Ensayar el don

La circulación de los dones implica dar, pero también recibir. “Nadie me regaló nada” es una falacia de la ideología individualista y desapegada.

I. Me gusta especialmente la noción de don tal como la pensó Marcel Mauss, sobre todo por las distintas lecturas que generó. Ensayo sobre el don fue publicado originalmente en 1925 y, como pasa con muchos clásicos, no fue especialmente celebrado, ni demasiado bien recibido en su tiempo. En 1950, Claude Lévi-Strauss escribe la introducción a la obra de Mauss y lo convierte en el clásico que es hoy. La noción de don es riquísima y hermosa, es compleja y sencilla a la vez; no admite una única interpretación y, como todas esas nociones transformadoras, escapa a una única definición. La noción de don que propone Mauss tiene algo, un no sé qué. Quizás, como el don mismo, se construye con otros, en la relación con otros, con lecturas, con interlocuciones. Quizás, como el don mismo, el ensayo tenga alma.

II. El ensayo trata sobre la forma y la función del intercambio en las sociedades arcaicas. Trata sobre el arte de dar y de recibir, el don como lo que se pierde, lo que se da, lo que nos hace falta. El don que vale, no tanto por su valor intrínseco, sino por el sentido que adquiere en el intercambio, es decir, su valor simbólico en la relación con otros. El estudio se realiza sobre las sociedades arcaicas, pero no hay dudas de que todo eso que Mauss destaca ilumina la modernidad y el presente. No sólo como clave de lectura, sino por lo que persiste de ello en muchas costumbres de hoy en día (rituales de anfitrionazgo, regalos, casamientos). No se trata de que hoy seamos más evolucionados, sino de advertir que el homo economicus no está detrás de nosotros, sino delante: eso subraya Mauss. Que fueron nuestras sociedades occidentales las que, muy recientemente, “han hecho del hombre un «animal económico»”. En el potlatch, la ceremonia de los intercambios, se juega otra cosa que el valor material. Se trata, entonces, también de cómo se circunscriben los lugares simbólicos; el intercambio está fundado, a la que vez que funda la cultura como un orden simbólico. No se trata de un intercambio de mercancías. Anne Carson dice que don y mercancía son dos nociones diferentes de valor, plasmadas en dos conjuntos distintos de relaciones sociales. Estos dos deberían excluirse mutuamente. Don y mercancía se escinden. Parafraseando a Marx, dice que “una mercancía es un objeto alienable que intercambian dos partes caracterizadas por un estado de independencia mutua, mientras que un don es un objeto inalienable que intercambian dos partes dependientes una de la otra”. Un don no es una mercancía, subrayo.

III. Me interesa especialmente esto: ¿qué se da cuando se da? También una parte de uno mismo. “Regalarle algo a alguien es regalar una parte de uno mismo (…). Aceptar algo de alguien es aceptar algo de su esencia espiritual, de su alma”; pero no se puede retener, de ahí también la obligación de devolver. Se trata de la circulación de dones, de la circulación también del espíritu, del hau. Se trata de la circulación, no de la retención o de la acumulación. Entonces la obligación del don se anuda en tres acciones: devolver los regalos, hacer regalos y recibir regalos. Me gusta el subrayado de que también estamos obligados a recibir, es novedoso. Sobre todo pensando en personas que nunca están en posición de recibir, aunque sí de dar, que rechazan, incluso violentamente, los regalos o las atenciones. El verdadero avaro no es el que no da, sino el que no puede recibir. Este verso es del poema que Mauss utiliza de epígrafe:

Si te gusta Kohan podés suscribirte y recibirlo en tu casilla los domingos.

Los hombres generosos y valientes
tienen mejor vida;
no tienen ningún temor.
Pero un cobarde le teme a todo;
el avaro siempre teme a los regalos.

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“¡A mí nadie me regaló nada!”, grita el que desconoce la deuda simbólica, la vida que le fue dada, el que rechaza de cuajo que la vida siempre es con otros. Nadie me regaló nada cifra una ideología individualista y desapegada. O los que creen que, porque no piden, no deben. Porque lo cierto es que en la vida los dones circulan, incluso aunque lo hagan de manera imperceptible. Nos dan, damos.

