En la luna

Dos hechos históricos en simultáneo: que el hombre camine sobre otra superficie que no sea la Tierra, que lo podamos verlo por televisión. Ir y volver.

La vi, seguramente la vi. No me acuerdo en absoluto, pero seguramente la vi. Y tanto me importa haberla visto, que no me importa no acordarme. La llegada del hombre a la Luna fue un acontecimiento histórico tal, que mis padres, conmovidos, no sólo se habrán ubicado ansiosos frente al televisor, sino que me habrán ubicado también a mí, aunque yo no estuviera ansioso ni tampoco conmovido, para que viera lo que estaba pasando. Era un acontecimiento histórico al menos en dos sentidos (los dos modernos, los dos tecnológicos): el hecho en sí de estar llegando el hombre a la Luna y el hecho de poder seguirlo por televisión. Por eso es que sentarse a verlo supuso ni más ni menos que participar activamente de la hazaña que acontecía, y no una mera contemplación pasiva (ese día fuimos todos, en cierto modo, el “espectador emancipado” de Jacques Ranciere).

Yo tenía en ese entonces apenas dos años y medio (nací en enero del ’67 y esto fue en julio del ’69). Por eso es que no me acuerdo de haber visto eso que vi, pero ya dije que no me importa no recordarlo, lo que me importa es haberlo visto. Tampoco debo haberlo entendido, para el caso; es obvio que no alcancé a calibrar en su dimensión cabal la importancia de lo que estaba pasando (una era terminaba y empezaba otra distinta para toda la humanidad). Pero no me importa no haberlo entendido, mientras lo vi, así como no me importa no recordar haberlo visto. Lo que me importa es que lo vi. Que lo vi cuando ocurrió. La llegada del hombre a la Luna. Yo la vi. La vi.

Sí me acuerdo, en cambio, y bastante bien, de algo que ocurrió dos o tres años después, también en la televisión. Esta vez yo no miraba, esta vez yo aparecía. Tenía cuatro o cinco años y Andrés Percivalle me entrevistó en su programa, creo que de Canal 11. En un momento dado me preguntó si yo querría viajar a la Luna (el tema seguía evidentemente en el aire y en la fantasía de cada cual). Y yo le contesté que sí: que sí quería. Aunque de inmediato agregué: “Pero voy y vuelvo en seguida”.

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Me acuerdo bien de ese momento, porque todos en el estudio se rieron festejando la respuesta. Y algo extraño le pasa a un niño (mezcla rara de satisfacción y vergüenza) cuando dice algo en serio, completamente en serio, y los grandes reaccionan con risas.

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Evoco a veces a ese chico que fui. Porque ahora que ya soy grande, “adulto mayor”, vale decir, viejo, ahora que tengo ya casi sesenta años y me toca bastante seguido viajar (festivales, ferias del libro, congresos, simposios, conferencias, clases), lo hago siempre de la exacta manera en que dije aquel día: yo voy, pero vuelvo en seguida. Voy, claro que voy, y voy siempre contento; pero en seguida quiero volver. Dos o tres días, a veces cuatro; eventualmente una semana o dos, excepcionalmente un mes. Pero nunca más de un mes. Si es más de un mes, ya no acepto; si es más de un mes, ¡ya no puedo! Y el mes, cuando es un mes, lo regateo, a ver si es posible acortar. Por eso que charlamos aquella vez con Andrés Percivalle en su programa de televisión: eso de ir pero volver en seguida.

Todo viaje es entonces para mí de alguna manera un viaje a la Luna. No importa si es hasta acá nomás, a cien o ciento cincuenta kilómetros. Para mí es un viaje a la luna. No puede dejar de serlo.

