pasado, pero no era tan fácil: requería esfuerzo.
–Cenital: Pero podías leer quién tocaba la guitarra, ver que tal guitarrista estaba también en ese otro disco, saber qué estudio lo grabó, ver qué ropa usaban, a qué escena pertenecían… tenías mucha más información para entender quién es el artista, de dónde viene.
Simon Reynolds: Creo que esto le quita parte del misterio a la música de una forma curiosa. Incluso cuando empecé a escribir como periodista, a fines de los 80, muchas veces no sabía casi nada del artista. No sabía qué intentaban hacer, cuáles eran sus motivos. Quizá recordaba algo de una entrevista que había leído el año anterior, pero no podía acceder a más. No había internet. Así que escribía respondiendo pura y simplemente al sonido. Eso me permitía fantasear, proyectar mis propias ideas. Hoy, cuando reseñás un disco, podés investigar. He escrito reseñas para las que armé documentos de 40 páginas con entrevistas, comunicados de prensa… Y muchas bandas son muy articuladas al explicar lo que buscan. Eso es bueno, pero también se interpone en tu respuesta imaginativa al disco.
–Cenital: Entonces me pregunto si esta manera de escuchar música sin conocer el contexto en que fue hecha, los músicos, las escenas a las que pertenecían o los mensajes que querían transmitir… ¿es bueno por lo desprejuiciado o contribuye a un vacío de identidad de las posturas políticas en la música?
Simon Reynolds: Es interesante, porque por un lado la libera para ser simplemente música: sonidos con los que convivís y usás como querés. Pero por otro lado puede generar ignorancia y malentendidos. Yo doy clases, por ejemplo, y a veces intento enseñar sobre el punk y me doy cuenta de que tengo que explicar casi toda la música anterior para que entiendan por qué surgió el punk. Puedo pasar veinte minutos explicando…
–Cenital: Y tenés que hablar de Margaret Thatcher para entender el punk.
Simon Reynolds: Hay muchísimo contexto. Y mientras lo explico pienso: “Quizás no hace falta decir todo esto…”. ¿Los estoy aburriendo? ¿Estoy siendo tedioso? Pero si querés entenderlo… Igual, muchos de estos estudiantes ya disfrutan del punk, les entusiasma la energía y entienden algo importante solo a través del sonido y la voz, que ya te transmiten enojo, agresividad, hostilidad.
Así que es complicado. No sé si puede decirse que es bueno o malo. Depende del contexto. Es interesante ver que muchos estudiantes no conocen la cronología. Una vez un estudiante me dijo que Joni Mitchell había influido a Bob Dylan —cuando, si acaso, fue al revés—. Eso es malo, pero a la vez los libera, pueden escuchar de manera más libre. Y en última instancia, así funciona la música: hacemos con ella lo que necesitamos, sin importar si conocemos o no la historia. Está ahí, en el sonido.

–Cenital: Bobby Gillespie, de Primal Scream, estuvo acá hace poco y dijo que la crítica musical británica se convirtió en una especie de guía de compras, que ya no incorpora ideas de la política, la literatura u otras artes. Desde mi perspectiva, la industria musical y la dinámica que impone el algoritmo en los medios hace que haya una tendencia a sobreinterpretar cada nuevo álbum, pero muy poco se dice sobre la música misma. Como pasó con el lanzamiento de Rosalía o de Taylor Swift, que sabíamos todo de sus discos antes de escucharlo. ¿Qué pensás?
Simon Reynolds: Hay muchos textos sobre estas grandes estrellas pop, como Taylor Swift, donde casi no se habla de la música. Se habla de ella como estrella, de cómo organiza y controla su carrera, de los movimientos que hace, del juego de ser popstar, de su relación con los fans… Y sí, hay muy poco sobre el sonido de batería en “Shake It Off”, por ejemplo. No soy muy fan, pero creo que podría decirse algo interesante sobre la música de Taylor Swift.
Es curioso. Bobby no está del todo equivocado, pero sí, hay mucha escritura que funciona como “vale la pena comprar esto”. Aunque, en realidad, eso ya no es necesario, ¿no? Porque la gente puede escuchar todo. Pueden decidir por sí mismos.
No estoy muy seguro. En mucha crítica musical lo último de lo que se habla es de la música. Es una paradoja. Aunque tampoco es nuevo: en la era post-punk casi no se hablaba de música. Se hablaba de política, de Thatcher, de la amenaza de guerra nuclear —todos teníamos miedo, parecía algo real—. Hablaban un poco de lo radical que era la experimentación sonora, pero mucho giraba alrededor de la política.