IV. El don es lo que interrumpe la cadena productiva, lo que le sale al cruce a la mercantilización de la vida. Porque, como dice Georges Bataille, lo esencial del hombre no es reductible a la utilidad. Carson dice que “un don no es una mera pieza arrancada de la vida interior del dador que se pierde en el intercambio, es más bien una extensión del interior del dador, tanto en espacio como en tiempo, hacia el interior del receptor”. En las antípodas del don, “el dinero niega semejante extensión, fractura la continuidad e inmoviliza los objetos dentro de sus propios límites”. Los objetos, dinero mediante, son extirpados del espacio y del tiempo “como trozos de valor comercializable, se transforman en mercancías y pierden su vida de objetos. Pues una mercancía no es un objeto; es una cantidad de valor que puede ser comprada o sustituida por otras cantidades equivalentes. La mercantilización extingue sus propiedades originarias. Extinto también queda su poder de vincular a las personas que dan y reciben: ellas mismas se convierten en mercancía, trozos de valor en espera de precio y venta. Adoptan una «forma mercantil»”.

V. La generosidad está hecha de un dar sin cálculos. No digo que haya absoluto desinterés, lo que digo es que la generosidad da y no espera recibir a cambio. O no espera nada en particular de eso que da. Puede esperar otra cosa, otra cosa desprendida de ese dar. Un don es exactamente eso: no es un cuidado materno, no es una espera, ni un cálculo. Un don es lo contrario: esperar nada a cambio. Y la pista está ahí, en ese a cambio. Porque los que esperan reciprocidad, esperan algo a cambio de lo que ponen (y en general hacen cuentas en las que ellos siempre dieron más). Y no esperar nada a cambio es, creo, la posibilidad de que se abra un espacio de libertad en el que puedan circular los dones, no los bienes, ni las cosas útiles. No digo que no haya que pedirle nada al otro, o que haya que forjar un desinterés cínico, o una prescindencia afectiva, o un desapego cruel. Lo que digo es que eso que se le pide al otro, o eso que se quiere del otro, o eso que incluso se necesita del otro, esté separado de eso que uno da. Si eso no se separa, se construye un otro que nunca estará a la altura de lo que uno espera. Nunca. Y es que esa espera está hecha de todo menos de lo que caracteriza al otro. Ese tipo de expectativas funcionan de esta manera: haciendo del otro alguien que siempre falla, que nunca viene a la cita.

VI. Un don excede el valor económico. Incluso cuando algo se paga, lo que se paga no es el don. Pienso en un análisis. Pienso en las veces en las que, a pesar de pagar, uno agradece. Porque las palabras que se nos dieron en un análisis, lo que un análisis nos hace, la forma en la que nos posibilita sufrir un poco menos, no está incluido en “el precio de la sesión”.

VII. Para Jacques Derrida la noción de don cifra lo imposible. No dice que sea imposible. Lo más lindo es que destaca que para que un don sea don tiene que funcionar el olvido, es decir, uno no sabe eso que le dio al otro. Si algo funciona como don, entonces no será porque el que lo dio lo trae a cuento. ¿Vieron esas personas que están recordando todo el tiempo lo que nos dieron, lo que hicieron por nosotros, incluso lo que nos regalaron?, bueno, eso no es un don. Un don no se recuerda. Por ejemplo, eso que nos dijo alguien alguna vez y que para nosotros fue fundamental y que cuando vamos a agradecerle, esa persona no recuerda haberlo dicho. Como cuando le decimos a alguien “nunca me voy a olvidar de eso que me dijiste ese día bla bla bla”, o cuando recordamos especialmente un gesto de alguien que no fue hecho desde el cálculo, ni desde el saber. Me resultan escenas muy conmovedoras, porque considero que lo que ahí se da es un verdadero don. Eso que se da, se da sin saber, en el sentido en que no sabemos qué efectos va a tener en el otro. El don no depende de la intención, sino de sus efectos en el otro. Que tenga algo de imposible no significa que tengamos que resignarnos, sino todo lo contrario: ensayar el don es intentarlo y, como diría Beckett, fracasar de nuevo, fracasar mejor.