En la Billiken o en la Anteojito apareció, algunos años después (yo ya tendría unos siete u ocho), una explicación bien detallada del viaje de la Apolo XI: cómo se hizo, cómo fue, cuáles fueron sus etapas, qué pasó en cada momento. Copié aplicadamente las imágenes que ilustraban la nota, con dibujos sucesivos que me fueron saliendo cada vez mejor; transcribí a mano los textos, primero para reproducirlos, después para tratar de darles algo así como un tono más propio. Y así aprendí y se me grabó la historia entera de ese viaje. El despegue y la propulsión, el subir hasta salir de la atmósfera, desprenderse de esta parte, porque ya cumplió su función, y después de aquella otra, porque ya cumplió su función también; el módulo del alunizaje, el resto de la nave orbitando, la caminata lunar (había un juego en ese entonces con ese nombre, que consistía en caminar en lo blando), el acople del retorno, el módulo que se suelta y se deja, porque cumplió su función también, la cápsula entrando de nuevo en la atmósfera, el amerizaje, el pronto rescate de los astronautas-náufragos.

De ese relato tantas veces dibujado y transcripto me quedó, y cómo no, la pregunta de si también se podía decir, o no se podía decir, del que permaneció girando en el módulo, que había viajado a la luna (y si había que concluir que no, que estuvo solamente a punto, su no-haber estado en la luna era único e incomparable); me quedó también el miedo de saber que la cápsula, al entrar en fricción con la atmósfera, se prendía un poco fuego, antes de pasar al siguiente miedo, que era el opuesto, que era el del agua (morir quemados o morir ahogados eran peligros enteramente terrestres, al cabo de un viaje así: peligros de la propia Tierra, ni de luna ni de cosmos).

Pero advierto que me quedó también una inquietud, y acaso hasta una incipiente angustia, respecto de esas partes de la Apolo XI que se iban soltando y quedando como quien dice por el camino, a la deriva, en el olvido. No caían a ninguna parte, no iban a parar a algún sitio, flotaban para siempre en una nada de la que ya formaban parte, en la inconcebible vastedad del universo. Pero nada podía haber más eterno, para mí, que el para siempre de esa flotación. Y nada podía haber más infinito que la inimaginable extensión de ese espacio. En el tiempo absoluto de ese lugar absoluto, los cachos de Apolo XI (chatarra, sí, hoy ya lo sé) se desgajaban en abandono sin dejar de ser por eso ni más ni menos que la Apolo XI.

Pienso a veces que mi relación con las pérdidas se forjó por ese entonces, con esos textos, esos dibujos. Cada cosa que se suelta y se va (cada persona que se muere o que nos deja) es para mí una variante específica de ese módulo o ese propulsor, flotando para siempre, perdiéndose en la nada, sin disolverse ni inexistir, pero ya inalcanzables del todo. Su soledad definitiva algo dice sobre la soledad que nos toca, aunque la nuestra pueda no ser definitiva, aunque la nuestra empiece y termine.

De la entrevista con Andrés Percivalle me quedó una foto en blanco y negro. La tenía apoyada (no expuesta, sino boca abajo) sobre los libros de la biblioteca. Un día estaba la ventana abierta, y esa ventana era de un departamento de altura; una ráfaga de viento entró, sin anunciarse, se enroscó en un remolino firme, sacudió las cosas que había. A la foto la calzó de abajo, la alzó como si quisiese verla, la hizo flamear como a una hoja otoñal o como a un barrilete de hilo cortado. Por la ventana había entrado ese viento. Por la ventana se fue volando esa foto.

Inferí que habría caído en algún techo, alguna terraza, en la vereda o el asfalto de alguna calle cercana. Pensé entonces en salir a buscarla. Pero al instante desistí, porque me dije que esa foto perdida, por perdida justamente, no había caído acá o allá, en el suelo o en un techo, que seguía flotando indefinidamente en el cielo, y ahí no iba a ser posible encontrarla.

Nació en Buenos Aires en enero de 1967. Enseña Teoría Literaria en la Universidad de Buenos Aires y Narrativa Argentina en la Universidad Nacional de las Artes. Su último ensayo publicado es ¿Hola? Un requiem para el teléfono. Su última novela publicada es Confesión. Su último libro de cuentos publicado es Desvelos de verano.