–Cenital: Y ahora los músicos no hablan de las cosas verdaderamente aterradoras que se vienen…
Simon Reynolds: No mucho, no. Algunos sí han hablado sobre lo que está pasando en Gaza, pero más en declaraciones en entrevistas o en el escenario, no tanto en su música. Como Kneecap, por ejemplo.
No sé. Cuando empecé a escribir, una de mis metas era hablar de sonido. Pero yo no soy músico, no sabía casi nada sobre producción. Así que mi forma de hablar del sonido era usar imágenes poéticas. Ahora, después de haber estado metido en el techno en los 90, sí sé más sobre cómo se hacen los sonidos, y trato de incorporar eso. Lo más lejos que llegué fue cuando escribí sobre el autotune y vi tutoriales de YouTube sobre Autotune y Melodyne. No llegué a saber usarlos, pero estudié esas herramientas totalmente asombrado. Era como ciencia ficción musical: no podía creer lo que podían hacer con la voz, cómo podían reorganizar una interpretación casi a nivel de ADN. Eso fue lo más extremo que hice. Solo jugué una o dos veces con Ableton Live. Así que hablo desde fuera, realmente.
–Cenital: Después de la pandemia —al menos en Argentina— la supuesta “música del futuro”, el trap, con sus letras sobre millonarios, mujeres y marcas, empezó a pulverizarse mientras su público crecía y el mercado se los devoraba. Y empezaron a aparecer bandas de músicos muy jóvenes que mezclan géneros como si fuera una jarra loca: postpunk, new wave, hardcore o rock barrial. Chicos que mezclan todo eso porque el trap, la música de su generación, no representa sus angustias, su no-future. ¿Qué pensás de eso? Tanto de esta representación como del pasado unidimensional y sin contexto que proponen las plataformas de streaming.
Simon Reynolds: Parece que, para la mayoría de los fans del trap, lo que el trap describe está muy lejos de su realidad. Supongo que era aspiracional: la idea de que quizá un día a la semana o al año podrías vivir así, tomando el mejor licor, alquilando un auto y manejando como si fueras una estrella del rap. Pero después volvés a tu trabajo de mierda. Era algo que podías imitar por un momento.
No sé si escuchás mucho a The Weeknd —no es exactamente trap pero está cerca—. Su música es oscura, hedonista. Dice cosas como: “when I’m fucked up, that’s the real me”. Es un eslogan que encanta a sus fans. Y describe un estilo de vida hedonista, nihilista, en cierto modo deprimente. Ese tipo de cosas antes eran aspiracionales, pero llega un punto en que la distancia entre la conciencia de la gente y la fantasía que describe esa música se vuelve demasiado grande. Y entonces tal vez ocurre este fenómeno del que hablás.
–Cenital: Creo que es una fantasía. Y la vida real es cada día peor. Los jóvenes tienen cada vez menos perspectivas de algo bueno en el futuro.
Simon Reynolds: Sí. Pero una de las cosas que me pareció interesante del trap es que, en parte, reconoce que vivir ese sueño es vacío. Hay una conciencia de que esa vida de placer constante no te hace feliz, que es espiritualmente vacía. Y que quieren algo más. Lo que me interesaba del trap era que siempre tenía esta conciencia de que esta no es una forma de vivir.
–Cenital: ¿Creés que todavía hay lugar para una crítica musical genuina en los formatos digitales que promueven las redes sociales? ¿Pueden estos formatos servir realmente al periodismo, no solo para compartir contenido, sino para pensar críticamente sobre música?
Simon Reynolds: Es interesante. Hay gente que ha hecho cosas increíbles en Twitter, como reseñas muy comprimidas o hilos que funcionan como narraciones. Mi hije hace microensayos en video —en Instagram— de 45 segundos, y aun así dice mucho. A veces se puede comunicar bastante en poco espacio, como en las contratapas de los libros: podés decir bastante.
Pero sí, la escritura extensa es donde está la cuestión. Es más rica: tiene matices, detalles, podés contar una historia. Espero que siga existiendo. Siento que muchos jóvenes ya no leen. Son inteligentes, articulados, pero no leen. Y no sé de dónde sacan su conocimiento.
–Cenital: ¿Porque es aburrido leer un libro largo? ¿O por qué no leen?
Simon Reynolds: No lo sé. Creo que es una mezcla. Prefieren escuchar ideas complejas en formato hablado, como YouTube, podcasts… Muchos ven a Fantano. Están abiertos a ideas complejas cuando son habladas, pero algo de la página escrita les parece aburrido, escolar. Y también hay desconfianza hacia los expertos. Le dan importancia a la opinión de cualquiera en Reddit que dice con seguridad cuál es el disco esencial de Radiohead, pero no a quien estudió toda su vida sobre algo.