VIII. Cuando Lacan puso el amor en la dimensión del don, lo hizo para sacarlo de la cadena de las mercancías. Por eso dice que el capitalismo deja afuera las cosas del amor. Dar lo que no se tiene, esa es la definición de amor. Dar lo que se tiene es más sencillo, incluso cuando se niega. Pero dar lo que no se tiene, otra vez tiene algo de imposible y, por eso mismo, algo hace. El amor en la dimensión del don, ese que nos deja averiados, ese que nos hace tener un fiasco –el fiasco de la imagen–, dice Lacan; ese amor que ensaya otra respuesta: “el dominio del no tener”. Hay muchas clases de amor. Ahora me refiero al que no se autoabastece, al que no se lame a sí mismo, sino que se despliega en un dar lo que no se tiene escribiendo la diferencia más absoluta, la del deseo. No hay don sin desquicio, sin tambaleo, sin pérdida de sí. El don acaso suscite ese zamarreo que nos despierta, ese aire fresco que entra por los resquicios de la lengua, la que se precipita siempre opaca; el don es ese refugio ofrecido o recibido que sólo puede advenir en la medida en que depongamos las armas del ser, en la medida en que le demos una tregua a la guerra paranoica del narcisismo. No hay don sin inquietud de sí, sin intemperie, sin riesgo; no hay don sin juego, sin ponerse en juego y eso nunca es sin otros.

IX. Fito Paéz escribió “Dar es dar”, y la cantó esa noche en la que ciertas personas no estuvieron dispuestas a recibir Novela y mostraron su miserabilidad exigiendo, mediante silbidos, que se les diera aquello por lo que creyeron pagar. Silbaron desde su prepotencia de consumidores, desde su posición de supuestos dueños. Como si pagar una entrada los hiciera dueños del artista y de lo que ahí va a ocurrir. También pienso que escuchar es un don y hoy en día no hay muchas personas dispuestas a escuchar al otro. Recibir lo que el otro quiere darnos. Escuchar es un don, sí.

X. El don no es una mercancía. El don tiene algo lindísimo: preserva el lazo entre dador y receptor, lo preserva como un tejido (¿un texto?), es un tejido hecho entre varios, es un tejido común y que conecta. Los objetos del don tienen vida y esa vida afecta la vida de los dadores, pero también la de los receptores, una vida que afecta y que también es afectada. Los objetos del don cobran valor en el entre, no valen por sí solos. Los objetos en el don son capaces de diseminar partículas que se enredan en una textura perdurable, escribiendo marcas, huellas, pequeños y sutiles pliegues en una superficie profunda. El don cifra el nombre de lo que nos hace falta. No se trata de los objetos, sino de la disposición (“es solamente una manera de andar”), del lugar en el que nos colocamos respecto de lo que recibimos, de lo que damos, de lo que hacemos en la relación de un intercambio por fuera del frenesí utilitario y mercantil. Porque, como dice Lacan, “los dones son ya símbolos, en cuanto que el símbolo quiere decir pacto y en cuanto que son en primer lugar significantes del pacto que constituyen como significado. Como se ve bien en el hecho de que los objetos del intercambio simbólico, vasijas hechas para quedar vacías, escudos demasiado pesados para ser usados, haces que se secarán, picas que se hunden en el suelo, están destinados a no tener uso, si no es que son superfluos por su abundancia”. Objetos por fuera de su valor de uso, objetos por fuera de la lógica de la especulación, de la necesidad y de la utilidad. El don es ese lugar al que uno siempre quiere volver.

Es psicoanalista y docente de posgrado. Es magíster en Estudios Literarios por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. Es autora de los libros Psicoanálisis: por una erótica contra natura (2019, IndieLibros), Y sin embargo, el amor. Elogio de lo incierto (2020, Paidós), Un cuerpo al fin (2022, Paidós) y El sentido del humor (2024, Paidós).