Elecciones en el Reino Unido: un laborismo bilardista y sin Maradona

La estrategia de Keir Starmer y la implosión conservadora llevaron al Partido Laborista británico a uno de sus mejores resultados históricos. ¿Cómo lo obtuvo y qué hay que esperar?

En diciembre de 2019, el Partido Laborista británico, liderado por Jeremy Corbyn, obtuvo 202 bancas en el Parlamento del Reino Unido. Fue el peor resultado desde 1935. Cinco años después, las 412 bancas obtenidas de la mano de Keir Starmer representan el segundo mejor resultado en la historia del partido, después del que obtuvo Tony Blair en 1997. Medido en términos de distancia sobre los conservadores, la diferencia es incluso mayor a la obtenida por Blair en aquel momento. Y sin embargo, los casi 34 puntos conseguidos por Starmer suponen apenas un punto y medio más que los obtenidos por Corbyn en 2019 y quedan muy lejos de los 40 que, con el mismo liderazgo del candidato izquierdista, obtuvo el laborismo en 2017. ¿Cómo puede ser que con tan pocos votos el laborismo haya pasado de su peor resultado histórico a uno de los mejores de su historia? ¿Qué cambió significativamente en estos cinco años y qué hay que esperar para el período que se viene?

El primer factor para explicar el resultado es el sistema electoral británico. Para analizar las elecciones de ayer, es útil considerarlas no como una elección nacional, sino como 650 elecciones simultáneas en las que se disputa una sola banca en el Parlamento. En cada distrito electoral, el candidato que obtiene la mayoría de los votos se queda con la banca, sin importar el porcentaje obtenido. Así, los 34 puntos del laborismo significaron más de 400 bancas mientras que los 14 puntos del derechista Reform UK redundaron en apenas 4, las mismas que los verdes, que obtuvieron la mitad de los votos. Los Liberal Demócratas, con 12%, consiguieron más de 70 bancas. Cuestión de eficiencia. Pocos votos concentrados en pocos distritos pueden dar mucha representación parlamentaria. Muchos votos esparcidos a lo largo y ancho del país, en cambio, pueden significar resultados decepcionantes si están mal distribuidos. En la democracia parlamentaria británica no se trata de juntar votos, sino de ganar distritos. La “autopsia” de la derrota de 2019 del Partido Laborista lamentaba una planificación incoherente, sin criterio sobre cuáles eran los asientos a defender y cuáles se podían considerar ganables. En esta elección los esfuerzos estuvieron concentrados y hasta hubo acuerdos más o menos implícitos entre laboristas y liberal-demócratas para maximizar las posibilidades de desbancar a parlamentarios conservadores.

El segundo factor es la cohesión interna. Keir Starmer ejerció el liderazgo de manera implacable. Si bien sus números de aprobación no son mucho más altos que los de Corbyn, Starmer utilizó todas las herramientas institucionales a su alcance para disciplinar la interna laborista. De un partido sin norte, con mensajes conflictivos sobre la salida de la Unión Europea, los niveles de imposición, el peso del sector público y el sector privado, Starmer pasó a un mensaje único y minimalista. El cambio. Hasta el borde del macartismo persiguió cualquier postura que pudiera generar polémicas a nivel nacional. De un partido manchado por lo que fue percibido como una excesiva tolerancia hacia mensajes antisemitas (un antisionismo para el que los márgenes de tolerancia muchas veces excedieron la mera oposición a las políticas del Estado de Israel) e islamistas, el laborismo giró a perseguir cualquier discurso que se saliera de la línea oficial. La decisión tuvo costos. El propio Corbyn fue descartado como candidato del partido y tuvo que presentarse como independiente en el distrito que representa desde 1983 (obtuvo una muy amplia victoria). A Faiza Shaheen, una estrella en ascenso del laborismo, cuyas declaraciones sobre Palestina difícilmente pudieran ser catalogadas de antisemitas, le fue negada la candidatura y debió concurrir como independiente. La división de votos le sumó un escaño a los conservadores. En distritos con una población musulmana significativa, el laborismo tuvo una merma de votos importante, e incluso perdió bancas ante candidatos independientes, verdes y lliberal-demócratas que hicieron campañas con un fuerte énfasis en Gaza. Es tentador señalar que su posición sobre el conflicto en esa región de Medio Oriente puede haber privado a Starmer de la mayoría parlamentaria más expresiva de la historia, pero lo cierto es que también le evitó ser acusado por la derecha de tener posiciones antioccidentales, antisemitas o proislamistas, algo que podría haber cambiado el foco de la campaña, de los conservadores a los laboristas. Unificar, bajar la ambición programática y evitar las polémicas del pasado fue una fórmula de éxito. Comandará una mayoría muy cómoda, por lo que no tendrá que negociar o unificar a todas las facciones partidarias.

El tercer factor es el hundimiento de los gobernantes. Después de catorce años de gobiernos conservadores, la sensación, lejos de la euforia que acompañó a los Juegos Olímpicos de Londres en 2012, es que en el Reino Unido nada funciona y que el futuro será peor. En las última encuesta de Reuters, el 55% de los británicos consideró que el Brexit, la salida de la Unión Europea, fue un error frente a un 31% que cree que fue un acierto. Las esperas para ser atendido por el Servicio Nacional de Salud se encuentran en su punto más alto en décadas, el servicio de aguas en Londres presenta problemas y contaminación. Las consecuencias de la austeridad, particularmente la falta de inversión pública, se manifiestan en un deterioro enorme de los servicios públicos. La cuenta de la desinversión de años finalmente llegó a los conservadores, que, como señala el Nobel de Economía Paul Krugman, desaprovecharon con recortes presupuestarios una época de tasas de interés internacionales inéditamente bajas.

A nivel interno, el Partido Conservador se caracterizó por conflictos internos despiadados, pasos en falso y escándalos. En catorce años pasaron cinco primeros ministros. El intento de ordenar la interna conservadora llevó a David Cameron al referéndum para abandonar la Unión Europea; Theresa May debió renunciar por no poder presentar un acuerdo de salida del bloque aceptable para su partido; Boris Johnson se fue rodeado de escándalos vinculados a múltiples acusaciones contra varios de sus asesores cercanos y su propia inconducta durante la cuarentena -en el pero momento de la pandemia-; Liz Truss duró 49 días, tras presentar un presupuesto de ajustes salvajes e inéditas rebajas impositivas; y Rishi Sunak administró como pudo (es decir, mal) el caos que heredó de sus predecesores. Sin un programa claro en materia económica, ni migratoria, ni una visión de futuro, ni resultados que mostrar los conservadores perdieron votos a manos de los laboristas, pero también de Reform UK, ubicado a su derecha, que, si bien obtuvo apenas cuatro bancas, se posicionó como segunda o tercera fuerza en la mayor parte de los distritos. El 24% de Sunak es incluso generoso en este panorama. Es también el peor resultado en representación de los conservadores desde 1835, cuando empezaron a competir como partido. El laborismo logró encarnar el cambio también en Escocia, donde gobierna a nivel local el Partido Nacionalista Escocés, de orientación progresista. Embarcado en controversias sobre cuestiones de agenda social y con pocos resultados para mostrar en sus últimos gobiernos, perdió al menos 38 bancas, que permitieron al laborismo incrementar su representación no solo a costa de la derecha, sino también de un espacio progresista consolidado. Dejó claro, también, que las prioridades de los escoceses hoy están lejos de la discusión de la independencia.

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Con una mayoría histórica que comandar, Starmer sabe que no ha acumulado, ni por asomo, entusiasmos equivalentes. Beneficiado por el diseño institucional de su país, la debacle de sus opositores y la fragmentación de ideas y posturas frente a la crisis, el líder laborista tendrá un poder institucional que no refleja ni los votos obtenidos ni la potencia de sus bases. Una estrategia bilardista que alcanzó para ganar pero será de mucha menos utilidad para gobernar. Los desafíos que enfrenta son enormes y sus predecesores demuestran lo cerca que aparece siempre el abismo. Acaso la falta de expectativas sea la principal ventaja para un Starmer que deberá lidiar con el colapso de los servicios públicos y la gestión de las migraciones en un contexto de suba de las tasas de interés internacionales que encarecen el endeudamiento, la presión impositiva en máximos históricos y la coyuntura internacional marcada por el fantasma de la guerra y el regreso del proteccionismo. En un país acostumbrado a creer que el futuro será peor y que convive con empeoramientos grandes y pequeños en la vida cotidiana, cualquier mejora palpable en el Servicio Nacional de Salud, en los servicios de transporte o infraestructura o la relación con el mundo puede lucir, en comparación, brillante. Será tarea de Starmer mostrar que las enormes concesiones políticas, ideológicas y programáticas sacrificadas en el altar de volver al poder valieron al final la pena.

Es abogado, especializado en relaciones internacionales. Hasta 2023, fue Subsecretario de Asuntos Internacionales de la Secretaria de Asuntos Estratégicos de la Nación. Antes fue asesor en asuntos internacionales del Ministerio de Desarrollo Productivo. Escribió sobre diversas cuestiones relativas a la coyuntura internacional y las transformaciones del sistema productivo en medios masivos y publicaciones especializadas. Columnista en Un Mundo de Sensaciones, en Futurock.